El Acento

LA LITERATURA DEL DELIRIO EN EL FIN DE UNA ERA

12.12.17 | 12:24. Archivado en Sobre el autor

"Una oscura pasión por mamá"
Roger Vilar, De otro tipo, México, 2016.
Por Miguel Tonatiuh Ortega

Al abrir el libro surge inusitadamente una pregunta clave para descifrar a la lectura de este libro que puede ser la siguiente: ¿será éste un lenguaje que se inclina por el delirio? Por inicio de cuentas, la respuesta debería ser afirmativa. Y la justificaré en el trayecto de esta reseña.
Aunque Roger Vilar (Holguín, Cuba 1968) muestra una solidez como narrador que le conceden sus libros anteriores: La era del dragón (1998), Habitantes de la noche (2014) no es sino en Una oscura pasión por mamá (2016) , donde adquiere un dominio absoluto de la narrativa; solo diré que cuando compren el libro y hagan el ejercicio de la lectura, se verán imbuidos en un discurso delirante paralelo al que propone la tradición europea en su novelística (Thomas Bernhard o Peter Handke serían un estupendo ejemplo).
En la novela (Una oscura pasión por mamá), el narrador visiblemente tocado por la esquizofrenia, funciona como personaje principal en la trayectoria hacia las honduras del inconsciente. Y ante los ojos del lector, resuelve ser un guía en el infierno, un Virgilio posmoderno de naturaleza apocalíptica. También es cierto que la novela no está del todo asociada con la locura, sin embargo, se delinea un hilo de Ariadna con el mundo de la noche y de los sueños, para ser precisos, una asociación con las pesadillas. Luego de ello, la siguiente pregunta aparece de pronto: ¿Quién sería absuelto de un dictamen psiquiátrico en esta novela?

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GRUPO TIERRA EDITORIAL

08.12.17 | 20:16. Archivado en Sobre el autor

Nace una nueva editorial de la mano de Jimena Tierra y de sus colaboradores. Una apuesta firme, seria y muy gratificante para todos esos grandes escritores que no agachan su pensamiento ante las sacrosantas multinacionales. Se demuestra, así, que publicar magníficas obras está al alcance de todo aquel artista capaz de producirlas, lejos de la pura comercialización, del engaño, del simple y ramplón comercio, como si los libros fuesen, sólo, propiedad de los afamados y de los mediocres de siempre.

Grupo Tierra Editorial nace como una alternativa independiente al modelo actual. 
Los sellos más fuertes y agencias literarias, generalmente apuestan por autores ya consolidados. Por su parte, las pequeñas editoriales ofrecen a los escritores noveles sistemas que suelen reducirse a la impresión de ejemplares bajo demanda y a un número reducido de presentaciones de los mismos. La mayoría de las librerías físicas, además, optan por títulos con proyección asegurada de venta eludiendo dar cobertura a la literatura independiente.
Se precisa una posición realista en este aspecto. Hay una grave crisis en el sector intelectual. Una recesión que azota con ahínco a España, seguida de cerca por países como Canadá, Alemania o Estados Unidos. Según las últimas encuestas, los lugares en los que más se lee son: Egipto, Filipinas, China, Tailandia y la India.
A ello se le suma que el mercado literario occidental contemporáneo no solo tiene en cuenta la calidad de la obra, sino que ofrece un importante papel al reconocimiento del autor y su prestigio previo.
No solo hay que escribir bien. Hay que promocionarse.
Para ello, es importante disponer de un equipo de profesionales que ofrezcan servicios a autores y editores cuya finalidad sea lograr un inmaculado proceso de edición: se hace necesaria una buena corrección ortotipográfica y de estilo; son imprescindibles cubiertas atractivas que generen un mínimo de interés a los lectores; se precisa flexibilidad ante el sistema tradicional y su adaptación a las nuevas tecnologías; es fundamental un informe de lectura que filtre la mala literatura. Además, resulta esencial una campaña de publicidad que difunda y posicione la marca de autor en los diferentes medios que ofrece la estructura comunicativa actual internacional.
Tierra Editorial nace con carácter extrovertido, convirtiéndose en un sello que apuesta por el arraigo firme del pensamiento y  el crecimiento del autor que escribe por propia vocación y no con objeto de satisfacer las expectativas del público más amplio. Asimismo, tiene las puertas abiertas a todos los libros de autores desconocidos que respeten la literatura y motiven a la lectura como medio de enriquecimiento humano.
Si eres escritor, este es tu destino.
Jimena Tierra.


Un tango para los dioses africanos (3)

