BOMBAS, HACHAS, SERPIENTES, PROCESOS
11.01.07 @ 13:47:36. Archivado en internet

El pasado día 30 de diciembre, la orquesta dirigida por la batuta de ETA hizo tocar un último solo al arpa frágil de los pechos humanos de Carlos Alonso y Diego Armando. Su agonía calculan que duró cinco minutos, mientras sus cajas torácicas eran aplastadas por toneladas de hormigón, causadas por “un accidente”. Decía Hanna Arendt que las ideologías totalitarias no buscan dominar a los hombres sino hacerlos superfluos. Según el diccionario de la Real Academia, la palabra proceso significa "conjunto de las fases sucesivas de un fenómeno natural o de una operación artificial". Las fases de un proceso son automáticas, sucesivas sin remisión, como el correr de un río que busca desembocar en el mar de unos resultados electorales satisfactorios para las dos partes de ese proceso, un río que supera los obstáculos o "accidentes mortales", con la fuerza de su ímpetu necesario, matemático. El proceso es lo que hace funcionar la máquina, y la máquina ejecuta su programa, sin reparar en unos epifenómenos como Carlos Alonso y Diego Armando.
El relato más exacto del campo de exterminio de Treblinka, lo escribió Vassili Grossmann, que entró, nada más ser abandonado por los nazis, en el campo de exterminio de Treblinka, porque era el corresponsal en primera línea del Frente del Este soviético del periódico Estrella Roja. Grossmann describe en sus notas, que una de las claves del “éxito” de Treblinka, fue la de acortar el momento de la despedida de los familiares que llegaban al campo. Los psiquiatras de la muerte nazis, sabían que ese era el momento clave, y que debían de ahogar los sentimientos mediante una serie de reglas sucesivas, que si eran cumplidas daban la impresión de que tendrían alguna esperanza. Los niños debían de quitarse los zapatos y meter los calcetines dentro. Las mujeres debían de coger una toalla con jabón, y después desnudarse, al entrar en la duchas. Nunca se debían salir de la fila, ni pisar las rayas que marcaban el camino, etc. El terror totalitario siempre busca que las acciones formen parte de un proceso frío, donde los sentimientos humanos sean ahogados. Se intentó borrar cualquier huella del genocidio con los hornos crematorios, y convertir todo ese horror en montones de ceniza sin rostro, sin nombre, pero en realidad, los vecinos del pueblo de Wolka, el más cercano a Treblinka, le contaron que los gritos de las mujeres asesinadas eran tan espantosos que todo el pueblo perdía la cabeza y corría hacia el bosque para escapar de los chillidos agudos que atravesaban los troncos de los árboles, el cielo y la tierra, los huesos, los cráneos, las almas de quienes los oían. Cuando eran finalmente encerrados en las cámaras, esos gritos eran sustituidos por un espeso silencio. El concierto del horror seguido del terrible silencio, se repetía tres o cuatro veces al día.

A los dos ecuatorianos los enviaron por SEUR 10 a su país, no fuera a ser que los sentimientos de nuestra sociedad, los sentimientos de los familiares, los rezos de las personas que les querían, obstaculizaran las vías de hierro sobre las que circula el proceso. A los muertos de ETA los han echado por las puerta de atrás de las Iglesias durante décadas en los funerales, porque el dolor contamina las utopías totalitarias, que pueden ser comparadas con una función logarítmica que lleva inserta en sus genes matemáticos una música in crescendo de peaje de dolor, de horror “necesario”, una función “automática”, gestionada por un robot-Terminator, que para ser eficaz debe carecer de sentimientos humanos y estar lleno de espíritu de cálculo del “momento político adecuado”, de gestión correcta del impacto mediático, de conocimientos demoscópicos, etc. Para todos aquellos que hemos sido espectadores de este atentado o de cualquier atentado, sin poder hacer nada, resulta sin embargo imprescindible que nos aferremos a un cuerpo, a una cara, a un nombre, para no ser aplastados y sofocados por el montón desmesurado de escombros, de muertos y de dolor. El dolor y la destrucción causada por ETA durante cuarenta años ( ¡Casi la misma duración que la Dictadura! ) es demasiado para no quitar la respiración y las fuerzas. Por eso es tan importante darle voz a las victimas, no desplazarlas, arroparlas, y ponerles rostro. Un niño de Varsovia con las manos alzadas y la estrella sobre el abrigo, un niñita vietnamita que corre sollozando, son las imágenes que resumen mejor que ninguna enciclopedia el horror del genocidio judío, el horror de Vietnam. Esas fotos concretas, hacen que seamos capaces de comprender el horror total.
Las madres de Diego Armando y de Carlos Alonso, siguen gritando, y sus gritos están taladrando los cimientos de este “proceso de paz” estéril, porque nadie ha pedido perdón, porque no se ha ido al fondo de la injusticia que es para lo que está la política, para la búsqueda de la justicia y la libertad. Los gritos siguen sonando, atravesando mesas, despachos, parlamentos, urnas. Un proceso totalitario, no tiene en cuenta a las personas que pretende liberar, porque esas personas son superfluas en el cuadro final de una utopía llena de caseríos vascos decorados con hachas y serpientes. Un proceso perseguido obsesivamente por un presidente de Gobierno que busca el fin del terrorismo como si fuera un tecnócrata administrando un procedimiento administrativo-legal gris, donde sólo suenan los móviles, los faxes, donde sólo llegan los comunicados de prensa y los resultados de las encuestas, mientras están encerrados en despachos insonorizados con moqueta, no nos llevará a ningún sitio.
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Claudio Martínez Möckel
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