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Miguel A. Rodriguez TorresMiguel A. Rodriguez Torres

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Ayer, hoy... ¿Y mañana?

Permalink 24.01.17 @ 09:00:08. Archivado en Librovitamundía

Con la intención de no recomendarles en absoluto el experimento que he llevado a cabo en los últimos tres meses y que contando con vuestra anuencia les voy a describir, permítome principiar semejante relato.
La primera hebra se origina cuando la encomienda de una de mis hijas me lleva a seguir la serie de éxito americana House of Cards, versión televisiva creada por Beau Willimon, basada en el libro de Michael Dobbs, protagonizada por Kevin Spacey y Robin Wright. Esta serie relata las ínfulas e intrigas que sigue un personaje –Frank Underwood-, que de Congresista por el partido demócrata le llevan hasta el mismísimo despacho oval de la Casa Blanca. Estoy terminando la tercera temporada de las cuatro que han emitido y en espera de la anunciada quinta que –anuncian-, comenzará rodarse en unas semanas.
Pues bién, la galería de personajes, las negociaciones, los trueques, los intercambios, las bolsas de favores, la presión de los lobbies, el crimen –incluso-, la política al servicio de los intereses y tiempos electorales, el poder del dinero, la ambición, la traición, la lealtad y la deslealtad, las confabulaciones y el paralelismo con ciertos acontecimientos conocidos a través de investigaciones periodísticas, biografías o filtraciones, papeles de Wiki Leaks, etc., etc., en fin, la idea que transmite el planteamiento de la serie de muy mucha verosimilitud con lo que realmente ocurre, le dejan a uno el cuerpo con muy poquitas ganas para albergar esperanzas sobre la regeneración política, aunque eso sí, reafirma cien por cien la necesidad de un nuevo paradigma que intelectuales de diversos lugares del mundo y modestamente desde estas mismas páginas, venimos reivindicado desde hace años. Confianza en el hombre no hay quien la tenga, que cantaba el gran Pericón. Dejemos las ambiciones de los Underwood –la Sra. Claire, manda romana-, por el momento.
La segunda hebra es un tocho de más de ochocientas páginas que he ido devorando cada vez más interesado –sinceramente-, y que lleva por título “Las Legiones Malditas” de Santiago Posterguillo. Fue un regalo de una buena amiga que tras unos meses en lista de espera, encontró via libre para su lectura, lo que de facto supuso que durante varias semanas mi cerebro compaginase la percepción de la serie de TV con la recreación en mi imaginación de un relato histórico que cuenta la gesta de Publio Cornelio Scipión, joven general romano que en circunstancias políticas francamente adversas –siempre tuvo enemigos en el Senado de Roma que confabulaban para provocar su fracaso-, y con un ejército de no mucha envergadura para el encargo que le hicieron, primero consiguió barrer a los Cartagineses de la Hispania y que tras no pocas dificultades –sólo superadas por su convicción y empeño personales-, consiguió el visto bueno para su plan de atacar a los cartagineses en su propia tierra, el norte de África, lo que provocaría a su juicio, la llamada de auxilio del Senado Cartaginés a Aníbal, quien amenazaba desde hacía años en la península italiana la supervivencia misma de la república fundada por los romanos. Scipión, después de sufrir un calvario y llegar hasta la casi indigencia para conseguir provisiones y barcos con los que poner en marcha su campaña y tras conseguir entrenar convenientemente a las legiones V y VI, desmotivadas y abandonadas a su suerte, que fueron desterradas a Sicilia por haber salido huyendo precisamente de una batalla contra Aníbal, cruza el Mediterráneo y tiene varias escaramuzas con posiciones menores de los cartagineses, hasta que consigue derrotar al temido y todopoderoso Aníbal en la batalla de Zama, al que como predijo, hizo volver a África a toda prisa dejando los asedios y combates que durante muchos años tuvo a las puertas de la mismísima Roma con su característico modo de proceder: arrasar todo lo que se encontraba a su paso con el temible ejército de decenas de miles de soldados y centenares de elefantes entrenados para causar los mayores daños posibles. Con su valor y visión táctica, Scipión puso final a una de las guerras púnicas y pasó a la historia como uno de los mejores estrategas de todos los tiempos.
Pues bién, la vivencia de simultaneidad de ambas historias, con el denominador común del mantenimiento de una tensión permanente entre espectador-serie ó lector-libro, ha provocado en un servidor algunas reflexiones que sin duda débanse a lesiones cerebrales irrecuperables, que a estas alturas de mi vida mas parecieren provocadas por algún golpe. A saber:
1º.- ¿Es imposible una política sin intrigas, sin dobles juegos y sin una trastienda minada de afanes espúreos y alejados del interés de los votantes?
2º.- ¿Es posible una carrera política sin traiciones, deslealtades y presidida por ideales?
3º.- ¿Es lógico que ante cualquier persona que destaque por su valía, inmediatamente se forme a sus espaldas una tropa que se encarga de mitigar ante los demás sus logros?
4º.- ¿Por qué la verdad conocible es para muchos políticos la mentira menos lesiva para ellos?
5º.- ¿Es admisible que algunas personas confundan sus criterios con el “Estado”, disolviendo cualquier otra posición o atacándola hasta dejarla bloqueada?
6º.- ¿Tiene fuste que cuando el éxito de alguien es visto como inevitable, se arbitren contra-medidas políticas que lo neutralicen y desvaloricen?
7º.- La responsabilidad personal exigible sobre las decisiones políticas… ¿Por qué ni se afrontan ni se legisla para ello?
8º.- ¿Es sana la tendencia a rodearse de sanedrines de consejeros y asesores afines o por el contrario es imprescindible para “la batalla”?
9º.- Si las mismas pautas de conducta e idénticas situaciones se han dado cientos de veces a lo largo de la historia… ¿Por qué las repetimos una y otra vez?
10º.- El ser humano… ¿Es desagradecido por naturaleza?

