El mundo descifrado

Banco Popular, dineros e Iglesia.

23.06.17 | 14:21. Archivado en VIDA ECLESIAL

Y Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que le iba a entregar, dijo*: ¿Por qué no se vendió este perfume por trescientos denarios y se dio a los pobres? Pero dijo esto, no porque se preocupara por los pobres, sino porque era un ladrón, y como tenía la bolsa del dinero, sustraía de lo que se echaba en ella. (Juan 12, 4-6)

Los cristianos nunca debemos olvidar que Judas Iscariote además de traicionar a Jesús, llevaba la bolsa del dinero de Jesús y sus discípulos. Antes de ser traidor, Judas fue ecónomo.

No lo fue Mateo, que sabía de cuentas pues había sido publicano. Jesús y la primera comunidad de discípulos, erraron pues debieron confiarle las cuentas a quien sabía de ellas, y a quien debía encargarse de ellas tras su conversión. Pero, quién no se equivoca eligiendo ecónomo y quién tiene la capacidad exigida y el tiempo para controlarle.

A la Iglesia y a los cristianos, el dinero tiene que quemarnos en las manos, para no convertirlo en ídolo, y para estimarlo y cuidarlo en su utilidad, que es la de servirse de él para atender las necesidades propias y de terceros. Porque más que controlar la avaricia, lo que hay que controlar es el deseo por las necesidades. En esto nuestra religión podría aprender de la cultura oriental, porque deberíamos llevarnos bien con el dinero pues no se puede despreciar como herramienta pero dentro de la indiferencia hacia él como valor, y mal con nuestros deseos.

El dinero no es bueno ni malo, lo hace bueno o malo su uso y su obtención. Deberíamos sanar una cierta malsana neurosis con el dinero, al que nuestros escrúpulos y narcisismo espiritual le otorgan el valor y temor que no tiene.

El dinero en manos de la Iglesia debe servir para satisfacer rigurosamente sus necesidades, para pagar celosamente sus compromisos con propios y terceros, y para generosamente repartirlo entre los pobres.

Subrayo tres modos de observancia en el uso del dinero: RIGOR en su gestión , CELO en el cumplimiento de las obligaciones económicas y GENEROSIDAD en la atención a las necesidades materiales de los pobres.

En la Iglesia deben llevarse las cuentas de forma clara y rigurosa, porque hay que rendir cuentas a la comunidad cristiana de lo que se hace con su dinero. Por eso los gestores de ese dinero deben saber hacerlo y ser rectos y honrados. Deben estar más inclinados a decir NO a más gastos, y deben ser extremadamente prudentes si hay que hacer inversiones (obras en edificios, construcción de colegios,… pero no inversiones en Bolsa).

En la Iglesia se pagan las nóminas, las facturas, los impuestos y las cotizaciones. Y en no pocas ocasiones para vergüenza propia y escándalo ajeno, eso no es así.

En la Iglesia deben atenderse de forma preferencial las necesidades de los más necesitados, y eso significa que de haber o sobrar, eso es algo de los pobres. Así lo quiso Jesús en vida, que era un pragmático muy justo.

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DOCTRINA SOCIAL CRISTIANA, olvidada y menospreciada

28.04.17 | 18:10. Archivado en VIDA ECLESIAL

Si quieres la paz, lucha por la justicia. (Pablo VI)

Esta cita de Pablo VI condensa la lección histórica peor aplicada por el ser humano. Su incapacidad de prevenir el conflicto por su indiferencia ante la injusticia. Condenado por ello a pastar con las ideologías.

La búsqueda de la Paz a través de la Justicia es una exigencia de nuestra Fe. Dios no es indiferente a la realidad de los seres humanos, se compromete con ella a través nuestro. Somos encarnación social de Cristo a través de su Espíritu Santo.

La Doctrina social de la Iglesia es el tesoro más olvidado y menospreciado en nuestra Iglesia. Salvando las honrosas excepciones de Juan Manuel de Prada, que me la descubrió, y de selectos especialistas en esta materia que tienen por desgracia un limitado eco mediático, también en los medios de comunicación de la Iglesia; en este país, en esta Iglesia, ignoramos supinamente que existe una ciencia, un método de análisis, y una forma de enjuiciamiento de la realidad que son cristianos: la Doctrina social de la Iglesia.

Los cristianos poseemos un extraordinario medio para posicionarnos con actos y juicios ante la realidad y por ello ante cualquiera con criterios convincentes.

No nos sometemos a la simpleza de concebir el mundo desde las ideologías. Somos analistas evangélicos de la realidad. Observadores sociales del cumplimiento de las exigencias naturales e inalienables del ser humano: el respeto debido a su naturaleza y a su dignidad.

Estoy realizando un Curso de Doctrina social de la Iglesia organizado por la Vicaria III de Madrid en la Parroquia de Nuestra Señora de Moratalaz. Y me entusiasma.

La DSI no me atraía sencillamente porque encontraba sus contenidos demasiado ambiguos y faltos de concreción para dar solución real a los problemas del Hombre. Hasta que me he ido dando cuenta que más que un contenido, proporciona una forma de contemplar la realidad desde la que el cristiano construye su pensamiento social y concreta con original actitud su compromiso, que es su servicio integral a la humanización de la realidad.

La DSI proporciona sólidos argumentos con los que posicionarse convincentemente ante quienes no experimentan a Dios, y frente a quienes buscan la imposición de sus intereses y posiciones pisoteando a los demás y causando injusticias, originando con ello la división y el conflicto entre los hombres.

