Ironizol
13.04.08 @ 07:57:09. Archivado en Soconuscos
¿Ha pensado alguna vez si los españoles tenemos alguna cosa en común, a parte del idioma, en donde lo tengan y para lo que lo tengan? Sí, contrariamente a lo que mucha gente piensa, ¡qué digo gente!, ¡incluso algunas personas!, los españoles se parecen más entre sí, que por ejemplo a los nórdicos. Claro está, que de esta comparanza hemos de excluir a los nasillanos. Esos sí que parecen nórdicos. Y más que nórdicos, finlandeses o suecos. Tan rubitos, tan altos, tan lisos de vientre, tan amantes de las cabañas de madera. ¿Nasilla y Helsinki? ¡Primas hermanas! Modestos como ellos solos, sirenaicos, diurnos y amantes de la tortilla de ajos tiernos. Cantaores, pilotos de carreras, embarazadas, niños. ¡Todos igualitos!
En fin, nosotros a lo nuestro. Quitando esa similitud excepcional, los españoles tienden a parecerse más a los españoles que a los extranjeros, cosa que ha costado sangre, sudor y tortas. Todos los nacidos en la tierra de María Santísima, tienen al menos una cualidad que comparten, algo único e intangible. Y todo ello dentro de la variedad, de una pluridad idiosincrática que, no obstante, favorece la tamización de unas características esenciales, que es lo que nos permite reconocernos como pueblo. ¿Cual es esa cualidad? Unos dirán que la improvisación. Otros que la falta de cultura del trabajo. Aquellos que si la siesta... Estos de más acá señalarán los logaritmos, y los de más allá, apostarán por las tortas de aceite. Uno, modestamente quisiera profundizar en las investigaciones de Payán Sotomayor, y delimitar un contexto más amplio que el que el profesor aisla en sus trabajos, al extender este análisis, de la característica que nos identifica al conjunto de España, y diferencia del mundo: la ironía.
Si, pero no una ironía cualquiera como la del Irán, por ejemplo. No, aquí no. La nuestra es una ironía sin método, espontánea, cabal. La ironía, ésa cualidad otrora característica de los españoles, que como tantas cosas se encuentra en la actualidad en franca recesión. ¡Cuantas veces un comentario irónico suscita cartas al director protestando por lo que se decía en aquél! ¡Cuanta retahila de comentarios se encadenan ahora en la modernidad de internet ante un concepto hiperbólico! ¡En cuantas ocasiones una expresión irónica se queda frustrada en su intencionalidad porque el receptor no se ha enterado de nada! ¿Problemas con los canales? ¿Grasa, suciedad, hollín? ¡Pruebe con ironizol! IRONIZOL, ironía al instante. Pues bién, ésa ironía, uno de los componentes de la guasa nacional, encuentra su refugio y su mejor caldo de cultivo entre nuestras gentes. ¡Cuántas cosas se expresan juntas en cualquier texto debidamente aderezado con esencias irónicas! ¡Y todo con finura, sin embajes ni brusquedades! Así es la ironía. La ironía, que significa literalmente disimulación en el uso sistemático del doble sentido. Sí, disimular. Presupone un doble auditorio, uno que se deja engañar por el doble sentido de las palabras y otro que capta el sentido oculto y que se ríe con su burla fina y disimulada. Con la ironía, el lector o el oyente se siente arrastrado por el estilo lleno de lógica y de naturalidad, hasta que, ¡de pronto!, salta la trampa.
Pero hemos hablado también de la guasa. La guasa es como una cierta gracia seria, en reposo, disfrazada con una pizca de cinismo, un mucho de ironía, una gran carga intelectual. Es, en palabras de Payán Sotomayor, una gracia filtrada por la razón. En fin, que les quería contar que discretisimi circunstantii habemus para tuti quisqui, abalajati con tomati.
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