Bueno, sonó el despertador. Son las 06.35h.
-Donald Trump ha eliminado el castellano de la web de la Casa Blanca, está comentando el locutor de RNE.
Fin del sueño. ¡Buenos días!

La Isla y otros relatos

Permalink 24.05.14 @ 09:04:41. Archivado en Librovitamundía

En el imaginario íntimo de Paco Illán Vivas, la fábula, la ideación onírica, el miedo a la oscuridad, la serpenteante bruma que cuan boa amazónica te estrecha y deja sin aliento, el abismo, la fisura entre la luz y la oscuridad, los restos de civilizaciones pasadas mudados a formas amenazantes, son simplemente constituyentes naturales que a la llamada del autor acuden como lo hacen cualquiera de sus queridas caniches. Su facilidad para manejarse en este género que en su vertiente puramente fantástica ya desarrollase en la trilogía “La Cólera de Nébulos”, ha quedado suficientemente acreditada en esta muestra de narrativa que presentamos.

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Beltrán no lo consiguió

Permalink 20.04.14 @ 10:32:09. Archivado en Librovitamundía

Mi intuición, de la que me había fiado tantas veces me alertó. Tenía que evitar a toda costa que el Licenciado Beltrán consumara su macabro plan. Para ello, le llené el tanque a mi 2CV no sin antes encomendarme a San Cristóbal, patrón de los que no pasamos la ITV ni a la quinta y puse rumbo a la capital de España. A la altura de La Mancha, tras un buen bocadillo de queso y quedarme prendado de las navajas y facas que se exhibian en aquel expositor –¡Dios mío, que llegue a tiempo!, pensé-, tuve un pálpito.
Me desvié al Toboso pensando una única cosa: tenía que conseguir la marca, lugar de fabricación o alguna pista de la ropa interior de Dulcinea. Esto me conduciría sin demora a la corsetería más cercana al domicilio de Beltrán. Su tía, aquella anciana enjuta que vestía al modo dulcinesco sería el anzuelo.
Faltaban apenas 99 días para que la generación del meteorito se jubilase. ¡Dios Santo! Los tendría todo el día en el Hogar del Pensionista aprendiendo maldades y lo que es peor... ¡Como vivir otras vidas!

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Cuando la vida te pone a prueba

Permalink 15.03.13 @ 14:32:24. Archivado en Librovitamundía

Que la vida es una tramposa porque no nos examina a todos poniéndonos las
mismas pruebas es algo consustancial con el propio hecho de estar vivo. Aceptar este principio es sinónimo de diferenciación y madurez. Y desarrollar habilidades para sortear los embates del estar vivo es una encomienda de nuestra cultura y pensamiento. Sea como sea, lo vamos sobrellevando, cargamos con nuestra cruz... Pero a veces la vida se ceba terroríficamente con las personas. Este es el caso del libro autobiográfico que a fuer de impresionarme le coloco en mi librovitamundía. Una historia contada por su protagonista -una mujer humilde con el bagaje cultural propio de su sencillez y destino vital-, que nos revela un calvario existencial que comienza con un matrimonio forzado por un embarazo en plena pubertad, una simbiosis afectiva con un esposo déspota, vividor, agresivo, bebedor y maltratador, con una historia de emigración de por medio, una separación y posterior desarrollo de la peor experiencia que una madre puede tener: la génesis, evolución y fatal desenlace de una esquizofrenia paranoide en su único hijo varón. Todo ello relatado en primera persona como vivencia autoterápica que a indicación de su equipo de apoyo terapéutico tiene como finalidad primera la recomposición de los cristales rotos. Es además este libro una prueba fehaciente del poder del amor, de la inmensísima fuerza del amor.
Cuando la Vida te Pone a Prueba.
Autora: Gina Almar
VegamediaPRESS Ediciones 2010

