El Acento

BLATTARIA, novela de Antonio Florido, a la gran pantalla

18.03.19 | 09:27. Archivado en Sobre el autor


Aida Morales Franco

16.03.19 | 10:21. Archivado en Sobre el autor

Poesía de mujer. Voz en clave.

Aida Morales Franco

Ya nunca más la risa

Con esto que nos pasa, quizá ya esté perdida, quizá los desalojos, los palos, las caídas
nos roben los segundos de risas compartidas. Quizá las concertinas,
los muros, los desahucios, nos roben la trinchera del desahogo franco,
la cómplice mirada, los labios aún bailando. Quizá tanta mentira, tanto robo, tanto atraco

a la dignidad, la vida, le quiten lo bailado.
Quizá sea ya hora que a tanto perro flaco
sus pulgas se le rían
y ya, que en cada esquina, en la cola del paro,
la tienda de tu barrio, la casa de tu tía,
tu hermana o tu vecina, se escuchen carcajadas reventando cortinas
y haciéndonos la vida más digna a cada rato. Que cada risa floja, afloje los tornillos
a este sistema infame que come en nuestro plato.

Ese cuento que yo cuento

Ese cuento que yo cuento lo contaron otras mil antes que yo y no derramaron ni una gota de ese vaso
que se pasa mano a mano abuelas-nietas
hijas-yo.
Ese cuento que yo cuento lo cantaron con canciones nanas rimas
con su voz
las mujeres boca-oreja van creando
esa historia que es la mía y cuento hoy.
Ese cuento que no cuentan los diarios ni los libros en la Historia

lo recogen
ni lo cuentan hombres blancos con corbata
ni lo narran en la Escuela ni lo estudia la Academia ni la Ciencia disecciona su valor.
Ese cuento que es la guerra del nosotras lo escucharon las cocinas
lo reviven las vecinas lo sostienen las abuelas pedacito a pedacito
van cayendo los sonidos se entrelazan las palabras y resuena en las gargantas ese grito contenido
que es el cuento de la vida
-y atención-

pon la oreja escucha mira
y verás por las ventanas que aunque nos quieran calladas
no acallarán nuestra voz.

Nocturnidad y alevosía

Ahora que hemos
roto para siempre la cuarta pared, matado a dios
engañado al diablo probado todos los pecados pervertido los formatos.
Ahora que el dinero
ha roto todas las fronteras que siguen ahogando personas.
Ahora que los sueños en sueños se quedaron y la vida no es sueño ya, sino plató.
Ahora, en este mundo viejo,

hastiado de la novedad, que matamos con nocturnidad
y alevosía Ahora
cómo (no) seguir escribiendo poesía.


EN EL POZO

05.03.19 | 10:28. Archivado en Sobre el autor

La película uruguaya EN EL POZO, dirigida por los hermanos Antonaccio, cosecha excelentes críticas y reconocimientos.

Revista Film
Según Juan Andrés Belo, “La narración es buenísima, el relato no para de avanzar de forma sutil, engaña bien y sin golpes bajos, agregando pequeños componentes que van a jugar un papel más adelante. Siembra un importante antecedente para el thriller nacional".

El Tungue Lé
Realizadores y actores acentuando un cine bien uruguayo y con mirada de últimas generaciones. Realista y llena de significados sobre género y contradicciones sociales y culturales.
El jueves de 7 de marzo se estrena en cines de Montevideo y del interiordel país, la película uruguaya En el pozo, dirigida por los hermanos Bernardo y Rafael Antonaccio.
Una salida de un grupo de jóvenes amigos a una cantera es el disparador de esta historia. Para la mayoría de ellos esa cantera es un lugar especial. El amor, la amistad y también la dicotomía entre los de la capital y el interior están presentes en la película.
“Todos tienen una cuota de soledad en su interior”, contó a El Tungue Lé Paula Silva, una de las actrices.
Previo al estreno, el también actor del filme Augusto Gordillo recomendó que “para las películas uruguayas es bueno que la gente vaya sobre todo la primera semana, porque según eso los cines o te bajan o te dejan en cartelera”.
El elenco lo completan Rafael Beltrán, Luis Pazos y Natalia Tarmezzano.

Además, En el pozo fue seleccionada para competir en el 52º SITGES Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya, que se celebrará en octubre de este año, y en el 35º Chicago Latino Film Festival.


Llanto de un central cualquiera

01.03.19 | 19:12. Archivado en Sobre el autor

Carlos Serrano Martín
Monologuista. Guionista y Director de Cortometrajes. Ha colaborado en diversos medios de comunicación: A un metro de Sevilla, A vista de Águila, Lebrija Digital. Radio Triana Y Onda Guillena. Colaborador habitual del periódico Montilla Digital con su sección de relatos La putada de ser piano. Es Miembro del Grupo de Investigación Influencia de los Géneros Periodísticos y de las Tecnologías en la Comunicación Social de la Facultad de Comunicación de Sevilla.

Qué puede decirse. Mucho se ha escrito y hablado, siempre metiendo la pata y con el objetivo de hacer sangre. Nadie puede ponerse en mi situación. Nadie por tanto puede depositar en un papel, volcar en un micrófono de la radio, cómo me sentí o los motivos que me impulsaron a actuar. Ni siquiera el entrenador. Ya falla la memoria, así que disculpen el baile posible de fechas y acontecimientos que llevan al día de autos.
Hay quienes nacen con un don para este deporte. Otros sólo tienen el barro y sudar la camiseta para justificar presencia en el once. El fútbol tiene un extraño sentido del humor, roza lo cabrón. No por mucho trabajar serás mejor jugador, ciertos aspectos no entienden de carreras, ni pizarras manchadas con rotulador. Con la literatura ocurre igual. Escribes y lees, la técnica mejorará. Aunque si eres malo con las metáforas, lo serás toda la vida.
No hay profesores de visión de juego. De dónde enviar el pase en cada momento. Del poder de saber dónde enviaras el balón en cada golpeo. Está la intención y está el hecho científico de voy a mandarla a ese punto del terreno de juego exactamente. Yo era de los de sudar la camiseta y poco más. Nunca ficharía por un grande ni llegaría lejos con la selección. No lleno titulares ni tengo un coche deportivo.

Saben de quién voy a comenzar a hablar, no era igual. Lo hacía todo fácil. Siempre con esa sonrisita de estudio fotográfico. Da igual que hubieras corrido detrás de él ochenta minutos. Que el equipo hubiera anulado sus cualidades. Bastaba un toquecito y todo tu trabajo iba a la mierda. Un toquecito. Así sin más.
Era o un pase de gol, o remate imposible, o provocar un penalti. Repito, eso no se entrena. Y parecía no sudar. El esfuerzo era una nube lejana. No recuerdo en nuestros enfrentamientos nunca verlo bajar a defender, meter pierna y frenar un contragolpe. Nada. Él y su toque, ceros y ceros detrás de una cifra par en su nómina.
Reconozco que no hay una justificación. Me encantaría. Sólo hablo de un momento de oscuridad mental, eso no hay cómo describirlo. Era el momento de acabar en lo más alto, salvados del descenso y jugando una final copera. Navidad y un cumpleaños, todo en uno. Nadie naba un duro por aquel equipo. Y mordieron el polvo los grandes. Jugamos de tú a tú. Ellos ya venían calentitos de la Liga.
Les dejamos a cero. En el marcador y en todos los sentidos. No hubo foto de portada para el energúmeno. Fue de los primeros en no dar rueda de prensa y tampoco baños de masas de fotos para redes sociales. Cobarde.
Una final es otra cosa. Estábamos en el mapa. Teníamos voz en la mesa de los mayores. La motivación no tenía límites. Cuando quisimos darnos cuenta, llevábamos noventa minutos e íbamos empate a uno. Te pasan muchas cosas por la cabeza, pero no la falta de respeto. La lluvia tardó en pasar tarjeta de visita. Con ella, el césped mojado. Con terreno húmedo, una carrera se va por el desagüe.

