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Elegía a Seres Mayúsculos

Permalink 31.10.07 @ 21:50:28. Archivado en Soconuscos

La primavera se había adelantado tanto, tanto, que aún estábamos en el verano del año anterior, y ya se veían por las calles los pasos de semana santa, con su acompasado mecimiento. Los sabios imagineros habían acertado al tallar costaleros de tan brillante realismo que más parecieren cuadrillas de hipogrifos tirando de las ninfas que festejaban las conquistas de Ares. De todas maneras, lo más preocupante no era el trasiego de años, ni siquiera la institucionalización de la fiesta del Descumpleaños, cosa que sólo afectaba a los pobres; lo verdaderamente problemático era el cinismo con el que cambiaban a cada momento de hora. Y eso sí que nos afectaba a los ciudadanos. Es algo que entra subliminalmente y que cuando te percatas sólo deja el margen de contárselo a alguien.
Siete periódicos locales llevaba ya leídos -tal vez fueran ocho; de aquella ciudad se podía esperar cualquier cosa, incluso que tuviera más periódicos que quioscos- cuando en la sábana de La Voz de la Morera, una noticia me puso sobre aviso de que se presagiaba una tarde gris:
INVASION DE PALOMAS EN LA CIUDAD
"Unas cinco mil ochocientas veintidós palomas han tomado sin pedirle permiso a nadie, la plaza de San Marcelino, mientras que el pobre conductor del isocarro de panadería La Gloria, salía a duras penas de debajo del mismo, después de volcar ante la violenta maniobra que tuvo que realizar para esquivar a Pepe Molín, que con sus cascos y su maquinucha ésa, busca que te busca monedas todo el día, y claro, las palomas se han atorado de tanto pan y veremos a ver con la sequía si se van todas a beber al pantano y nos dejan secos".
«¡Coñó!, pues que avisen a los de National Geografic. Veamos, veamos... Aquí está». Efectivamente. El tercer espacio de cartas al director, estaba ocupado por una que le dio tufillo nada más ojear el titular:
QUERIDOS HISTERICOS
“Y dice usté mi querido amigo, que el sistema no llegó a convencerle y que la virtud se escribe en prosa, que la verdad es incierta y que lo verdadero es falso. Que los hipotismos son silogéticos y que convergen en los catequismos. También hace usted incapié en la necedad de la necesidad y en la estabilidad de lo inestable.
Creo así mismo conveniente sugerirle la posibilidad de que se inserte en su manuscrito hasta qué punto es necesaria la pausa dentro de la actividad, de la actividad que nos ocupa, dentro de un orden regular y dinámico; de todos es sabido, que hay entes desocupadas por desocupación, ocupadas por ocupación, activas por actividad y desactivas por desactividad.
Dentro de las últimas, incluyo la posibilidad de una actividad intermedia para hacer más asequible la desactividad, consiguiéndose así una frecuencia a intervalos, diferenciando al mismo tiempo la síntesis de la asíntesis fototrópica. En líneas generales, sólo me queda felicitarle y darle ánimos para que continúe implacable pero tenazmente con su desaz misión de napoleónica imperativa, gesticulizando promontorios antúpidos. Creo que tenemos sobrados motivos para sentirnos orgullosos y optimistas de cara a un futuro acrónico. Es un futuro redondo y pelillos a la mar, sin blancas atribuciones plurimocitas y con bañistas sin playas. Con luna y con sol pero con noche y con día. Y recuerda, cuando me mires, no dirijas tu mirada arriba, estoy debajo”.
Una mano le pinzaba el borde inferior del pantalón -que el hacerlo arriba es picardía-, tirándole hacia abajo. Don Guímel, a estas alturas, ya había comprendido que se trataba de un mensaje secreto, que el individuo que hacía de enlace estaba en una alcantarilla cuya tapa coincidía con el velador en el que el tomaba vino, yogur y pasas, y que de un momento a otro, el misterioso le iba a pedir una gambita. Tomó el teléfono que le ofrecía la mano misteriosa, y sin darle tiempo siquiera a asomarse, le conminó:
GUIMEL: ¡Vete o llamo a un guardia! (al teléfono) ¡Síi! ¿Digamé?
UGENIO: ¿Oigaaa? ¿Oigaaa?
GUIMEL: Síii. Síii.
UGENIO: ¿Es usted un señor particular?
GUIMEL: Pues un poco sí que lo soy.
UGENIO: Perdona chico pero es que me he muerto y como aquí arriba no hay listín de teléfonos, el comité de recepción de Académicos franceses de origen rumano que por muy genios que sean se mueren sin el Nobel, me ha dado este número.