La DSI nos proporciona una bella, coherente e inacabada armadura para luchar por el Reino de Dios en esta tierra. La Doctrina Social de la Iglesia es una catequesis socio-política, un método de análisis cristiano de la realidad, y una valiosa guía para fundamentar nuestras posiciones públicas conformes con el Evangelio.

Estoy aprendiendo muchas cosas. Estoy descubriendo muchas posibilidades y también muchas carencias en los mensajes sociales que lanzamos al mundo los cristianos.

Es fácil que los cristianos caigamos en la tentación de recurrir a las ideologías para analizar y responder a la realidad. Es un tremendo error. Por ello ha habido cristianos que se han tirado al monte por un lado y por el otro, que confundieron el compromiso radical con el extremismo irracional. La causa social de la Iglesia es la de los pobres, la de los que nada pintan, la de los desconsolados y desgraciados. A ellos somos enviados para su protección y defensa, pero también a ellos somos enviados para nuestra conversión.

Es fácil llegar a ser arrollados por un ausente ambiente de discernimiento que nos hace presas de nuestras emociones, y por tanto también de nuestros prejuicios.

La DSI nos ayuda a pensar y actuar en cristiano con relación a nuestro mundo. No nos hace ni marxistas ni conservadores, nos hace algo extraordinariamente revolucionario para nuestro tiempo, nos hace servidores comprometidos con la causa del Hombre, profetas del Humanismo integral, que es por humano, también cristiano.

Jesucristo es sacrificado por los hombres por la causa noble del Hombre. Que éste viva en Paz porque viva en Justicia reconciliado con su naturaleza, su realidad y su trascendencia.

Con la DSI estoy entendiendo que mi lugar en el mundo al que pertenezco, éste y no el de más allá, es un servicio a su humanización en el nombre de Jesucristo.

La jerarquía católica no explota ni extiende su conocimiento. Será juzgada por ello. Es imperdonable la falta de protagonismo de la DSI en sus medios de comunicación. Será responsable de cerrar una puerta y una opción constructiva a los hombres de hoy por su falta de audacia, complejos y cobardía, pues los abandona al pasto de las ideologías.

Reivindico a través de la DSI la condición militante de los cristianos para el Reinado social de Jesucristo.

Para lo cual, nosotros, tanto como esos valientes cristianos de los siglos XIX y XX comprometidos con los problemas sociales de su época en situaciones no muy distintas, arriesgaron su posición, prestigio, y demás haberes, que estimaron en poco ante la bella causa de la protección y compromiso con los bienaventurados de Cristo. La verdadera causa impulsora de la Historia y motor del desarrollo de los seres humanos.

La Doctrina social de la Iglesia es el idioma político y eclesial de los rebeldes a una clandestinidad secular impuesta por otros, y aceptada por no pocos de nosotros.

La Doctrina social de la Iglesia es la rica doctrina de la pobre presencia de los católicos en la vida pública.


La Posverdad grita BARRABÁS

07.04.17 | 19:48. Archivado en Acerca del autor, Sociedad

Todo extremismo destruye lo que afirma. (María Zambrano)

En la Historia se sucede una y otra vez el mismo drama. Los pobres, los mansos, los que lloran, los que piden justicia, los misericordiosos, los limpios, los perseguidos por justos siempre han de sufrir la persecución de los extremistas.

El extremista o es un oportunista o es un completo idiota. Como oportunista, se sirve de los demás para alcanzar sus fines. Como idiota, los desprecia y subordina.

La Historia de la humanidad es una Historia escrita con la sangre de mártires y héroes, que ni quisieron ser utilizados por oportunistas ni consintieron ser ultrajados por idiotas.

Los extremismos perdieron protagonismo tras el colapso del comunismo. Todos creíamos que el fin de ese enfrentamiento entre el libertinaje y el igualitarismo, nos haría entrar en una época de serenidad y prosperidad al amparo de un desarrollo tecnológico sin precedentes.

Venció el libertinaje, crecieron las desigualdades, resurgieron los igualitarios y aparecieron los indignados.

Se instaló durante décadas una forma de ver la realidad en la que la apariencia de verdad era más sustancial que la verdad misma, se le ha llamado Posverdad.

Triunfó así lo políticamente correcto (tradicional propaganda política). Se extendió el uso de los eufemismos en las relaciones (empezamos a pisar huevos), y se eliminaron los análisis en la comunicación, de tal forma que prevaleciera lo emotivo y superficial de la información suministrada, desprovista ya de significado conceptual.

Todo un caldo de cultivo para los extremismos, muchas veces tontos útiles de los ingenieros sociales.

El Mal actúa queriendo romper la unidad de criterio y acción comunitarios, para lo cual se vale del divide y vencerás, donde los extremismos y su protagonismo son muy útiles. Una dialéctica de enfrentamiento constante y su elevación a realidad natural, ciertamente bloquean la capacidad reflexiva de cualquiera.

La Posverdad impuso como pautas de comportamiento y conocimiento las emociones y las creencias personales. Se declararon caducos los dos antibióticos de los extremismos, la razón (muro frente a los disparates) y los sentimientos (puerta de los valores). La Posverdad disfraza la realidad para ocultarla.

La realidad y la verdad visten con modestia y se desnudan con insolencia.

A Cristo le condenaron los extremistas. Los zelotes y los sacerdotes (unos rebeldes a Roma, otros colaboracionistas con Roma), gritaron al unísono:

¡Preferimos a Barrabás!

Incómoda es la verdad, modesta e insolente su presencia. Pilatos guardó silencio ante el ultraje. Mejor condenar a un loco incómodo que temer a un idiota violento. Actuó como un ingeniero social vencido por los extremismos.

