Fabula de los Nuevos Contratos
20.01.08 @ 22:01:29. Archivado en Soconuscos
La ventera -una señora de buen ver y por lo que se contará, de armas tomar-, atendió al recién llegado con honores de caballero. Una orden suya bastó para que su fiel doña Gertrudis, sorprendiese al huésped con manjares y caldos, y más aún, lisonjas aparte, la mejor paja de heno fué servida en abundancia, al manso rucio en las caballerizas. Tal era la comodidad y galanura que encontró nuestro buen escudero en la venta del Condestable, que al calor de un buen fuego de leña, comenzó a contar sus aventuras. Al escucharlo, las personas que se hallaban en la posada, se sentaron a su derredor dispuestos a oir los mil y uno sucedidos que a maese Fabián el Discreto han acontecido.
La intrépida mesonera, pronto intuyó provecho en la dignidad de aquel caminante. "¡Por vida de mi padre que es la más alta cosa que he oido! Digo de verdad que es vuestra merced el mesmo diablo, y que no hay cosa que no sepa. Todo es menester -respondió D. Fabián- para el oficio que trayo", emulando en su responder al mismísimo caballero de la triste figura. La sin par ventera enseguida comprendió que el viajero podría ser un buen reclamo para los campesinos que poblaban el lugar; -«Por cuatro reales al lustro, este pobrecito hablador puede convertirse en la atracción del ventorrillo», le comentó a la moza Gertrudis.
Como era de prever, el cansado caminante aceptó el trabajo; por las mañanas ensillaba a "Bonaparte", el rucio, y en sus paseos por llanuras y mesas, recomponía las historias que por las tardes repetía ante la cada vez más numerosa audiencia de la venta, mientras libaban caldos traídos de las bodegas de la Sancti Petri. Aceptó de buena gana, el prolongar sus paseos matutinos hasta el vecino pueblo de Matavaca, para así, adquirir en el mercado los encargos que su nueva ama la posadera y su fiel Gertruditas, le solicitaban.
Poco tiempo después, y aprovechando que a mediodía Fabiancito acudía presto al establo para proporcionarle zulla fresquita y tréboles recién cortados por él mismo, a Bonaparte, la gentil doña Gertrudis le sugiere que aproveche el viaje y le lleve grano a las gallinas que esperan su turno en el corral. Sabedor como era nuestro protagonista de las técnicas del teñido de tejidos, poco tardó la avispada ventera en encomendarle lo propio con algodones y lanas, que el mismo escudero previamente adquiría en el mercadillo de ambulantes. Tripas llevan piés, que no piés a tripas, concluía nuestro simple protagonista, cuando le venía al pensamiento el carácter tan escogido de su protectora y ama.
Una tarde, la ínclita dueña recomendó a nuestro amigo la necesidad de anticipar lo que pensase contar a efectos de impedir la reiteración con otras historias que afamados juglares habían dado por contadas en el lugar. Pero fué la sutil sugerencia de la servicial doña Gertrudis, por la cual, si la posada se llenase de viajeros -cosa que ocurría con frecuencia- el bueno de el discreto, habría de sacar al rucio a un prado cercano y trabarlo a un matorral, a efectos de desocupar una plaza en el establo, lo que provocó que aquella noche, con lleno total en las gradas, el viajero maese Fabián el Discreto, tañendo su laúd, dirijiéndose a su jefa y suplicio le cantó la siguiente coplilla, otrora inventada por maese Diego Caravallo:
HERMOSA DAMA
QUE NO SOY DE PIEDRA
MI PERSONA RUEGA
A VUESA MERCED
NO ME TRATE
CON TANTO DESCARO
QUE SI QUIERE TRATO
PUES RÉ-TRATE-SÉ
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