Fue superior a mis fuerzas. Todo sirvió para nada nada. Lo estábamos haciendo bien. Mejor que bien, de puta madre. No sabían dónde meterse. Cuando menos te lo esperas, de nuevo el toquecito de las narices. Vino de frente el descarado. Baile inútil, yo no me muevo. No me iba a regatear tan fácilmente. Le adivino que irá a mi derecha, su pierna buena de disparo. Me lanzo al suelo a por el balón, era él o yo. El fútbol dijo no. Mi mente dijo balón, pero el pie quiso resbalarse y caer de espaldas.
Otra vez ese gesto de triunfador. Avance, tiro y gol. Al carajo la final. Todo debido a un resbalón. El más inoportuno de mi vida. Y él ahí riendo todo el rato. Centro de los focos. No hubo más resbalones, la siguiente jugada fue un humillante túnel. Otra vez por el rabillo del ojo vi su expresión de júbilo. Esta vez no. Mi codo cobró vida propia y fue a parar a todo el centro de su cara. Cayó al suelo. Solo veía sangre entre sus manos.
Rojo en su cara y en la tarjeta. No hablé con nadie. El míster hecho una fiera. Mis aliados de equipo incrédulos. Quedé como un carnicero y un animal. No hubo piedad de un servidor. Hasta colegas del barrio salieron en los telediarios diciendo que siempre tuve genio. Mamones. Única expulsión de mi carrera. Ahí el dato.
Él parecía un héroe de guerra. Con esas vendas y tanta atención. Con la medalla de campeón y diciendo que no pasaba nada, lances del juego. Aunque no volví a ser convocado y chupé muchísimo banquillo. Hay quienes nacen con un don para este deporte. Otros sólo tienen el barro y sudar la camiseta para justificar presencia en el once. Yo esa noche, ni lo uno ni lo otro.


La novela BLATTARIA, próximamente en cines

27.02.19 | 10:03. Archivado en Sobre el autor

BLATTARIA, la novela del escritor español Antonio Florido, ganadora del II Certamen Nacional de Novela SOMNIUM, será llevada a la gran pantalla este mismo año por el cineasta peruano Héctor Marreros. Coproducción peruano-europea.

¡PRÓXIMAMENTE EN CINES!



LA ALDEA

31.01.19 | 11:05. Archivado en Sobre el autor

Autor: Ariel Azor (Uruguay)

Francisco nació con su vida resuelta desde que su madre lo trajo al mundo. Hijo único, heredó la estancia y capital que el general Julius, su abuelo, había empezado a construir y que su padre, ministro de la iglesia metodista y alcalde de la ciudad, consolidó y expandió. Francisco no solo heredó la estancia, sino que también los cargos de alcalde y pastor, a los que renunció cuando vio que otros discutían sus decisiones y abandonó la iglesia cuando Dios no lo escuchó al pedirle que no se llevara a su mujer y a su hijo luego de un terrible accidente que ocasionó su propia negligencia, hace ya un par de años.
Cuando cumplió sesenta y cuatro años, su nueva mujer, la hija del capataz, veintiséis años más joven, preparó todo como siempre para festejar junto a los peones. Ella, al igual que Francisco, vivía su vida adentro de los límites de la estancia, ya no recordaba cómo era el mundo exterior ni cuándo fue la última vez que salió de allí.
Andrea, así se llamaba la joven y hermosa concubina de Francisco, convocó uno por uno a los empleados para que a las dieciocho horas fueran a saludar al patrón. Preparó en el porche la mesa con manteles limpios, picadillos y el mejor vino casero.

Francisco permanecía en su alcoba; todo el día había estado allí, se sentía débil, enfermo y eso le recordaba a su primera mujer, su hijo y el terrible accidente. Se sentía cansado, agotado, física y sobre todo mentalmente. No tenía un heredero a quien dejarle todo lo que sus antepasados y él mismo habían construido, pensaba; además, las tisanas que diariamente le preparaba Andrea (por encargo de su médico personal) no parecían hacerle bien; después de tomarlas se sentía todavía peor.
A las seis de la tarde, todos los peones estaban frente a la mesa, respirando los olores a caballo, tierra húmeda, fiambre y queso fresco, esperaban que saliera Francisco y Andrea y dieran la orden para degustar el añejo y mejor vino de la estancia. Hace como un mes que no ven al patrón, todos saben que está enfermo. Francisco tomado de un brazo por su compañera, tapándose la boca con un pañuelo, saludó a todos y, con el otro brazo en alto, comenzó a decir:
— ¡Compañeros…! —y la tos no lo dejó continuar su estudiado discurso. Apoyó sus brazos sobre la mesa y cayó, él y la mesa con el vino. Todos se apresuraron a ayudarlo pero Andrea los paró gritando “déjenlo, déjenlo, denle aire, apártense” y allí quedó, un rato, inconsciente a la vista de todos.
Ya en su alcoba, donde tantos momentos hermosos había pasado con sus seres queridos, ahora medio inconsciente, oía lo que hablaban Andrea y su médico personal de lo sufrida, laboriosa y agitada que había sido su vida y que ahora lo que necesitaba era descanso. El médico, mucho

más joven que él, de la edad de Andrea, alto, robusto, bien vestido, de ojos azules, tomado de la mano de ella (sin que él lo perciba), arrimó su afeitada cara, suave, casi femenina y, en voz baja, pero de médico, le dijo:
— Lo que precisas Francisco es un descanso, tomar aire puro. Hemos buscado y encontrado un lugar, en el oeste, que solo está rodeado de paz y tranquilidad. Y preparamos todo para que te lleven y puedas estar allí un tiempo y recuperarte.
Francisco, apenas escuchaba y aunque quiso contestar, gritar que no, que de ninguna manera, sus palabras no salieron. El esfuerzo de querer hablar hizo que se atacara más que antes y el joven doctor le inyectó un somnífero.
Así es como fue a parar a La Aldea, un lugar apartado del mundo y sus cosas. No supo cuando lo llevaron ni cómo. Inmediatamente dedujo que había sido dormido y puesto allí en el medio de la nada intencionalmente, que había sido traicionado por su nueva concubina y su médico que ahora manejarían sus bienes y se revolcarían en la cama donde había nacido su fallecido hijo. También dedujo que nunca podría salir de aquel lugar. Ahora su casa era una choza de madera y chapas y sus bienes unas bolsas llenas de latas de conserva y carne salada.
Descubrió que allí no hay policía ni política, ni religión ni bancos, ni tampoco se maneja dinero en aquella comunidad que ni siquiera nombre tiene ni se sabe dónde

está ubicada geográficamente y donde todo se construye de forma artesanal. Así como también descubrió que él no encaja en ese lugar.
Pero algo bueno tiene todo ello, su tos ha desaparecido, respira como respiraba antes, tal vez por el renovado aire nuevo o por dejar de tomar las tisanas que le preparaba Andrea. Cada mañana sale a caminar y cada vez que se cruza con alguien se para, se quita el sombrero y saluda, hace alguna pregunta, a veces estúpida, pero nadie parece querer hablar con él, agachan sus cabezas y siguen de largo sin ni siquiera mirarlo. “Son ignorantes, les hace falta educación”, se decía para sí tratando de entenderlos.