Cristo aparece en la Historia como Verdad, no como su apariencia. Todo en Él era auténtico. Se presentó al mundo, y el mundo le condenó por ello.

Todos, bienaventurados por vocación y naturaleza, somos susceptibles de ser engañados a través de nuestras emociones y creencias personales.

Todos podemos ser utilizados para gritar al unísono Barrabás, o ser ultrajados con la complicidad de nuestro silencio ante el justo por ello ajusticiado.

Los extremismos ahogan las bienaventuranzas. La ingeniería social se encarga de que no echen raíces.

Los extremismos llaman a los pobres clase obrera o fracasada, manipulables a los mansos, débiles a los que lloran, pesados a los que piden justicia, sentimentales a los misericordiosos, pringados a los limpios, y a los perseguidos por justos sencillamente les hace objetivo de la indiferencia.

Los extremismos al contrario de Cristo ocultan la verdad. Sus agitaciones y antagonismos son disfraz, pues al unísono gritan Barrabás.

Los extremismos, pesebres del error, condenan la Historia a repetirse. Los ingenieros siempre renacen como Ave Fénix en defensa de sus intereses.

Sin embargo, una visión espiritual y racional de la Historia, nos descubre una bella realidad. Que la Historia avanza porque en la acción de la Providencia divina, los bienaventurados ni se dejan ni se callan.

En la Cruz y en la Resurrección de la Vida, hacen avanzar la Historia real con la creatividad y el esfuerzo de los rebeldes y sencillos.

Se alzan victoriosos quienes construyen lo que viven pues profundizan sus raíces.

Los bienaventurados impulsan la Historia, no la repiten.

Su espíritu es Divino.


Crisis de tolerancia en Occidente

17.03.17 | 17:35. Archivado en Acerca del autor

Tolerancia es esa sensación molesta de que al final el otro pudiera tener razón (Anónimo).

Hoy en Occidente reina la discordia social y programada. Los medios de comunicación contribuyen a ello transmitiendo de forma parcial una realidad regida por la discordia, la cual no hay que confundir con la diferencia.

Privando al oyente o televidente de un análisis desideologizado y objetivo, se le droga emocionalmente para que tome partido sin barajar de forma discernida las opciones más rigurosas con la realidad, que siempre es y será escurridiza y llena de matices.

La discordia es un instrumento de ingeniería social inspirado en el divide y vencerás, que pretende amputar a la sociedad su espíritu de unidad de criterio y acción.

Este instrumento de ingeniería social es utilizado tanto por agentes económicos (para impedir una unidad de criterio y acción entre consumidores), como políticos (entre electores que contrarreste además su oscilante protagonismo mediático).

Este virus, el de la intolerancia, la discrepancia, la demogresca como lo llama Juan Manuel de Prada, erosiona el Bien común y el espíritu de fraternidad que deben regir nuestras relaciones comunitarias.

Lamentablemente la Iglesia católica contribuye a ello con medios de comunicación donde la transmisión de la Doctrina Social de la Iglesia y la presencia de analistas sociológicos brillan por su ausencia.

Todas las opiniones no valen lo mismo, y no hay que confundir entre una opinión y un análisis.

Es imperdonable que la Iglesia que cuenta con buenos analistas no los exponga más en sus medios. Hay que difundir lo que es implícito y constante en la realidad, no sólo lo llamativo y noticiable.

Soy escéptico con la búsqueda de un diálogo, que es pura entelequia. En la cultura actual, plural y democrática, la dialéctica constituye el medio por excelencia para comunicar nuestros pensamientos.

Mediante la dialéctica, contraste entre argumentos, buscamos la verdad, que hoy es sinónimo de realidad. La dialéctica es un diálogo con meta, encontrar honestamente y de forma común la verdad, que es la realidad coincidente no la convenida.

Si la realidad es diversa y difícil de percibir en su totalidad, hay que ser prudentes exponiendo dogmas.

Los católicos afortunadamente defendemos Dogmas de Fe, lo cual nos salva de acabar defendiendo la Fe como si se tratara de una ideología, que es esa forma sesgada de ver la realidad que aspira a perpetuarse mediante la fijación de dogmas con tendencia a pasar su rodillo.

Por eso dialécticamente y con respeto hemos de practicar más la tolerancia que nadie, porque nuestra fe no es ideología, es Evangelio. Admitimos y defendemos la pluralidad. Y defendemos nuestras posiciones respetando y pidiendo respeto.

Para posicionarse en la realidad los cristianos y no cristianos tenemos cuestionar los valores impuestos, y algo mucho más importante, DEFINIR valores y no darlos por definidos, pues existe una constante corrupción del significado original de las palabras.

Los tres valores de la Revolución francesa que han forjado a Occidente: la libertad, la igualdad y la fraternidad están quebrados.

La triple entente cultural de Occidente: el liberalismo (libertad), el socialismo (igualdad) y el cristianismo (fraternidad), hoy se enfrentan entre sí por falta declarada de tolerancia.

Mientras que no aceptemos como natural que nos moleste que el distinto pueda al final tener razón, no viviremos tolerándonos.

Porque hoy en Occidente asistimos a una CRISIS DE TOLERANCIA.

TOLERANCIA no es admitir indiscriminadamente y con simpleza lo distinto, sino la actitud que nos permite vetar a los excluyentes y admitir a los incluyentes.

Cuando la imagen es de constante confrontación reina una confusión que nos impide aceptar la diferencia como algo propio de la convivencia, porque es y siempre será así, porque somos así. De ello surge la necesidad de tolerarnos, de incluirnos en la misma comunidad social con nuestras diferencias.