04.12.17 | 11:51. Archivado en Sobre el autor

Por Roger Vilar

No le dije nada a Omó, pero me fui a dormir algo angustiado. Él era la única persona con la cual yo tenía una amistad, o algo parecido a una amistad. Pero mientras cerraba las ventanas de mi cuarto para que no entrara la luz del día, pensé que era inútil preocuparme. Por mucho que uno quisiera variar los acontecimientos, estos siempre ocurrían según su propia ley natural. De todas maneras me parecía que el Gran Omó Saché estaba en un peligro mayor que el de las guerras de África. Esa mujer Urbeka, era un híbrido de sanguijuela y escorpión. Su peligrosidad radicaba en su debilidad. Denotaba grandes frustraciones que no quería asumir. Mucho sufrimiento cubierto con cirugías estéticas, nalgas postizas, tetas falsas, y una sonrisa copiada de las portadas de las revistas. Y ahora, para no ver su amargura interior, tenía que asumir el papel de mecenas de “un pobre mulato” del Caribe. Su afán de “salvar” al Gran Omó podía llevarlo a una crisis. ¿Para qué? Para ella comprobar que a pesar de ser una puta camuflada, vedette sin público y decadente, a pesar de eso, aún podía mover emociones y sentimientos. ¿Qué haría el Gran Omó en crisis? ¿Fuera de su mundo de dioses africanos? ¿Qué haría si se viera obligado a mirar a lo más obscuro y terrible de su ser? No lo supe, y quizás no lo sabría nunca, pero empecé a ir con mayor frecuencia a La Caverna. Ya no me acercaba a saludar al cantante, permanecía en una esquina, casi en la total oscuridad, espiandolo. Sus tangos eran tan melancólicos, desgarradores y extraños como siempre, con aquella gangosidad aguardentosa de garganta de negro, que hechizaba a su público con aquella manera lenta con que decía el tango “Ladrillo”. “Allá en la penitenciaria, Ladrillo llora su pena, cumpliendo injusta condena, aunque mató en buena ley…” Y ese mato en buena ley, lo repitió unas cinco o seis veces, casi desfigurando la canción. No parecía el modo de cantar de siempre. Había mayor dolor. Unos sollozos interrumpían de vez en cuando la letra. ¿Lloraba el Gran Omó? Si, al parecer sí. “Los jueces lo condenaron sin comprender que Ladrillo fue siempre bueno y sencillo, trabajador como un buey”. Entonaba entre lágrimas el Gran Omó. La ballena nostálgica arrancó grandes aplausos. Veían su tristeza como parte del espectáculo. Es muy difícil para la gente empatizar con el dolor de alguien deforme, y el Gran Omó, por su gordura, lo era.
El mulato continuaba su llanto. Hizo una pausa antes de seguir cantando. Y en ese momento vi la cabeza amarilla de Urbeka Larrú, que se aproximaba al escenario. Empezaba a dar brincos y a chillar como una loca “¡Bravo, bravo, bravo…!” El Gran Omó, por primera vez en toda su historia de cantante, se puso en pie. Era un rascacielos contra las luces. El público empezó a aplaudir y a gritar. Tras una pausa Omó volvió a entonar. “Ladrillo está en la cárcel, el barrio lo extraña, sus dulces serenatas ya no se oyen más”. Urbeka seguía graznando enloquecida. “¡Bravo, bravo, por fin te pusiste en pie, venciste el trauma de la gordura!” El Gran Omó Saché le hizo un gesto con la mano. La urraca, con pasos torpes, subió al escenario. Allí le lanzaba besitos al cantante. Omó continuaba. “Los chicos ya no tienen su amigo querido, que siempre moneditas les daba al pasar” La gente chillaba, casi se revolcaban. Era la noche de mayor éxito para el mulato. Urbeka empezó a danzar con sus patas flacas, y gritaba. “¡Ese es mi paciente, soy su psicoanalista y admiradora, pronto estará en las más grandes cadenas de televisión, yo, yo lo haré, yo lo haré…!” El Gran Omó Saché, le hizo un gesto al público, era un gesto de despedida con su mano. Volvió a trovar. “Los jueves y domingos se ve a una viejita, llevando un paquetito al que preso está” . La gente coreaba enloquecida otra: ¡Otra!, ¡Otra!, ¡Otra!, Pero el Gran Omó repitió aquel gesto con la mano, una despedida que su mano dibujaba en el aire denso, y bajó los escalones seguido de Urbeka Larrú.
Los seguí en la penumbra, y luego en la calle, guardando al menos unos 50 metros de distancia. Entraron a la casa de Omó. Esperé como una hora. Sudaba gotas frías, gruesas, que caían sobre el asfalto. Pasó otra hora, y Urbeka no salía. Entonces toqué a la puerta. Primero quedo, luego verdaderos aldabonazos, casi explosiones. Gritaba su nombre: “Omó, Omó Saché, ábreme, soy Drakus, tu amigo reportero”. Por fin abrió la puerta. Llevaba en su mano un farol como el de los ferrocarrileros. Empecé a balbucear alguna justificación para tocar a su puerta sin haber sido invitado, pero él me interrumpió. “Pasa, llegaste en el momento justo. Necesito tu ayuda en un ritual. Ya aprendiste. Sabes todo. Quizás un día tú mismo te conviertas en Babalawo!” No le respondí nada. Otra vez lo seguí a través de los pasillos oscuros y laberínticos de su casa.
Escuchaba yo en cada esquina, en cada rincón del aire y de las piedras, el sonido de los tambores afrocubanos, tan conocidos por mi desde aquella noche cuando era un estudiante universitario que se fue de La Habana y vino a caer en un Toque de Santo en la Ciudad de Matanzas, donde negros y mulatos danzaban al compás de aquella música, toque, tambores y cantos que hipnotizaban. Pero esos tambores actuales…¿Eran una grabación? En caso de serlo estaba el sonido muy bien distribuido. La acústica era perfecta. Parecían que estaban al lado de uno. O a veces…a veces eran muy lejanos y mezclados con el ruido del viento. ¿Y si en algún lugar de esa enorme casa porfiriana habían unos tambores reales, tocados por seres humanos. Iba a indagar con Omó, pero me salió otra pregunta. “¿Y tú psicoanalista? ¿Ya se fue esa tal Urbeka?” No me respondió, imaginé sus ojos azules descifrando la penumbra, buscando un camino.
Por fin, tras bajar y subir escaleras, abrir y cerrar puertas llenas de telarañas y olor a moho, llegamos a aquel patio donde siempre ayudé al Gran Omó a hacer sus sacrificios. “¿Y tú psicoanalista?”, le volví preguntar. “En ella he puesto todos mis problemas, todas mis angustias, todo lo que los dioses deberían de saber, y nunca se los he podido hacer saber”, contestó Omó. “Si, pero lo que yo quiero saber es donde está?” No respondió a mi pregunta, pero si me dio una orden. “Tomate esto” Era una pequeña botella verde, en forma de ánfora griega. “¿Qué es?, le pregunté. “¿No confías en mí? Tómatelo, es parte del ritual de hoy. Yo también lo tomaré”. Y lo tomé, era muy amargo, y pronto empecé a sentir una especie de embriaguez. Él también lo tomó. “Todo como siempre, buscas a la víctima, me la pasas, yo la mato, y me ayudas a distribuir las partes”. “¿Y esos tambores, están aquí, en vivo? ¿Dónde escondiste a los tocadores de tambor? Yo los siento como si viniera de debajo de la tierra, de algún sótano. O se trata de una grabación?”. El Gran Omó Saché hizo un gesto de fastidio, como si le molestaran mis preguntas. Entendí que no me diría nada. Fui a la trastienda. Allí estaba como siempre, el costal cerrado que contenía a la víctima. Lo arrastre. Está vez se movía con frenesí. Por fin, lleno de sudor, temblando por el esfuerzo, lo puse delante del sacerdote. La cabeza me daba vueltas. La sustancia me había verdaderamente embriagado. Apenas oí cuando el Gran Omó me pedía que le pasara el cuchillo de los sacrificios. Después todo fue neblina en mi cerebro.
Desperté con dolor de cabeza. Estaba en una sala alumbrada por candelabros y llena de ídolos africanos. Al principio me resultó un mundo desconocido, y me pregunté si me habrían secuestrado. Pero escuché la risa de Omó Saché, y recordé que lo había seguido hasta su casa. Me levanté dando traspiés, con la mente muy confundida. Miré el reloj, ya estaba muy próximo el amanecer. Le dije cualquier cosa y me fui. Momentos antes de acostarme recordé que mi objetivo era preguntarle que fue de Urbeka Larrú, pero él nunca me dijo. Yo tenía mucho sueño para conjeturar causas, y me dormí.
Pasaron algunas noches, tal vez tres o cuatro, sin que tuviera noticia de Omò Sachè ni de su psicoanalista llena de prótesis. Escribí notas baratas, hechos sin importancia. Un hombre baleado en un cajero automático. Una sordomuda violada. (Los judiciales, a escondidas, intentaban imitar los bufidos de la víctima) Una banda de travestis que seducían a los hombres y luego los asaltaban: les decían “Los mujercitos Violetas”. En fin, nada importante como para ganarme la portada del periódico. Así llegó la quinta noche. Estaba en una cantina de la calle Bolívar, de esas antiguas, como las que visitaba Pedro Infante en sus películas, con unos hombres más que machos, remachos, bebiendo cerveza. Las paredes llenas de fotos de María Félix y Lupe Vélez. La Diosa Arrodillada. Doña Bárbara. A mi lado estaba Aarón Menachin, el reportero judío, leyendo la Torà en hebreo. Esperábamos que cayera alguna noticia, pero ya eran las dos de la madrugada y la ciudad estaba en calma. “Sal y róbate algo, anda”, le dije a Ojo Feroz, cuyo único lóbulo amarillo, era tuerto, bailoteaba de un lado para otro, mientras aplicaba sus orejas al radiotransmisor con el que robaba la señal de la policía. “Cállate”, dijo “Cállate, algo está saliendo”, y con su mano dibujaba el aire, como si el movimiento pudiera acallar la lejana música de los organillos.
Dejé de hablar. Subió el humo del cigarrillo de Menachin. Musitaba La Torà. Ojo Feroz le subió al radio. Escuché la voz vulgar de los policías. En algún momento mencionaron la palabra “decapitación”, o “decapitada”, “cabeza femenina”. “¡Ya salió la nota!”, gritó el radioperador. “¡Vamonos!. Una cabeza en pleno centro de la ciudad, en el cruce de Reforma e Insurgentes!” Nos fuimos en dos motos de la cantina. En menos de cinco minutos llegamos al lugar. Decenas de patrullas, con sus luces multicolores, con sus aullidos, sus sirenas, tornaban la noche en un enorme cabaret sin bailarinas y sin canciones.
Los policías estaban en círculo. En el medio había unos periódicos sanguinolentos. Me acerqué cámara en mano. Descubrí la cabeza. Obturé. Flashazos. Muchos. Diez, o más. Se apagó la luz, y bajo los focos de las patrullas vi la cabeza de Urbeka Larrú. Retrocedí. Bajé la cámara. Algo me decía Ojo feroz, pero no le presté atención. Pensé que de un momento a otro aparecerían otros policías con el Gran Omò Sachè detenido. Seguí retrocediendo. Poco a poco me alejé de los policías y los reporteros. En cualquier momento me llevarían a declarar sobre mis vínculos con el cantante de tango. Pasaron los minutos. Nadie se me acercaba. Volví a prestar atención. Al parecer no sabían la identidad de la cabeza. Los peritos tomaban fotos a la triste Gorgona artificial con sus cabellos teñidos de rubio duros como serpientes por los coágulos.
“Omó envió el mensaje a los dioses, el máximo mensaje en ella”, pensé. Y luego el susto me paralizó. Tal vez yo le había ayudado en el sacrificio. El costal pesaba mucho más que las otras veces. Aquel brebaje asqueroso que me hizo beber me impidió ver, seguramente, que se trataba de Urbeka.