Elegía a Seres Mayúsculos

Permalink 05.09.12 @ 21:09:41. Archivado en Librovitamundía

La primavera se había adelantado tanto, tanto, que aún estábamos en el verano del año anterior, y ya se veían por las calles los pasos de semana santa, con el compás acompasado lo que es el cante saeta mecío. Los sabios imagineros habían acertado al tallar costaleros de tan brillante realismo que más parecieren cuadrillas de hipogrifos tirando de las ninfas que festejaban las conquistas de Ares. De todas maneras, lo más preocupante no era el trasiego de años, ni siquiera la institucionalización de la fiesta del Descumpleaños, cosa que sólo afectaba a los pobres; lo verdaderamente problemático era el cinismo con el que cambiaban a cada momento de hora. Y eso sí que nos afectaba a los ciudadanos. Es algo que entra subliminalmente y que cuando te percatas sólo deja el margen de contárselo a alguien.
Siete periódicos locales llevaba ya leídos -tal vez fueran ocho; de aquella ciudad se podía esperar cualquier cosa, incluso que tuviera más periódicos que quioscos- cuando en la sábana de La Voz de la Morera, una noticia me puso sobre aviso de que se presagiaba una tarde gris:
INVASION DE PALOMAS EN LA CIUDAD
"Unas cinco mil ochocientas veintidós palomas han tomado sin pedirle permiso a nadie, la plaza de San Marcelino, mientras que el pobre conductor del isocarro de panadería La Gloria, salía a duras penas de debajo del mismo, después de volcar ante la violenta maniobra que tuvo que realizar para esquivar a Pepe Molín, que con sus cascos y su maquinucha ésa, busca que te busca monedas todo el día, y claro, las palomas se han atorado de tanto pan y veremos a ver con la sequía si se van todas a beber al pantano y nos dejan secos".
-¡Coñó!, pues que avisen a los de National Geografic. Veamos, veamos... Aquí está. Efectivamente. El tercer espacio de cartas al director, estaba ocupado por una que le dio tufillo nada más ojear el titular:
QUERIDOS HISTERICOS
“Y dice usté mi querido amigo, que el sistema no llegó a convencerle y que la virtud se escribe en prosa, que la verdad es incierta y que lo verdadero es falso. Que los hipotismos son silogéticos y que convergen en los catequismos. También hace usted incapié en la necedad de la necesidad y en la estabilidad de lo inestable.
Creo así mismo conveniente sugerirle la posibilidad de que se inserte en su manuscrito hasta qué punto es necesaria la pausa dentro de la actividad, de la actividad que nos ocupa, dentro de un orden regular y dinámico; de todos es sabido, que hay entes desocupadas por desocupación, ocupadas por ocupación, activas por actividad y desactivas por desactividad.
Dentro de las últimas, incluyo la posibilidad de una actividad intermedia para hacer más asequible la desactividad, consiguiéndose así una frecuencia a intervalos, diferenciando al mismo tiempo la síntesis de la asíntesis fototrópica. En líneas generales, sólo me queda felicitarle y darle ánimos para que continúe implacable pero tenazmente con su desaz misión de napoleónica imperativa, gesticulizando promontorios antúpidos. Creo que tenemos sobrados motivos para sentirnos orgullosos y optimistas de cara a un futuro acrónico. Es un futuro redondo y pelillos a la mar, sin blancas atribuciones plurimocitas y con bañistas sin playas. Con luna y con sol pero con noche y con día. Y recuerda, cuando me mires, no dirijas tu mirada arriba, estoy debajo”.
Una mano le pinzaba el borde inferior del pantalón -que el hacerlo arriba es picardía-, tirándole hacia abajo. Don Guímel, a estas alturas, ya había comprendido que se trataba de un mensaje secreto, que el individuo que hacía de enlace estaba en una alcantarilla cuya tapa coincidía con el velador en el que tomaba vino, yogur y pasas, y que de un momento a otro, el misterioso le iba a pedir una gambita. Primeramente se cercioró de que no fuera el franchute que se coló en Cadi pa quitarle a toas las niñas los tirabuzones, y acto seguido tomó el teléfono que le ofrecía la mano misteriosa, y sin darle tiempo siquiera a asomarse, le conminó:
GUIMEL: ¡Vete o llamo a un guardia! (al teléfono) ¡Síi! ¿Digamé?
UGENIO: ¿Oigaaa? ¿Oigaaa?
GUIMEL: Síii. Síii.
UGENIO: ¿Es usted un señor particular?
GUIMEL: Pues un poco sí que lo soy.
UGENIO: Perdona chico pero es que me he muerto y como aquí arriba no hay listín de teléfonos, el comité de recepción de Académicos franceses de origen rumano que por muy genios que sean se mueren sin el Nobel, me ha dado este número.
GUIMEL: ¡Ah!, sí. Todos los cuatros de mayo me siento aquí por si acaso llaman del cielo. Tenía ése presentimiento.
UGENIO: Verá usted. Me he venido para arriba sin liquidar a mis muchachos. Como les conozco, no creo que tarden más de diez días en reunir al comité de empresa y montar un follón.
GUIMEL: ...Y usted pretende que yo intermedie...
UGENIO: No exactamente. Berenguer es quien está coordinando la rebelión. Este muchacho no está satisfecho con nada. ¡Mira que le he dado fama y placeres!, pero nó, no es suficiente.
GUIMEL: Pues precisamente que sea Berenguer quien se queje. ¡Si por lo menos fueran los Smith!
UGENIO: ¡Los Smith también están en ésto! Y Jacobo, y Magdalena, y Amadeo, y los Bartolomeos, y el Hombre, y el Amante, y Juan, y las Ancianas Inglesas, y el Periodista, y Ella, y el Señor Gordo...
GUIMEL: Usted me habla de un amontonamiento, pero ésto es la tercera guerra mundial, versión mi prima Paca. ¡Y no estoy dispuesto después de pararle los piés a las tropas del Napoleón en el mismísimo Puente Zuazo, el sucumbir ante un mindundi!
UGENIO: Como vé, estoy en un grave apuro. Y desde aquí arriba sólo me dejan hacer una llamada... Perdóneme, pero le he escogido a usted.
GUIMEL: ¿Y qué es lo que tengo que hacer?
UGENIO: No crea que es algo difícil o extenuante. Le voy a pedir un tipo de ayuda que usted me podrá prestar, ¡vamos, éso es lo que me han aconsejado Salva Dalí y Beni de Cádiz que están aquí conmigo!
GUIMEL: El bisagra ni pinta ni canta, don Ugenio.
UGENIO: Ni hace usted nada. Por eso le hemos escogido. Es usted la única persona del mundo que no sabe hacer nada, que no piensa, que no imagina, que no digiere... Ni siquiera es usted civil o militar. ¡Es usted genial!
GUIMEL: ¡Ah!, pues no sabía yo que era tan estupendo...
UGENIO: El mérito no es sólo mio. Jardiel es quien le tiene enfilado.
GUIMEL: ¡Lo sabía! De pequeño escribía hamor... Bueno, ya me entiende...
UGENIO: ¡Oiga!, esto se traga las monedas celestiales y necesito concretar su misión.
GUIMEL: A su disposición, maestro.
UGENIO: A todos mis personajes les coloqué un diente de oro en su boca, ya sabe, para asegurarme la vejez... Ahora deberá usted llevarlos al dentista y recuperar las piezas. Será una cómoda aventura que sin duda merece. Luego, habrá de ingresar las perras en una cuenta de la Banque Divine de Suiza, sin numerar, que ya me encargaré yo desde aquí de dirigir.
GUIMEL: No es una indiscrección, pero ¿para qué quiere usted ahí las perras?
UGENIO: ¡Para jugar al mus con Valle-Inclán, Picasso y todos estos!
GUIMEL: ¡Por mí, ¡cuente con ello!
UGENIO: Y también le quiero pedir otra cosita en nombre de Warhol, que anda por aquí pintando la bóveda celeste de amarillo.
GUIMEL: ¿Dejará de ser celeste?
UGENIO: Sin lugar a dudas.
GUIMEL: ¿Y qué será de Jasón?
UGENIO: Eso lo dejamos en manos de Spilberg.
GUIMEL: ¿Y qué quiere de mí don Andy?
UGENIO: Que le dé un fuerte abrazo a Fernando Ligero, el diseñador del vestuario de Martirio.
GUIMEL: Dígale que eso está hecho. ¿Alguna cosa más?
UGENIO: ¡Suelta el vaso ya, que la gente te está mirando y pensarán que estás majara!
Efectivamente, alrededor mío se había formado un coro de caminantes que se administraban codazos, seguramente pensando que lo que presenciaban era el delirio de algún romántico boreal. La gente no se dispersaba y uno comenzaba a mosquearse a cien por hora, cosa que suele disgustar no sólo al hígado, sino a mi vecina la Uchi que opina que la culpa de todo la tienen los telediarios. Bueno, los telediarios y los urinarios, y todo lo acabado en escrunf.
Como uno era a ratos rico y a ratos pobre, fué mirarme el reloj calendario que los modernos ricospobres llevamos, y emprenderla a improperios contra el Ayuntamiento, ya que los Ayuntamientos son indiscutiblemente los culpables de que cambien la hora a cada momento y los años a cada intervalo.
Viendo que la multitud no paraba de crecer, y que señalaban con el dedo, al tiempo que pronunciaban el archiconocido "ecce caquita", me llevé la mano al sombrero, que casualmente alguien había colocado allí horas antes, y ¡voila! ¡Qué maravilla! La gente, hecha ya público, comenzó a aplaudir frenéticamente, casi diría yo que lentamente, al tiempo que servidor se destocaba el otrora cráneo, ya convertido en bloque de pisos, y descubría lo que todos ustedes ya saben antes de leer esto: l'arc de triomphe est une excrecence du papiru-papiru, de coup de pied au balon.