Se debe ser intolerante pues, y en aras del Bien Común, con las actitudes intolerantes, y para ello nos servimos en una democracia de la dialéctica.

Es imposible el diálogo con quien basa su manera de defender sus posiciones desde la imposición, la uniformidad de pensamiento y la exclusión del ágora pública del diferente. Éstas son las notas de quien es excluyente.

Hoy día, en la sociedad occidental, hay que dar la vuelta a los planteamientos impuestos por las corrientes de pensamiento predominantes (liberalismo y socialismo) sobre los que giran los conflictos teóricos, y ser muy consciente de que esta discordia tiene mucho de artificial y de programada.

El problema de este mundo no es que haya ricos, sino que demasiados deseen serlo a cualquier precio.

El problema no es no seamos iguales, sino que es cada vez más difícil ser distintos.

El problema no es la falta de fraternidad, es que con tanta gresca hemos perdido Humanidad, y mantenemos indiferencia con el cercano y enfrentamiento con el ajeno.


Simpatizo con Hazte Oír y no soy LGBTófobo

03.03.17 | 14:10. Archivado en Sociedad

Tolerancia es esa sensación molesta de que al final el otro pudiera tener razón (Anónimo)

Soy simpatizante de Hazte Oír y ello no me convierte ni en ultraconservador, ni en seguidor de El Yunque (adscripción que ha hecho el periódico El Mundo para miembros de la organización) y no tengo fobia a los homosexuales, bisexuales ni transexuales.

Acostumbrado como estoy a analizar la realidad de la sociedad española tengo claro que ésta tiene una grave asignatura pendiente, la de la TOLERANCIA. La sociedad española no puede conformarse con el ir tirando y sorteando el difícil día a día. El pueblo español a fuerza de ser realista tiene que ser también sensato y lúcido.

Conozco homosexuales. Y entiendo que la condición sexual caracteriza junto con otras cosas la personalidad, pero no la define por sí sola. Que así pase acaba en una neurosis brutal, y afortunadamente conozco homosexuales que asumen con la misma naturalidad su condición sexual, como su relación familiar, su profesión, su relación o no de pareja, y su relación con Dios. En muchos de ellos el libre desarrollo de su personalidad se produce con tanta armonía como el mío, que soy heterosexual. Disfruto y gozo de la amistad con ellos, amistad que no distingue condiciones.

Conozco un caso de hermafrotidismo. La naturaleza tiene a veces estas expresiones, personas que biológicamente nacen con genitales masculinos y femeninos. Me resulta fácil comprender la angustia que en su interior pueden vivir estas personas. Y comprendo perfectamente que estas personas elijan la identidad sexual con la que se definen psicológicamente en su mayoría de edad y madurando su decisión sin forzamientos de nadie.

No conozco transexuales por simple opción, más allá de haberlos visto en televisión o ejerciendo la prostitución. Su realidad debe no ser nada fácil. Me inspiran compasión en general todas las personas que ejercen la prostitución y respeto las personas transexuales.

Lo que no comprendo ni comparto es el adoctrinamiento que cursimente se llama de género. Lo que detesto es que este adoctrinamiento se haga desde fuera de la familia y de la esfera privada. Es toda una agresión al elemental derecho de desarrollar libremente la personalidad, de forma íntima e integral.

Yo ya no me extraño de nada, me sorprende la diversidad que impregna la realidad, me siguen sorprendiendo las personas y la forma diversa que Dios tiene de actuar en ellas. Pero me extraña que una sociedad que presume de tolerante no lo sea realmente. Me sorprende que una sociedad que se considera a sí misma avanzada tenga tanta facilidad para aceptar una opinión y para rechazar de forma rabiosa la contraria.

Bajo este imperio de las emociones nos cuesta salir de nosotros y ponernos en el lugar de los demás. Y lo confundimos todo, tan preocupados como estamos de ir tirando sin reflexionar o de imponer nuestra opinión.

La campaña de Hazter Oír es desafortunada pero oportuna, y el espectáculo de una Drag Queen vestida de la Virgen o de Cristo Crucificado, desafortunado e inoportuno. Aquélla no era gratuita, pues replicaba otra campaña en sentido inverso que se hizo públicamente y merecía réplica, para velar por nuestra democrática pluralidad. El espectáculo de esta Drag Queen fue gratuito, ofensivo, y lo peor de todo, estuvo finalmente premiado. A las ofensas no hay que reirles la gracia vengan de donde vengan.

Pero bien, toleremos que alguien se pueda vestir de Cristo o la Virgen con fines de provocación y/o burla, pero toleremos también que se discrepe con ello y se exprese que los católicos nos sintamos ofendidos. En una sociedad tan plural como la nuestra ni se puede comulgar con ruedas de molino ni ser más papista que el Papa. Hemos de aceptar con naturalidad y no con rabia la discrepancia.

Si tuviéramos claro que las FAMILIAS EDUCAN (también sexualmente), las ESCUELAS FORMAN, las ADMINISTRACIONES GESTIONAN, y la SOCIEDAD TOLERA sin más límites que los que impone el Código Penal, podríamos evitar las tensiones que surgen por la natural expresión de opiniones distintas.

No se respetan las funciones que de forma natural han de ejercer las instituciones sociales. Todo se confunde y se invade.

Existe una perversión intolerable. No se distingue entre minoría y mayoría de edad por esa manía esquizofrénica de tratar a los niños como adultos y a éstos como niños. La protección de la infancia a nivel mediático brilla por su ausencia..

Para colmo, unos pueden imponer su pensamiento sin que los distintos tengan ni derecho a expresar el suyo.

