La Democracia adjetiva y otras perversiones lingüísticas.

Los recientes acontecimientos acaecidos tanto en Turquía como en Venezuela deberían servirnos de lección para, y ya de una vez por todas, empezar a llamar a las cosas por su verdadero nombre, para hablar con propiedad.

Hoy me he levantado en modo Paz (mi “amor platónico” y, a la sazón, profe de primaria favorita que siempre está optimista), y aspiro a “con-vencer” con mi argumento hasta a los más fanáticos, ya que la ocasión, entiendo, lo merece (¡Paz!: estoy hasta por convencer a tu primo de que no cante rumba nunca máis, con eso te lo digo todo).

Vamos a ver, se tiende a relacionar la palabra democracia con la titularidad del poder soberano por el pueblo, es decir, que el Pueblo (la Gente) es la que decide en última instancia por ser el sujeto más importante en un ente Estatal. Lo que hoy en la jerga “legal” se conoce a grosso modo como “Principio Democrático”. Y, a partir de ahí, se construye un cuerpo doctrinal justificativo y legitimador de todas y cada una de las cuestiones “que el pueblo libremente decide”.

Siguiendo dicha lógica a rajatabla, si el pueblo vota en masa ahorcar a zutanito o expropiarle todos sus bienes a menganita ello es una decisión democrática, soberana y en el fondo legítima, porque el pueblo así lo ha querido libre y decididamente. Y el pueblo es lo importante, su decisión colectiva libre, mayoritaria y democrática es lo que importa.

Ahora bien, ¿históricamente siempre decidió el pueblo?, ¿por qué nació el concepto de Soberanía popular?, pues nació porque antes de que el pueblo decidiera por sí mismo había un único sujeto predeterminado que decidía ya por todo el pueblo, a veces consultando con aquél, y otras veces…, pues eso.

¿Y por qué re rebeló el pueblo ante este único dueño de sus designios?, ¿no le gustaba al pueblo la nariz del monarca de turno?, ¿quizá el color de la vestimenta era la causa?. No, el pueblo re rebeló porque el Absolutista de turno los trataba como súbditos, no como personas libres e iguales;  la distinción entre el poder constituyente y el constituído nace como reacción a los excesos del absolutismo.

Digamos que la esencia de la Democracia no es el Poder del pueblo per se, sino el respeto a una serie de valores y derechos que, por afectar a un colectivo social concreto, dicho grupo se configura como dueño y protector de los mismos.

Por eso (como ya apunté en algún post previo) la Democracia es algo más que Soberanía popular, es respeto de derechos y libertades, es división de poderes, es justicia, fraternidad, es el imperio de la ley, es seguridad jurídica, es pluralismo político etc….

En definitiva, una Democracia real y auténtica es Estado de Derecho. ¿Que no será un sistema perfecto?, pero  ¿qué sistema social lo es?, desde luego, es el que hasta hoy más progreso y bienestar ha dado al ser humano, y la Historia ahí está.

Las democracias populares (surgidas al calor intelectual de Engels y Lasalle, entre otros) no entendían necesario regular determinados derechos ni establecer un sistema de separación de poderes; las democracias orgánicas en España ya sabemos de sobra cómo funcionaron.

Cuando al término Democracia le añadimos adjetivos como los dos anteriores desnaturalizadores de la misma o, cuando a dicho término se le atribuye una connotación simplista, lo que estamos haciendo es lisa y llanamente pervertir el lenguaje y acabamos tildando de democracias a países como Turquía y Venezuela.

Yo particularmente aprendí hace años de Miguel Delibes y de Sosa Wagner el valor que implicaba el hablar con propiedad, y por ello deseo que empecemos a llamar a cada cosa por su nombre.

 

Madre mía, ¡qué raro me siento en modo Paz!.

A cuidarse, meus.
PGV.

 

 

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