Por supuestísimo que lo que no se han atrevido a hacer los americanos en el cine, lo estamos haciendo los españoles, y además sin darnos ninguna importancia. Me estoy refiriendo a la polémica en torno a la cuestión sesuá de los cataplines. Las cosas entran por los ojos, y la bulla ésta que nos ocupa, como no podía ser menos, ha entrado por la imagen. Ha bastado una campaña de presentación de duvedés coleccionables a cargo de un periódico nacional -que el contenido del spot no tenga nada que ver con lo que usted compre, no lo inventaron ellos-, la presentación de la peliculita del Bigas Luna y unas palabras del sin par -gustará o no gustará, pero no me digan que hay otro igual- Almodóvar, para que quede servido todo un cóctel explosivo que, amén de ser un producto de consumo, tiene la vocación de no dejar indiferentes a las personas.
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Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone donde quiera. ¡Que cada palo aguante su vela! Este ataque frontal a la mediocridad que pudiera parecer algo de actualidad fué hecho por nuestro José Ortega y Gasset en el año 1919.
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Tras la obligada pausa cristiano burguesa de la finita semana santa neo pagana, en la que se han visto más tronos que jamás, más penitentes que nunca, más estantes que siempre y más paraguas que público, colgada la simbología en el guardarropa, nuevamente nos disponemos a retomar la cotidianidad de nuestras vidas, eso sí, distrayendo nuestro pensamiento cinco minutillos, en el sentido y coherencia de las cosas.
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Todo el mundo está de acuerdo en que los juegos para los niños son espacios de ajuste mutuo en condiciones sociales protegidas. O sea, que así como quién dice, sin darse cuenta, los críos ensayan una y mil veces vivencias y esquemas relacionales, respuestas emocionales y frustraciones, en condiciones óptimas para un ser tan vulnerable, y que luego, una vez interiorizadas, les van a ayudar en eso que es la adaptación a las circunstancias de la vida, y en suma, a sobrevivir en la jungla.
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"Hay por debajo del mundo visible y ruidoso en que nos movemos, por debajo del mundo de que se habla, otro mundo invisible y silencioso en que reposamos, otro mundo del que no se habla. Y si fuera posible dar la vuelta al mundo y volverlo de arriba abajo, y sacar a la luz lo tenebroso metiendo en tinieblas lo que luce, y sacar a sonido lo silencioso, metiendo en silencio lo que habla, habríamos todos de comprender y sentir entonces cuán pobre y miserable es esto que llamamos ley, y donde está la libertad y cuán lejos de donde la buscamos".
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Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone donde quiera. ¡Que cada palo aguante su vela! Este ataque frontal a la mediocridad que pudiera parecer algo de actualidad fué hecho por nuestro José Ortega y Gasset en el año 1919.
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Verán ustedes, no es que uno sea un experto en metabolismo, ni siquiera un entendido en temas de nutrición; no señor, uno es sencillamente un gordito. Un gordito que estuvo perseguido en el anterior régimen, que sufrió la discriminación en sus propias carnes y que a duras penas logró sobrevivir entre tanta adversidad. Sólo el recordarlo me estremece: Cada vez que tenía que reponer el vestuario, me estrellaba una y otra vez con la oprobiosa: -«Sólo hay tallas normales, Ud. vállase al sastre».
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Parece que aún lo tengo delante embelesado con su teorema. -De suyo, lo natural fue lo que fue y como fue. O sea, por derecho. Luego vino aquello de la conveniencia o la mejorancia y al final y gracias al nuevo credo, la tolerancia. Esto nos permitió salir de la covacha y casi casi aspirar al pronto restablecimiento del imperio del sentido común y de la creencia en la justicia universal. Y la cosa no marchaba nada mal, la verdad, mas como siempre ha de haber un pero, pues lo hubo, y rehubo.
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Tras la obligada pausa cristiano burguesa de la nueva semana santa neo pagana, en la que se han visto más tronos que jamás, más penitentes que nunca, más estantes que siempre y más paraguas que público, colgada la simbología en el guardarropa, nuevamente nos disponemos a retomar la cotidianidad de nuestras vidas, sin distraer nuestro pensamiento ni cinco minutillos -por supuesto-, en el sentido y coherencia de las cosas.
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Tiene guasa la cosa. Resulta que en plena sociedad de la información, entrados en el siglo XXI, en el eje de la proclamación del homo sapiens ciberneticus como deriva evolutiva del homo sapiens sapiens, o sea ahorita mismo, somos más ignorantes que nunca.
Esto lo ha descubierto Juaqui -mi barman favorito-, después de estudiar según él una muestra de población representativa, alrededor de cuatrocientas personas de varias edades y de los dos sexos –“Y del mixto”, apostilla el creador-, estudio basado en la observación participante y variante: mañanas, tardes y noches.
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