El Pórtico

CRUZ Y VIDA

26.10.17 | 11:43. Archivado en Acerca del autor


La cruz para algunos no pasa de ser un adorno más o menos estético y la podemos encontrar de diversos materiales: de plástico, de madera, de plata, de oro, incluso con perlas preciosas; también de diferentes tamaños y se puede llevar como colgante, como adorno en el cinturón, como pendiente… Y se vende casi en cualquier lugar: en bazares, en tiendas de todo a cien, en comercios de bisutería, en joyerías, en tiendas de artículos religiosos… Hace ya unos años, incluso cantantes famosos la pusieron de moda en sus atuendos y actuaciones.
Cuando miramos la cruz a veces nos asusta, otras, nos deja impasibles, algunas personas ven en ella sólo el dolor, la sangre, los clavos… les produce miedo. Los hay que no quieren saber nada de ella o aquellos que piensan que es un simple amuleto; otros, sin embargo, no quieren hablar de muerte, sólo de gozo.
Hay países que ven en ella una amenaza y por ello las han quitado de hospitales, colegios, en definitiva, de todos los lugares públicos, porque argumentan que lleva a la confrontación y a la división.
Y, sin embargo, también hay personas que ven en la cruz un sentido a su vida y la máxima expresión del Amor gratuito, el que se entrega sin esperar nada a cambio.
Este verano mi familia tuvimos la gran suerte de conocer a Bernardino y a su esposa Angiolina. Ellos sí que pueden y han querido mirar a la cruz de frente y ponerse a su lado, a lado de quien murió en ella hace más de dos mil años por amor y por la humanidad entera. Pero, en esta vida, todo lo importante lleva en sí un proceso, un camino más o menos corto o largo, más o menos duro o sencillo.
Algo se removió en mí al conocer esta dura pero hermosa historia. Os daré unas pinceladas de esta pareja que transmite paz y amor a partes iguales.
Bernardino hace varios años sufrió una dura y grave enfermedad física que desencadenó en una gran depresión. Parecía que su dolencia no tenía cura y que estaba abocado a morir. Una religiosa muy amiga de la familia, les dio una gran idea y una razón para vivir y no morir, como dice Bernardino. Le propuso hacer pequeñas cruces de madera para entregárselas a los demás. Debo decir que nuestro protagonista trabajaba ya con la madera, realizando trabajos maravillosos que pudimos ver: mesas, cuadros, espejos, asientos… todo en madera de pino. Para ello cuenta con un taller con todas las herramientas necesarias y la madera para llevar a cabo su gran pasión. En este lugar de trabajo -y de oración- se mezcla el olor a madera fresca, a cola y aroma a flores que se cuela desde su jardín.
Él hizo caso a la religiosa y comenzó, a pesar del cansancio y el dolor que le producía la enfermedad, a trabajar con estas pequeñas cruces. Apenas sale el sol, baja a su taller y allí pasa casi todo el día. A media mañana Angiolina, sabedora del estado delicado de su esposo, le acompaña con un café y con su ternura y así él puede descansar un rato. Por la tarde, de nuevo al taller y si hace buen tiempo, le gusta trabajar al aire libre en su jardín debajo de un frondoso árbol.
Así día tras día, sin descanso, pero con el corazón encendido y enamorado de Aquel que le da la vida a cada paso y en cada cruz que realiza.
Cuenta que cuando no podía sobrellevar su dolor, levantaba la vista y miraba una gran cruz de pino hecha por él con sus manos y viendo a Cristo crucificado y ante tanta ternura, continuaba su tarea en silencio y agradecido.
Os preguntaréis qué hace con tantas cruces… incluso llevan una especie de contabilidad. Hasta el mes de julio llevaba realizadas más de tres mil cruces… trabajadas y entregadas…
Bernardino siente que la religiosa y su gran idea le han salvado de una muerte segura. Por eso asegura que lo mismo que a él le ayudó la cruz, a muchas personas también les puede ayudar a sobrellevar las suyas. Ellos las reparten en hospitales, entre las personas enfermas y los médicos y trabajadores; entre los amigos, a las personas que llaman a su puerta con cualquier pretexto y se llevan una pequeña cruz, que cabe en la palma de la mano. Angiolina es la contable de esta “empresa” de Amor. Ella va anotando las cruces que realiza su marido y las que han entregado. Son cruces gratuitas, no las venden, siempre las regalan. La mayoría de las veces no saben dónde paran o qué se hace con ellas. Dicen que eso ya es cosa de Dios. Jesús murió por todos, también por aquellos que no quieren mirar la cruz de frente, que dudan, que huyen de ella.
La labor de ellos es sembrar y los frutos los recogerá sólo Dios.
Quisimos hacernos unas fotos con ellos, ya que a las personas nos gusta poner cara a los testimonios y saber que sí, que son de carne y hueso como tú y como yo. Pero no les pareció una buena idea, quieren seguir haciendo su labor calladamente y que Dios vaya actuando en el corazón de cada persona cómo Él quiera y cuándo Él quiera.
He tardado tres meses en escribir sobre esta historia emocionante, antes quería poner en orden mi corazón y no quedarme sólo con el momento vivido con ellos tan intenso, sino reflexionar sobre todo lo que viví esa tarde de verano con Bernardino y Angiolina.
Esta historia me reafirma en la idea de que el dolor y el sufrimiento, no tienen ninguna explicación y ningún por qué; pero sí tiene sentido y un para qué. Y Bernardino lo encontró en la cruz y en la persona que está clavada en ella. Su dolor comenzó a tener sentido al ver a Jesús clavado en la cruz. Sintió que no estaba solo, que hay Alguien que ha muerto por él, para dar sentido a su vida y también a enfermedad y a su muerte.
Bernardino y Angiolona tal vez no sepan de teología, pero saben algo mucho más importante: saben cómo acercarse a la cruz, cómo acariciarla, cómo darle forma, cómo darle color, cómo mirarla, cómo emocionarse ante ella y cómo unirse en cuerpo y alma al hombre que dio su vida por todos y cambió la faz de la tierra: Jesús de Nazaret.
¡Gracias Bernardino y Angiolina por vuestro gran testimonio de Amor!

Paloma Pérez Muniáin
Octubre de 2017


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