El tercer Estado, el de la justicia, el Estado del contrapeso del ejecutivo y del legislador, anda en España con las puñetas sucias de tanto papel como hay suelto por los pasillos. Y es que parte de nuestras señorías se dedica a meter las narices en asuntos que no son de su competencia, así como parte de los jueces (alguna vez nos explicarán a qué viene esa separación entre jueces para la democracia y Francisco de Vitoria) dedica sus esfuerzos no sólo a ejercer de políticos sino también a remover asuntos disparatados.
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Al final Kelsen se va a salir con la suya y lo que él entendía por
Estado está adquiriendo carta de naturaleza en el común de los paises.
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Nos han contado una historia delicada y bella donde un tahúr viene y nos ofrece garantías de que nuestro futuro está de más asegurado. El ventajista nos ofrece dinero contante al que miramos extrañados sobre nuestras manos y lo primero que se nos viene a la chola es tapar las deudas que tenemos y que nos ahogan. No nos importa de dónde ha salido este maná ni tampoco nos perturba pensar si es mejor dejarlo reservado para tiempos peores, que quien guarda, halla, al menos eso dicen. El tahúr se va y nos quedamos con la plata y nos vamos corriendo al último rincón de nuestras casas para guardarlo de inseguridades. Y si a la mañana nos visita un vecino o un familiar pidiéndonos ayuda económica nos hacemos los suecos y fingimos no tener lo que tenemos.
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Estos desgraciados de la ETA han vuelto a sembrar la muerte en nuestra querida España. Y no nos explicamos cómo, los políticos, siguen con la cantinela suave y aceitosa de siempre, cuando lo que deberían hacer es expulsar a todos los seguidores etarras de las instituciones y llamarlos por su nombre, esto es, ratas de alcantarilla y babosas de las pistolas, pues lo único que hacen es chulear al Estado escondiéndose como imbéciles después de matar a un inocente y de causar daños a personas de bien.
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Dice Arzalluz que la Democracia española es “de baja calidad”. Lo asegura así quien fue apodado el nazi, quien ha dirigido con mano férrea (no precisamente democrática) la política de las provincias vascongadas durante más de veinte años. No hay más que mirar a la cara al ex político para darse cuenta de la enorme carga de resentimiento que le embarga. Arzalluz habla siempre como aquel que no ha ido al excusado desde hace varios días, lo hace con la mala leche en el rostro porque su querida Patria Vasca no sale a flote. Y lo peor para él es que sabe perfectamente que su sueño patrio jamás verá la luz en la España constitucional. Somos demasiados los españoles que deseamos una España unida dentro del marco europeo para que semejante engendro político llegara a suceder.
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Se han cumplido los primeros cien días de gobierno socialista y seguimos viendo a un Zapatero mentiroso y a un Gobierno que no sabe hacia dónde tirar. El presidente de sonrisa bobalicona se jacta de unos resultados económicos dignos de ser celebrados a la vez que los españoles nos gastamos las yemas de los dedos de tanto botonear en la calculadora para llegar a fin de mes. Y digo engaño de la izquierda porque aún espero los famosos cuatrocientos euros de propina para salvar mi economía.
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Volvemos a comprobar que la izquierda, quizás por vicio o por torcedura ideológica, vuelve a lo de siempre, a lo que sabe hacer, a lo único que sabe hacer, esto es, gobernar a bombo y platillo pero sin tener idea de lo que hace; cuando oímos al presidente Zapatero hablar de economía a uno se le viene la sonrisa a los labios porque es tan malo, pensando y hablando, que se le nota que no tiene ni puñetera idea de lo que habla, y que habla al dictado, como el mal alumno que antes de un examen mal preparado pregunta nervioso al listo de la clase de qué va la cosa;
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Madrid se sublevó. En un desafío brutal de los franceses muchos ciudadanos dijeron ya basta y salieron a las calles para defender lo que en su fuero interno creían suyo, esto es, un sistema de valores, un territorio, una patria, un hogar y unas ilusiones que los extranjeros querían manosear.
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Hemos pasado ya el circo de las elecciones y seguimos vivos, a pesar del gobierno. Han sido semanas de machaqueo constante en busca del elector indeciso. Los líderes nacionales, embadurnados en sendas capas de polvos de arroz, nos han mostrado a los españoles una lista generosa de mensajes entrecruzados, de acusaciones mutuas y de reproches incomprensibles que al común de los paganini no nos interesan nada. Todavía hay quienes esperan pacientemente al político que proponga y que ilusione; al político que no eche en cara a su adversario lo que él promete; esperamos al estadista, al gigante de la polis, al gestor de largo plazo y al que, en definitiva, sepa encauzar por el buen camino a un país cada vez más poblado de ciudadanos.
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Es deprimente oír al presidente del gobierno de España vociferar a pleno pulmón que él es un patriota. Más aún, un patriota de los de verdad, que en esto del patrioterismo hay clases, a saber, los que proclaman con meliflua voz su amor por la patria, los que miran para otro lado cuando de defender a España se trata y los que, como Zapatero, se vanaglorian de ser españoles de tomo y lomo. Y tal afirmación se convierte en aseveración grandilocuente si el que lo lanza al aire da un palmetazo sobre la mesa, como diciendo, ahí va eso.
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En realidad ya hace semanas que comenzó, pero a falta de un mes chispa más o menos empieza la etapa decisiva.
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El ministro Moratinos, el ínclito e inefable Moratinos, pone a España a los pies de los caballos moros con su visita al país vecino a ver si el mosqueo del rey alauí va a menos. Vaya tela con la política exterior de nuestro país, puesta en manos del mofletudo izquierdista y vividor profesional de la política. La diplomacia del perdone usted si le he molestado, que así no vamos ni a la esquina del mundo civilizado. Sería impagable poder leer la carta que Moratinos entregó a Mohamed VI de parte del insigne Zapatero. Qué le diría la tal misiva, de seguro que empieza con eso de cómo está usted señor rey moro, por aquí todos bien gracias a Dios, y de seguro también, parece que lo estoy viendo, que acaba como aquellas cartas de los antiguos que terminaban con besos y abrazos en forma de cruces y ceros. De risa. Y de pena.
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