Con modestia, pal Ugenio Ionesco

El peregrino del hipocampo (y III)

Permalink 14.08.12 @ 11:28:48. Archivado en Librovitamundía

Aquellas charlas de las que era protagonista en asociaciones de vecinos y colegios universitarios, empezaron a subir de tono. A la gente le molestaba oir verdades y replicaba duramente, incluso me llamaron antisocial. Hombre, ¡hasta ahí podíamos llegar! Anti normas que perpetúan diferencias, puede ser; anti privilegios heredados, anti estatus autoconferidos, ¡síi! ¿Será posible, como se manipula todo? Empezó a crearse un clima contra mí en aquella ciudad que hasta la sazón, hasta que no la conocí bién, no empecé a quererla. Sí, en poco tiempo me había familiarizado con su sol y con sus gentes. Mi figurada ambigüedad del principio tornó en partido a favor de sus edificios y calles.
El gentío no era consciente del proceso de selección que se da en los despachos. Ellos se habían situado en el poder y ¡hala, a perpetuarse! Sólo dejaremos pasar a quienes nos solucionen los problemas, a currantes y a clónicos nuestros. Disidentes, nó. ¿Cómo vamos a dar de comer a uno que esté contra nosotros?
Aquel día comprendí que me había quedado sin futuro. Era muy elástico éso -pensaba-. El futuro no lo hacen aquí, ni en ningún sitio. Eso era lo que ellos creían, que con su maldita misericorcia podían fabricar el futuro de unas gentes que sólo reclamaban lo más natural del mundo, justicia, sólo eso.
La intervención del subdirector de la prisión dejó el cese de contrato en cambio. Me limpiaban de allí, pero no dejaba de trabajar. Traslado a un Centro de Atención a Drogodependientes. Era necesario tener constancia y mantener el tipo. El impacto de la situación no debía ser mayor que la capacidad para resolverla. ¿Y a qué viene éste Cid campeador?, se preguntarán ellos.
Dejarse llevar, pues. Chicos jóvenes destrozados por la droga y apuntillados por la miseria y la injusticia. ¡Gente que roban y matan para vicios! -desde luego, aquel funcionario supe desde el primer momento que se las vería conmigo. En las reuniones, distendidas, cordiales, él siempre ponía la nota amarga, tensa. Discutía los argumentos -¿Cómo vamos a consentir que estos degenerados se nos monten encima? ¡Mano dura y menos contemplaciones! A veces pienso que lo toleraba porque él era también una víctima del sistema, tanto como los otros. Había que seguir, no sé para qué ni adonde, pero seguir.
Cuando aquella mañana en plena sesión grupal, el maldito empleado se dá por aludido en una intervención de "el lili", que desde su rol de juez, increpaba al médico en su papel de carcelero, y dirigiéndose hacia él, cuan energúmeno salido de las cavernas, comienzan los insultos, empujones, amenazas, gritos. Toqué fondo. Me desbaraté. Hasta aquí habíamos llegado. Voces, violencia, enfrentamiento; por poco lo mato. Ese mal nacido no tenía derecho. Manotazos, palos a diestro y siniestro. Luego aparecieron más gentes. Se organizó una batalla campal. Sillas volando, tenedores, percheros, todo servía para luchar contra los opresores. Había que destruirlos. Legaron los antidisturbios. Yo me sentía libre dando puñetazos. ¡Sí!, me desquitaría.
-¡Nó!, en el suelo, nó. Ya lo creo que le dí. Sangre, ví sangre. Caras desfiguradas... amoratadas, rojas, azules... Manos, muchas manos que intentaban cogerme... ¡El crucifijo se movía! ¡Venía hacia mí! ¡Qué horror! ¡Me atraparía!... Oscuro... Todo oscuro...