Todo le empezó a parecer aburrido y monótono, no había nada para hacer, nunca un problema o algo. Empezó a acumular pensamientos, a estar mucho tiempo consigo mismo, a idear la forma de ser escuchado por los demás, de hacer amistades, de ser parte de la comunidad y de organizar a la gente.
Tomó unas latas de conservas de la bolsa y se dirigió hasta el rancho del hombre que había visto que arregla los zapatos de todos. Varias veces cuando pasaba caminando lo había visto con su largo cuerpo inclinado tratando de darle forma de zapato a un pedazo de cuero. Se presentó ante él extendiendo su mano, mostrándole el obsequio, se sentó en uno de los rolos dispuestos frente a él y, viendo que aquel hombre ni siquiera levantaba la cabeza para mirarlo, le empezó a hablar de lo maravilloso que era su trabajo. Zapatero, así le dijo que lo llamaría de ahora en

más. Lo convenció de lo importante que era para la comunidad y que todos andarían descalzos si no fuera por él. El zapatero dejó de hacer lo que estaba haciendo. Comenzó a prestarle atención mirándolo a los ojos y, cuando Francisco terminó de hablar, entonces sí extendió su mano y aceptó el obsequio y el saludo de aquel extraño hombre venido de no se sabe dónde.
Sintiendo que su primer paso había sido un verdadero éxito, Francisco volvió a su choza. Tomó otras latas y se dirigió con ellas hasta donde había visto que alguien arreglaba las sillas o asientos de todos. Le habló de cómo todos se tendrían que sentar en la tierra si no fuera por él. Carpintero, así le dijo que lo llamaría de ahora en más. El carpintero, a diferencia del zapatero, era un hombre bajito y rellenito, de unos cuarenta años calculó Francisco, más pardo y, al igual que el otro, barbudo y de pelo largo.
Siguió sus días visitando más gente, además del zapatero y del carpintero. Se ganó la confianza de todos que, de allí en más, lo esperaban para escucharlo, lo saludaban al verlo pasar y lo invitaban a cenar. A todos les contó las ventajas y maravillas del mundo de donde él venía, del mundo moderno. Escondió alguna cosa del carpintero entre las cosas del zapatero y viceversa. Se puso en medio de los dos cuando estos se acusaron mutuamente y antes de que los golpes reinaran gritó:
— ¡Compañeros, estas cosas debemos resolverlas en una reunión de toda la comunidad! Por lo tanto, les propongo que mañana nos reunamos todos en algún lugar a definir y pacíficamente resolvamos qué hacer.

Todos siguieron las palabras de tan ilustre persona. Hombres, mujeres y niños fueron informados y todos decidieron participar de aquella primera reunión de la comunidad.
Así fue como todos los miembros de la comunidad, que no llegaban a doscientos, se hicieron presentes al día siguiente. Él fue el último en llegar, todos lo esperaban y, como intuía, al entrar se encontró con discusiones, agravios y acusaciones del carpintero y los suyos al zapatero y viceversa. Los demás escuchaban y miraban sin participar ni entender por qué alguien robaría algo del otro, hasta que fueron tomando partido por uno u otro y los insultos se generalizaron. Cuestiones del engaño, del amor y la traición, de los antepasados y otras salieron a luz. Algunos, sobre todo mujeres, comenzaron a preguntar y exigir al viejo que pusiera fin a todo aquello, pero él, sentado, sin decir palabra, observaba, pensando que su plan iba tomando la forma que deseaba. Se levantó, alzó los brazos al cielo, pidiendo silencio y los gritos se fueron apagando. Las caras tristes, apagadas y enojadas, lo miraron solo a él, el silencio lo invitó a hablar:

―¡Compañeros! Como ustedes saben, yo vengo de un mundo donde estas cosas no pasan, porque todo está organizado para que justamente no sucedan. Por lo tanto, les propongo que imitemos ese mundo y empecemos a organizarnos nosotros también. Lo primero que deberíamos hacer para que todo funcione sin malentendidos o robos es elegir a una persona y a un

ayudante que sean quienes vigilen y guíen a la comunidad por ese camino.
Todos se miraron, sin entender muy bien, hasta que alguien habló:
— ¿Y cómo vamos a saber a quién elegir? ―preguntó alguien―. Yo lo elegiría a usted, nosotros no sabemos qué hacer.
— Le agradezco, mi estimado caballero, pero no puedo ser yo, debe ser una persona joven y fuerte, porque si alguien se resiste luego de haber cometido alguna falta en perjuicio de la comunidad, deberá utilizar la fuerza para poder encerrarlo un tiempo, así podrá reflexionar sobre lo que hizo. Y sobre cómo y a quién elegir, propongo que el zapatero y el carpintero sean los candidatos y que nosotros nos tomemos unos días para pensar y decidir cuál de ellos sea el elegido.
Todos hablaban entre sí tratando de descifrar y entender bien la propuesta.
— ¿Qué les parece si dentro de tres días nos reunimos aquí nuevamente y cada uno vota a uno u otro y elegimos al que tenga más votos?
Todos aceptaron el planteo. En la comunidad ahora sí hubo un motivo para dialogar, pensar y pelear.
Ese mismo día, en la tarde, Francisco fue a visitar al carpintero, lo encontró sentado, pensando, y le habló de cómo debía usar una táctica para ganarse los votos de los

demás, de cómo debía convencerlos, prometerles. Y después fue a visitar al zapatero. Ambos se dedicaron esos tres días a visitar familias casa por casa. Fueron bien recibidos y escuchados, sus mujeres e hijos los acompañaban caminando detrás de ellos gritando: “¡Voten por el carpintero!” o “¡Voten por el zapatero!”

El día tan esperado finalmente llegó. Nadie faltó. Y, como era de suponerse, se armó gran alboroto. El viejo Francisco se sentó frente a todos e invitó al carpintero y al zapatero a que se pusieran a ambos lados y explicó a todos el procedimiento a seguir:
— ¡Compañeros, silencio por favor! Les quiero decir, antes de la votación, que comencemos a construir inmediatamente un lugar seguro para aquellos que merezcan permanecer encerrados por un tiempo. Ahora, la votación la haremos alzando la mano; yo diré carpintero y los que quieran votar por él levantarán su mano y los contamos; lo mismo con el zapatero. Espero hayan pensado bien su voto porque esto es muy importante para el futuro de la comunidad. Empecemos.
No hubo grandes problemas a la hora de votar, excepto por el hecho de que algunos familiares levantaban ambos brazos tratando de engañar, pero eso fue fácil de descubrir y solucionar. Al final, el carpintero obtuvo 75 votos y el zapatero 119. Este último, junto a sus familiares y votantes, se abrazaron gritando y festejando cuando nuevamente sobrevino el caos entre ganador y

perdedor que se trenzaron a golpes. Cuando todo pareció calmarse, el nuevo líder se paró al lado del viejo Francisco y, tapándose con la mano un ojo que ya comenzaba a hinchársele, gritó a todos:
— Yo soy, como dice el buen hombre mandado por Dios desde el mundo de verdad, el elegido por todos ustedes y declaro que tomemos este lugar hasta que hagamos otro como el lugar para encerrar a aquellos que no obedezcan. Y también que fui atacado por este, el carpintero este ―a lo que el carpintero respondió con un insulto― y que debiéramos encerrarlo unos días para que piense y se dé cuenta que yo gané y ahora debe respetarme.
Esa noche hubo fiesta, de algunos. El zapatero a cada rato iba a ver que no se escapara el carpintero. Francisco fue y se acostó. Durmió profundamente, como todas las noches del resto de su vida, se olvidó de Andrea, su estancia y su antiguo mundo. Vio como todo iba progresando, sobre todo él, ahora se sentía mejor de salud y más importante, nadie discutía sus decisiones; él, tras otras caras, era el que tenía el poder.
El carpintero, tras cumplir su condena de encierro, fue elegido e instruido por Francisco para ser el emisario ante el mundo de contar las maravillas de aquella virgen tierra, de las riquezas de sus recursos naturales. Fue así como empezaron a llegar los curiosos, los turistas y luego los inversionistas.
Ahora la comunidad tiene hotel, calle, luz en las noches, escuela, alcalde, iglesia metodista y pastor, policía, banco,

