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Miguel A. Rodriguez TorresMiguel A. Rodriguez Torres

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Ayer, hoy... ¿Y mañana?

Permalink 24.01.17 @ 09:00:08. Archivado en Librovitamundía

Con la intención de no recomendarles en absoluto el experimento que he llevado a cabo en los últimos tres meses y que contando con vuestra anuencia les voy a describir, permítome principiar semejante relato.
La primera hebra se origina cuando la encomienda de una de mis hijas me lleva a seguir la serie de éxito americana House of Cards, versión televisiva creada por Beau Willimon, basada en el libro de Michael Dobbs, protagonizada por Kevin Spacey y Robin Wright. Esta serie relata las ínfulas e intrigas que sigue un personaje –Frank Underwood-, que de Congresista por el partido demócrata le llevan hasta el mismísimo despacho oval de la Casa Blanca. Estoy terminando la tercera temporada de las cuatro que han emitido y en espera de la anunciada quinta que –anuncian-, comenzará rodarse en unas semanas.
Pues bién, la galería de personajes, las negociaciones, los trueques, los intercambios, las bolsas de favores, la presión de los lobbies, el crimen –incluso-, la política al servicio de los intereses y tiempos electorales, el poder del dinero, la ambición, la traición, la lealtad y la deslealtad, las confabulaciones y el paralelismo con ciertos acontecimientos conocidos a través de investigaciones periodísticas, biografías o filtraciones, papeles de Wiki Leaks, etc., etc., en fin, la idea que transmite el planteamiento de la serie de muy mucha verosimilitud con lo que realmente ocurre, le dejan a uno el cuerpo con muy poquitas ganas para albergar esperanzas sobre la regeneración política, aunque eso sí, reafirma cien por cien la necesidad de un nuevo paradigma que intelectuales de diversos lugares del mundo y modestamente desde estas mismas páginas, venimos reivindicado desde hace años. Confianza en el hombre no hay quien la tenga, que cantaba el gran Pericón. Dejemos las ambiciones de los Underwood –la Sra. Claire, manda romana-, por el momento.
La segunda hebra es un tocho de más de ochocientas páginas que he ido devorando cada vez más interesado –sinceramente-, y que lleva por título “Las Legiones Malditas” de Santiago Posterguillo. Fue un regalo de una buena amiga que tras unos meses en lista de espera, encontró via libre para su lectura, lo que de facto supuso que durante varias semanas mi cerebro compaginase la percepción de la serie de TV con la recreación en mi imaginación de un relato histórico que cuenta la gesta de Publio Cornelio Scipión, joven general romano que en circunstancias políticas francamente adversas –siempre tuvo enemigos en el Senado de Roma que confabulaban para provocar su fracaso-, y con un ejército de no mucha envergadura para el encargo que le hicieron, primero consiguió barrer a los Cartagineses de la Hispania y que tras no pocas dificultades –sólo superadas por su convicción y empeño personales-, consiguió el visto bueno para su plan de atacar a los cartagineses en su propia tierra, el norte de África, lo que provocaría a su juicio, la llamada de auxilio del Senado Cartaginés a Aníbal, quien amenazaba desde hacía años en la península italiana la supervivencia misma de la república fundada por los romanos. Scipión, después de sufrir un calvario y llegar hasta la casi indigencia para conseguir provisiones y barcos con los que poner en marcha su campaña y tras conseguir entrenar convenientemente a las legiones V y VI, desmotivadas y abandonadas a su suerte, que fueron desterradas a Sicilia por haber salido huyendo precisamente de una batalla contra Aníbal, cruza el Mediterráneo y tiene varias escaramuzas con posiciones menores de los cartagineses, hasta que consigue derrotar al temido y todopoderoso Aníbal en la batalla de Zama, al que como predijo, hizo volver a África a toda prisa dejando los asedios y combates que durante muchos años tuvo a las puertas de la mismísima Roma con su característico modo de proceder: arrasar todo lo que se encontraba a su paso con el temible ejército de decenas de miles de soldados y centenares de elefantes entrenados para causar los mayores daños posibles. Con su valor y visión táctica, Scipión puso final a una de las guerras púnicas y pasó a la historia como uno de los mejores estrategas de todos los tiempos.
Pues bién, la vivencia de simultaneidad de ambas historias, con el denominador común del mantenimiento de una tensión permanente entre espectador-serie ó lector-libro, ha provocado en un servidor algunas reflexiones que sin duda débanse a lesiones cerebrales irrecuperables, que a estas alturas de mi vida mas parecieren provocadas por algún golpe. A saber:
1º.- ¿Es imposible una política sin intrigas, sin dobles juegos y sin una trastienda minada de afanes espúreos y alejados del interés de los votantes?
2º.- ¿Es posible una carrera política sin traiciones, deslealtades y presidida por ideales?
3º.- ¿Es lógico que ante cualquier persona que destaque por su valía, inmediatamente se forme a sus espaldas una tropa que se encarga de mitigar ante los demás sus logros?
4º.- ¿Por qué la verdad conocible es para muchos políticos la mentira menos lesiva para ellos?
5º.- ¿Es admisible que algunas personas confundan sus criterios con el “Estado”, disolviendo cualquier otra posición o atacándola hasta dejarla bloqueada?
6º.- ¿Tiene fuste que cuando el éxito de alguien es visto como inevitable, se arbitren contra-medidas políticas que lo neutralicen y desvaloricen?
7º.- La responsabilidad personal exigible sobre las decisiones políticas… ¿Por qué ni se afrontan ni se legisla para ello?
8º.- ¿Es sana la tendencia a rodearse de sanedrines de consejeros y asesores afines o por el contrario es imprescindible para “la batalla”?
9º.- Si las mismas pautas de conducta e idénticas situaciones se han dado cientos de veces a lo largo de la historia… ¿Por qué las repetimos una y otra vez?
10º.- El ser humano… ¿Es desagradecido por naturaleza?

Bueno, sonó el despertador. Son las 06.35h.
-Donald Trump ha eliminado el castellano de la web de la Casa Blanca, está comentando el locutor de RNE.
Fin del sueño. ¡Buenos días!

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