Al despertar, luz, mucha luz. La ventana cuarteada de aquella desconocida habitación reflejaba la noche que había caído en el exterior. El cuarto era rectangular, techo alto, pintada de verde crudo; un lavabo sin puerta, todo muy elemental. Sentía dolor, mucho dolor. Le dolía todo el cuerpo. La cama blanca, una bombilla, el armario con una hoja abierta... Le parecía estar viendo una película. Miré el reloj, las tres de la madrugada. ¿Donde estaba? ¡Qué había pasado en este tiempo! No podía moverme... Las manos, no. Ni los piés... ¡Estaba atado! No comprendía. El silencio era sepulcral. ¡Nó!, se oía un ruido lejano, sí. Era un grito lánguido, sin fuerzas, daba pena oirlo. La puerta estaba abierta, había un pasillo y una fuerte luz que penetraba en el cuarto. De pronto siento una opresión en el vientre; ¡necesitaba orinar! No podré sólo. Gritaré y alguien acudirá. -¿Oigaaan, puede venir alguien?
Transcurrieron varios segundos; oí como se abría una puerta en el pasillo. Aparecieron dos personas vestidas con un pijama blanco, uno joven y otro más mayor. Venían charlando.
-¿Qué quieres?, dijo el del pelo blanco. El joven comentó -por fin se ha despertado, buena la has armado, añadió. Les dije que quería levantarme para ir al servicio. -No, eso no es posible, me respondieron. Tenemos órdenes de no soltarle. Le pondremos una chata o lo que necesite, pero no podemos soltarle. Me quedé mirándole fijamente -al joven- e interrogué: ¿qué es esto?
-“El hospital psiquiátrico”, respondió.
-¡Me cago en su puta madre! No, no es por ustedes. Es una canallada; ¡quiero hablar con el médico!
Por mucho que lo intentara no podía comprenderlo. Había perdido los nervios, sí, pero no era necesaria aquella purga. En todo caso unos tranquilizantes y ya está.
-Dígame doctor ¿qué me ocurre a mí? Nadie mejor que usted para explicarlo.
-“Ha sufrido, al parecer, un período de obnubilación mental, confusión y violencia”.
-No creo que sea tan grave. Estallé y ahora estoy bién.
-“Hemos de hacerle unas pruebas hasta estar seguros...”
-Seguros… ¿De qué?
-“Ya se lo diremos a su tiempo, de momento debe guardar reposo y observar atentamente cualquier novedad que advierta en cuanto a su propio comportamiento”.
-¿Me soltarán?
-“Dentro de unos días; es por su propio bién”. -- No me quiera tanto, doctor.
Tal vez llevaban razón. A veces me temblaban las manos, estaba como mareado, flotando... Cuando otros enfermos se acercaban por allí, evitaba entablar conversación alguna. Sólo quería estar sólo y tumbado en la cama, sin pensar nada.
Manolo el auxiliar me metió el sangui cuando mi insistencia en saber por qué no me desataban colmó su paciencia.
-“Aparte de que es un criterio médico, usted está bajo custodia del juez, y sólo él interviene en lo que haya que hacer”.
-¿Cómo que el juez? Me lo tendrían que aclarar. No, no, daba lo mismo. Que hagan conmigo lo que quieran. Me da igual.
-¡Hombre!, hoy viene otro médico.
-“Hola amigo, ¿cómo estás?”
-Oiga, qué pasa conmigo, qué es eso del juez. –“Parece ser que la autoridad judicial ha considerado que usted no es dueño de sus actos, y decretado el ingreso en ésta institución”. (¡¡)
-Y... ¿éso?
-“Una de las personas con las que estuvo envuelto en la trifulca está gravemente herido en cuidados intensivos y creemos que es su familia quien lo ha denunciado, así como la asociación de familiares de drogadictos con los que trabajaba usted”.
-¿Hasta cuando estaré así?
-Eso venía a comunicarle. A partir de hoy y hasta que se disponga otra cosa, podrá circular por la zona que se le indique del hospital, así como recibir visitas”.
-Muy bién. Empezaba a estar harto de las correas. ¿Quiere ésto decir que estoy mejor? -Bueno, sí... Seguimos estudiándolo, y pronto tendremos un diagnóstico definitivo”.
Todo lo rápido y vertiginoso que había sido el acontecer de los últimos días, se transformó en lento, indolente, eterno, calmoso... Nada tenía importancia. ¡Todo era tan desolador! Se hablaba poco. En los manicomios no se habla mucho. ¡Qué asco comer con aquellas criaturas! No podía remediarlo. Ellos no tenían culpa; eran sucios y babosos -luego me enteré que por la medicación-. Locos, asesinos, tontos, alcohólicos. Prefería no salir de mi habitación. Tumbarme y descansar.
No, no podía resignarme. Tendría que espabilar, buscar conexiones, hacerle frente a la situación, retomar el destino del que había perdido el timón. Sí, ¡eso es! Ya habían pasado unos días de relajo, volvería a la lucha; yo no estaba acabado, ni mucho menos. Sin embargo, era necesario ser realista. Yo no estaba lúcido, me había metido en un lío y desfacer el entuerto resultaría complicadísimo. Estaba claro, era un perdedor.
Me extrañó enormemente que me citaran a media mañana en el despacho del médico, pero, pensé, tal vez se traten de buenas noticias. –“Pasa y siéntate. Tenemos ya los resultados del estudio, aunque puede haber algún dato a contrastar, ¿cómo te encuentras?>>”.
-Aburrido y despistado. Sólo... no me centro... Sonó el teléfono, le llamaban de ingresos; se disculpó, me rogó que lo aguardase. La curiosidad me comía por dentro. El médico había dejado la carpeta blanca sobre la mesa. Sólo levantarme y echarle un vistazo. Me temblaban las piernas. ¡Qué mas dá! ¡Que hagan conmigo lo que quieran! Me da todo igual. Me incorporé sobre el asiento, discretamente pasé la portada de la carpeta. allí estaba la historia clínica. Nombre... Domicilio.. Antecedentes… No, más abajo… Exploración.., no eso no era. Otra hoja, diagnóstico... Eso sí.. ¡Allí estaba!; me podía oir las palpitaciones. Como un tractor... ¡Dios mío! Esquizofrenia paranoide. Se recomienda su internamiento en la zona de crónicos del hospital psiquiátrico en donde permanecerá custodiado y tratado farmacológicamente, al no considerársele dueño de los actos emanados de su conducta... Se me nublaba la vista. Loco, me había vuelto loco. Sólo y loco.
La visita de la familia como era de esperar, no le consoló en absoluto. Le reprochaban que él había sido así siempre, pero que lo habían ocultado; su madre le confesó que el médico de cabecera, D. Fernando Plaza, que lo conocía de toda la vida, les había recomendado que para estos casos como el suyo, lo mejor era ingresarlo en el Hospital Psiquiátrico, y que allí lo tratarían especialistas.
Pero él no lucharía. Podría decirles a la cara que eran unos desgraciados, que sólo buscaban su comodidad, que no lo querían para nada. Podría escaparse, marchar a Madrid o Barcelona. Siempre encontraría a alguien que le ayudara. Pero no, no huiría, daría la cara, les contestaría con su presencia. Su mirada es el láser vengador. Los despreciaba a todos. Ahora le intentarían comer el coco de que aquello era por su bién.
-“No te preocupes que iremos a verte todas las semanas, y cuando estés mejor, vendrás a casa los fines de semana y algunas temporaditas en verano y navidades. . .”
No, ni los escucharía. ¡Dios que injusto es todo esto! ¡Yo no he hecho nada! Nuevamente pensó huir. Estaba cerca de la carretera. Haría auto-estop y llegaría a algún sitio; lejos de aquellas nefastas personas era posible ¿por qué no?, comenzar de nuevo.
Pero no, su carácter no era ése. Eso lo hacen los grandes. Yo soy un perdedor. No. No. He de reconocer con toda humildad -pensaba- que he sido vencido por todos los caza espíritus y carroñeros con los que me he cruzado en mi vida.