Para mí las cosas no son ni blancas ni negras, están llenas de matices, pero tengo muy claro que sin certezas ni una personalidad ni una sociedad pueden crecer libre y responsablemente.

La infancia está protegida legalmente y el adoctrinamiento exterior venga de donde venga no puede pretender suplantar la función educadora de los padres.

Los padres cuando sus hijos son mayores de edad deben respetar que sus hijos desarrollen libremente su personalidad, la cual también engloba su condición sexual. Ésta, por sí sola, ni define ni condiciona la más trascendente dignidad de todo ser humano.

En conclusión, la tolerancia debe mostrarse por ambas partes y la educación sexual de los niños pertenece solamente a los padres.


Zigmunt Bauman y el Cristianismo

13.01.17 | 19:45. Archivado en VIDA ECLESIAL, Sociedad

“El progreso, en resumen, ha dejado de ser un discurso que habla de mejorar la vida de todos para convertirse en un discurso de supervivencia personal.”

Rindo tributo al hombre que captó mi atención, Zygmund Bauman, cuando afirmó a raíz del fenómeno 15-M que las emociones destruyen y son incapaces de crear nada, Predijo que el 15-M no sería un fenómeno sólido porque estaba falto de pensamiento.

En palabras de este sólido intelectual judío polaco, nacionalizado británico, fallecido recientemente y al que quiero homenajear en este artículo, nuestra sociedad es líquida, es decir, inconsistente por timorata, timorata por falta de certezas y destructiva por emocional.

Afirma igualmente que las emociones son pasajeras, y que tenemos que cultivar los sentimientos. No confunde emociones y sentimientos, que es lo que popularmente se hace, unos deben controlarse y los otros expresarse.

Bauman es un coloso del pensamiento secular profético. Su legado crecerá con el tiempo situándole al lado de Erich Fromm, también judío. El mérito de ambos es haber cogido al Hombre contemporáneo, haberle situado en el objetivo del microscopio o del liberador diván, y haberle analizado bajo el siempre genial punto de vista judeoccidental, posiblemente más imparcial y menos reduccionista que el cristiano.

El genial Bauman describe un presente en el que el Hombre contemporáneo se sitúa frente a una encrucijada (situación calificada por él de interregno). O vuelve a las certezas pasadas (creencias, familia y trabajo estables) hoy agónicas y difícilmente recuperables, o sigue hacia adelante confiado en el desarrollo tecnológico y en el sentido de progreso de los tiempos, pero consciente (crisis de la modernidad) de que este futuro está falto de certezas.

Para Bauman esta situación es transitoria y quebradiza. La capacidad de discernimiento en esta situación de encrucijada por el contante estímulo de emociones provenientes de la sociedad de consumo, queda mermada y se desprovee con ello al Hombre contemporáneo de su base racional.

Esto nos resulta consciente o subconsciente, y por ello aparece el miedo de vernos incapaces de afrontar los desafíos que nos plantea el presente.

Existe una sensación de descontrol y desorden que genera desconfianza en nuestro sistema de vida y valores. La globalización asociada al progreso no se ha apoyado en certezas sino en intereses, advertimos que existe un vacío de autoridad y reina el ajuste de cuentas y la revancha (populismos).

Bauman diagnostica un profundo desequilibrio entre política (local) y poder (global), en el que subyace además una modernidad líquida (inconsistente por emocional), que agudiza la sensación de inseguridad personal. La desconfianza y el miedo son un eficaz ejército de termitas que está erosionando el sistema.

Bauman se muestra escéptico ante el futuro, es certero en el diagnóstico pero no fija soluciones. Su análisis realizado con precisión quirúrgica es muy valioso porque señala las grandes debilidades de nuestra cultura, y es muy aprovechable para nuestra vida de Fe, porque hemos de entender el mundo en el que vivimos para construir eficazmente el Reino de Dios.

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El triunfo de lo políticamente incorrecto

22.12.16 | 18:20. Archivado en Sociedad

Todo lo popular es incorrecto (Oscar Wilde).

La cita de este genio tan incorrecto esconde una realidad subyacente, que los esfuerzos de políticos, medios de comunicación y demás oráculos de la conducta y pensamiento correctos traducen un despotismo que siempre se transforma a lo largo de la Historia, pero que siempre subyace en la cultura.

El pueblo no es artífice de la cultura si ésta no es plural. La pluralidad es y será siempre incorrecta.

Los déspotas y oráculos de lo correcto, y a diferencia de Jesucristo, no permiten que te equivoques, es decir, te niegan eso que se llama libre albedrío, que es esa facultad humana que te permite ser un digno santo o un digno canalla, pero digno al fin y al cabo. Ninguno de ellos, es obviamente católico porque no te permiten ni ser hijo, ni ser pródigo. Sólo te permiten ser borrego, que es ese animal entregado a sus emociones.

Existe en la naturaleza del ser humano una instintiva rebeldía frente a aquello que desde fuera nos viene fijado de antemano, la autoridad en sus múltiples y perennes expresiones (padres, maestros, cónyuges, superiores, y un interminable etcétera).

No podemos confundir la rebeldía (la vertiente emocional de libertad) con el libre albedrío (su fundamento racional y espiritual). La modernidad ha instituido la rebeldía como distintivo de modernidad, pero ha confundido maliciosamente al asimilar el libre albedrío con la rebeldía. El dominio de las emociones en las personas perpetúa el monopolio cultural de las élites, las cuales se imponen en sendas dictaduras de emociones y eufemismos.