¿Qué hacer? Hacer el reportaje, en primer lugar, de aquella cabeza. Yo vivía de eso. Un hombre solitario y sin familia no puede tener el lujo de los sentimientos. Escribir, ganar dinero, pero sin mencionar que se trataba de la cabeza de Urbeka. Hacer como si yo no supiera nada. Volví a acercarme al área. Hice lo de siempre, preguntar a la policía como lo habían descubierto. Me dijeron que unos niños callejeros que jugaban futbol a esa hora de la noche fueron los primeros en darse cuenta, aunque se tuvieron que disputar el paquete con unos perros hambrientos. Tal vez por eso le faltaba un pedazo de nariz a Urbeka. Bueno, más o menos suficiente material para escribir.
Se llevaron la cabeza al Ministerio Público, en espera de que algún testigo la identificara. A ese efecto fue fotografiada y salió en la portada de la mayoría de los periódicos. Urbeka siempre quiso la publicidad, hacerse notar. Ahora su faz sangrante se difundía como si fuera una estrella de cine, mas nadie sabía su nombre. Ese anonimato visible hubiera torturado el ego de la psicoanalista si hubiera podido enterarse.
La noche siguiente encontraron los restos del cadáver de Urbeka distribuidos al norte, sur, este y oeste del lugar donde habían hallado su cabeza. Ya no me cupo la menor duda. El Gran Omó Saché la había sacrificado. Esa forma de colocar a la víctima era muy de él. El hecho de que los restos no estuvieran en estado de putrefacción me convenció, de que, contra lo que yo creía, no participé en el asesinato de Urbeka, pues ya hacía 5 o seis días que había fungido como acólito del sacerdote yoruba. Y entonces, más tranquilo, pensé en hacer paso a paso la crónica, la reconstrucción del caso. Aunque en algún momento mi relato interceptaría mi propia vida. Sería cuando la policía llegara al Gran Omó Saché, y descubriera sus vínculos amistosos. ¿Qué hacer? Decidí permanecer neutral. No decirle nada al mulato. Si me interrogaban diría la verdad: nunca tuve nada que ver con el asesinato de Urbeka.
La noche siguiente me presenté en la oficina de uno de los comandantes de la Policía Judicial. Era un Ministerio Público del centro de la ciudad, entre los antiguos palacios de los españoles, las ruinas ocultas de los aztecas, y el barrio de las prostitutas, La Merced. Un antiguo caserón, ahora ocupado por las oficinas de la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal. Me identifiqué como periodista, y pedí hablar con el comandante que llevaba el caso de la decapitada.
Me pasaron al segundo piso. Un bello techo de vigas y alfarjes andaluces contrastaba con todo el papeleo donde descansaba la sangre de las víctimas y la indolencia y corrupción de las autoridades. En el escritorio había un policía de rostro moreno, con el pelo casi rapado, que mascaba chicles. En una esquina una foto de un hombre de rostro macilento y nariz aguileña. Ojos que denotaban el alcohol por muchos años y una gran soledad. Un ramo de flores y una pequeña estatua de la Santa Muerte estaban bajo el cuadro. Supuse que era algún judicial muerto, y por hacer conversación pregunté si lo habían matado los delincuentes. Pero el policía me dijo que no, que estaba en su casa y se metió un tiro en la cabeza. Dije alguna vaga disculpa, y no hablé más. No era la primera vez que en una comandancia de la Policía Judicial veía la foto de un suicida. Hombres que cada día estaban entre la muerte y la falta de moral, la falta de sentido de la vida… No era raro que sólo vieran la salida en un balazo en la cabeza.
No hablé más. De afuera llegaban quejidos leves, gritos arrastrados por el viento. Me pasaron, por fin, con el comandante, quien tenía un nombre tan común que no puedo recordarlo. Era una especie de seductor de barrio, pachuco, con patillas largas, y olor a un perfume estridente, quizás 7 Machos, o algo parecido. Fue muy zalamero conmigo, siempre son así los policías con los periodistas, es una manera de protegerse de un escrito que los hunda. Yo también me mostré cortés, y le pregunté sobre los adelantos de la investigación. Se mostró reticente. Ofrecí hablar muy bien de él en el reportaje, resaltar sus meritos investigativos. Me dijo que ya sabían la identidad de la víctima: Urbeka Larrú, psicoanalista. Sabían que frecuentaba el bar La Caverna, y que se veía con aquel extraño mulato de ojos azules, el Gran Omó Sache. Pidió que esto último no lo dijera, pues podía entorpecer las investigaciones. Asentí, pero en cambio le pedí una detallada semblanza de la vida de Urbeka, para publicarla. Accedió.
Me marché a La Caverna a escuchar los tangos del Gran Omó Saché. Esta vez me senté casi escondido. No tanto para no tener cerca las bocinas, sino porque sentía culpa. En algún momento había sido amigo del cantante. Ahora sabía que la policía estaba tras su pista, y no se lo decía por miedo a que me involucraran a mí.
El Gran Omó, contrario a sus costumbres, estaba de pie. La luz roja y azul le pegaba en la cara. Grandes gotas de sudor rodaban por aquella mole. Como siempre, daba la impresión de que su volumen restaba masa a todo lo que le circundaba. Entonces, cuando las miradas caían, irremisiblemente, en él. Sacó dos boleadoras. E hizo un gesto como de reto. “Se atreverá a hacer todas las acrobacias de las boleadoras”, me pregunté. Su gordura seguramente se lo impediría. Pero me equivocaba. Vi que los artilugios empezaban a girar alrededor de él a una velocidad inaudita. La escasa luz me impedía distinguir sus manos. Daba la sensación que las boleadoras giraban como planetas alrededor de un sol sudoroso y cansado.
En ese momento entraron cinco o seis policías judiciales. La mayoría de la gente lo notó y empezó a dispersarse. El lugar quedó prácticamente solo. Entonces me sentí muy triste. El cantante era tan gordo que ni siquiera podría escapar. Imaginé que se bajaría, daría, balbuceante, alguna disculpa para que no lo aprehendieran, pero que irremediablemente iría a la cárcel.
Ese momento se dilataba mucho. El Gran Omó Saché no se inmutó, las boleadoras continuaban girando a una velocidad vertiginosa. A veces se alejaban tanto de su cuerpo que parecían suspendidas en el aire por algún hechizo. Los judiciales se sentaron a mirarlo. Supuse que practicaban ese sadismo de alargar el tiempo de captura, para que la víctima padeciera minutos atroces. Ahora eran el único público del Gran Omó Saché, que, sin dejar de mover las boleadoras empezó a cantar con su voz gangosa y ronca, el tango “Como dos extraños”. Giraba, como un derviche, como un místico que se encuentra en el centro del mundo, y lanzaba su voz contra las cuatro esquinas, contra todos los puntos de La Caverna. “Y ahora que estoy frente a ti, parecemos, ya ves, dos extraños”. Esa parte me estremeció. Supuse que me había descubierto, aunque yo estaba al fondo, oculto por una total oscuridad. A que otra cosa podía aludir aquella frase. Precisamente yo estaba allí, sin saludarlo, como un extraño, sin serlo. ¿O si lo era? ¿Me había hecho extraño no prevenirlo? Ahora me daba miedo salir, enfrentarme a aquellos ojos azules. El celta irlandés viviendo dentro de la piel africana. ¿Qué mejor combinación para un brujo? Brujo atrapado. Los seis judiciales lo miraban extasiados. Ya casi terminaba el tango. Las boleadoras aminoraron su velocidad mientras el cantante decía las últimas líneas. “Qué gran error volverte a ver para llevarme destrozado el corazón.” Entonces creí que realmente traspasaba la oscuridad con sus ojos. Y me acurruqué nervioso. ¿Cuándo lo aprehendieran gritaría mi nombre? Me resigné a aguantar la vergüenza de ser un pésimo amigo, pero no quería que me relacionaran con él.
La canción terminó y el Gran Omó arrojó las boleadoras lejos de sí. Bajó pesadamente. Los judiciales lo ayudaron. Tardó muchos segundos en llegar al suelo. Habló con los policías casi media hora. Luego salió torpemente por la puerta. Nunca le pusieron las esposas ni lo detuvieron. Parecían víctimas de un encanto que les impedía actuar. Oí sus últimos comentarios. Les habían gustado mucho las canciones.
La noche siguiente volví con el comandante de nombre impreciso. Me recibió con una sonrisa. Me dijo que me tenía la exclusiva, que me daría un dato muy importante, pero que lo mencionara a él como un sagaz investigador. Le prometí que sí. Habló. Ya sabían quién era el asesino de Urbeka Larrú: el Gran Omó Sache. Esa noche, en cuanto tuvieran la orden de aprehensión, irían por él a La Caverna. “Váyase ahí, y verá como lo detenemos”, aconsejó el comandante.
Volví a La Caverna, otra vez a las últimas sillas, para no ser visto por el Gran Omó Saché. Él cantaba. “Tierra florida donde mi vida terminaré, bajo tu amparo no hay desengaños…” Y entonces sentí, como un golpe, toda la amargura de que encarcelarán a mi amigo. Si acaso me había hecho participar, con algún brebaje, en el sacrificio de Urbeka… ¿qué importaba? Era aquella una mujer despreciable. El mundo se había librado de una plaga, y yo podía salvar todavía al Gran Omó Saché. Escribí un recado diciéndole que huyera lo antes posible, sin preguntar nada, y se lo di. El Gran Omó lo leyó con la vista mientras seguía cantando, y cuando terminó la frase “en caravana los recuerdos pasan”, bajó pesadamente del estrado, pidió una disculpa, dijo que volvía en unos minutos y desapareció para siempre entre los espesos cortinajes.
Pero sólo yo sabía de su huida. La gente siguió esperando. Cinco minutos, seis, diez, empezaban a desesperarse, llegó la judicial, esta vez muchos. Vi como preguntaban por el cantante. Lo llamaron por los altavoces, lo buscaron, pero nadie lo encontraba. Prendieron las luces, y fue como en los cuentos de hadas, cuando llega las doce de la noche y la cenicienta se transforma de princesa en vulgar cocinera, pues el antro mostró su realidad. No era más que un gran estacionamiento con paredes grises y sillas de metal. El estrado, en el centro, parecía un nido de cuervos abandonado. Erizado de cables, bocinas viejas, y micrófonos.
Fingí ser parte del público y salí a la calle. Había luna llena. Afuera estaban varias patrullas, reporteros, fotógrafos, y yo me preparé para hacer la nota, con más información que nadie. “ESCAPA ASESINO DE URBEKA LARRÚ”, “dicen testigos que era brujo además de cantante y ofrendó los restos de la falsa rubia al diablo, incluida la cabeza” Sabía yo que no fue al diablo, sino a sus dioses, pero los medios de comunicación sólo permiten mensajes sintéticos, sencillos, e impactantes. Cualquier religión no conocida suficientemente podía reducirse al término “El Diablo”.
Nunca encontraron al Gran Omó Saché. Muchas veces me pregunté cómo logró huir con un cuerpo tan gordo. Probablemente aquel celta encerrado en una piel africana tenía mañas desconocidas por todos. Seguí reporteando en las noches. Lo de siempre. Secuestros. Asesinatos. Ventas de niñas y niños para la prostitución. A veces iba a ver bailar a las teiboleras. Hacía el amor con alguna, escuchaba sus historias. Pero no volví a encontrarme con un espectáculo tan hipnotizante y seductor como el del Gran Omó Saché.
Una noche en que salía de la Procuraduría General de Justicia vi que un vendedor de discos piratas ofertaba a diez pesos una grabación en cuya portada había un gordo inmenso. Me acerqué y distinguí la inconfundible cara del Gran Omó Saché. Compré el disco. En las noches, cuando manejo por las calles desiertas, escucho su voz ronca cantando tangos. El disco está grabado en la India, en Nueva Delhi, y al parecer el Gran Omó, volvió a ser famoso allí. Entre la niebla, bajo los focos opacos, escucho su voz ronca…“Tierra florida donde mi vida terminaré, bajo tu amparo no hay desengaños…”