f i n
Tdos los derechos reservados
copyright Miguel A. Rodríguez Torres 2012

El peregrino del hipocampo ( II )

Permalink 08.08.12 @ 13:18:17. Archivado en Librovitamundía

De buenas a primeras, tuvo que hacer un paréntesis en su vida, para acudir a la llamada del ejército. De la noche a la mañana se vió trasplantado a cientos de kilómetros ataviado de kaki. Pero algo vino a complicar las cosas; aquellas pesadillas tan espantosas que tuvo haciendo la mili. Vió como moría su madre, su padre y el cura Félix, un buen amigo suyo.
También el crucifijo, aunque el teniente médico se riera a boca llena, ¡el crucifijo, sí!, se había movido, y el Cristo avanzaba hacia él. Lo llevaron a Burgos y le dieron la inutilidad por síndrome esquizoide inespecífico. Se acordaba de aquellas láminas que le pasaron; se llamaban Rosas o algo así y eran como mariposas o murciélagos. No comprendía como no le habían informado de más.
-"Vete a casa que tú no debes estar aquí", fué toda la explicación. El sabía que aquello podía significar su completa ruina, de manera que decidió mentir para no perder el empleo y la poca consideración que aún merecía a su familia. Hernia de disco más inflamación del nervio ciático. Nadie le pidió ningún papel. Sólo fingir unos días, cojear un poco y quejarse. Sólo fingir un poquitín en una sociedad en donde todo era un gran teatro.
Consiguió que le encargaran un grupo del tercer grado. No tardó mucho en darse cuenta que aquel castillo estaba en el aire. Cuando insistía ante el Instituto de Empleo para que los muchachos tuvieran preferencia en nuevas colocaciones, tenía problemas. Cuando se ponía en contacto con la institución judicial y fiscal para que les tuviesen en cuenta la rehabilitación que llevaban a cabo, a la hora de condenarlo por delitos anteriores, tenía problemas. ¡Vaya hombre! Estos fieles servidores de la ley y valedores de la igualdad de oportunidades, habían ignorado a los marginados a la hora de desagraviarlos. ¡Y no sólo era cuestión de ley, sino que parecían disfrutar con las negativas!
Estas sinrazones hacían depender cada vez más la supervivencia del programa de las medidas de protección. Si se bajaba la guardia, fracaso. Y claro, nos pedían resultados; los políticos querían exhibir el asunto como la octava maravilla. Y no era tal cosa. Nos habíamos equivocado de pe a pa; la reinserción no podía quedarse en un intento de laboratorio, a presión y volumen constantes.
Habrían de ser capaces de arreglárselas por sí mismos, pero no se lo permitirían. Era imposible en estas circunstancias que el programa fuera algo más que una declaración de intenciones y una ruina económica. ¡Qué posibilidades de supervivencia tiene un jilguero en una nube de águilas!
Siempre, en todas sus actividades habían terminado por aflorar las malditas contradicciones. ¡Aquél no iba a ser un caso aparte! Dudas, nuevas y viejas dudas... Pensar, repensar... Lo que poco antes la había parecido tan firme, tan seguro, ahora le resultaba tan frágil, tan contradictorio; todo podía ser reinterpretado. No había razón para sostener lo inverosímil. Ni aquello que fundamentaba el proyecto era tan verdadero, ni las alternativas tan nefastas. La ilusión se tornaba en desesperanza. La energía en falsa dinámica. De motor a desacelerador sólo hay un paso -pensaba-, el fundamento.
¿Qué lectura hacer de estos hechos? ¿Es ajena, externa, la influencia perversa? ¿Acaso atávica? Sin duda es un proceso interno -se consolaba, en un intento de negar su fragilidad ante los demás-, es una evolución-maduración-reelaboración-reestructuración congnitiva. Los factores externos es posible que intervengan, pero no en el sentido real, sino en el metafísico. Por sucesivos procesos de este tipo dicen que se llega a niveles cualitativos diferentes. Falso. Esa cualidad diferenciadora me ha sido negada. Me encuentro siempre en el mismo sitio: decisión y duda. Cuando es que sí, se produce un vuelco sistemático en ésa dirección. Llegado el no, marcha atrás, oscuridad, sombras. Fracaso.
La vida te enseñaba. La gente aprendía. No vá más. Funcionas, luego eres válido, bueno.
¡No seas estúpido y te cuestiones la filosofía de la vida cotidiana! ¿Acaso no sabes que llegarás a conclusiones atroces? Había que poner piés en pared. Era necesario dinamitar todo lo que significaba la ocultación de los verdaderos intereses de unos cuantos que hacían imposible una redistribución de la justicia social, siquiera parecida a la que existe en el mundo animal.
La discusión con los superiores y compañeros era sólo el primer paso. Decirles a ellos que eran unos tarambanas sin agallas y sin capacidad de cambiar el estado de cosas aquel tan tremendamente injusto. Problemas. De muy competente a menos competente, a oportunista, a don nadie, sólo hay un paso, caer en desgracia. ¡Qué gran honor me hacen vuesas mercedes! Caer en desgracia con vos es estar en paz conmigo mismo. Adelante, pués.

