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Carlos Blanco: Vivir en una era post-ideológica

27.02.07 | 10:19. Archivado en Artículos interesantes
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En una reciente entrevista concedida al diario El País (8 de febrero de 2007), Fernando Lugo Méndez, aspirante a la presidencia de Paraguay y obispo dimisionario de San Pedro de Ycuamandiyú, declaraba que “el hambre no tiene ideologías”.

Ciertamente, el hambre ni tiene ni puede tener ideologías. La lucha contra el hambre ni puede ser el patrimonio exclusivo de determinadas ideologías ni debe estar ausente del discurso de otras: es un problema humano, que nos afecta a todos, previo a cualquier programa partidista e ideológico. Lo político a secas, el gobierno de la polis, de la comunidad de quienes somos iguales y libres y perseguimos fines distintos y coincidentes, nos concierne a todos. Lo político “a secas” no es una entelequia, una abstracción idealizadora propia de los teóricos de la ciencia política o de la filosofía política. Lo político “a secas” se manifiesta, por ejemplo, en el problema del hambre, de la injusticia social y de la desigual distribución de los bienes y recursos que hay en nuestro planeta. Lo político “a secas” se manifiesta en la preocupación por la paz y por el fortalecimiento de instituciones internacionales que garanticen el trato equitativo a todas las naciones. Lo político “a secas” se manifiesta en la convicción de que toda persona, sea de donde sea o piense lo que piense, tiene el derecho a disponer de una buena educación que le capacite para tomar decisiones de manera libre. Todo partido, si es verdaderamente “político”, debe esforzarse de una u otra manera por perseguir esos objetivos. Otra cosa serán los medios o las propuestas concretas que se ofrezcan para lograr tales fines, pero creo firmemente que en los fines, al menos en los fundamentales, no puede haber disenso.

Somos personas, seres con una capacidad de conocer, de comunicarse y de articular medios para conseguir fines. Es la certeza primaria e indiscutible: sin ser personas, no existirían ni la política, ni el derecho, ni la economía, ni la ciencia, ni la cultura. Sin ser personas no habría ideologías. Por ello,

una ideología o partido que atentase contra esa dignidad fundamental de la persona humana, no podría denominarse propiamente “político”.
Atentar contra la certeza más universal y primaria que poseemos cortaría de raíz toda posibilidad de comunicación, pues no compartiríamos una base común sobre la que dialogar, negociar, discutir, consensuar o convencer. Puede que parezca evidente, pero no siempre ha sido así y no siempre es así. Hay sistemas ideológicos y religiosos que, en ocasiones, han antepuesto el bien de razones abstractas sobre el de la persona concreta, objetivos supra-personales sobre objetivos personales, la “realización” de otras instancias por encima de la “realización” de cada persona.

Y, a la inversa, hay ideologías que se quedan en ese principio fundamental, y no salen de ahí. El individualismo típicamente liberal defiende, indudablemente, la libertad, pero no va más allá. Le es demasiado cómodo quedarse en el respeto a la dignidad y a la libertad del sujeto singular y elude elaborar un discurso social, una ética de mayor envergadura que la meramente utilitarista y pragmatista. Si sólo nos quedamos en el principio, en el punto de partida, nos es imposible construir una auténtica sociedad, una auténtica comunidad, una auténtica política. El punto de partida incuestionable (porque cuestionarlo conllevaría cuestionar nuestra propia existencia como seres capaces de pensar y de proyectar) se asemeja mucho al cogito, ergo sum de Descartes, y está sintetizado en la afirmación de la igual dignidad de toda persona por el hecho de ser persona: dignidad de persona, previa a toda concesión o acuerdo de iure que emane de la fuerza misma de los procedimientos jurídicos positivos. Pero, al igual que Descartes en el siglo XVII, es necesario avanzar más.

Los principios no sirven de nada si no conducen a conclusiones, a fines, a reflexiones de mayor trascendencia. Y, en este caso, no podemos quedarnos en la simple defensa de la dignidad del individuo, porque el individuo existe en sociedad.
El ser humano se comunica, se abre a nuevas realidades, tiene la facultad de trascenderse a sí mismo, de superarse y de incorporar nuevas experiencias y nuevas ideas. Esto sería sencillamente imposible sin la interrelación con otros seres humanos. Por ello, la afirmación de la dignidad fundamental de la persona debe inspirar, por fuerza, un discurso social y una ética de las relaciones interpersonales: una ética social. Las consignas de la Revolución Francesa asumieron admirablemente este orden al poner, en primer lugar, la libertad (principio fundamental: la persona) y, seguidamente, la igualdad y la fraternidad, en un trinomio indisociable. No se puede ser libre sin un orden justo donde todos puedan ser libres. Y un orden sólo justo puede convertirse en inhumano, mecanicista, cerrado sobre sí mismo (summum ius, summa iniuria, decían los clásicos), rígido y determinista, cuando la persona se caracteriza por una radical y fundamental indeterminación: sin fraternidad (ya sea la fraternidad de que hablan las ideologías o las religiones) no podemos construir un mundo verdaderamente humano.