Un tango para los dioses africanos (2)

01.12.17 | 20:38. Archivado en Sobre el autor

Al final del pasillo había una butaca vieja, acolchonada, enorme, y allí se sentó el mulato. “Yo soy sacerdote”, dijo. “Soy un babalawo de la religión Yoruba”, dijo, quizás a modo de presentación. Pero luego no siguió hablando, no le dio continuidad a estas ideas. Se durmió y sus ronquidos estremecían la casa. Era un sueño pesado, seguramente largo, y ya de regreso en mi departamento recordé, una y otra vez, la profusión interminable de su morada. Como si él fuera el centro de un cofre que se expandía en hallazgos al igual que la cueva de Alí Baba. En contraste mi casa era de una frialdad y un minimalismo que conducían al vacío. A la no fe. A descreer de todos los dioses. De cualquier esencia. Y en ultimas instancias, a negar el ser. Eran paredes blancas y limpias, donde a veces la vista encontraba fotografías de desiertos, o de mares solitarios.
Desde las alturas donde estaba mi departamento miraba la ciudad y sus luces impersonales. Pensaba a menudo en el Gran Omò Sachè. Pasaron dos semanas y volví a tener una noche tranquila. Sólo me salió un reportaje. Una banda que se disfrazaban de payasos. Hacían malabares y chistes en los cruces de las avenidas, luego se acercaban a los automovilistas que no sospechaban la trampa. Cuando estaban junto a la ventanilla, en lugar de extender una mano por una moneda, extendían una pistola, y se llevaban el coche entre risotadas y bromas. Con tan mala suerte que en una ocasión le apuntaron a un comandante de la policía que iba vestido de civil en su carro particular…pero armado y escoltado. El viejo gendarme sacó una ametralladora y le voló los sesos a dos payasos. Las narices rojas cayeron al suelo junto con el reguero de sesos. Los otros cuatro arlequines fueron capturados. Los payasos delincuentes antes habían sido choferes de microbuses. Tomé las imágenes y los datos y me fui. La noche siguió tranquila, y como a las dos de la madrugada me dirigí al antro en el que cantaba el Gran Omó Saché.
Me recibió el calor aceitoso, la mezcla de perfumes baratos con el humo de los cigarros, los rostros de aquellas mujeres humildes ajados por la desgracia. Esas damas que eran sus fanáticas y que ahora escuchaban embelesadas otro tango. “Vieja calle de mi barrio, donde he dado el primer paso, vuelvo a vos, gastado el mazo, es inútil barajar con una llaga en el pecho…” Y las mujeres lo interrumpían con aplausos discordantes, y voces, “te amamos, Gran Omò Sache, te amamos”, y él saludaba lento con una mano, y entonaba otra vez. “…sé del beso que se compra, sé del beso que se da, del amigo que es amigo siempre y cuando se convenga…” Y entonces lo interrumpían los aplausos de los hombres. Camioneros, vendedores ambulantes, malabaristas de las esquinas, que habían ido a gastarse sus pocos pesos escuchando aquel dolor que representaba el suyo.
Volvía a agradecer con la mano Omó Saché, y repasaba las primeras sílabas del tango “Vieja calle de mi barrio, donde he dado el primer paso…” Y entonces pensé que de todos los presentes yo era el único que podía compartir con él las calles olvidadas que le vendrían a la mente. Eran vías llenas de baches, que salían a un malecón recién amanecido, húmedo, con alguna fonda sucia y vieja, junto al mar, antiguo tugurio de pescadores, que sólo ofrecía café con leche y pan con mantequilla. En un lugar así, hace muchos años, había desayunado yo con varios amigos después que habíamos pasado toda la noche despiertos en una tertulia literaria en la casa de Jhonny, el nieto del general Juan Gualberto Gómez, que ofrecía sus jardines a los jóvenes escritores disidentes del socialismo.
Esa imagen de barrio era quizá la que también venía a la mente del Gran Omó Saché, mientras seguía masticando silaba por silaba: “La vez que quise ser bueno, en la cara se me rieron, cuando grite una injusticia la fuerza me hizo callar…” Y esta vez no paró por los aplausos, sino porque le faltó el aire. Escuché sus resoplidos, como de un cachalote emergiendo del océano. Los chorros de sudor rodaban por su cara, y casi se hubiera podido oír el plas plas del aceite bañando el suelo. Pero no se escuchaba ese ruido, ese plas, plas, porque la vieja platinada de la vez anterior aplaudía con todo lo que daban sus manos flacas y huesudas, y gritaba unos “bravos” destemplados, que asombraban al auditorio, que admiraban todo lo relativo a Omò Sachè, excepto sus resoplidos.
Me dio un mal presentimiento, como si un gran elefante bueno estuviese a punto de ser mordido por un gusano blanco, sin sangre, ponzoñoso. Me acerqué al cantante. Cerca ya de la vieja, olfatee su perfume caro mezclado con sudor rancio. Gastaba mucho en aromas, pero no se bañaba. Se repuso el Gran Omò, volvieron a rodar las melancolías desde sus labios gruesos: “…y si la murga se ríe, uno se debe de reír, no pensar ni equivocado…” Y fue arrastrando la letra, hasta entre resoplidos y lágrimas, terminar, y quedarse en aquel mutismo, esa inmovilidad, que ya había observado yo antes.
Entonces la vieja con tetas y nalgas de plástico saltó al escenario a gritarle delante sus destemplados “bravos”. Mucho tiempo tardó el cantante en girar su cabeza, pues esta era redonda y grande, y se movía muy lento, como si el cuello estuviera en el centro de la gran esfera universal, a donde los acontecimientos de la periferia llegan con extrema pasividad y lentitud.
No sé que intercambiaron los ojos intensamente azules del Gran Omó Saché con las pupilas turbias de la vieja escandalosa, pero al cabo de un rato, o quizás de un segundo, escuché que ella le decía “Quiero conocerlo, conocerlo a fondo, conversar con usted, lo admiro, lo admiro, Omò…” En ese momento sentí un escalofrío en el estómago. Como si estuviera viendo una película en la que una bruja se inclina sobre la cuna de un niño. El Gran Omó la miraba, y vi que asentía con la cabeza. Cantó otro tango más, tuvo ese largo momento de recuperación que observé la vez anterior. Y luego se incorporó pesadamente. La mujer lo tomó del brazo ayudándolo. Volvió a mi mente la película imaginaria: la bruja se acercaba al niño, lo engañaba con dulces, lo tomaba de la mano para cruzarle una calle, y después destrozarlo. ¿Y a mi qué me importaba si destrozaban al Gran Omó Saché?, me dije de pronto. Después de tantos años de soledad, sin ejercitar mis sentimientos, de meses en que la única mujer era una prostituta alquilada, de horas y horas, de minutos multiplicados por un millón sin ver el sol, ¿qué rayos podía importarte el Gran Omó Saché?, me pregunté con rabia hacia mi mismo. ¿Qué me unía a él? ¿Acaso no me había jurado a mi mismo no solo abandonar el mundo de la luz, sino también el de los afectos? ¿Sería porque el Gran Omó era cubano como yo? No sé, no creo, pues nunca me acercaba yo a compatriotas. Para mí era sensiblería barata la patria. Quizás, me dije, me cae mal esa vieja de tetas de plástico, esa falsedad ambulante. Y entonces, al dirigir la ebullición que sentía en la sangre contra aquella arpía cloqueante, me sentí mejor.
Ella y El Gran Omó Saché caminaban por el pasillo hacia la salida. Los seguí. Nos aprisionaba el humo de los cigarros, nicotina y marihuana mezclados. El aire de la noche fue un alivió. Entonces escuché una conversación llena de lugares comunes. “¿Cómo es posible que una estrella como usted cante en este tugurio? Merece algo mejor. Yo tengo muchas relaciones, trataré de ayudarlo” la mujer intentaba imprimir a su voz gran entusiasmo, pero algo la traicionaba. Algo decía que debajo de ese acaloramiento no había una felicidad real. Sobre todo el tono, trataba de ser muy aniñado en una señora que tendría por lo menos sesenta años. Y además, tamaña estupidez… ¿quién le decía a ella que el Gran Omó Saché no era feliz en aquel humilde escenario? Él no conocía otra cosa. Y si no era feliz, en todo caso, ¿por qué imaginaba la vieja que era ella la idónea para ayudarlo? Me acerqué y saludé con un seco “Hola”. Omó pareció alegrarse al verme, y me presentó como su amigo periodista. La señora hizo un gesto zalamero, como si imitara las caritas de Marilyn Monroe, y dijo llamarse Urbeka Larrù. Nombre desagradable, sonaba a graznido de urraca. Pero le venía muy bien. No tenía ninguna causa lógica, pero no quise decir mi nombre, y me presenté con mi clave: Drakus. “Típico de periodistas”, graznó Urbeka, queriendo congraciarse conmigo. “Yo soy psicoanalista, pero escribía para El Universal, y muchos en ese periódico tenían clave”. Quizás esperaba una respuesta amable de mi parte, pero me mantuve callado. Ninguno de los tres volvimos a hablar.
Caminábamos rumbo a casa de Omó Saché, o más bien lo seguíamos, pues él no había invitado a ninguno de los dos. Andaba lento, al ritmo de su pesada respiración. Y en la densa oscuridad de la calle sólo se escuchaban sus resoplidos rebotando contra los muros. Llegamos a la puerta vieja, con figuras talladas, hollín y telarañas. Yo me quedé como a un metro de distancia. Mientras la llave giraba oí a Urbeka chillar: “Ay, ¿puedo entrar? No le quito más de diez minutos”. No sé si él dijo que no o que sí, pero ella se metió. Yo estaba como petrificado, no los seguí. Sentí el portazo en la cara. Solo, en medio de la noche, sentía un gran desamparo. Una sensación de vacío poco acostumbrada, semejante al hueco de los adolescentes cuando una novia platónica se niega a hablarles.
Me fui a tomar unas cervezas. La espuma deshaciéndose siempre me ha llamado la atención como la total falta de significación. El café me trae recuerdos, el humo de las pipas remembranzas y conexiones literarias, pero nada la espuma de una cerveza. Había visto muchas. Seguí viéndolas cada noche, pasaron los calendarios, no sé cuantos, y volví a la casa de Omó Saché a la hora en que solía llegar del escenario. Al verme me invitó a pasar. No hablamos mientras caminábamos por aquel pasillo sólo alumbrado con velas.
Vi las grandes hachas de madera del dios Changó untadas de sangre. Olía a muerte. Al final del pasillo abrió otra puerta. Ahí no había luz, sino una oscuridad densa. Tropezaba con trastes cada segundo. Parecían sillas rotas. Cadenas. Cajas llenas de libros. Herraduras de caballo. Esculturas, no se de que tipo, pero sentía sus miradas. Y tuve la sensación de ir cayendo en otro mundo. En un pozo en cuyo fondo sólo había gritos de África. Figuras negras y susurrantes. Entonces escuché una queja, leve al principio, después se fue haciendo más fuerte. Era como el llanto de un niño. “¿Qué es eso Omó?”, le pregunté. No obtuve ninguna respuesta. ¿Estaba solo yo? ¿En que momento me habría abandonado el tanguero? Aquella oscuridad parecía infinita. Pensé que él mundo era sólo las cadenas con las que tropezaba. Que cada día, cada minuto, estaría caminando ante aquella sensación de ser mirado sin percibir nunca esos ojos ocultos en la oscuridad. Pero no fue así, lejos, o quizás muy cerca, una rendija de luz se abría. La figura gorda de mi guía salió por allí y yo me precipité a la salida.
Estábamos en un pequeño patio con piso de mosaicos amarillos y antiguos. Un foco eléctrico nos iluminaba. Era la primera señal de tecnología en aquella casa. El Gran Omó Saché giró su gran cabeza, y sus ojos azules se clavaron en mí. “Tengo que hacer un sacrificio a los dioses, pero necesito un ayudante. Tú serás mi ayudante”. Hubiera querido decir no, pero era tan sólida su figura y tan penetrante la mirada, que no abrí la boca. En aquel patio había una jaula con un búho que nos miraba atento. Una gran serpiente se desplazaba en una esquina. En una maceta, junto a la planta de grandes hojas, estaba clavado un bastón con muchas señales y signos esotéricos. Una alacena tenía toda clase de cuchillos y machetes. En la otra esquina estaba el bulto del que salían los quejidos que escuché en el pasillo. Algo vivo se agitaba dentro. El Gran Omó Saché lo puso en el centro. Y me dijo. “Tú sólo seguirás instrucciones. Quédate tranquilo frente a mi” Entonces tomó el bastón y empezó a golpear con él la tierra de manera rítmica, acompañando sus movimientos con un cántico en yoruba, el idioma de sus lejanos ancestros africanos. El sonido me iba produciendo una especie de somnolencia, un estar alejado del mundo, estar sin estar, y los pensamientos se me iban. Escuché su voz como si llegara de muy lejos. “Pásame uno de los cuchillos”, y se lo di sin preguntar nada. “Ahora abre el costal y preséntame el cuello de la víctima a los dioses”. Lo hice, y de adentro salió un chivo pequeño, de color canela, dando berridos. “¡¡¡Atrápalo, y acércamelo!!!”, gritó Omó Saché.
Incapaz de otra cosa, obedecí. El Gran Omó Saché, empezó a cantarle al animal, no un tango, sino una canción ritual y monótona. Era como escuchar el ronroneo de un león hablando con la presa. Poco a poco se calmaba el chivo. Entonces el sacerdote cogió el cuchillo y lo degolló. Luego Omó Saché hizo una ceremonia en la cual ofrendó las diferentes partes del animal a diferentes dioses. Al final el sacerdote se durmió en aquel patio, y sus ronquidos hicieron temblar toda la casa.
Tal vez ayudé al Gran Omó Saché en aquellos sacrificios cuatro o cinco veces. Me transportaba a un mundo mental extraño. Era como si yo fuera otro, como si estuviera en un balcón mirándome a mi mismo, y ese que asistía al sacerdote era alguien sin sentimientos, dirigido por una fuerza desconocida. Cuando terminaba el ritual, poco a poco volvía a mis sensaciones de siempre. Era cuando el cantante me explicaba algo de lo que hacía. Mandaba mensajes a los dioses por medio de los animales. En la canción le confiaba sus secretos, sus problemas, y así, junto al espíritu del sacrificado, llegaban a la deidad, la cual se encargaba de resolverlos.
Omó tendría unos cincuenta años, en su juventud había sido soldado en África, cuando las guerras cubanas en Etiopía y Angola. Y colegí que no siempre habría sido tan gordo. Que tal vez tuvo una vida normal en Cuba. Esposa, hijos... Ahora era esa gran masa de misterio, tan inescrutable como la ballena Moby Dick. Sin embargo, como monstruo marino había logrado una vida en ese océano llamado La Caverna: abismo de lágrimas, de nostalgias, de vidas perdidas, de desgracias, de gente sin esperanza. Allí lo querían, allí había logrado ser feliz por momentos.
Sin embargo, en las últimas semanas lo empecé a notar muy nervioso, olvidaba letras de los tangos, no dormía bien, y empecé a insistirle, a preguntarle, hasta que me dijo que había tenido sesiones de psicoanálisis con Urbeka. Le dije que desistiera. Que ella no me parecía profesional, tan solo una burguesa fracasada que necesitaba oír, de si misma, o de los otros, palabras de aliento. Sobre todo, frases que la colocaran como una mujer con preocupación social por los más jodidos. “Quién sabe que culpas tiene que lavar”, le dije a Omó. Estábamos en el pequeño bar de La Caverna, tomando un ron con cola, y él, medio borracho, me dijo: “Soy hijo de una negra y un irlandés, pero mi padre me quería matar, llevó a mi madre a abortar a la fuerza, ella tuvo que escapar corriendo” Traté de consolarlo. Le dije que todos teníamos historias malas en la vida, pero que nos compensábamos con otras cosas que nos sucedían. “A ti el público te quiere mucho, debes dejar de ver a esa Urbeka, es una estafadora”. “No lo sé, pero a ella le estoy contando todo. Dice que estoy tan gordo porque tapo mis traumas con grasa, que he tapado con grasa el desamor de mi padre, lo que ví en las guerras de África, y muchas cosas más”. Entonces me alarmé, la vieja urraca estaba conduciendo al Gran Omó Saché a una crisis. “Ella es la que más sabe de mi, en ella he puesto todos mis problemas, o casi todos”.