El peregrino del hipocampo I

Permalink 03.08.12 @ 12:05:35. Archivado en Librovitamundía

Era una cosa que se veía venir. Sus excentricidades, su forma de ser, sabía que le causarían problemas, que le condenaría. En éste mundo de gente tan completita, un tarambanas como él, con sus manías y sus rarezas, no tenía sino que perecer en el inmenso estercolero. Se arrepentía ahora de haber enmudecido cuando podía haber exigido, y de haber hablado en vez de callado. Le vinieron a la memoria los sucesos de la noche del velatorio de su padre, donde con el cadáver de cuerpo presente, de aquel ser que primero había admirado, luego censurado y siempre malentendido, saltó como un resorte automático. No tuvo más remedio que intervenir en la conversación que mantenían su madre con dos de sus cuñados y su hermana. Siempre creyó que hizo lo justo -mandar callar a quienes en aquel momento pretendían solventar el tema del pago de unos recibos de luz, a costa de endosarle a su madre todas las tardes a las dos pequeñas nacidas de aquellos matrimonios nefastos que habían hecho sus hermanas-.
Estalló como una fiera. ¿Como se podía hablar de cosas tan vulgares en aquellos momentos? ¿Acaso era un trámite, y aprovechaban para llenarlo de contenido con temas tan trascendentales como los facturas, los plazos que quedaban del piso, y otras sandeces? Bueno ¿y él qué? El no contaba, por supuesto. Como no había contado nunca. ¿Cómo le iban a pedir opinión y consejo, si no trabajaba? Claro, que tampoco le participaron de la noticia de la boda de su hermana Luisa. Y entonces sí tenía trabajo. Lo recordaba con satisfacción; fué su época más feliz.
Era violoncelo de la Orquesta de Jóvenes, y durante los siete meses que duró la experiencia, fué otra persona. Tuvo sus más y sus menos con algunos compañeros que pretendieron hacerle pasar por el aro, y eso no se lo consentía a nadie, pero era feliz ensayando y tocando. A veces pensó que su verdadero amor era el chelo. Y lo seguía creyendo, lo que ocurre es que ahora estaba más desesperanzado -la orquesta había sido disuelta por falta de partida presupuestaria- le dijeron aquellos del Ayuntamiento, claro que para ellos sí había presupuestos siempre, aunque, eso sí, "la sensibilidad musical y el fomento de la cultura va a ser meta incuestionable de nuestra gestión política" -todavía zumbaban en su cerebro aquellas palabras oídas apenas dos años antes, en plena campaña electoral-. ¡Había tenido que renunciar a tantas cosas! Unas le habían importado y otras no.
Recordaba cuando, teniendo ocho años, su padre le había prometido una bicicleta como premio, si aprobaba el curso. Aprobó con holgura, y jamás obtuvo el premio. Aunque eso sí, él tuvo que ceder y conformarse, aguantarse la pelota que se le formaba en la garganta, y tragar saliva. Porque estamos mal de dinero -le dijeron-. Pero cuando su hermana Teresa hizo la primera comunión, no se puso el traje de Cándida, su prima, que la hizo otro domingo. No señor, la niña tuvo que estrenar vestuario.
No encontró tanta comprensión cuando le dijo a su padre -aprovechando una temporada que estuvo alejado de la bebida- que no quería estudiar el bachiller, sino Arte Dramático y música.
-"Eso ni lo sueñes. Déjalo para los maricones. Un músico, éso es lo que nos hacía falta. Si no quieres estudiar, mañana hablo con Andrés el mecánico y te vas a apretar tornillos al taller". No se lo tuvo que repetir. Al dia siguiente se puso ropa de trabajo y cuando su padre se levantó, ya estaba preparado. Iría al taller... Pero lo que no sabe éste -pensó- es que el conservatorio es por la noche. Estudiaré solfeo y seré músico.
Con su madre chocaba más a menudo. Ella pretendía dominarle como lo había conseguido con su padre y con sus hermanas. Le dolía en el alma ver como ellos se conchababan en su contra, como ellos reían cuando hablaban de él. Se metían con su ropa, con la música que escuchaba, con el tabaco que fumaba, con las amistades que tenía; todo ello eran excusas. Se ríen de mí, no de lo que hago.
Durante algún tiempo estuvo investigando una serie de miradas y de gestos que veía se hacían un policía municipal de su pueblo y su madre, y deseó comprobarlo, aunque le daba miedo el pensar nada; al final desistió. ¿Qué final tendría aquello? Seguro que en caso de demostrar algo, no le creerían.
¡Dejémoslo!, se dijo.
Fué una noche de invierno, gris y triste, estando en casa de unos amigos. Rápidamente creí captar el mensaje de aquella película extranjera. En una escena, en donde un científico investigaba en un laboratorio con ratas; pretendía investigar la inteligencia animal. Les suministraba a aquellos animalitos, encerrados en una caja de experimentos, unas descargas eléctricas. A los pocos ensayos, las ratas saltaban a la otra parte de la caja, en donde no daba la corriente, a la parte segura. Aprendían, huían del dolor, del terror. A otro grupo de animales se les tenía en otra caja, sobre la que no se actuaba en absoluto. En una segunda fase, a este grupo se les aplicaban descargas a discreción, tanto en uno como en otro lado de la caja.
El resultado es que al principio, las ratas saltaban de un sitio para otro absolutamente desconcertadas, hasta que llega un momento en que aunque les sigan aplicando descargas, no se mueven. El cuadro de las ratas quietas sufriendo la descarga eléctrica me marcaría para siempre. Cuando pueden prever la contingencia, se adaptan y aprenden; por el contrario, si ven frustradas sus esperanzas, si no alcanzan a entrever una situación de probabilidad, actúan como si dijeran "haga lo que haga me las van a dar todas juntas".
Y ésa era -pensaba- la situación de los muchachos del programa de rehabilitación de presos en el que había comenzado a trabajar en su calidad de monitor del taller de música. Aquel trabajo le producía una extraña inquietud. Creía en él, pero sabía que se fundamentaba en una gran mentira. Exceptuando los talleres de música, manualidades y teatro, la rehabilitación, la reinserción social pretendida por el programa psicopedagógico adolecía de algo elemental: no tenía salida. La única posible era el empleo, y ésta no estaba prevista. ¡Qué gran mentira!
(continuará)