Es en esta última tarea donde pienso que las religiones tienen que desempeñar un papel muy importante. Las ciencias y la técnica nos transmiten muchas veces la imagen de un mundo cerrado sobre sí mismo, finalizado, que no contempla escenarios ulteriores. Las religiones, en cambio, al hablarnos de lo divino, introducen una novedad constante en los muchos discursos posibles que cohabitan en la humanidad. Son capaces de inspirarnos al plantearnos preguntas, opciones, posibilidades (ya sean reales o ficticias), nos sacan “del aquí y del ahora” y al menos nos proyectan a otros mundos (ya sean reales o ficticios). Esa novedad, esa inspiración (que también encontramos en el arte y en la cultura), posee un gran valor, porque los seres humanos no estamos hechos para quedarnos en una situación determinada, sino que constantemente necesitamos abrirnos y salir de nosotros mismos y del contexto en el que estamos. Y las religiones, al pretender hablar desde otra instancia, pueden y deben ejercer una crítica profética sobre el aquí y el ahora, sobre el mundo que hemos construido. Lo que muchos teólogos y estudiosos han venido a llamar “reserva escatológica” (las religiones como perpetuo signo de escándalo, piedra de toque, llamada de atención: puede que exista algo más allá de este mundo en que vivimos) es una expresión de esa labor de denuncia y de anuncio (se denuncia porque se tiene algo que anunciar) que les corresponde a las grandes tradiciones religiosas de la humanidad, colaborando con otros movimientos que también ejercen esa función crítica sobre las estructuras sociales, culturales e ideológicas. La religión, el arte y el pensamiento son los pocos refugios que nos quedan en un mundo que parece abocado a la pura contingencia, a la finitud y a la muerte.

Me conmovió asistir a las afueras de El Cairo, en 1999, durante la celebración del mes del Ramadán, a un “desayuno” (al anochecer) en la ciudad “6 de octubre”, en unas gigantescas carpas donde compartían mesa ricos y pobres, financiadas por los mismos ricos. Me pareció una muestra extraordinaria de fraternidad, de solidaridad y de igualdad, y me dije a mí mismo: esto, y no otra cosa, debe ser el Islam; esto, y no otra cosa, debe ser la religión; esto, y no otra cosa, debe ser la sociedad. Si el Islam o cualquier otra religión inspira sentimientos de fraternidad y de sororidad, de amistad y de hermanamiento, y, sobre todo, de ayuda a los más necesitados, bienvenido sea. Lo importante es que todos, vengan de donde vengan, crean lo que crean, puedan participar en la construcción de una cultura de la fraternidad y en la edificación de una sociedad del conocimiento, intelectualizada, desmaterializada, capaz de conquistar nuevos espacios de libertad y de acción, que no se queda en el aquí y ahora. Y el árbitro, el juez que dictamina si las iniciativas de una u otra religión o de una u otra ideología contribuyen verdaderamente a ese fin de trascendernos a nosotros mismos y de romper las barreras de la contingencia y de la finitud, no puede ser otro que la racionalidad humana. Si algo compartimos, es la razón. El pensamiento cambia de una persona a otra y de una cultura a otra, pero

lo que nos une es la capacidad de relacionarnos intelectualmente, de intercambiar ideas y opiniones, de apreciar las creaciones artísticas de cada civilización: la posibilidad de comunicarnos y de ser partícipes de la interioridad de los otros
a la vez que revelamos la nuestra propia es, a mi juicio, lo más definitorio del ser humano. Todo lo que promueva esa capacidad de comunicación, de intercambio, de apertura más allá de nuestro yo pero respetando la autonomía de ese yo (nuevamente, partir del principio fundamental, pero no quedarse en él), todo lo que, en definitiva, nos disponga en la senda de una cultura de la ulterioridad (de la superación de todas las determinaciones yendo más allá de nosotros mismos y de todo contexto posible) será un ejemplo de progreso.

El ser humano ha descubierto en el conocimiento y en el arte un espacio de libertad casi infinito, sólo sujeto a la contingencia del espacio y del tiempo que nos resulta irrevocable. Construyamos, así pues, una sociedad donde prime cada vez más el conocimiento y la belleza, donde todos los pueblos de la Tierra tengan acceso a ese ingente legado de inteligencia y de genialidad y puedan tomar las riendas de ese proceso de creación aparentemente interminable que la humanidad ha venido desarrollando a lo largo de milenios. El conocimiento debe obligarnos a reflexionar sobre nuestro lugar en el mundo y sobre nuestras posibilidades y, con ello, a formular una ética universal e integradora. La conjunción de conocimiento (ciencia, técnica, economía...) y de ética nos permitirá poner fin o al menos mitigar las desigualdades sociales que afligen a tantos hombres y mujeres. Desgraciadamente, en un mundo dominado por lo material, la primera de las pobrezas es la pobreza material, pero ojalá llegue el día en que la ciencia, el conocimiento y la ética más elevada nos permitan acabar con la lacra de la pobreza material y nuestros esfuerzos puedan centrarse en aliviar la pobreza interior, la pobreza que habita en lo más íntimo de nuestra conciencia y que sólo el diálogo, la comunicación, las maravillas del arte y del pensamiento, y la asistencia de otras personas pueden curar; un mundo cada vez más desmaterializado y menos dependiente de lo material; un mundo cada vez más libre y humano: supra-humano, porque lo humano es, ante todo, superación.

Sueño con un día en que todos los niños del mundo puedan sentirse fascinados por la historia, la filosofía o las matemáticas y logren extasiarse ante el Réquiem de Mozart. Entonces estaremos en las puertas de un mundo nuevo, donde lo humano (actualmente regido por el interés meramente material, por la ambición y por la voluntad de poder) sea superado por lo supra-humano: el conocimiento, el arte y la fraternidad.

Carlos Blanco, Orientalisat y Colaborador Televisivo.
http://www.carlosblanco.es/


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