El de la camisa roja
19.11.07 @ 20:36:52. Archivado en El acento político
En Venezuela gobierna un pobre hombre ignorante de todo que se cree su propio discurso. Por Venezuela cruzan aires insanos eructados por el bravucón de la camisa roja de sangre y de bochorno. El mundo hispano mira al hermano venezolano y calla. Con la izquierda vocinglera, tan dada a la manifestación y a los concursos de tonterías, el hispano calla vergonzantemente, hipócritamente, miserablemente.
Las masas venezolanas, esto es, el pueblo, el hombre y la mujer de la calle, el niño pobre de la acera, el abuelo del pitillo a medio consumir, todos ellos, en silencio, con la mirada ciega que da la miseria, con los andares balancinescos y las manos vacías como el alma de un desgraciado, trabajan buscando un porvenir ilusorio que un déspota de camisa roja, como la sangre y el bochorno, como el carmín y el sonrojo, se encarga de pisotear.
Qué tendrán los países iberoamericanos que solamente los tontos y los miserables alcanzan el poder. Qué pecado habrán cometido estas naciones para soportar las idioteces de estos politiquillos que sólo persiguen su propia riqueza.
El poder es algo distinto. Ejercerlo es delicado y se exige del mandatario sensatez y honradez a la hora de administrar un recurso limitado como es el dinero. La gente de la calle confía entonces en sus representantes. Lo hacen sanamente. Trabajan y pagan para que otros correspondan como es debido. Pero el poder si es digno de ostentarse es asimismo un arma peligrosa que embauca al más pintado. Pocas personas resisten el ataque del dinero cercano, goloso y aromático. Pocas son, en efecto, pero de seguro existen, las hay, están en algún lugar silencioso, poco dados a las confidencias. Estas gentes, ¿dónde están, por qué no salen a la palestra, es que no saben que les necesitamos?
El de la camisa roja, el de la cara hinchada de pura arrogancia y chabacanería, escuchó al rey la famosa frase de por qué no te callas y ahora sale con que no lo oyó. Qué vergonzoso espectáculo. De dónde ha salido este hombre, de qué selva, de qué antro, para tener que aguantar sus desvaríos. Si no fuera porque estamos hablando del presidente de un país soberano diríamos que es un desventurado digno de lástima.
El pueblo venezolano debe levantarse y decirle a este desalmado que se vaya y deje el poder en manos que lo utilicen para beneficiar a los ciudadanos que pagan. Deben atreverse, por difícil que resulte, a despotricar de las políticas autoritarias de este déspota engreído que de seguir así llevará a la ruina económica y al desbarajuste social. Chávez no quiere a su tierra. Sólo su propia persona y su imagen le interesan. Al pueblo que lo zurzan, piensa Chávez. Y utiliza el arma que han usado todos los estafadores de izquierdas, el discurso social, la patria, el pueblo descamisado, símbolos ya ajados por el uso a estas alturas de la historia política. Y condimenta este gazpacho con la salsa de la sandez, de la verborrea necia y majadera, del discurso fácil, dictado y cruelmente sarcástico.
Los iberoamericanos miran dubitativos la dirección del aire chavizta; el gobierno español prefiere callar a su depauperada diplomacia. Moratinos sonroja sus mofletes paniaguados; el presidente Zapatero aguanta los chuzos que le lanza su colega venezolano; los asistentes tragan saliva y miran al suelo acojonados por el de la camisa roja; el guiso está hecho, sólo falta sacar el cazo y probarlo.
Como quedó algo soso el rey agrega unas chispas de sal.
El señor rey, el rey de espadas, el rey de todos los españoles, salpicó con unos granos de sal una reunión descafeinada e insulsa donde casi todos dormitaban a la sombra de Chávez, el elocuente. Vale.
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Antonio Florido Lozano
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