¡Fuerza Padilla!

Permalink 01.12.11 @ 13:40:15. Archivado en Librovitamundía

Para quienes nos hemos estremecido con el toreo de Juan José Padilla, le hemos visto una larga cambiada a porta gayola de perfecta ejecución o guardamos en la memoria lances, muletazos, banderillas en todo lo alto de poder a poder, estocadas impecables a toros muy difíciles o lidias arriesgadísimas a toros imposibles, para los seguidores del maestro de Jerez, la mejor faena, la que soñabamos, la está librando Padilla fuera de los ruedos.
La actitud valiente frente al infortunio, el compromiso público de su voluntad de recuperarse para volver a vestirse de luces, ese tesón y lucha frente a la adversidad es el mejor de los ejemplos que un jerezano, un gaditano, un andaluz puede hoy brindar al mundo.

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Você ainda presente em nós, Jose

Permalink 22.06.10 @ 08:27:19. Archivado en Librovitamundía

Se nos ha marchado Saramago. Mejor dicho, su familia y gente más allegada han perdido a la persona inscrita en el registro civil lisboeta como José Saramago. El mundo desde hace muchas décadas gozaba de su prosa, su verso y su palabra. Y lo seguirá haciendo porque la gente verdaderamente grande no muere. Se muda a otro sitio. Su obra, su pensamiento, su intención, su compromiso, queda entre nosotros para que se consume algo por lo que el maestro sentía especial interés: que el lector complete con su reflexión el planteamiento de lo escrito. Citémoslo textualmente:
"Escribo para comprender, y desearía que el lector hiciera lo mismo, es decir, que leyera para comprender. ¿Comprender qué? No para comprender en la línea que yo estoy tratando de hacerlo; él tiene sus propios motivos y razones para comprender algo, pero ese algo lo determina él"..

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Enigma de Pasiones

Permalink 29.04.07 @ 19:58:59. Archivado en Librovitamundía

Después de haber quedado favorablemente predispuesto hacia la autora tras la lectura de su "Generación Puente", cuando cayó en mis manos este "Enigma de Pasiones" que comienza con una cita de Simone de Beauvoir tal que "El erotismo implica una reivindicación del presente contra el tiempo, del individuo contra la colectividad", supe que podía estar ante algo realmente importante.

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Cárceles de la Locura

Permalink 17.03.07 @ 12:15:29. Archivado en Librovitamundía

Es para mí un grato placer prologar la edición de esta nueva obra, porque en ella confluyen las dos características que uno le pide a toda creación intelectual: que tenga calidad literaria, es decir que esté bien escrita y que la temática sea lo suficientemente atractiva como para atrapar la atención hasta el final.

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