almacén y un cartel en la entrada que dice: “Bienvenidos a La Aldea”.
Todos tienen trabajo, como les prometió Francisco. La nueva mina que administra para una importante compañía internacional no deja a nadie de la comunidad sin trabajo. Él percibe el cuarenta por ciento de las ganancias de la empresa, con ello paga los salarios, destina una cantidad al desarrollo de la comunidad y se reserva el resto para sí.
El zapatero y el carpintero afinaron sus asperezas y ahora son la mano derecha del viejo; ambos son importantes y respetados por el resto de la comunidad, ya no son lo que eran ni arreglan más zapatos ni asientos, eso lo hacen en la moderna zapatería y carpintería. Todos dejaron de ser lo que eran, ahora son una cosa u otra y esclavos del maldito trabajo, pero nadie dice nada por miedo a ser encerrado. Todos piensan votar diferente la próxima vez, tal vez elegir alguno de los nuevos comerciantes venido desde allá y con más experiencia. La paz y la tranquilidad nunca más reinaron entre ellos en el pueblo “La Aldea”, ahora que se lo puede ubicar en el mapa y visitar.


LA ALDEA

31.01.19 | 11:04. Archivado en Sobre el autor

Autor: Ariel Azor (Uruguay)

Francisco nació con su vida resuelta desde que su madre lo trajo al mundo. Hijo único, heredó la estancia y capital que el general Julius, su abuelo, había empezado a construir y que su padre, ministro de la iglesia metodista y alcalde de la ciudad, consolidó y expandió. Francisco no solo heredó la estancia, sino que también los cargos de alcalde y pastor, a los que renunció cuando vio que otros discutían sus decisiones y abandonó la iglesia cuando Dios no lo escuchó al pedirle que no se llevara a su mujer y a su hijo luego de un terrible accidente que ocasionó su propia negligencia, hace ya un par de años.
Cuando cumplió sesenta y cuatro años, su nueva mujer, la hija del capataz, veintiséis años más joven, preparó todo como siempre para festejar junto a los peones. Ella, al igual que Francisco, vivía su vida adentro de los límites de la estancia, ya no recordaba cómo era el mundo exterior ni cuándo fue la última vez que salió de allí.
Andrea, así se llamaba la joven y hermosa concubina de Francisco, convocó uno por uno a los empleados para que a las dieciocho horas fueran a saludar al patrón. Preparó en el porche la mesa con manteles limpios, picadillos y el mejor vino casero.

Francisco permanecía en su alcoba; todo el día había estado allí, se sentía débil, enfermo y eso le recordaba a su primera mujer, su hijo y el terrible accidente. Se sentía cansado, agotado, física y sobre todo mentalmente. No tenía un heredero a quien dejarle todo lo que sus antepasados y él mismo habían construido, pensaba; además, las tisanas que diariamente le preparaba Andrea (por encargo de su médico personal) no parecían hacerle bien; después de tomarlas se sentía todavía peor.
A las seis de la tarde, todos los peones estaban frente a la mesa, respirando los olores a caballo, tierra húmeda, fiambre y queso fresco, esperaban que saliera Francisco y Andrea y dieran la orden para degustar el añejo y mejor vino de la estancia. Hace como un mes que no ven al patrón, todos saben que está enfermo. Francisco tomado de un brazo por su compañera, tapándose la boca con un pañuelo, saludó a todos y, con el otro brazo en alto, comenzó a decir:
— ¡Compañeros…! —y la tos no lo dejó continuar su estudiado discurso. Apoyó sus brazos sobre la mesa y cayó, él y la mesa con el vino. Todos se apresuraron a ayudarlo pero Andrea los paró gritando “déjenlo, déjenlo, denle aire, apártense” y allí quedó, un rato, inconsciente a la vista de todos.
Ya en su alcoba, donde tantos momentos hermosos había pasado con sus seres queridos, ahora medio inconsciente, oía lo que hablaban Andrea y su médico personal de lo sufrida, laboriosa y agitada que había sido su vida y que ahora lo que necesitaba era descanso. El médico, mucho

más joven que él, de la edad de Andrea, alto, robusto, bien vestido, de ojos azules, tomado de la mano de ella (sin que él lo perciba), arrimó su afeitada cara, suave, casi femenina y, en voz baja, pero de médico, le dijo:
— Lo que precisas Francisco es un descanso, tomar aire puro. Hemos buscado y encontrado un lugar, en el oeste, que solo está rodeado de paz y tranquilidad. Y preparamos todo para que te lleven y puedas estar allí un tiempo y recuperarte.
Francisco, apenas escuchaba y aunque quiso contestar, gritar que no, que de ninguna manera, sus palabras no salieron. El esfuerzo de querer hablar hizo que se atacara más que antes y el joven doctor le inyectó un somnífero.
Así es como fue a parar a La Aldea, un lugar apartado del mundo y sus cosas. No supo cuando lo llevaron ni cómo. Inmediatamente dedujo que había sido dormido y puesto allí en el medio de la nada intencionalmente, que había sido traicionado por su nueva concubina y su médico que ahora manejarían sus bienes y se revolcarían en la cama donde había nacido su fallecido hijo. También dedujo que nunca podría salir de aquel lugar. Ahora su casa era una choza de madera y chapas y sus bienes unas bolsas llenas de latas de conserva y carne salada.
Descubrió que allí no hay policía ni política, ni religión ni bancos, ni tampoco se maneja dinero en aquella comunidad que ni siquiera nombre tiene ni se sabe dónde

está ubicada geográficamente y donde todo se construye de forma artesanal. Así como también descubrió que él no encaja en ese lugar.
Pero algo bueno tiene todo ello, su tos ha desaparecido, respira como respiraba antes, tal vez por el renovado aire nuevo o por dejar de tomar las tisanas que le preparaba Andrea. Cada mañana sale a caminar y cada vez que se cruza con alguien se para, se quita el sombrero y saluda, hace alguna pregunta, a veces estúpida, pero nadie parece querer hablar con él, agachan sus cabezas y siguen de largo sin ni siquiera mirarlo. “Son ignorantes, les hace falta educación”, se decía para sí tratando de entenderlos.

Todo le empezó a parecer aburrido y monótono, no había nada para hacer, nunca un problema o algo. Empezó a acumular pensamientos, a estar mucho tiempo consigo mismo, a idear la forma de ser escuchado por los demás, de hacer amistades, de ser parte de la comunidad y de organizar a la gente.
Tomó unas latas de conservas de la bolsa y se dirigió hasta el rancho del hombre que había visto que arregla los zapatos de todos. Varias veces cuando pasaba caminando lo había visto con su largo cuerpo inclinado tratando de darle forma de zapato a un pedazo de cuero. Se presentó ante él extendiendo su mano, mostrándole el obsequio, se sentó en uno de los rolos dispuestos frente a él y, viendo que aquel hombre ni siquiera levantaba la cabeza para mirarlo, le empezó a hablar de lo maravilloso que era su trabajo. Zapatero, así le dijo que lo llamaría de ahora en