No se puede estar permanentemente en conflicto con la autoridad, es de neuróticos. Tampoco se puede estar negando la capacidad de equivocarse al otro, es de autoritarios y de necios.

Qué ha pasado en EEUU con la elección de Trump, qué pasa en Europa con el debate de la inmigración, qué pasa en la Iglesia católica con nuestro pontífice, qué pasa en Occidente, donde lo popular, hoy como siempre, acaba definiéndose como incorrecto.

Que somos capaces de votar a un cretino, de criminalizar a un inmigrante, de injuriar a este Papa por el mero hecho de que nos damos cuenta que lo queremos, lo podemos hacer y además, fastidiamos a los oráculos del pensamiento correcto. Porque la discrepancia se ha hecho popular, e impopulares tanto la mala información como la desinformación. Cuando se enciende la sospecha, las élites pronto huelen a quemado.

Se está dando un gran cambio creo que para bien, porque el ser humano vuelve a tener conciencia de su libre albedrío, es decir, es sabedor de que es digno porque puede elegir libremente. No admite ni que le mientan ni que piensen por él, y se inclina de forma natural a la AUTENTICIDAD, que siempre ha sido generadora de filias y fobias, pero jamás de indiferencia.

Y creo que es positivo este fenómeno creciente. Negativo y circunstancial es todo lo demás. Ni Trump podrá hacer todo lo que quiera porque un Estado moderno no es una empresa particular, ni todo inmigrante es un terrorista en potencia, ni el que injuria a este Papa incorrecto pero popular es más católico que otros, más bien es un hereje, un luteranista, aunque no lo sepa.

El hecho es que estamos perdiendo el miedo a decir lo que pensamos de forma contra-despótica. La cultura por cierto da buena muestra de lo despóticamente que es dirigida. Cuando abiertamente te atreves a decir lo que piensas y encima, lo haces razonando y no desde las emociones, te pueden llover chuzos de punta, amenazas ostracistas e incluso físicas. Sin embargo en pleno siglo XXI y en Occidente con democracias imperfectas pero maduras, no pasa nada más. No hay que temer. Estamos asumiendo que la pluralidad en la opinión es sinónimo de democracia. No se toleran las imposiciones ilegítimas.

La cultura nunca tiene más éxito que cuando se hace popular por incorrecta, perdurable por auténtica y revolucionaria por espiritual.

Así que de qué extrañarse o preocuparse. Podemos libremente equivocarnos, podemos pensar y expresarnos, debemos discrepar dialécticamente, porque este es modo de hacer madurar nuestra democracia, y en general cualquier forma de convivencia. Podemos y debemos hacerlo con energía, con vehemencia si cabe, pero no yéndonos por las ramas y mucho menos evitando el conflicto, porque los silencios anteceden a las imposiciones. Aprender a discrepar sin ofender al otro es un arte que se aprende con la experiencia.

No pasa nada cuando decimos que Hillary no era tan buena ni progresista como la vendían. Cuando creemos y lo decimos, que la inmigración musulmana es inquietante no tanto por la infiltración de terroristas como por las dificultades insalvables de integración que plantean si no asumen que deben adaptarse a nuestros valores o deberán retornar porque su crecimiento demográfico es una amenaza a nuestra identidad, que es en su núcleo judeocristiana y en su expresión humanista y no teocrática.

Tampoco pasa nada cuando cuestionamos la capacidad de un animal de equipararse a un ser humano (los animales ni votan ni se presentan a las elecciones), y cuando denunciamos que tanta sublimación de la condición de especie no humana, se hace a costa de denigrar la humana, porque el animalismo es un anti-humanismo.

Tampoco pasa nada si señalamos como grave error educativo en familias y escuelas el salvar a los infantes de la necesidad de esforzarse. No se les puede esconder que la realidad es dura y que hay que prepararse bien por ello, porque los padres (y el Estado) no siempre estarán ahí para hacer por ti lo que tú debes hacer por ti mismo.

En suma, no pasa nada cuando cuestionamos públicamente que cualquier cosa por el sólo hecho de ser nueva o moderna tiene que suponer necesariamente un avance o un progreso. Cuando defendemos que las tradiciones por incorrectas que sean, existen por su mera legitimidad popular. A nadie se le obliga a seguirlas, pero nadie es nadie para obligarte a lo contrario. Si han de desaparecer o transformarse será porque lo quiera la gente, no porque se presione al legislador.

Recordamos que como cristianos (patriarcistas, papistas y anti-jerarquistas), seguimos los pasos de Jesucristo, Hombre y Dios, Profeta popular, incorrecto Salvador, y digno Cordero del Supremo Buen Pastor, que siendo uno más no era como uno más.

Finalmente les deseo una Feliz Navidad viviendo la Paz del Niño-Rey, en sus familias y con sus adversarios. No hay mayor mérito ni mayor gracia del cielo.


Católicos eclesiópatas

28.11.16 | 18:45. Archivado en VIDA ECLESIAL

El cristiano del siglo XXI será místico, o no será (Karl Rahner S.J.)

El genial teólogo jesuita quiere decirnos que el cristiano contemporáneo se distingue por mantener una relación personal e inmediata con Dios y, por encarnar esta experiencia en su realidad concreta, en una actitud ascética y radical de servicio al mundo.

No hay dimensión eclesial en esta definición profética del cristiano contemporáneo.

No son pocos los católicos que no viven, o lo hacen mínimamente, sus vínculos con el resto de la comunidad cristiana. Yo soy uno de ellos.

Las razones pueden ser muy diversas: falta de convencimiento de su utilidad, hostilidad al compromiso o a la institución, desarraigo eclesial, secularización agresiva, falta de vida sacramental, diferencias con las personas con las que uno se une o convive, o la propia elección.