GUIMEL: ¡Ah!, sí. Todos los cuatros de mayo me siento aquí por si acaso llaman del cielo. Tenía ése presentimiento.
UGENIO: Verá usted. Me he venido para arriba sin liquidar a mis muchachos. Como les conozco, no creo que tarden más de diez días en reunir al comité de empresa y montar un follón.
GUIMEL: ...Y usted pretende que yo intermedie...
UGENIO: No exactamente. Berenguer es quien está coordinando la rebelión. Este muchacho no está satisfecho con nada. ¡Mira que le he dado fama y placeres!, pero nó, no es suficiente.
GUIMEL: Pues precisamente que sea Berenguer quien se queje. ¡Si por lo menos fueran los Smith!
UGENIO: ¡Los Smith también están en ésto! Y Jacobo, y Magdalena, y Amadeo, y los Bartolomeos, y el Hombre, y el Amante, y Juan, y las Ancianas Inglesas, y el Periodista, y Ella, y el Señor Gordo...
GUIMEL: Usted me habla de un amontonamiento, pero ésto es la tercera guerra mundial, versión mi prima Paca.
UGENIO: Como vé, estoy en un grave apuro. Y desde aquí arriba sólo me dejan hacer una llamada...
Perdóneme, pero le he escogido a usted.
GUIMEL: ¿Y qué es lo que tengo que hacer?
UGENIO: No crea que es algo difícil o extenuante.
Le voy a pedir un tipo de ayuda que usted me podrá
prestar, ¡vamos, éso es lo que me han aconsejado Salva Dalí y Beni de Cádiz que están aquí conmigo!
GUIMEL: El bisagra ni pinta ni canta, don Ugenio.
UGENIO: Ni hace usted nada. Por eso le hemos escogido. Es usted la única persona del mundo que no sabe hacer nada, que no piensa, que no imagina, que no digiere... Ni siquiera es usted civil o militar. ¡Es usted genial!
GUIMEL: ¡Ah!, pues no sabía yo que era tan estupendo...
UGENIO: El mérito no es sólo mio. Jardiel es quien le tiene enfilado.
GUIMEL: ¡Lo sabía! De pequeño escribía hamor... Bueno, ya me entiende...
UGENIO: ¡Oiga!, esto se traga las monedas celestiales y necesito concretar su misión.
GUIMEL: A su disposición, maestro.
UGENIO: A todos mis personajes les coloqué un diente de oro en su boca, ya sabe, para asegurarme la vejez... Ahora deberá usted llevarlos al dentista y recuperar las piezas. Será una cómoda aventura que sin duda merece. Luego, habrá de ingresar las perras en una cuenta de la Banque Divine de Suiza, sin numerar, que ya me encargaré yo desde aquí de dirigir.
GUIMEL: No es una indiscrección, pero ¿para qué quiere usted ahí las perras?
UGENIO: ¡Para jugar al mus con Valle-Inclán, Picasso y todos estos!
GUIMEL: ¡Por mí, ¡cuente con ello!
UGENIO: Y también le quiero pedir otra cosita en nombre de Warhol, que anda por aquí pintando la bóveda celeste de amarillo.
GUIMEL: ¿Dejará de ser celeste?
UGENIO: Sin lugar a dudas.
GUIMEL: ¿Y qué será de Jasón?
UGENIO: Eso lo dejamos en manos de Spilberg.
GUIMEL: ¿Y qué quiere de mí don Andy?
UGENIO: Que le dé un fuerte abrazo a Fernando Martínez, el diseñador del vestuario de Martirio.
GUIMEL: Dígale que eso está hecho. ¿Alguna cosa más?
UGENIO: ¡Suelta el vaso ya, que la gente te está mirando y pensarán que estás majara!
Efectivamente, alrededor mío se había formado un coro de caminantes que se administraban codazos, seguramente pensando que lo que presenciaban era el delirio de algún romántico boreal. La gente no se dispersaba y uno comenzaba a mosquearse a cien por hora, cosa que suele disgustar no sólo al hígado, sino a mi vecina la Uchi que opina que la culpa de todo la tienen los telediarios. Bueno, los telediarios y los urinarios, y todo lo acabado en escrunf.
Como uno era a ratos rico y a ratos pobre, fué mirarme el reloj calendario que los modernos ricospobres llevamos, y emprenderla a improperios contra el Ayuntamiento, ya que los Ayuntamientos son indiscutiblemente los culpables de que cambien la hora a cada momento y los años a cada intervalo.
Viendo que la multitud no paraba de crecer, y que señalaban con el dedo, al tiempo que pronunciaban el archiconocido «ecce caca», me llevé la mano al sombrero, que casualmente alguien había colocado allí horas antes, y ¡voila! ¡Qué maravilla! La gente, hecha ya público, comenzó a aplaudir frenéticamente, casi diría yo que lentamente, al tiempo que servidor se destocaba el otrora cráneo, ya convertido en bloque de pisos, y descubría lo que todos ustedes ya saben antes de leer esto: l'arc de triomphe est une excrecence du papiru-papiru, de coup de pied au balon.


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