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Pro

12.09.07 | 11:32. Archivado en Politica

EL nuevo partido impulsado por Rosa Díez, Fernando Savater, Carlos Martínez Gorriarán y Mikel Buesa -entre otros- pretende combatir, en el futuro próximo, la deriva confederal de la izquierda y la deriva clerical de la derecha. Eso dicen, al menos, sus promotores. O sea, que la formación neonata se inserta en la tradición de lo que en España fueron los partidos republicanos, cuya cultura política común consistía precisamente en el nacionalismo progresista, tan bien estudiado por Andrés de Blas, y en el laicismo (o anticlericalismo, a secas). A mí, con independencia de la simpatía que me suscitan ciertas figuras de dicha corriente (no todas), me parece que la historia del republicanismo español es una sucesión de chapuzas y fracasos debidos a la manía de poner las ideas por encima de los intereses y problemas concretos de la gente. Me alegraría mucho que el nuevo partido eludiera un destino semejante, pero la fórmula escogida no presagia resultados muy distintos. Las formaciones republicanas del pasado, que fueron legión, se vieron siempre rebasadas por la izquierda o por la derecha y sus breves trayectorias terminaron todas de modo cómico o trágico.

Cuando hablo de republicanismo, no me refiero, naturalmente, al ingrediente antimonárquico, que ya no es esencial. En lo referente a la forma de gobierno, el republicanismo de nuevo cuño puede permitirse el lujo de ser accidentalista, como lo fueron los socialistas de la época de Felipe González, antes de que Rodríguez se hiciera un lío con su memoria ancestral y las recetas de Petit. El republicanismo consiste hoy, como ayer, en la mezcla habitual de nacionalismo demótico y laicismo, que a estas alturas de la película necesita justificarse recurriendo a una ficción: el clericalismo de la derecha.

Primera constatación: la derecha española actual, mayoritariamente católica, no es clerical. Por ejemplo, el PP apoyó la intervención americana en Irak, contra lo que era entonces la posición de la Iglesia. Se puede estar en rotundo desacuerdo con esa política, pero sería estúpido calificarla de sumisa al Papa. Ni en política territorial ni en política antiterrorista parece que el PP haya esperado nunca a que la Conferencia Episcopal se pronuncie, y no ha desarrollado legislación alguna en materia de costumbres, algo que a los socialistas les chifla. Otra cosa es que el PP resista al anticristianismo primario de los progresistas, lo que también hacemos otros que ni siquiera somos cristianos (y más, cuando el anticristianismo y la judeofobia vienen en el mismo paquete). Segunda constatación: el clericalismo es hoy un fenómeno fundamentalmente de izquierda, vinculado a la compulsiva imposición de las doctrinas del clero laicista en materia de sexualidad, salud, educación, multiculturalismo y corrección política al conjunto de la sociedad. Los clérigos abusones no están hoy en los templos y en los púlpitos, sino en las universidades, en los medios de comunicación y en los equipos ministeriales.

El objetivo declarado del nuevo partido es la regeneración de la izquierda. Con todos los respetos, me parece una ilusión teñida del rancio clericalismo del sesenta y ocho, que produjo tantos grupúsculos de clérigos maoístas, trosquistas, consejistas, situacionistas, etc., empeñados en regenerar a las masas comunistas aburguesadas y en proponerse como alternativa a las burocracias traidoras de los grandes partidos. No regeneraron a nadie, sobra decirlo. Como escribió de ellos Pasolini, obedecieron desobedeciendo. No otro es el riesgo de PRO: consolidar la hegemonía de la izquierda degenerada, ofreciendo a sus descontentos un sumidero electoral que sin duda restará apoyos a la única alternativa real, hoy por hoy, al bloque zapaterista. Lo digo con pena, porque quienes auspician el proyecto son gente valiosa y honesta. Probablemente, los mejores de la izquierda española. Me habría gustado ver en ellos la decisión y el realismo de los mejores de la izquierda francesa, que han desafiado el antisemitismo rampante y el antioccidentalismo suicida de la progresía, sin miedo a ser tachados de reaccionarios (pues de eso se trata, de reaccionar eficazmente contra la estupidez). Pero los nuestros han optado por la endogamia neorrepublicana, que es más abrigadita. Rodríguez debe estar bailando jotas.

JON JUARISTI

ABC 9-9-07


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