Lo que sí hay que subrayar es que existe un fenómeno notorio, el desarraigo de la mayoría de católicos de la vida de sus comunidades.

Se puede seguir siendo un católico activo sin tener una COMUNIDAD DE PERTENENCIA. Pero añado, difícilmente puede vivirse la Fe sin tener una COMUNIDAD DE REFERENCIA. El sólo hecho de asistir a la Eucaristía nos lleva a buscar la comunidad.

Si la Iglesia echa en falta a católicos en la vida pública es porque quizás la visión del compromiso con la vida pública es reducida. Por vida pública puede entenderse realidad secular, no siendo necesariamente ésta la más significativa (la política o mediática). Realidades seculares radicales son las de nuestra familia, trabajo y vecinos en las que no se puede estar a medias.

El problema que observo es que los laicos en la Iglesia corren el peligro de clericalizarse, quizás incluso más que el clero que dirige nuestras comunidades. La solución es pasar el tiempo justo en las comunidades pues hay mucho que hacer, lo cual no significa que hay que hacer muchas cosas, sino que hay que hacerlas bien. Hay que estar plenamente en nuestra realidad, tratar de escapar de ella es pecar. No podemos reducir nuestra vida de Fe al ámbito exclusivo de nuestras comunidades, pues contribuimos a la división entre Fe y vida, y a cierta esquizofrenia humana y espiritual. La Fe no busca espacios, la Fe es llena espacios.

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Hegemonía perdida de la izquierda

28.10.16 | 18:31. Archivado en Acerca del autor, VIDA ECLESIAL, Sociedad

La conquista del poder cultural es previa a la del poder político y esto se logra mediante la acción concertada de los intelectuales llamados "orgánicos" infiltrados en todos los medios de comunicación, expresión y universitarios. (Antonio Gramsci).

La cita del comunista italiano, intelectual de cabecera de la dirección de Podemos, ha sido una realidad. Al contrario que el catolicismo, que ha cedido su protagonismo en la sociedad civil, el nuevo y viejo socialismo radical, siempre ha pugnado celosamente por someter y dirigir la cultura bajo sus premisas ideológicas, e incluso ha aplicado una eficaz ingeniería social.

Hoy asistimos a la ruptura de esta hegemonía, fundamentalmente porque la indiferencia (posmodernidad) y la contra-reacción (realismo) la han herido. Hoy la cultura abre sus puertas para que la sociedad civil pueda expresarse de forma plural dentro de ella.

Esa pérdida de la hegemonía cultural es una oportunidad para que los católicos ocupemos el lugar que hemos abandonado hace décadas, el de presentar sin complejos la Doctrina social de la Iglesia a los españoles, y el de situar en paridad con los distintos, a nuestros intelectuales y artistas, en todos los medios de comunicación. Sin embargo nos falta ambición y audacia, nos sobran complejos y excesivo celo por la gestión económica de nuestros medios de comunicación.

La realidad cultural y de opinión de la sociedad española es plural. Si la Iglesia jerárquica invoca reiteradamente la defensa de la pluralidad, por qué renuncia a participar activamente en ella. Si la Iglesia cuenta con importantes medios de comunicación, por qué en ellos renuncia a que la Doctrina social de la Iglesia esté presente en sus programas de máxima audiencia. Presente no significa omnímoda, pero su ausencia no tiene excusa.

La Doctrina social de la Iglesia no aboga por la opción partidista, y eso es tan frustrante como oportuno.

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Bajo la Dictadura de las Emociones

06.10.16 | 18:35. Archivado en Acerca del autor, VIDA ECLESIAL, Sociedad

Las emociones destruyen, son incapaces de crear nada (Zygmunt Bauman).

Impera la nueva vanguardia, el Emocionalismo. Yo lo llamo: Dictadura de las Emociones.

Esa exaltación de las emociones ha de explicarse desde una antropología que concibe a los seres humanos como consumidores, votantes y llena espacios. Interesa que el ser humano sea manipulable a través de sus emociones.

En esta ingeniería social la Razón no es pauta de comportamiento humano, lo es la Emoción.

El ser humano actual se halla dentro de una enorme tarta de merengue y padece diabetes existencial.

Confundimos un subidón con la felicidad y, el camino correcto con el propuesto.

Abandonamos la senda de la autenticidad para acabar tomando la de la superficialidad.

Escuchad, nadie ni tampoco la Iglesia, escapa a esta Dictadura.

Contrariamente a lo que pueda imaginarse, este emocionalismo nos hace perder naturalidad que es sencillez y autenticidad, o no es.

La falta de naturalidad es un mal de nuestra época, es factor de nuestra decadencia y razón por la que escasea la creatividad.

Sólo se puede ser escéptico ante un ser humano esclavo de sus pasiones. Hemos llegado así a una Dictadura de las Emociones, que tiene una forma particular de expresarse, a través de la perversión del lenguaje: el Eufemismo, que disfraza de auténtico lo que es falso, de propio lo que es ajeno.

Idolatramos la Naturaleza pero desconocemos la nuestra. Perseguimos las sensaciones y las servimos. Llevamos una vida interior de esclavos.

La vida ni es un espectáculo ni una montaña rusa, la vida es relación y pecamos aislados en nuestras sensaciones.

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El beneficio de la Duda para el obispo de Mallorca

09.09.16 | 17:31. Archivado en Acerca del autor, VIDA ECLESIAL

Tras haber estudiado el caso con curiosidad y cierto morbo, debo reconocer que siendo rebelde como soy a dejarme llevar por la corriente, me asalta la Duda en beneficio del obispo Monseñor Salinas.

