dios, en minúscula

¿Por qué lo mataron?

29.03.18 | 18:52. Archivado en Evangelio, Pascua, Jesús

Jesús no fue asesinado por ser una buena persona. Tampoco se hizo matar para aplacar la ira de dios con su sangre (Murió por tí, no en tu lugar), y así cerrar una cuenta pendiente por las equivocaciones de los seres humanos que ofenden a su creador. Fue asesinado por incómodo, por peligroso, porque su pretensión iba más allá de la conversión personal de unos cuantos campesinos. Él pretendía reformular el judaísmo desde su visión del Reinado de dios. Eso puede parecer algo que tiene poco que ver con nosotros, tan distantes de la tierra de Israel y tan alejados de la tradición judía, pero para él era enorme, era fundamental.

Al leer los evangelios es bastante evidente que hay dos caras del discurso de Jesús, como los antiguos casettes de música. Y como en ellos, el lado A suele ser mucho más conocido que el lado B. Técnicamente no son palabras separadas, ni desconectadas una de la otra, de hecho, es siempre el mismo y único discurso, solo que para públicos distintos. Cómo en Mateo 25, en la escena figurada del juicio, a un lado están unos y al otro lado están los otros. Por un lado están las personas normales y sencillas, las personas que vivían para vivir, para poder tener un pedazo de pan y un pescado. Para poder llenar de vino sus odres y para poder hacer un día una peregrinación a Jerusalén. Los que escasamente eran dueños de sus pecados. Eran principalmente personas pobres, poco importantes para la religión, la política, la economía, que en aquella época eran todas esas cosas la misma cosa. Y también personas marginadas por su condición, por no alcanzar a cumplir los requisitos de su sociedad para poder ser alguien. Requisitos que básicamente se desprendían de la manera en la que esa sociedad había entendido la revelación de dios, o la manera en la que esa sociedad aceptaba la interpretación que los religiosos profesionales habían hecho de ella.
Esos profesionales de la religión, y algunas personas poderosas, eran el otro público, los que habían hecho las reglas, los que defendían las reglas que marginaban a los otros. Que aunque no necesariamente tenían la intención de excluirles y marginarles, si habían desarrollado tal nivel de apatía por las personas y de apego por sus ideas que el resultado era una sociedad fraccionada, rota, separada.

Las palabras de Jesús para los pobres, marginados y excluídos eran totalmente revolucionarias. Los llamaba felices, les decía que las riquezas no tenían importancia, que cualquiera podía robarlas, pero que lo inmensamente ricos que eran en su corazón era invulnerable. Les decía que eran más importantes que las personas que todos en la sociedad consideraban importantes, pues dios mismo había puesto el destino de la humanidad en sus manos, aunque pareciera que solo eran los poderosos los que tomaban las grandes decisiones. Los trataba como hijos del Rey, porque había entendido que lo eran. Y lo más revolucionario de todo era su manera de presentarles a dios, que no les castigaba por sus pecados o los de sus padres, sino que corría a curarlos, a repararles, a darles nuevas oportunidades, que les entregaba en herencia su reino, porque confiaba en la pureza de su corazón; y ¡estás no eran personas puras a los ojos de la religión oficial! todo lo contrario, eran los últimos de la fila de la santidad. Pero ya saben, con Jesús los últimos siempre fueron los primeros.

Las palabras de Jesús para los profesionales de la religión de su pueblo eran totalmente conflictivas. Los llamaba hipócritas, sepulcros blanqueados, les decía que se habían especializado en hacer a dios inaccesible y en poner obstáculos a la felicidad de las personas simples. Les decía que no servían de nada sus procedimientos de pureza, ni sus rituales, ni sus largas y entonadas oraciones, pues luego de ellas regresaban a su casa con su orgullo intacto. Los trataba como intelectuales vacíos, hijos mayores de la parábola, que se negaban a convertir la vida en una fiesta. No era su enemigo, conversaba con ellos, se dejaba invitar a su casa, y al final, siempre terminaba diciendo líbremente lo que pensaba, y ellos terminaban libremente acusándolo de blasfemo y falso profeta. Y lo más conflictivo de todo era su manera - y la de sus amigos - de comportarse frente a las reglas con las que vivían esos religiosos. No ayunaban, no se lavaban las manos, tocaban a personas impuras, curaban en día sábado, hablaban con extranjeros, incluso oficiales romanos, comían con los odiados publicanos, pero también conocían a los borrachos y a las prostitutas al punto que intentaban ofenderlos diciéndoles que eran sus amigos. ¡Cualquier líder religioso hubiera querido agradar a las personas importantes de la religión! pero Jesús les decía que ellos serían los últimos, pues estaban convencidos de ser los primeros.

