El mundo descifrado

Animalistas y taurinos

21.08.18 | 10:03. Archivado en Sociedad

“El hombre se diferencia del animal en que bebe sin sed y ama sin tiempo” (Ortega y Gasset).

La tauromaquia es un espectáculo que representa la realidad. Para los animalistas, la tauromaquia es un espectáculo cruel, para los taurinos es un espectáculo extremadamente serio porque un hombre se juega la vida.

Ponerse en el lugar del animal o del torero configura antropologías diametralmente opuestas entre ambos.

El Animalismo emerge como un movimiento social que parte de una singular antropología que básicamente reduce y asimila la condición humana a la condición animal, y viceversa, eleva la condición del resto de las especies a la dignidad del ser humano. Básicamente considera el igualitarismo entre las especies.

Ha habido construcciones doctrinales para sustentar este nuevo pensamiento.

Peter Singer por ejemplo eleva a categoría moral el derecho de todo ser vivo a no sufrir, y extiende el concepto de persona a todo ser vivo que sepa anticipar su ser en el pasado y en el futuro –su muerte- (homínidos y posiblemente resto de mamíferos). Otro ejemplo, para Tom Regan, el derecho a la vida y por tanto su respeto, es un valor intrínseco del que gozan los seres vivos que son sus titulares y por ello no deben ser medios para otras especies.

Qué lleva al ser humano a elevar tanto la atención y dignidad del resto de las especies con las que compite en el medio natural. He aquí la cuestión.

El pensamiento animalista puede encuadrarse dentro de la Posmodernidad. El ser humano posmoderno posee una cosmovisión fuertemente emocional. Se identifica no tanto con lo que es capaz de razonar como con lo que es capaz de sentir. El ser humano posmoderno es hoy ante todo un estado de ánimo.

Pese a encontrarnos en la cultura de las comunicaciones y de la información, el ser humano posmoderno se mueve en una ansiosa búsqueda de experiencias y sensaciones. Al ser posmoderno le aterra la soledad y por ello necesita establecer nexos de solidaridad y comunicación. Una saturación de información (quizás por su sensacionalismo en exceso tremendista) puede acabar produciéndole una visión pesimista de las relaciones humanas y de estas con el resto de los seres vivos.

Ante ello encuentra salida en establecer unos nexos de solidaridad e identificación con otros seres vivos con los que no puede comunicarse sino a través de las emociones, especialmente con otros mamíferos.

Se ha de valorar el deber moral y legal de respetar y proteger la naturaleza, y de no someter a un trato cruel a los demás seres vivos. Pero eso es una cosa, y otra atribuir cualidades humanas (conciencia y derechos) a las demás especies.

El problema del movimiento animalista es su base antropológica que es pesimista con la naturaleza humana. En esta antropología, el ser humano sólo puede beber si tiene sed, porque intrínsecamente la especie humana no crea, sólo destruye. El ser humano no puede trascender ni amar de por vida, porque el ser humano como animal no trasciende, se mueve y reacciona a través de impulsos. El ser humano no tiene espíritu, sólo instinto y como tal entra en ventajosa y amenazante competición con el resto de las especies. Su capacidad racional o tecnológica le sitúa en posición dominante.

En el contexto actual de neurosis igualitaria, el pensamiento animalista, adopta la dialéctica marxista del enfrentamiento, en este caso entre especies. Ciertamente, prolifera en personas con tendencia a ser de izquierdas o progresista. Y por ello considero al pensamiento animalista como una metamorfosis más del marxismo.

Y eso se expresa en su enfrentamiento con la TAUROMAQUIA que es un fenómeno intrínsecamente hispano que ha causado fascinación en todas las épocas por su alto grado de sofisticación y complejidad ética y estética.

La tauromaquia es un espectáculo de gran seriedad porque un ser humano se expone a perder la vida ante un animal salvaje y mítico, el toro bravo. Es serio por su extremo realismo, racional por su minuciosa reglamentación que se remonta a 1750, auténtico por su peligrosidad, y espectacular por su plasticidad y estética. Es un espectáculo normativamente muy acotado y su afición tremendamente respetuosa por lo que se juega el torero (su vida) y premiadora de su coraje y valor.

Y sitúo a la tauromaquia dentro de la excepcionalidad de la ética medioambiental por su singularidad y trasfondo racional y ético. Un hombre que se juega la vida ante un animal salvaje siempre ha formado parte del mito, su permanente lucha con la muerte en este caso en la lucha con la bestia, siempre será un espectáculo y causará fascinación.

Por ello, todo lo que se encuentra fuera de la tauromaquia (capeas, toros de fuego, el toro sacrificado con lanzas, dardos o escopetazos o atropellos) no me parece ético porque existe una gran desproporción de fuerzas. No hay nobleza en el enfrentamiento, ni coraje en el ser humano. Es por ello, desechable.

Y estas son las antropologías enfrentadas.

Si el animal (en este caso la Bestia que sólo es un personaje ficticio y domesticable en Disney) ostenta la dignidad del ser humano, ¿en qué valor consideramos al ser humano?

El irracional mérito puesto en los animales conduce al demérito o desprecio de los seres humanos.

La inversión de dignidades, la del animal contra la humana, es además de un disparate, un planteamiento irracional.

El movimiento anti-taurino sólo aglutina a camaradas unidos en una única dialéctica, odiar la tauromaquia y a su afición, hasta la abolición de la tauromaquia, que además es un fenómeno singular en la cultura española calificado como Patrimonio histórico y cultural protegido por la LEY 18/2013, de 12 de noviembre.

Cualquier abolición de la tauromaquia implica necesariamente la derogación de esta ley. Y fuera de ello, sólo existe una imposición que evidentemente ha de ser contrarrestada por la defensa de la tauromaquia por parte de quienes somos sus aficionados. Existiendo un conflicto inevitable entre anti-taurinos y taurinos, por la intolerancia de los primeros, la solución sólo puede ser jurídica.

No debemos ser tolerantes con los intolerantes. El siglo XX nos da importantes lecciones en este sentido.

Quién iba a decir que un espectáculo cruel (la cultura actual rechaza todo lo que considera desagradable y por tanto también real) estuviera fundado racional y humanísticamente.

Y todo porque situándonos en la perspectiva del ser humano o de la bestia, al final estamos valorando o despreciando nuestra condición humana preeminente dentro de la naturaleza.

Por ello, el movimiento animalista es un ANTI-HUMANISMO, su base marxista y su actitud peligrosamente totalitaria.


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Comentarios
  • Comentario por Barón dandy 22.08.18 | 13:55

    Muy buen análisis, le felicito. Llegará la hora en que se suprimirán las corridas de toros y nos parecemos un poco más aún a los anglosajones.

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