Estamos tan mediatizados, tan vapuleados de información y emociones, que nos falta ese juicio crítico que nos pone frente al ser humano y sus debilidades y fortalezas.

Hay un marido celoso que culpa a un clérigo de su fracaso matrimonial, hay una mujer comprometida con la Iglesia y con la política pero también casada, hay un clérigo pero también un obispo, hay una gran amistad entre ellos dos, hay posiblemente despechados y no deja de haber el personaje más importante, las habladurías, las habladurías de todo aquel que más que escandalizarse se deleita con la confirmación de un prejuicio, una mala idea o una mala acción.

El episodio más extraordinario de esta historia para mí ha sido que un obispo designe a una mujer, al parecer brillante, y no a un laico o sacerdote varones, como secretaria y persona de máxima confianza. He aquí la extraordinaria irregularidad.

Muy tranquilo debía sentirse el obispo, no tanto en la designación de esta mujer, como en la repercusión en el aparato digestivo de su diócesis, y de una sociedad, la mallorquina, que es insular. Pero arriesgó o sobrestimó su confianza, o simplemente, obvió con inocencia las consecuencias.
De lo que lo que he leído, deducido, o conocido en las debilidades y fortalezas humanas, no he sacado claramente la conclusión de que la debilidad fuera la vida sexual entre los implicados, y no existiera más fortaleza que la del marido agraviado o la diócesis escandalizada.

Y por qué lo digo. Porque me creo y porque lo he vivido, que una amistad entre una mujer y un hombre puede ser limpia por desinteresada, puede ser grande por no ser estrecha, y puede ser casta porque sea elegida así.

Jesús de Nazaret comía y se relacionaba con mujeres, se acercaba a ellas (la samaritana) con escándalo de sus discípulos, pero ¿también se acostaba con ellas? Jesucristo estaba por encima de las habladurías, Él era auténtico.

Compadezco a quien sufre la enorme Cruz de las habladurías, pues ésa también la tuvo que llevar Jesús. ¿No fue que sus actos causaran constante escándalo entre los judíos lo que le encaminó a su persecución? ¿No fueron sus constantes escándalos los que le registraron como personaje real e histórico en las fuentes judías de la época?

¿Y si un cristiano causa escándalo, no porque su conducta sea inmoral, sino porque sea irregular, acertamos?

Razón y tristeza tenía San Ignacio de Loyola cuando dejó de confesar a las prostitutas de Roma por las habladurías. Y el rebote del vasco no fue poco que no hay rama femenina en los jesuitas.

No nos gusta que nadie esté por encima de nosotros, porque sea precisamente mejor que nosotros, y entre otras cosas, porque sea auténtico. Le queremos ver con debilidades, como nosotros, por eso “hablamos”, calumniamos.

Toleramos mal la autenticidad, la naturalidad, la simpleza, y por eso nos resistimos a Dios y no damos pie con bola a la hora de testimoniar nuestra Fe en el mundo.

Y sí, compadezco a este hombre y a esta mujer, por aguantar una cruz que pone de manifiesto graves debilidades pero también posibles fortalezas. ¿Las debilidades que puedan sentir un hombre y una mujer? No, las debilidades que vuelven a repetirse en la Historia de enjuiciar lo que no entendemos por estrechez de mente y vida, y por tener sucio el corazón.

Y así podemos entender que condenar a las personas es grave pecado, porque Jesucristo es redentor de todas las condenas. Se condenan las ideas, y condeno que en las comunidades cristianas e incluso en las instituciones vaticanas rija la más culpable de las debilidades, condenar la autenticidad.

No nos creemos la autenticidad y por eso la ponemos bajo sospecha morbosa y calumniosa, especialmente, porque no la vivimos.

Estar por encima de las habladurías llevó a Jesús a la Cruz y a la Gloria, y a no pocos cristianos a la Santidad. Ante la Dictadura de las habladurías, la Iglesia escoge sin mi sorpresa, las cadenas. Por eso pienso que la cruz de nuestro Pontífice es la que más hay que compadecer.

Y ya sabemos que cada uno con su cruz, creyente o no, una cosa es llevarla con Cristo y otra muy distinta, llevarla a solas.

¿Y si Monseñor Salinas y su buena amiga fueran inocentes? Yo, al contrario que la magnífica película de final abierto, les otorgo el beneficio de la Duda.


Animalistas y cristianismo

24.08.16 | 15:04. Archivado en Sociedad

“El hombre se diferencia del animal en que bebe sin sed y ama sin tiempo” (Ortega y Gasset).

Emerge un popular movimiento social, los animalistas, que con una nueva antropología que básicamente reduce y asimila la condición humana a la condición animal, y viceversa, eleva la condición del resto de las especies animales a la del ser humano, experimenta un gran éxito en nuestra sociedad.

Esta viceversa debe tenerse en cuenta porque es máxima del movimiento que ninguna especie animal deba ser medio para los fines de otra. De ahí el veganismo.

En el contexto actual de neurosis igualitaria, el pensamiento animalista, adopta con o sin saberlo la dialéctica marxista del enfrentamiento, en este caso entre especies. Ciertamente, prolifera en personas con tendencia a ser de izquierdas o progresistas. Y por ello considero al pensamiento animalista como una metamorfosis más del marxismo.

En el contexto también actual de imposición emocional (dictadura de las emociones), el pensamiento animalista podría ser catalogado como pensamiento de nuestra época posmoderna.

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Miércoles, 20 de septiembre

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