más. Lo convenció de lo importante que era para la comunidad y que todos andarían descalzos si no fuera por él. El zapatero dejó de hacer lo que estaba haciendo. Comenzó a prestarle atención mirándolo a los ojos y, cuando Francisco terminó de hablar, entonces sí extendió su mano y aceptó el obsequio y el saludo de aquel extraño hombre venido de no se sabe dónde.
Sintiendo que su primer paso había sido un verdadero éxito, Francisco volvió a su choza. Tomó otras latas y se dirigió con ellas hasta donde había visto que alguien arreglaba las sillas o asientos de todos. Le habló de cómo todos se tendrían que sentar en la tierra si no fuera por él. Carpintero, así le dijo que lo llamaría de ahora en más. El carpintero, a diferencia del zapatero, era un hombre bajito y rellenito, de unos cuarenta años calculó Francisco, más pardo y, al igual que el otro, barbudo y de pelo largo.
Siguió sus días visitando más gente, además del zapatero y del carpintero. Se ganó la confianza de todos que, de allí en más, lo esperaban para escucharlo, lo saludaban al verlo pasar y lo invitaban a cenar. A todos les contó las ventajas y maravillas del mundo de donde él venía, del mundo moderno. Escondió alguna cosa del carpintero entre las cosas del zapatero y viceversa. Se puso en medio de los dos cuando estos se acusaron mutuamente y antes de que los golpes reinaran gritó:
— ¡Compañeros, estas cosas debemos resolverlas en una reunión de toda la comunidad! Por lo tanto, les propongo que mañana nos reunamos todos en algún lugar a definir y pacíficamente resolvamos qué hacer.

Todos siguieron las palabras de tan ilustre persona. Hombres, mujeres y niños fueron informados y todos decidieron participar de aquella primera reunión de la comunidad.
Así fue como todos los miembros de la comunidad, que no llegaban a doscientos, se hicieron presentes al día siguiente. Él fue el último en llegar, todos lo esperaban y, como intuía, al entrar se encontró con discusiones, agravios y acusaciones del carpintero y los suyos al zapatero y viceversa. Los demás escuchaban y miraban sin participar ni entender por qué alguien robaría algo del otro, hasta que fueron tomando partido por uno u otro y los insultos se generalizaron. Cuestiones del engaño, del amor y la traición, de los antepasados y otras salieron a luz. Algunos, sobre todo mujeres, comenzaron a preguntar y exigir al viejo que pusiera fin a todo aquello, pero él, sentado, sin decir palabra, observaba, pensando que su plan iba tomando la forma que deseaba. Se levantó, alzó los brazos al cielo, pidiendo silencio y los gritos se fueron apagando. Las caras tristes, apagadas y enojadas, lo miraron solo a él, el silencio lo invitó a hablar:

―¡Compañeros! Como ustedes saben, yo vengo de un mundo donde estas cosas no pasan, porque todo está organizado para que justamente no sucedan. Por lo tanto, les propongo que imitemos ese mundo y empecemos a organizarnos nosotros también. Lo primero que deberíamos hacer para que todo funcione sin malentendidos o robos es elegir a una persona y a un

ayudante que sean quienes vigilen y guíen a la comunidad por ese camino.
Todos se miraron, sin entender muy bien, hasta que alguien habló:
— ¿Y cómo vamos a saber a quién elegir? ―preguntó alguien―. Yo lo elegiría a usted, nosotros no sabemos qué hacer.
— Le agradezco, mi estimado caballero, pero no puedo ser yo, debe ser una persona joven y fuerte, porque si alguien se resiste luego de haber cometido alguna falta en perjuicio de la comunidad, deberá utilizar la fuerza para poder encerrarlo un tiempo, así podrá reflexionar sobre lo que hizo. Y sobre cómo y a quién elegir, propongo que el zapatero y el carpintero sean los candidatos y que nosotros nos tomemos unos días para pensar y decidir cuál de ellos sea el elegido.
Todos hablaban entre sí tratando de descifrar y entender bien la propuesta.
— ¿Qué les parece si dentro de tres días nos reunimos aquí nuevamente y cada uno vota a uno u otro y elegimos al que tenga más votos?
Todos aceptaron el planteo. En la comunidad ahora sí hubo un motivo para dialogar, pensar y pelear.
Ese mismo día, en la tarde, Francisco fue a visitar al carpintero, lo encontró sentado, pensando, y le habló de cómo debía usar una táctica para ganarse los votos de los

demás, de cómo debía convencerlos, prometerles. Y después fue a visitar al zapatero. Ambos se dedicaron esos tres días a visitar familias casa por casa. Fueron bien recibidos y escuchados, sus mujeres e hijos los acompañaban caminando detrás de ellos gritando: “¡Voten por el carpintero!” o “¡Voten por el zapatero!”

El día tan esperado finalmente llegó. Nadie faltó. Y, como era de suponerse, se armó gran alboroto. El viejo Francisco se sentó frente a todos e invitó al carpintero y al zapatero a que se pusieran a ambos lados y explicó a todos el procedimiento a seguir:
— ¡Compañeros, silencio por favor! Les quiero decir, antes de la votación, que comencemos a construir inmediatamente un lugar seguro para aquellos que merezcan permanecer encerrados por un tiempo. Ahora, la votación la haremos alzando la mano; yo diré carpintero y los que quieran votar por él levantarán su mano y los contamos; lo mismo con el zapatero. Espero hayan pensado bien su voto porque esto es muy importante para el futuro de la comunidad. Empecemos.
No hubo grandes problemas a la hora de votar, excepto por el hecho de que algunos familiares levantaban ambos brazos tratando de engañar, pero eso fue fácil de descubrir y solucionar. Al final, el carpintero obtuvo 75 votos y el zapatero 119. Este último, junto a sus familiares y votantes, se abrazaron gritando y festejando cuando nuevamente sobrevino el caos entre ganador y

perdedor que se trenzaron a golpes. Cuando todo pareció calmarse, el nuevo líder se paró al lado del viejo Francisco y, tapándose con la mano un ojo que ya comenzaba a hinchársele, gritó a todos:
— Yo soy, como dice el buen hombre mandado por Dios desde el mundo de verdad, el elegido por todos ustedes y declaro que tomemos este lugar hasta que hagamos otro como el lugar para encerrar a aquellos que no obedezcan. Y también que fui atacado por este, el carpintero este ―a lo que el carpintero respondió con un insulto― y que debiéramos encerrarlo unos días para que piense y se dé cuenta que yo gané y ahora debe respetarme.
Esa noche hubo fiesta, de algunos. El zapatero a cada rato iba a ver que no se escapara el carpintero. Francisco fue y se acostó. Durmió profundamente, como todas las noches del resto de su vida, se olvidó de Andrea, su estancia y su antiguo mundo. Vio como todo iba progresando, sobre todo él, ahora se sentía mejor de salud y más importante, nadie discutía sus decisiones; él, tras otras caras, era el que tenía el poder.
El carpintero, tras cumplir su condena de encierro, fue elegido e instruido por Francisco para ser el emisario ante el mundo de contar las maravillas de aquella virgen tierra, de las riquezas de sus recursos naturales. Fue así como empezaron a llegar los curiosos, los turistas y luego los inversionistas.
Ahora la comunidad tiene hotel, calle, luz en las noches, escuela, alcalde, iglesia metodista y pastor, policía, banco,

almacén y un cartel en la entrada que dice: “Bienvenidos a La Aldea”.
Todos tienen trabajo, como les prometió Francisco. La nueva mina que administra para una importante compañía internacional no deja a nadie de la comunidad sin trabajo. Él percibe el cuarenta por ciento de las ganancias de la empresa, con ello paga los salarios, destina una cantidad al desarrollo de la comunidad y se reserva el resto para sí.
El zapatero y el carpintero afinaron sus asperezas y ahora son la mano derecha del viejo; ambos son importantes y respetados por el resto de la comunidad, ya no son lo que eran ni arreglan más zapatos ni asientos, eso lo hacen en la moderna zapatería y carpintería. Todos dejaron de ser lo que eran, ahora son una cosa u otra y esclavos del maldito trabajo, pero nadie dice nada por miedo a ser encerrado. Todos piensan votar diferente la próxima vez, tal vez elegir alguno de los nuevos comerciantes venido desde allá y con más experiencia. La paz y la tranquilidad nunca más reinaron entre ellos en el pueblo “La Aldea”, ahora que se lo puede ubicar en el mapa y visitar.