Un tango para los dioses africanos (1)

28.11.17 | 18:30. Archivado en Sobre el autor

Por Roger Vilar

Mis recuerdos son muy difusos. Por más que me quiero remontar a la génesis exacta de los hechos, sólo acuden a mi mente calles nebulosas y el rostro de una anciana voraz que acecha en la sombra. Oscuridad de calles rota por luces de anuncios, boutiques, sex shops, bares donde corre la cocaína, table dances, restaurantes exóticos, era, en definitivas La Zona Rosa, con sus bailarinas, sus viejas perversas, sus antros gays… pero no fue ahí donde ocurrió el encuentro con Omó Saché, sino cerca, cuando ya las mismas calles pierden su iluminación y se ven antiguas casonas decrépitas, con lámparas mortecinas invitando a cafés y bares de menor categoría, algunos de estos casi campamento de tahúres improvisados, vendedores de drogas de baja calidad, torcidos cigarrillos de marihuana y ácidos que te consumen el cerebro en seis meses.
No sé por qué abandoné la zona con los mejores centros nocturnos, tal vez ya había acopiado información para dos o tres reportajes: algún secuestro, probablemente un crimen pasional, o quizás una banda de arlequines armados con metralletas. No sé a ciencia cierta, pero eran las tres o cuatro de la madrugada cuando me interné en un callejón con paredes llenas de grafitis que exponían mujeres con grandes tetas geométricas y letras muy, muy dibujadas, gariboleadas, con nombres de cantantes argentinos de tangos, Carlos Gardel, por supuesto, Hugo del Carril, y además el Gran Omó Saché. Me asombró este nombre tan poco rioplatense y proseguí hasta el final, donde un sucio foco rojo delataba la entrada de un bar o club llamado La Caverna.
La puerta se delataba grasienta, aunque no podía verla bien, o tal vez era esa la sensación que estaba en el aire de la madrugada y reptaba por mi cuello. O la consecuencia de ruidos que se enrollaban difusos: la música del interior, un tango gangoso, ronco. “Gime bandoneón, grave y rezongón, en la nocturna verbena”. Como si la voz hubiera pasado por mil borracheras y hubiera caído en un prostíbulo junto a un río pantanoso. “…Hace más honda mi pena. Con tu viruta sentimental vas enredando mi viejo mal.” Y sentí el llamado del abismo, de una melodía de manicomio sentimental. Las notas tomaron mis pies, traspuse la vieja cortina imaginando sedas del oriente y sultanes libidinosos.
La primera sensación fue de humo y de perfumes baratos muy penetrantes. Luego mis ojos se acostumbraron y en la penumbra vi mujeres agitando sus manos. O se sentaban, se paraban, aplaudían. Brindaban. Si, la mayoría eran mujeres. Damas ya entradas en los cuarenta años. Olorosas todavía a cremas de vendedor ambulante, vestidas con lentejuelas que quizás ellas mismas cosieron a telas inciertas compradas en el mercado del barrio. Eran, la mayoría, amas de casas que en las noches se ponían sus mejores prendas para escuchar a aquel Omó Saché, al cual yo no lograba ver todavía, pues el estrado, iluminado por luces rojas, azules, verdes, más parecido a un table dance que a proscenio argentino, escamoteaba al cantante. Bulto del que salía el ronco tango. “…hace más honda mi pena. Con tu viruta sentimental vas enredando mi viejo mal, un viejo mal que me ha dejado enamorado.” Cantaba. Repetía Omó Saché con aquella voz nada argentina, pero que contenía el dolor indecible de un moribundo que sonríe por última vez, y finge que los otros no conocen su enfermedad letal.
Me moví entre las muchas mujeres y los pocos hombres hasta alcanzar, de puro milagro, un lugar vacío en una mesa que estaba junto al escenario. Allí, filtrado entre vahos de cerveza, de sudores, entre luces que no recordaban el momento de apagarse, llegaba el fuerte tufo de Omó Saché, al que ahora divisaba yo como una gran ballena flotante, abriendo la boca gigantesca, de gruesos labios, para decir, recitar, producir el aceite de cada sílaba “Gime bandoneón, grave y rezongón, en la nocturna verbena. En mi corazón, tu gangoso son…” Y no, no parecía argentino aquel mulato ingente, enorme, rebosante de grasa, que cantaba tangos con una voz salida de los profundos ríos de África. Tono gangoso, de garganta que recita las canciones yorubas entre sacrificios de cabras y perros. Voz cargada de dolor que le imprimía una extraña realidad a la canción, un imán que me mantuvo inmóvil, mirando a aquella mole musical, hasta que descubrí que usaba muchísimos collares. Atuendos sagrados de lo que en mi país, Cuba, se conoce como santería, y que va desde el simple chisme y cuento de caminos, hasta la más profunda sabiduría ancestral.
Sin duda, el Gran Omó Saché era cubano. Pero su antepasado parecía ser una morsa, un cachalote, pues el hombre, tal vez porque le costaba trabajo desplazarse, cantaba sentado. “…hace más honda mi pena. Con tu viruta sentimental vas enredando mi viejo mal, un viejo mal que me ha dejado enamorado.” No pudo cerrar la boca por la gran cantidad de resoplidos que salía de su pecho. ¿Cuánto tardaría en recuperarse? Quien sabe, nadaba en su propio mar de sudor. La camisa, de colorines, pegada a su masa temblorosa.
Vi una mujer que salía del público. De edad imprecisa, tetas que sobresalían paradísimas, de una redondez compacta y tiesa, seguramente implantes. Movía las manos como formando abaniquitos en el aire. El pelo era rubio platinado, pero su cara era difícil de definir en las penumbras, entre el humo de los muchos cigarros. Ella subió trastabillando los escalones, tropezó con un cable, echó un gritito cascado y ridículo, propio de una garganta envejecida en la añoranza de glorias y lujos ya lejanos.
Un saxofonista la tomó de la mano, impidió la caída, y por fin la mujer llegó ante el Gran Omó Saché. Vi que se arrodillaba y extendía una especie de libretita o cuaderno muy pequeño y una pluma. No sé por qué, pero imaginé aquellos artilugios de color rosa y con dibujitos de corazones con flechas y cupidos algo lisiados. Omó Saché parecía no reparar en su presencia, continuaba con la cabeza baja, chorreando sudor. Hombre probablemente de origen humilde, quizás cantaba tangos para ganarse la comida, por lo que no estaría acostumbrado a tales zalamerías. Pero finalmente la platinada logró sacarlo de su mutismo, y la mano gigantesca garabateó en el minúsculo papel. Luego la señora le entregó algo, tal vez una tarjeta de presentación, y bajó, entre tropezones, los escalones del proscenio.
El Gran Omó Saché continuó inmóvil. Callado. Me pareció hombre de pocas palabras. Seguramente esa fue la causa por la que decidí acercarme, pues comúnmente no intentaba relacionarme con compatriotas. Sería lo de siempre, las quejas contra el exilio, y los recuerdos de una Cuba, que como diría Guillermo Cabrera Infante, estaba sólo en los recuerdos y los sueños, sin una existencia real. Sin embargo, Omó transpiraba otra esencia. ¿Sería cubano? ¿O era sólo una suposición mía? No lo sabía aún, pero debajo de su aspecto de mulato humilde había una profundidad atrayente, que acaso ni él mismo sospechaba.
Fue así que me acerqué y le hablé. Lentamente volvió su cabeza, se removieron sus múltiples collares, y contestó con una voz habanera, muy gutural y gangosa: “¿Qué volá acere?” Recordé las calles de Centro Habana, los solares, las cuarterías donde vivían hacinadas las familias. Lugares donde el sexo era lo más natural, y cualquier oportunidad de acoplamiento terminaba en recamaras de paredes derruidas. Muros de piedra o de viejos ladrillos, construidos por los mismos españoles que hicieron las fortalezas del puerto contra los piratas.
Aquella voz habanera juntaba en sí misma el vaho de los corsarios de siglos anteriores y la imagen del Gran Changó, dios de la guerra y de la seducción, cuyo nombre era enormemente adorado en la isla. Todo eso, unido a suspiros de vivos y de muertos, de dioses… eso, y otros misterios exhalaban del Gran Omó Saché, cuyos ojos intensamente azules rutilaban en la piel morena como estrellas de mar en un cachalote esquizofrénico y perdido en el océano.
El Gran Omó, con su voz gangosa, dijo alegrarse de que yo fuera su compatriota, y que me invitó a unos tragos en su casa. Acepté, ya quedaba poco de la noche, no creí que me saliera algún reportaje, y nos fuimos. Canturreaba él mientras caminaba: “…son las mismas que alumbraron con sus pálidos reflejos, hondas horas de dolor….” Y la profundidad nacía, espontánea, de su ingente carne, pero era imposible adivinar que había allí.
Caminamos varias cuadras de la colonia Juárez, entre las casas porfirianas que aún quedan, recordando, los dos, seguro, pero sin decírnoslo, al vedado, que sería la parte de La Habana más parecida a las manías francesas de Don Porfirio Díaz. Por fin llegamos a una gran fachada semiderruida. Tenía varias puertas, algunas clausuradas y sin uso. Todas, con cornisas arriba. En las molduras nacían hierbas y arbustos.
El Gran Omó accionó unas llaves viejas y grandes. Se oyó rechinar de fierros, de oxido, y un vaho de vejez nos saltó a la cara. Seguí su cuerpo enorme que resoplaba. Una gran oscuridad nos rodeaba. Sólo sentía aquella gran ballena tragando y exhalando la oscuridad. Su aceite expandido en un espacio que no se podía medir. Avanzaba lento, tropezando con trastes que sonaban desde otra edad. Después de un tiempo, quizás un minuto o tal vez media hora. Vi su silueta recortada contra un resplandor amarillo. Lo rodee, tan gordo era, y me di cuenta que en sus manos había una vela. Remarcaba los rasgos de su cara, chatos, redondeados, hieráticos entre sombras y luces.
Allí empezaba un mundo de dioses. En el piso había gotas de sangre rodeando sus ídolos. El enigmático Elegguá: una piedra redondeada, con ojitos, boca y un moñito en la cabeza. A él le rendían pleitesía todos los santeros. Más allá estaba el caldero de Oggun, también manchado con la sangre de las ofrendas. Luego la doble hacha de Changó, dios de la guerra y de la seducción. Al final de un pasillo, la bella Ochùn, sincretismo de la diosa del amor y la belleza femeninas, y la Virgen de la Caridad del Cobre.