Pero ¿Qué quería hacer Jesús con esas palabras y con esas maneras de comportarse? Quería coser una comunidad, quería fundirla en una sola familia, quería tomar las piezas rotas del pueblo judío y rearmarlo como una sola fraternidad capaz de contarle al mundo la buena noticia que había recibido desde los días de Abraham, Moisés o Elías. Sabía que para eso debían pasar al menos 4 cosas: Lo primero es que los hermanos dejaran de pensar en dios como un ser distante, implacable, que se quebrara la imagen de dios que habían construido los profesionales de la religión, y se le viera desde ahora como un padre, como un eterno buscador de la felicidad de sus hijos, como un perdonador incondicional y el principal interesado en quitar los privilegios de todos aquellos que causan opresión sobre otros. Lo segundo es que el protagonismo lo tuvieran las personas sencillas, que en su comunidad todos pudieran saber que eran importantes, que nadie sintiera que tenía que esperar para ser tenido en cuenta, para ser amado, para que su talento fuera valorado. Lo tercero era que las personas más religiosas se desprendieran de su teología dogmática, de su teología moral, de su teología litúrgica, porque la consecuencia práctica de aquellas teologías era precisamente la fragmentación que él quería reparar, y porque consideraba que eran una interpretación sobre la que debía prevalecer otra mucho más humana, mucho más fraterna y familiar, especialmente en su visión de dios, y mucho más salvífica, enfocada en la certeza de la felicidad y no en la posibilidad del error... "ustedes han oído que se dijo, pero yo les digo". Lo cuarto es que la comunidad se abriera a las personas distintas, que no podía seguir siendo un clan de sangre, ni de linaje, ni de tradición ritual. En ella debían tener cabida los extraños, los extranjeros, que incluso a veces tenían más claridad sobre el amor al prójimo que los mismos israelitas.

No todas las personas sencillas acogieron el mensaje, algunos de ellos querían una salida menos pacífica, menos reconciliadora, querían liberación política y venganza. No todos los que fueron curados se fueron con él, incluso porque a algunos no se los permitió, los envió a su casa con los suyos. No todos los que le escucharon le comprendieron, porque les parecía que algunas cosas eran exageradas, como eso del amor a los enemigos o de perdonarlo todo y perdonar siempre. No todos los que le acompañaron estuvieron de acuerdo con él en su manera de asumir el conflicto con las autoridades, algunos esperaban un movimiento más contundente, más político, tal vez incluso una confrontación armada, por eso se preparaban para recibir puestos, o se negaban a ir desarmados, o se involucraron en un plan para ponerlo frente a frente con el Sanedrín y los sumos sacerdotes, para detonar una salida final. No todos los profesionales de la religión acogieron sus críticas como una invitación al cambio, sino que juntaron todas las insatisfacciones y expectativas propias y de las personas que le conocían, incluídos sus discípulos y, en un complot perverso y determinado, planearon y ejecutaron su asesinato como un juicio político contra un caudillo revolucionario enemigo del imperio, la clase de persona a la que Roma disfrutaba ejecutar.

Jesús fue asesinado seguramente un viernes, durante la pascua, muy probablemente un 7 de abril del año 30. En la soledad de las ejecuciones marginales de los bandidos. Sin algarabías ni muchedumbres que observaran. Según Marcos, allí estaba solamente la guardia romana encargada de la ejecución. Había sido previamente capturado a golpes, enjuiciado con calumnias por las autoridades Judías, torturado por las autoridades romanas, sometido a un juicio público en el que muchas personas pedían a gritos que lo crucificaran, y al final, tuvo un final muy distinto a los de las personas famosas que conocemos. No hubo diez minutos de silencio como en la muerte de John Lennon, ni calles llenas de personas vestidas de luto como en la muerte de Martin Luther King, ni fue transmitido en vivo y miles de personas pusieron su foto en el perfil de su red social como en la muerte de Steve Jobs, ni asistieron a su despedida centenares de líderes religiosos como en la muerte de Karol Jozef Wojtyla. Al hijo de José lo mataron, lo traicionaron, lo abandonaron y lo despreciaron hasta sus amigos, junto con todos los que creían que estaba peligrosamente equivocado.


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