Martín

09.01.19 | 13:56. Archivado en Sobre el autor

Autor: Ariel Azor (Uruguay).

Su nuevo padrastro al volante detuvo el vehículo.
La madre giró la cabeza hacia el asiento de atrás mirándolo y le dijo:
―Presta mucha atención a lo que voy a decirte, ves ese monte allí delante tuyo, lo cruzas y encontrarás un rancho grande. Les dices tu nombre. Allí es donde vas a vivir y nunca, nunca te olvides de tu madre, la que te dio la vida y ahora te da la libertad de ser lo que quieras ser.
El niño, con su mochila colgada sobre su hombro, ya afuera de la camioneta, sintió un portazo a su espalda y luego el ruido a motor que se alejaba. Se quedó allí parado, solo, viendo el monte que debía cruzar enfrente de él. El olor a eucaliptus llenó sus pulmones y el miedo lo inundó todo por dentro, lo paralizó. Sacó fuerzas de su interior, cerró sus húmedos ojos y comenzó a caminar.
El monte parecía interminable. Los árboles parecían gigantes, el viento movía las ramas, que eran muchas,haciendo un ruido que más lo asustaba. Él nunca había visto tantos árboles juntos.
Apurado, se preguntó si estaría caminando en dirección correcta. Se sintió perdido. Tal vez nunca salga de aquí, pensó. El miedo se apoderó de él más fuertemente y comenzó a correr. Los árboles parecían reírse.
Parecían estar siguiéndolo con una macabra risa hasta casi alcanzarlo, ponerse adelante adrede para que no continuara corriendo haciéndole zancadillas con sus largas ramas para que tropezara. Un par de veces cayó y eso lo obligó a hacer aquello que no quería, mirar hacia atrás. Una línea de agua cruzaba el monte y le ponía fin. Saltó de piedra en piedra casi sin darse cuenta, sin mirar, tan rápido que ni se mojó los pies. Del otro lado un campo arado se hizo visible a sus ojos y más allá el rancho. Por fin los gigantes quedaron atrás.
Con sus pequeñas manos y sus pocas fuerzas golpeó la oxidada puerta de chapa, la única que tenía el rancho.
Esperó, golpeó nuevamente y nadie salió. Rodeó el rancho, buscó en el galpón y nada. Volvió al frente, se sentó al lado de la oxidada puerta en el piso y agotado se durmió.
Cuando se despertó estaba adentro, sobre la cama y los dos viejos sentados a su lado lo miraban. No reconoció esas caras, se refregó los ojos, bostezó, los miró y les dijo, “yo soy Martin”. La vieja, Delia, estiró su arrugada mano acariciando su cara y le susurró “acá dejé tu mochila, a tus pies, esta será tu cama”. Él sintió que de ahora en más eso (la cama y la mochila) sería todo lo suyo en su nuevo hogar.
El viejo, Ramón, con su cara curtida por el sol y por la tierra, de hombre de mil batallas, ojos escondidos y tiernos lo tomó de la mano invitándolo a levantarse.
Caminaron hasta afuera, le señaló un árbol y le dijo:

―Mirá. Ves ese lugar, es mágico. Si te quedás allí un rato en silencio y mirás el cielo vas a ver que éste te hablará. Vamos. Ahora te voy a contar una historia y después hacemos silencio y verás.
Ramón se sentó y Martín a su lado bajo el árbol. Escuchó con entusiasmo al viejo contar aquella hermosa historia sobre duendes y hadas hasta que terminó. De a poco el viejo fue levantando su cabeza y miró hacia arriba. El niño lo imitó, miró hacia el frente, hacia los costados, hacia arriba y un cielo increíblemente hermoso se le apareció. Quedó impactado. Nunca hubiese creído hubiera tantas estrellas y tan hermosas y tan brillantes.
Miró al viejo de reojo y agudizó sus oídos, apagó su cabeza y un zumbido, suave, se escuchó.
―Lo escuché, lo escuché, abuelo

El viejo lo abrazó contra él, apretándolo con sus gruesas manos.
―Viste, te dije. Mañana vendremos y te contaré otra historia y escucharemos las estrellas.
Ambos tomados de la mano caminaron hacia el rancho. Martín se detuvo mirando hacia atrás, hacia el lugar mágico, quería recordar dónde estaba y cuál era el árbol entre todos los demás, mañana volvería.
Delia, parada en la puerta los esperaba, con la cena pronta y la sonrisa rejuvenecida.


SIEMPRE PASAN COSAS RARAS CUANDO NOS ENCONTRAMOS CON LA FELICIDAD Y ESA COSA VERDE

19.12.18 | 11:47. Archivado en Sobre el autor

Cuento escritor por:
Guille Paier (escritor argentino y amigo)