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Un tango para los dioses africanos

28.11.17 | 08:36. Archivado en Sobre el autor

Por Roger Vilar

Mis recuerdos son muy difusos. Por más que me quiero remontar a la génesis exacta de los hechos, sólo acuden a mi mente calles nebulosas y el rostro de una anciana voraz que acecha en la sombra. Oscuridad de calles rota por luces de anuncios, boutiques, sex shops, bares donde corre la cocaína, table dances, restaurantes exóticos, era, en definitivas La Zona Rosa, con sus bailarinas, sus viejas perversas, sus antros gays… pero no fue ahí donde ocurrió el encuentro con Omó Saché, sino cerca, cuando ya las mismas calles pierden su iluminación y se ven antiguas casonas decrépitas, con lámparas mortecinas invitando a cafés y bares de menor categoría, algunos de estos casi campamento de tahúres improvisados, vendedores de drogas de baja calidad, torcidos cigarrillos de marihuana y ácidos que te consumen el cerebro en seis meses.

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Paul Radford

24.10.17 | 09:59. Archivado en Sobre el autor

Dijo el maestro que la soledad es peligrosa y adictiva. Los oídos del niño, atentos, creyeron comprender desde la infancia. Y esas palabras, hilvanadas en el silencio del aula, se le clavaron al pequeño en lo más profundo del alma. Así llegó a crecer. Convencido de que lo mejor era eso, la distancia con todos y con todo. De forma que nació al mundo un ser extraño. Melancólico, a ratos. Indiferente. A veces, apático. Aunque no siempre.

