dios, en minúscula

Pospiedad II

08.10.18 | 05:14. Archivado en Creyentes, Evangelio

Son tiempos distintos. Distintos a todo lo que estudiaron y conocieron quienes han dirigido el rumbo de la religión y la espiritualidad. El mundo ya no es ese que analizaron en la academia los que hoy son cardenales, ni las personas que lo habitan se parecen del todo a aquellos a los que iban dirigidos los documentos pontificios de recién terminado el concilio. Eso no significa que sus indicaciones y sus intuiciones no puedan ser provechosas, especialmente aquellas que con mayor esfuerzo intentan responder a los desafíos del tiempo. Tienen un enorme valor en el camino de la tradición, pero no debemos desconocer que requieren de una renovación de su fuerza, que su lenguaje no pocas veces es arcaico, que sus ilustraciones son añejas, que en buena parte de su forma, son odres viejos.

De igual forma, de vestidos viejos, y un poco rotos también, está llena la piedad del catolicismo, extrañamente promovida por personas que con seguridad en su formación teológica aprendieron que el Yahvismo, la más antigua experiencia religiosa de Israel, de la que manaría toda la tradición bíblica posterior, era una expresión de espiritualidad sin culto, o mejor aún, en la que el culto era una manera particular de vivir la justicia y el derecho, una manera de convivir protegiendo a los débiles, una escala de valores en las que por encima de todo estaban los hermanos.

Esos mismos promotores de la vieja piedad estudiaron el nuevo testamento, y aprendieron que allí es posible ver claramente cómo Jesús y el cristianismo primitivo se despiden de las expresiones de la piedad judía: no hacen largas y ruidosas oraciones, no ayunan, no se lavan las manos, no cumplen los preceptos del sábado, y se niegan a repetir y recitar en la oración, por el contrario, crearon nuevas formas de dialogar con el padre, al que recién estaban conociendo como tal. Aun así, por alguna extraña razón que no es fácil de comprender, muchos de ellos no solo se han empeñado en mantener aquellas tradiciones que ya poco o nada comunican a ese mundo cambiante, amparados en la penosa idea de que lo que una vez fue efectivo debe seguir siéndolo porque el poder de dios según ellos está atado a nuestras costumbres. Como si hoy intentáramos curar las enfermedades con los remedios que teníamos a la mano en 1712. Válgame.

Mientras tanto y por fortuna, en muchas partes van apareciendo semillas de nuevas expresiones. Odres nuevos para el siempre nuevo vino de la buena noticia. Vestidos recién hechos para que salga a la calle la propuesta de Jesús y vuelva a ser tan seductora como en la galilea del siglo I. Ejemplos tienen muchos, y curiosamente los pueden hallar en esa misma tradición eclesial, tan rica en historias de personas que se atrevieron a proponer, a crear, a hacer algo por primera vez; y a ellos también, como ahora, los miraron con sospecha y les llovieron las críticas de parte de los defensores de lo arcaico, y siguieron adelante, como en algún momento hicieron los primeros cristianos con los judaizantes.

Por eso vale la pena contar que mientras que algunos pretenden devolvernos al latín, muchos grupos están siendo cuidadosos con su lenguaje, de modo que nadie necesite un diccionario para poder asistir a una oración, pues allí se habla como las personas en la calle, y nadie debe incorporar palabras ajenas a su cultura para poder alabar como es debido. Grupos en los que es posible hablar con dios cara a cara como un hombre habla con su amigo.

Sirve decir también que para algunos movimientos han dejado de ser necesarias las estatuas que van de casa en casa y a las que se les recibe como el Yahvismo hubiera querido que se recibiera a los huérfanos, y en sus reuniones se miran entre ellos, se dedican tiempo para conocerse, para encontrar en el otro la presencia del dios de la historia, y se permiten ver en los hermanos el rostro de Jesús. Como en la primera carta de Juan.

Así también los que han salido de los salones parroquiales a buscar a las personas en donde ellas pasan su tiempo, en los lagos de galilea de la aldea global. Los que entienden que una iglesia en salida es aquella que no espera a la oveja en el redil, quejándose de que no regrese, sino que sale a buscarla en las calles, en los bares, en los espectáculos de teatro, de música, en los centros comerciales, y allí proponen que hay un poderoso mensaje capaz de cambiar el mundo.

Los hay que renuncian a imponer los sacramentos como un simple requisito cultural a determinada edad y con fotógrafo oficial, y salen con los chicos a los parques y a las canchas deportivas, y, jugando entre los balones, las banderas y las manos untadas de la tierra bendita de la que fuimos hechos, les cuentan que no tienen por qué temer a un dios que los ha hecho parecidos a él, y que por eso mismo confía en ellos más que nadie.

Los hay que cantan para el corazón de los seres humanos, no para los ángeles pintados en los techos de las catedrales. Que componen letras que conmueven e inspiran, que buscan metáforas para personas con smartphone y netflix, que saben que hasta en las zonas más rurales las historias se riegan por whatsapp; esos que le sacan a su guitarra sonidos parecidos a los de éste tiempo, como en su momento el canto gregoriano lo hizo con los sonidos de la música romana.

Los que hacen comunicaciones digitales que emociona mirar, sin intentar llenar de estampitas la red.

Los que hacen artes escénicas dignas de cualquier gran escenario, que lejos de cualquier ñoñería logran conmover a personas que no tienen cercanía con nuestras prácticas.

Los que ayudan a los hermanos a hablar con dios y escriben poesía hecha oración, los que sin el menor temor se animan a continuar con el salterio. 151, 152, 153.

Los que cuentan las palabras de Jesús como él las diría el día de hoy, en graffiti, en caricatura, en ánime, en cualquier forma que sea tan pedagógica como en el siglo I lo fueron las parábolas.

Los que ejercen la samaritanidad sin necesidad de usar camisetas que digan “proyecto samaritanidad”, vestidos como cualquier otra persona, como cualquier samaritano.

En fin, los muchos que traen la pospiedad a esta iglesia necesitada de puentes que le conecten con el corazón de los hombres y las mujeres que viven fuera de ésta isla.


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