La nuestra era una reunión tan impostergable como incierta. Ya la presumía improbable. Vaya amistad la nuestra. Que voy yo, que vení vos.
Paradójicamente, lo único que parecía unirnos era el río color de león que nos separaba; lo cual era una formidable excusa para no encontrarnos casi nunca. Aunque a la hora de la verdad, deba admitir que era él quien invariablemente cruzaba el charco.
Como sucedió en este viaje.
Era una ocasión especial, muy especial diría, porque Ariel se venía desde su Montevideo en viaje de despedida. No porque se fuera a morir ––esa gira ya la había realizado un par de años antes, sin éxito––, sino porque en pocos días partía en busca de la felicidad perdida.
Nada menos.
––¡La felicidad!––exclamó, saliéndose de su habitual parsimonia al hablar y dándole un sonoro manotazo a la mesa, que hizo tambalear la botella de cerveza––¿Entiende lo que me está pasando, compañero?
Y claro que lo entendía, al tipo que le había mojado la oreja a la muerte, ya nada debía conmoverlo. Sin embargo, ahora se había enamorado y lo carcomía la espera. Y necesitaba salir a contárselo al mundo para mitigar el ansia. Porque no hay nada más desesperante que el momento previo a que el resto de tu vida comience a rodar. Una sola vez en su vida había experimentado algo parecido a ser feliz. Y por la misma mujer. Algo así como tropezar deliberadamente dos veces con la misma piedra, pero bien.
Lo percibía por demás exultante, bien alejado de su siempre contenida alegría uruguaya.
Al Ariel lo había conocido un par de años atrás, en una presentación que nos hermanaba. En esa ocasión descubrí a un tipo entrañable y de verba ácida, pero por sobre todas las cosas, un escéptico de pura cepa. Pero cómo no tenerle aprecio a un tipo que se hizo de Racing aquella noche que a Lalín le revolearon el redoblante.
Por esa época andaba enfermo. Muy enfermo. Una mezcla infinita de pestes sudacas habían descendido sobre su, ya de por sí, frágil humanidad. Lucía como un zombi oriental. Recuerdo una noche en la cual tenía que tomarse un bondi que lo arrimaría a una palangana que lo iba a cruzar para el otro lado y yo lo alcancé hasta los arrabales del Once. A pesar del entorno bestial, no había por qué temer. Dudo que las exóticas almas en pena que merodeaban la estación a esa hora se le atrevieran a ese hombre de color aceituna. Me despedí de él con la convicción de que partía de gira en un bondi celestial. O al menos celeste.
Y es que, convengamos que no se gambetea así nomás a la parca.
Pero zafó, de puro áspero, pero zafó. Se bancó que le achuraran los intestinos, el esófago y otras partes de su breve humanidad y sucesivos comas naturales e inducidos, muertes súbitas, enemas y pichicatas sicodélicas que lo hicieron ver enfermeras caminando por el aire.
––Es por la sangre charrúa––le dije, de puro condescendiente.
––¡Ma’ que sangre charrúa! ––Estalló–– Esos indios eran unos sinvergüenzas que le robaban la hacienda a un puestero y se la vendían a otro ––me retrucó––. Pasa que en el Hospital de Clínicas sabían cómo curarme.
Y ahora lo tenía frente a mí, apurando sin mayor prisa su vaso de cerveza y negando con la cabeza. Porque se vino nomás para este lado de la cosa, a pesar de las vagas coordenadas que le di, con la ilusión de que se perdiera hasta encontrar el buen camino. El sur profundo no es para cualquiera. Por eso me sorprendió el timbrazo a la hora señalada. Estos yoruguas sí que saben cómo moverse en la incertidumbre.
––Vamos a comer un buen cacho de carne ––le propuse, con la clara intención de disputarle uno de los tantos clásicos rioplatenses.
––Mejor una pizza ––propuso––, por lo de las operaciones… ––claro, me había olvidado de su aparato digestivo simplificado –– A propósito, de eso viene lo que te quiero hablar ––me dijo, con un tono por demás intrigante––.Con el tema de las operaciones dejé de comer muchas cosas, pero me aferré a otras, como los sándwiches de miga, esto que te digo es revelador, muy revelador, pero ya voy a llegar a eso… ––agregó, poniéndole dramatismo al relato y fiel a su estilo.
Ariel sabía ponerle suspenso a la conversación. Siempre ha sido un gran contador de historias. De hecho, ahí nomás peló un papelito que tenía prolijamente doblado en cuatro y, excusándose por el atrevimiento, pero sin una pizca de pudor, se puso a leer uno de sus típicos sainetes montevideanos. Ariel describía sus criaturas con la sencillez de aquellos pocos que son rozados por el talento del contador de historias. Apenas diría que había perdido algo de esa ironía suya tan característica.
––¿Qué le parece? ––me preguntó, apenas concluyó la lectura.
––Muy bueno, por ahí ya no tiene de la acidez de otros tiempos…
––¡Lo sabía! ––me interrumpe, y se me queda viendo como si hubiera calado en la raíz de su dilema–– Esta cuestión de la felicidad está matando al escritor…
No recuerdo qué argumenté ––nada irrefutable ni revelador seguramente––, para explicarle que estaba equivocado. Sí, que enseguida lo invité a ir hasta la pizzería de la otra cuadra para rubricar nuestro encuentro. Pedimos y mientras apurábamos unos porrones, hablamos acerca de todas aquellas cosas antagónicas propias de hermanos. Y así pasearon sobre la mesa el fútbol, el mate, Gardel y algunas otras cuestiones inherentes a nuestras desavenencias. Hasta que llegó la de muzzarella y entonces sí, se puso a hablarme de aquello que le había permitido recuperar la felicidad:
––Con esto de la operación tuve que someterme a una dieta estricta ––arrancó––. Tengo que comer cosas fáciles de rumiar y tragar. ––Masticaba con cautela y destilaba la charla entre bocado y bocado––Estoy comiendo sándwiches de miga. Todo el tiempo. Y voy siempre a la misma panadería, allá en Las Acacias. ¿Y no va que me la encuentro? ––esperó que le prestase la debida atención antes de continuar: A mi novia de la adolescencia. ¿Cómo lo digo? ––Meditó y masticó––Como es debido: ella es la mujer la mujer de mi vida… Siempre lo fue… Nos emocionamos mucho a volver a vernos… Conversamos de nuestras cosas… Fue como si el tiempo no hubiera pasado… ––me contaba por espasmos, visiblemente emocionado, mientras acababa la pizza. Pasó de la crosta del borde, lo cual era comprensible habida cuenta de sus limitaciones gástricas. La apoyó en un platito de cortesía junto con la aceituna de rigor correspondiente a la porción. Al verla a un lado, quise saber por qué no formaba parte de su extraña dieta de hidratos, a lo que respondió de manera tajante: No me gusta esa cosa verde.
Y aderezó sus palabras con un gestito de repugnancia. Me encogí de hombros y le indiqué que prosiguiera con el relato, pero había algo en el ambiente que lo alteraba:
––¡Qué música de mierda!
Y tenía razón. Sonaba un reggaetón abominable. La situación era extraña. Porque la música no provenía del salón, sino de la mismísima aceituna que había quedado en el plato junto con la crosta de la pizza. Siempre que me junto con Ariel las cosas parecen salirse de curso. Se ponen raras. Como entonces. O como aquella noche que lo arrimé al Once y durante la espera se dieron cita los trabas, la tullida en pedo, el enano, el flaco de la corneta y otros tipos que escapaban de su mente afiebrada.
Por fortuna, Ariel se mantenía aferrado a su historia:
––La familia de mi novia se fue a vivir a España. Se la llevaron sin importarle un pito nuestra relación… Fue algo muy triste lo que nos pasó… Allá estudió y después se casó con un gallego, pero terminaron separados… Y no va que al tiempo se le mueren los padres y se viene de paseo al Uruguay y me la encuentro en la panadería donde siempre voy a comprar mis sanguchitos de miga. ¡Así! ¡Frente a frente! ¡Estaba escrito!
En ese momento, la aceituna, esa cosa verde que tanta aprensión le generaba al Ariel, devino en una cornucopia de la cual comenzaron a brotar los recuerdos de pequeñas felicidades ajenas. Como en un desfile de sacados, fueron apareciendo algunas personas que se pusieron a bailar sobre el mantel al espástico ritmo del reguetón. Había bastante descontrol, especialmente de parte de unos muchachotes que daban verdadera vergüenza ajena. Y entre ellos un pobre infeliz que se sacudía con la estúpida euforia de un jugador de vóley. Aun así, los tipos parecían felices. Como Ariel que me miraba con esa tonta expresión de bienestar. Estaba por hacerle un comentario al respecto, pero por el agujero de la aceituna entraron en escena una pareja de perros. El macho, un falso ovejero con la quijada deformada por alguna mala cruza y ella, una adorable perra negra con los ojos como constelaciones. Se sentaron frente a mi plato y se me quedaron viendo mientras terminaba mi porción de pizza, con esa expresión típica de los perros muertos de hambre. Deshice la crosta de la pizza que había dejado Ariel y se la arrojé a las fieras. Se ve que quedaron pipones, porque enseguida se pusieron a dormitar en medio de la gente que no dejaba de contonearse.
––Lo que es el destino… ––digo conmovido a propósito del culebrón oriental.
––Ah sí… Pasa que en el Uruguay somos muy poquitos. Y nos conocemos todos… ¡Vamos! Si a las charlas del Frente Amplio íbamos los mismos tres gatos locos, Tabaré, Líber y a veces algún que otro amigo. ––me cuenta con su habitual parsimonia, pero cuando le pregunto por el Pepe, vuelve a estallar: ¡Ese es un boludo!––y se quedó refunfuñando para sí––¡Pero qué música de mierda! ––insistió.
Al pibe de remera blanca sobre el mantel eso no parecía importarle. Ahora la llevaba enroscada en la cabeza a medio sacar revoleando los brazos como un espástico, mientras sus amigotes le festejaban las pantomimas. En torno a esa cosa verde el meta-relato se aceleraba hasta desmadrarse. Un tipo se puso a cantar un aria, acompañado de una pendeja que le disputaba con ferocidad el micrófono. Como no lo consiguió, desde su celular comenzó a porfiarle la selección de temas al disc-jockey y la música iba y venía o directamente se cortaba y todos protestaban. Los perros, que hace un momento dormitaban, ahora estaban abrochados en medio de la pista. Aun abochornados, se los veía felices. El de remera blanca, un pacato al fin de cuentas, les pegó un voleo con la esperanza de separarlos, pero lo único que consiguió fue caer de bruces en medio de las risotadas generales mientras los perros escapaban cojeando de lado. La situación me incomodaba, de modo que traté de volver a la charla con Ariel, pero ya era tarde, había perdido definitivamente el hilo de la conversación:
––Largo todo, ¿me entiende compañero? Todo ––me venía diciendo––. Me voy a Tenerife a vivir con ella. Me voy sí, me voy a Tenerife amigo ––repetía, como dándose ánimo––. Con la mujer que siempre amé. A un departamentito chiquito frente al mar. No necesito nada más… Estoy enamorado… Me siento feliz, hermano. ––completó, desmoronándose al aceptarlo. De hecho, la sentencia final, ese hermano, dicho de manera sentida, acabó con doscientos años de absurdos rioplatenses.
––¿Pero vos no estabas en pareja? ––le pregunté, cortándole el mambo.
––Sí, pero estaba todo mal ––se excusó y no parecía dispuesto a aclarar mucho más: Fui con mi compañera y le dije: ya está, se terminó.
Por fortuna, se acercó el mozo que se puso a limpiar la mesa, y retiró el platito con la aceituna. Con ella se fueron los ruidos, los perros y los impresentables. Nos quedamos un buen rato sin saber qué decir.
––¿Ustedes son felices? ––nos preguntó entonces.
La miré a mi mujer, sonreímos. Ah, y esto no creo haberlo dicho, mi mujer se encontraba todo el tiempo junto a nosotros. Pero no es necesario. Porque ella está presente en todo lo que me rodea.
Como la felicidad misma.