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La ilusión

21.10.17 | 11:01. Archivado en Sobre el autor

Siete de la mañana, lunes, un incordio, por ser el primer día, o tal vez el último, que nadie sabe, los ojos cerrados, con las pestañas pegadas como si tuviesen un adhesivo nocturno sobre las hebras, me duele la garganta de respirar sólo por la boca, pienso que deberé tomarme alguna cosilla, porque el día va a ser largo, me siento en el filo de la cama, mi mujer duerme, se mueve a un lado, a lo mejor se ha despertado y se hace la dormida, es igual, aún tiene tiempo para estar en la cama, yo, desnudo, soy un rebelde ridículo, un desastroso esqueleto que pisa las losas frías hasta el baño donde me acomodo y hago lo que hago, no hace falta ser más explícito, luego la cara con la punta mojada de la toalla, con el otro extremo, seco, la restriego intentando sacarme los ojos, de tanta fuerza, miro mi rostro, lo que pensé y lo que dije, un verdadero esqueleto, me peino lo que puedo, por los pelos, que ya se cayeron, aunque todavía queda un poco de respeto, vuelvo a la habitación y me visto en silencio y con la luz apagada, por las cosas, ya se sabe, mis cinco hijos, si es que alguna vez los he tenido, espero que sí, permanecerán dormidos todavía casi una hora, mejor para ellos, ya les llegará el turno, bajo las escaleras, enciendo y apago las distintas luces, por la factura, que hay que mirar por todo, y una vez en la cocina me preparo la dichosa pastilla del café, el que siempre tuvo el mismo sabor anodino e irreconocible, las tostadas todavía no me entran y me derrumbo en la silla después de conectar una estufa que comienza a calentar cuando ya me levanto para irme, lo que son las cosas, pues eso, como digo, lunes, un horror, acabo el café, coloco la taza en el fregadero, me vuelvo a sentar, tomo las pastillas de la tensión, la de los nervios, la del colesterol, la de las convulsiones, la de los triglicéridos, la de las esperanzas, luego saco tabaco, enciendo, miro la hora, es temprano, gané unos minutos deliciosos a la mañana que aún no ha nacido, porque miro por la puerta del patio y la noche sigue ahí, espiándome, observándome, callada, como una tonta de tanto mirarme, o tal vez por el dolor de saber que ya le queda muy poco, fumo en silencio, solo, en quietud, contemplativo, y me vienen a la cabeza unas ideas ontológicas, de cosas sobre el devenir y vete tú a saber qué cosas más, como las pesadillas que tuve durante la noche, pero más vivas, más temblorosas, más inquietantes, apago el cigarrillo, la colilla la mojo en el chorrito del grifo porque no me fío, siempre le tuve pánico a los posibles incendios, la casa está desnuda y como abotargada, habrá dormido también, supongo, me tomo otro minuto y después el abrigo hasta el cuello, el dichoso invierno, busco las llaves, abro la puerta de la cochera, entro en el coche que tarda algunos intentos en arrancar, lo consigo, lo saco a la calle, lo aparco cerca de la puerta, me bajo, cierro la cochera y me vuelvo a colocar frente al volante, lo agarro con los ojos medio cerrados, enciendo las luces, la corta, callejeo, miro otra vez la hora, hay tiempo, por las calles sólo algunos desgraciados como yo, otros son aún más desgraciados, llevan el canasto en la mano, irán al campo a las aceitunas, o a lo mejor son albañiles o fontaneros o panaderos o abogados estresados o simples mequetrefes que todavía se creen los dioses de la noche, en cualquier caso no estarán de vuelta a sus casas antes que yo, me río de su pequeño infortunio, para eso estudié como un gilipollas, ahora que curren los otros, como se debe, enfilo la última de las calles, pronto la carretera con su piel mansa, después algunos baches que no cojo porque me los conozco de memoria, y comienzo a desconectar, como si todo sucediese de manera automática, el coche me lleva, es suave, silencioso, se porta bien conmigo, y yo con él, que siempre estoy pendiente de sus achaquillos, la carretera curvea, pero no nos importa, él sabe guiarme, adelanto a un tractor, luego una recta de mil demonios, pero yo a ochenta, el de atrás se acerca muy deprisa, me importa un carajo que vaya más veloz, yo a lo mío, mi coche y yo a ochenta, mirando el campo o simplemente escuchando un programa de radio odioso porque hablan como si fuese ya media tarde, la carretera se introduce en la niebla, enciendo las luces bajeras, es hermosa la niebla cuando no llevas prisa, de pronto el dolor, con la punzada en el lado derecho de la cabeza, casi todas las mañanas sucede, llega, le conozco, nos saludamos y me dice que se quedará en mi cerebro el tiempo que le dé la gana, en fin, el dolor como las patas de una araña, clavadas por dentro, el tiempo parece que no avanza, pero cuando nos damos cuenta ya estoy apagando el motor, aparqué en silencio, dormido, en el sitio de siempre, cierro la puerta del coche, entro, camino por un pasillo helado, con el abrigo todavía en alto, hasta las orejas, me cruzo con alguien que posiblemente lleve allí toda la noche, abro mi cajón y cojo algunos papeles sin mirar, serán los de siempre, pienso, y de nuevo el lunes que se me fue de la cabeza, me siento, duermo lo que puedo, el ruido empieza a sofocarme, algunos hablan y ríen, les oigo con los ojos medio cerrados, todo me molesta, lunes, el dichoso lunes, pero quiero imaginar que durmiendo hoy mañana será miércoles, mitad de semana, total, ya casi la semana se ha descosido, ya el viernes, y con el viernes el sábado y el domingo, para luego empezar de nuevo, pero hoy es lunes, trato de recordar los grupos que hoy me tocan, un día no muy pesado, suena de pronto un estruendo que inunda todos los pasillos, el revuelo comienza, me pongo de pie, coloco un libro y una agenda debajo del brazo, al estilo de los buenos profesores, viajo por el edificio buscando el lugar exacto, algunos chiquillos están aún en medio de un pasillo, intento despertar, debería recriminarles, no han de estar ahí cuando el sonido ha destrozado ya nuestros tímpanos, pero ellos siguen riendo, empujando, mirando el final donde la esquina se esfuerza por seguir siendo una esquina, sigo avanzando y cuando me pongo a la altura me dicen, hola maestro, es entonces cuando reparo en que ese es el lugar donde debo parar, entro, cierro la puerta, treinta pares de ojos me siguen como si yo estuviese jugando un partido de tenis, coloco los bártulos sobre la mesa, me acomodo, les miro, bajo los ojos, respiro hondo, el dolor de cabeza golpea, pregunto a un alumno indeterminado por dónde íbamos, el de siempre salta con el número de la página, el dichoso niño siempre se acuerda, digo, lee, quién maestro, apunto sin mirar a alguna cabeza, lee, vuelvo a decir, dónde, responde alguien, me cabreo, comienzo a sofocarme por la tontura de la situación, ahora miro en mi libro, por la página… y digo un número, desde el principio, y el niño hace caso, y comienza a leer a su manera, escucho los sonidos muy endebles, el niño está lejos, al final del aula, me levanto, paseo de un lado a otro disimulando, soy un profesor de postín, debo, al menos, aparentarlo, siquiera eso, que no se diga, intento representar como que me importa lo que hago, el niño calla, digo sigue leyendo, ya he terminado maestro, ¡ah!, suelto y ahora pregunto ¿alguna duda, algún matiz oscuro, alguna idea oculta, incomprensible, confusa?, como sé que nadie ha entendido nada me pongo a explicar lo que el chico ha leído, conecto el automático, me sé de memoria hasta la última arruga de la página de marras, explico, hablo, entono, braceo, alzo la voz y los hombros cuando algunos hablan entre sí, luego hago una pausa, me llevo el dedo bajo la barbilla, la cabeza levemente inclinada, como si de verdad la cosa fuera interesante, continúa la farsa, explico, repito lo explicado, pregunto, suspiro cuando alguno levanta la mano porque no ha entendido algo, busco en el cajón de los sinónimos, repito lo mismo cambiando algunos sonidos, o tal vez el tono, elevado, para encajar bien la materia en las mientes del niño, después, cuando lo veo necesario despierto, abro los ojos, les observo, les analizo uno a uno, reparto la vista por toda la clase, escaneando sus miradas, vuelvo a preguntar y como no estoy seguro de nada pongo un ejemplo, un ejemplo tan tonto que todos se ríen, los energúmenos consiguen que yo también me ría, vuelvo hacia la pizarra, tomo una tiza, no hay, niño, ve por tiza, pero luego lo pienso mejor y digo, déjalo, ya lo hago yo, salgo, necesitaba unos minutos para adormilar mi dolor de cabeza, pero la araña ya clavó bien sus patas en la masa y no hay quien la suelte, me dan la tiza, vuelvo, entro, escribo algunos signos extraños, esto para mañana, digo, algunos resoplan, protestan, sonrío por dentro, pongo cara de serio, debo ser serio con ellos, me siento, compruebo en la agenda que hoy se ha avanzado lo que tenía previsto, descanso, me duermo, al menos lo intento, pero se forma un murmullo, uno levanta la mano, alguna duda que el niño ha guardado, me ilusiono y le digo, ¡qué pasa!, y el chico dice ¿puedo ir al servicio?, me hundo, estaba preparado para responder a la más difícil de las preguntas, y ahora lo del servicio se corre como la pólvora, las manos comienzan a levantarse, luego voy yo, maestro, y luego yo, y después de fulano déjame a mí, maestro, el maestro está hasta las narices, lo único que pretende es pensar en sus cuatro hijos que ahora estarán desayunando y recrearse también en los hermosos y enormes ojos de su mujer ya despierta, y la clase sigue y sigue y sigue y sigue, miro el reloj, aún quince minutos, abro el cajón de arriba, dentro un paquete de quinientos folios, me levanto, grito ¡delegado!, el delegado alza sus hombros, me mira, y le digo que voy a por folios, que no hay, el chico se yergue y adopta una pose importante, yo salgo al pasillo, está silencioso, la araña se hunde un poco más, sé que todavía me queda una clase más, lunes, seis, pienso en el seis que por ahora no tiene sentido, pero más adelante sí lo tendrá, mientras voy, me detengo con alguien que también fue a por folios, hablo, río, vuelvo a hablar de cualquier nadería, retrocedo sobre mis pasos, caminando lentamente, abro, entro, y llego hasta mi mesa, el timbre suena, vulgar y hediondo, en mis oídos, los niños cierran sus libretas mágicamente, saltan, corren, gritan, se empujan, chocan sus cuerpos, y abro entonces unos cuantos segundos de mi mente, los abro y los extiendo, dilatándolos en el tiempo, convirtiendo esos escasos segundos en unos minutos, en los que me relamo en sus caras, sus rostros clavados en mi alma, les veo y les deseo en silencio que todo les vaya bien en sus vidas, los niños no saben, pero cada vez reflexiono más en esas vidas desconocidas para mí, hablando en clase, tratando de explicar, ellos, embobados, con sus cabezas levemente subidas, me escuchan y no sé si me entienden, como si fuese un código secreto, cada palabra mía, cada sonido, cada significado que intento comunicarles, en el fondo se convierten para mí, en mensajes y en deseos muy tiernos, casi excitantes, cuando hayan crecido, me digo, cuando esos treinta cuerpos se hayan transformado en hombres y en mujeres, ¿recordarán a este maestro anodino que hablaba y hablaba con la sana intención de formar sus caracteres, de transformar sus anhelos?, me consta, aunque sea por simple probabilidad, que de ese grupo saldrá algún médico, algún albañil, algún delincuente, un enterado de la vida, un sumiso en su casa, un violento, un emprendedor, un maestro apacible, un recogedor de cartones, un listillo, un idiota de tomo y lomo, también estoy seguro que a alguno de mis alumnos le tocará la lotería al menos una vez en su vida, y también me duele pensar que alguna enfermedad incurable y desconocida hasta ahora hará mella en otro, en ese otro que morirá tal vez antes que yo, cuando lo normal y lo humano sería lo contrario, pero son conclusiones de las que me voy nutriendo en este trabajo, lunes, vuelve el lunes a mis pensamientos, la araña ha parido otras arañas y ahora recorren mi frente por dentro, me duele tanto que aprovecho, cierro el extenso paréntesis del tiempo y voy hasta el botiquín, busco algo para la cabeza, los ramalazos son cada vez más frecuentes, busco y encuentro un Nolotil, lo tomo con un poquito de agua, miro a la calle, comenzó a llover, débilmente, suavemente, una lluvia que cala, encantadora como ella misma, como si fuese una miel golosa, densa y rubia que fluyese desde el cielo, me caigo en el sofá de la sala, un librito en las manos, pero creo que no estoy todavía en condiciones para leer nada, por el dolor, cierro mis ojos, acomodo el cuello al muelle tejido, pienso en mi familia, mi mujer ya se habrá vestido, estará tan elegante como siempre, mis cuatro hijos cada uno en su sitio, bien acomodados, qué sería de ellos sin mí, cuando yo no esté en este mundo, qué sería de mí sin ellos si algún día llegaran a faltarme, un misterio que me da por madurar tan adentro que asoma el vértigo a mis