Un juego irreverente

11.12.18 | 12:17. Archivado en Sobre el autor

Hay obras que se sitúan más allá de la novela, llegando a traspasar unos límites innecesarios. Ocurre muchas veces cuando al autor se le ocurre mezclar distintos efectos, como novela-ensayo, o ensayo-reflexión, o reflexión-adoctrinamiento…, en un juego experimental que no siempre proporciona unos resultados apetecidos.
Recientemente me interesó recordar la visión de Kundera sobre la existencia, y cómo ésta envuelve las conciencias de los personajes que deambulan por sus escritos. Intenté, de nuevo, leer La insoportable levedad del ser, con unos resultados verdaderamente desastrosos. Un ejercicio totalmente insoportable, el mío. Lógicamente el autor parte del Ser, para ir construyendo poco a poco una trama insulsa en un marco frío y tenso, no sólo en el sentido sociopolítico, sino también en el puramente literario. Puede que cuando este libro se publicó, a mediados de los ochenta, tuviese un sentido y justificación evidentes, incluso necesarios. Pero con el paso del tiempo la “novela” referida ha ido, para mí, de más a menos.
Como buen comunista, este checo-francés nos va exponiendo la historia sentimental (con todos sus elementos de acercamiento, frustración, odio, coquetería…) de seis figuras, como si se tratase de seis pétalos que salen despedidos al menor soplo creativo. Pero, no lejos de conformarse con ejercer un grandioso y espectacular esfuerzo de creación, nos deleita con mil consejos y explicaciones sobre lo que vendrá más adelante. Utiliza el recurso de mezclar los esclarecimientos filosóficos a través de un diccionario que va salpicando la historia, precediendo cada párrafo, para (supongo) ayudar al lector. A ese lector pueril, ignorante y desdichado, que no entendería esa levedad (de lo banal) sin la estimada y apreciada ayuda del autor.
Este diccionario-novela resultaría aún más insoportable sin el catálogo-muleta. Personalmente prefiero que desde el comienzo el autor me aclare qué me presenta. Si se trata de un simple glosario-registro o si, por el contrario, intenta que yo, como lector, a través de su historia inventada, extraiga todos los matices que mi capacidad de comprensión me permita.
Si nos aproximamos a la manera de entender el tema que tendría, por ejemplo, Henri Michaux, el Ser de Kundera sale mal parado. Un poco tullido y lisiado, digamos cojitranco. “El ser interior -afirma Michaux- tiene todos los movimientos”. Con estas pocas palabras queda todo, o casi todo, dicho.
En El ojo y el espíritu, Maurice Merleau Ponty afirma: “La profundidad, el color, la forma, la línea, el movimiento, el contorno, la fisonomía…, son ramificaciones del Ser, y porque cada uno puede traernos todo el ramo, no hay “problemas” separados en literatura, ni caminos verdaderamente opuestos, ni “soluciones” parciales, ni opciones sin retorno”.
Reconozco que, en esta ocasión, la lectura comenzada volvió a presentarse ante mis ojos como La broma que nos conduce, irremediablemente, al mundo De la Risa y el Olvido.
En fin, cuando Alcibíades le preguntó a Sócrates qué somos de verdad, éste le respondió: Granos de arena en el vientre del tiempo.
Me quedo con este último pensamiento.
Vale.


Edgar Díaz, nueva voz en la poesía nicaragüense

04.10.18 | 18:53. Archivado en Sobre el autor

Edgar Díaz nació el 9 de febrero de 1991, en la ciudad de Camoapa, Nicaragua. Músico, teatrista y poeta. Estudió Lengua y Literatura Hispánica en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, UNAN, Managua (FAREM, Chontales). En el 2008-2012, participó como integrante de la Compañía Teatral Campesina (Tecum Umanii), en la cual se desempeñaba como músico y actor, realizando presentaciones artísticas a nivel nacional y centroamericano. Sus obras literarias han sido publicadas en varias revistas y antologías poéticas de América Latina y España. Actualmente forma parte de la Asociación Cultural Hernán Robleto Huete, Sociedad Nicaragüense de Jóvenes Escritores y Academia Norteamericana de Literatura Moderna Capítulo Nicaragua. Colabora para el diario digital Columna Cero. Autor de las obras literarias: Tiempos de sombras, vientos y espumas y Las cenizas del espejo.

Les dejamos tres de sus poemas

Efigie

Estoy en frente de la efigie,
solo y con tormentas negras.
Cosas que van y vienen
y corren por mis venas,
por el cuerpo y mi piel.
Estoy por preguntarme
lo que no sabré responderme.
Una duda que se estrella
en la memoria del silencio
y se desliza por el huerto:
la luz, el unicornio, el miedo
y en la lasitud del invierno.

Lo que duele

Llevo un verso
encadenado en mi garganta,
como triángulo incrustado
entre la voz y el mutismo.
Me duele hasta el hálito,
porque no puedo
escribirlo, ni decírtelo
con señales,
cifras o gestos;
ni con la más mínima
expresión de mis labios:

“me duele hasta la vida”.

A más ver

Una rosa se desploma del viento,
cae en los brazos del ímpetu:
se marchita, gimotea y sufre;
como si le hubiesen robado el alma
y el último pétalo de su vientre.


¿Qué es la mayéutica? La filosofía de enseñanza de Sócrates

24.09.18 | 08:40. Archivado en Sobre el autor

Una técnica que saca sutilmente a relucir la ignorancia.
En la Antigua Grecia, los encargados principales de impartir conocimientos eran los sofistas. Hombres que dedicaban su vida a enseñar sabiduría por medio de elaborados discursos que buscaban convencer al público de que sus ideas eran erróneas y debían aceptar y promulgar todo lo que ellos enseñaban.

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