ojos, pasan los minutos, a segunda y a tercera, nada, luego, tras el recreo, otra clase, esta vez serán un poco más libres, si cabe, por los años, ya adolescentes, pero seguirán siendo niños ante mis ojos, tan niños o más que los de antes, con las mismas miserias, las mismas virtudes y los mismos temores, niños inocentes que me analizarán tratando de que yo no entre en sus vidas, la cabeza parece que se acolcha, será el Nolotil, digo, y me cubro las piernas con las enaguas, por el calor que no quiero que se escape, algunos compañeros también yacen sobre el sofá muy cerca de mí, otras historias y otros derrumbes, me acuerdo de que aún me quedan por resolver unos asuntos, papeleo ordinario, cosillas fugaces, sin embargo me digo que no hagas hoy lo que puedas hacer mañana y decido continuar en el fondo del sofá todavía durante unos minutos, ha cambiado la hora, niños que entran, otros que salen, todos se cruzan, en la sala un revuelo que de pronto, de manera misteriosa y automática, como el rumor de una ola que avanza y retrocede, se va alejando y pierdo entonces el contacto con la realidad, el dolor engendró otro sufrimiento más agudo, como una punzada que se hunde en la carne, mis tres hijos, uno en el fútbol, esta tarde a las cinco, el otro en inglés, esta tarde a las cinco, el otro qué se yo, esta tarde a las cinco, como en el poema de marras, cuando despierto ha pasado un buen rato, me toca otro curso, me levanto, llego al aula, los chavales se ríen, probablemente de mí, pero no me importa, se sientan a duras penas, comienza la retahíla de palabras enlazadas que vomito sobre sus rostros, algunos me ponen atención, otros pasan de mí y de mis historias, pero ahora, sumido en el profundo dolor de cabeza que hoy me ha atrapado, me importa aquello y continúo sacando de mi cerebro la clase mil veces repetida, por lo que toque, que a veces algún despabilado me lanza una pregunta y es entonces cuando de verdad despierto y soy consciente de que estoy dando una clase, pero por ahora la cosa está bastante tranquila y todos murmuran por lo bajo algunos de los sinsabores de la tarde del domingo, cuando salieron para olvidarse de sus padres y de los dichosos deberes, la clase termina y me asombro del escaso tiempo que duró en mi mente, vuelvo a la sala, me hundo en el hueco de antes, que todavía sigue allí esperándome, por delante dos horas más, yo he terminado por hoy con mi trabajo, lunes, pienso angustiosamente en el lunes, y en el seis, que más adelante alguien comprenderá por qué lo saco a colación, decido quedarme, se está bien en la sala, bajo el calorcito de las estufas eternamente encendidas, de noviembre hasta marzo, de día y de noche, alguien me dijo desde la distancia que por qué no me voy y yo me callo, no deseo responder a esa pregunta, prefiero continuar en la misma postura, de manera inopinada, ahora con una novelita de Mohamed Mrabet, con una historia que voy descubriendo poco a poco en el alma de Mina y en la de Si Admed, una triste historia, como un lamento pegado a los ojos, un sollozo que duele por la hermosa composición que ha logrado ese autor bajo la sombra de Bowles, se oyen los ecos de mi corazón cuando golpea contra las paredes y cuento en silencio las ochenta evaluaciones que me restan para acabar con todo esto, sigo viviendo, me levanto, coloco todos mis papeles en el casillero, miro atentamente unas fotografías, de antes, de cuando empezó toda la tragedia en mi cabeza, pero me resisto aún a claudicar y, con arrojo, la cierro, me pongo el abrigo, salgo sin despedirme de nadie, dirán, qué mal educado, pero a pesar de ser cierto hay días, y en esos días, ocasiones, en las que uno no está para nada, de modo que cruzo con mi acostumbrada indolencia los pocos metros que me separan de la puerta principal y, bajo la lluvia, cosa que no me importa, me dirijo hacia mi coche, arranco el motor, me abrocho el cinturón de seguridad, porque hay que permanecer vivo hasta que la cordura nos abandone, el cinturón de la resignación, esperar hasta que llegue el último momento, sólo para eso lo atravieso sobre mi pecho, que lo demás ni me va ni me viene, llueve ahora con más ganas que antes, el limpia baila delante de mí, formando una hermosa curva, la misma mil veces repetida, avanzo con cuidado, atrás se queda el edificio encajonado y lleno de mil almas dormidas, la carretera está casi abandonada, viajo solo por el mundo, a un lado y a otro los mismos tonos coloridos, suaves, olorosos, que el viento, cuando mueve los tallos, crea unas formas delicadas y bellas, de vez en cuando imagino que alguien más apresurado que yo me adelanta, sueño que llego a mi casa, y veo en mi frente a mis dos hijos y a mi esposa que todavía estará trabajando, la ciudad al fondo se agiganta, igual que a través de una lupa, cada vez más grande, más inabarcable, ahora el olor ha cambiado, las personas olemos distinto o quizás se trate de que las pesadumbres cuando se acomodan a un sitio no se quieren marchar, pero es cierto, lo mismo que cambian los colores, los rostros de los individuos que mi coche va dejando a los lados, otra tristeza, otra sustancia pintada en esos rostros que veré tan sólo una vez en la vida, salvo que la casualidad lo requiera, me encuentro deshecho, pero tengo ganas de alcanzar por fin la calle y la casa, paro el motor, las ruedas bien pegadas al bordillo, para eso sí soy un verdadero maestro, abro la puerta y entro, las luces apagadas se vuelven rabiosas por el simple dedo que pulsa donde debe, un hueco extraviado me acoge y me echo sobre el sofá con la estufa prendida, cierro los ojos y escucho intentando comprender si mi familia ya ha llegado, pero el silencio es denso y obcecado, nadie, nadie salvo yo en un vuelco sobre el lado, esperando que mis dos hijos llamen a la puerta y se abra entonces la sonrisa en mi cara, el tiempo pasa, aparece el hambre, como algo rápido, vuelvo a echarme, la tele la dejo dormida, solamente espero a los demás, y ahora caigo en la cuenta de que mi mujer trabaja hoy hasta bien tarde, por la cochura de su trabajo, hasta que la noche se apacigüe sobre nosotros, y los niños, en el inglés, a eso de las cinco, y en el fútbol a eso de las cinco, me dedico a darle vueltas a las ideas hasta que el sofoco y la angustia me empujan a la calle y bordeo sin ganas el barrio, esperando a que mis hijos lleguen, a que mi mujer se acuerde de mí en la distancia, me llevan las piernas hasta el campo de deportes, alejado como él sólo, los niños juegan, los adultos juegan a que juegan con sus hijos, a creer que sus mismos hijos son como estrellas del fútbol, inspirados, saltan, aplauden, vociferan, algunos incluso se atreven a lanzar consejos inútiles por lo alto del aire, para que su hijo, que se equivocó en un regate, lo atrape y comprenda, busco ansioso con la mirada, pero no veo al mayor, sin duda, quizás, ya haya acabado y mi caminata no haya servido de nada, me cambio de postura y vuelvo a la ciudad sobre mis pasos, la academia delante, cruzada en la calle, como una postal de posguerra, con el cartel publicitario henchido de arte y de sarcasmo, entro, me siento a esperar en la sala de al lado, donde los demás padres miran el móvil esperando la llamada que nunca suena, la tarde, engreída, se ha volcado sobre las calles, sobre las personas, un timbre apocado tintinea, los alumnos salen con sus carpetas, algunos van tristes, otros, los más, muy alegres, hasta el miércoles, a eso de las cinco, por ahora la tarea de divertirse y de alegrar esos rostros tan pueriles, espero hasta que me canso de mirar el reloj, mi hijo, el menor, no sale y la señorita me observa con un deje de asco, lo cojo y me salgo a la calle, ya lo veré en casa, me digo, y camino por la cuesta abajo buscando mi barrio, llego por fin, estoy cansado, abro la puerta, entro, de nuevo la oscuridad que aborto con el simple esfuerzo de mi dedo, nadie aún, solo silencio y un hueco terrible, las horas van transcurriendo sobre mis esperanzas, cuando me asomo por la ventana del pasillo de arriba, la que mira al oeste, un arrebol en mi sangre, una hermosa visión en la que el sol se despide hasta mañana, pero hoy es lunes, y me agarro al día para vivirlo, para saber que todavía soy capaz de ralentizar los momentos, me ducho, me enfundo el pijama, voy hasta la habitación de mi hijo, la cama muy hecha, con toda la elegancia de las camas cuidadas, me acerco, cojo algunos de los peluches que todavía duermen con él, por el miedo, que le puede, los coloco de nuevo en su sitio, pero antes los he pasado por mi cuerpo, los he olido, como luego, cuando me echo sobre la colcha y siento a mi hijo, notando su olor, su carne pegada al tejido, el calor de sus miembros y, allí echado, sobre la figura imaginada de mi querido hijo, traspaso mi amor al tejido, como una grasa que necesito hundir en la trama, hasta el fondo, para que él sepa sin mis palabras lo mucho que lo quiero y lo mucho que lo necesito, luego, ya un poco repuesto, voy a mi dormitorio e imagino que mi esposa ya ha llegado, allí está, sobre la cama, exhausta, descansando del trajín de todo un lunes, es hermosa, su cuerpo, derretido, me llama y es cuando me vuelvo a acostar, ahora es ella a la que amo en la singularidad de la ausencia, pero es maravilloso el poder de nuestra imaginación cuando se resiste a claudicar porque todo lo inventa, sobre los sueños, sobre un cuento mil millones de veces repetido, sobre una mentira, que me obliga a pensar en que tal vez jamás he tenido ningún hijo, a creer en mi envoltura que quizás todo haya sido una enorme carcajada del destino, las nueve de la noche, el cielo crujiendo sobre todo mi ser, mi esposa no llega, nunca tocará con sus llaves la cerradura de la puerta, como mi hijo, en su cama vacía, la que adorné hace tanto creyendo que de esta manera cambiaría mi vida, ahora comprendo el motivo del lunes, del seis, de no quererme ir del trabajo aun sabiendo que mi trabajo ya había acabado, la soledad no siempre es adictiva, no al menos en mi caso, porque necesito saber que alguien me acompaña, que ríe con mis tonturas, con mis oídos sordos, con mis angustias, con mis debilidades, necesito saber que en el fondo de mi esperanza sí tengo un hijo al que amo con todas mis fuerzas, lunes, seis, ya he llegado al folio número seis, y me faltan mil folios más para acabar este lunes de tristeza, mi mujer, mi hijo, mis dos hijos, mis tres hijos, mis cuatro hijos, mis cinco hijos yacen dormidos, no los he visto en todo el día, no los he visto nunca, no he oído sus llantos ni sus sonrisas, ni tan siquiera sus brotes de ironías ni de sarcasmos, no me han hablado de sus miedos, de sus alegrías, de sus ilusiones, de sus pequeños fracasos, como tampoco ella ha querido hoy hacer acto de presencia y rozar su piel con la mía, sin embargo, a pesar de todo lo que cuento en estos papeles de mierda, sigo guardando mis esperanzas, el lunes se acaba, ya casi en lo alto, en la cima de otro día de busca y de mentiras, lunes de trabajo, de alumnos, de vidas prestadas, de casas vacías, de bocas calladas, de temores engendrados en el fondo de las almas perdidas de todos nosotros, concluyo, el dolor de las arañas crecidas ha dado paso a un dolor algo distinto, en este caso no se trata de punzadas, ni de grietas en el cerebro, ni tampoco de anhelos cristalizados en el interior de mi materia, ahora ese dolor se ha transformado en un algo distinto, un algo difícil de definir, diría que meramente imposible, busco la palabra exacta, el verdadero y minúsculo significado de toda mi vida y en el silencio de mi espera me pregunto hasta qué instante definitivo seré capaz de viajar sabiendo que la mentira es sorda y estúpida, me acuesto, ni siquiera me tomé la molestia de haberlo pensado, cada vez más inopinados mis actos, el techo sobre mí, pensando en mañana, en el martes, o tal vez en un eterno lunes, en un disfraz desvergonzado que me obligue, como casi siempre, a mascarar mi presencia.


Novels and short stories by writer Roger Vilar

15.09.17 | 13:08. Archivado en Sobre el autor

Magnífico libro del escritor cubano-mexicano Roger Vilar.

Pueden adquirirlo en:

https://www.amazon.es/Reino-dragones-Roger-Vilar-ebook/dp/B071FL8DG4

"¿Por qué nadie había dicho que Quetzalcóatl es el Gran Dragón Mexicano? Son magníficos, sin duda, los dragones europeos, como el gran Fafner, o el terrible Smaug, de Tolkien. Pero… piensa… Quetzalcóatl es un reptil, las plumas dan simbólicamente el poder del vuelo, echa centellas y rayos por la boca, y en algunas representaciones tiene garras de jaguar. “Reino de dragones” narra las batallas del Gran Dragón Mexicano, y también las de los europeos, pero en pleno Siglo XXI, en el mundo de los smarphones, los ejércitos con armas de destrucción masiva, y las redes sociales infinitas."


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15.09.17 | 13:00. Archivado en Sobre el autor

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Sábado, 16 de diciembre

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