Diario Independiente Digital

In memoriam: Mariano Artigas

10.02.07 | 16:53. Archivado en Sociedad

Acabábamos de comenzar las vacaciones navideñas, tiempo de alegría, felicidad y amistad, cuando nos sorprendía la noticia del fallecimiento del profesor Mariano Artigas. Quienes tuvimos la oportunidad de tratarle personalmente hemos sentido la pérdida de la que fue una de las cabezas más privilegiadas de la Universidad de Navarra y del clero español, hombre de perspectivas universales y amplísimas, científico, filósofo y teólogo, un sabio en sentido clásico, un hombre del Renacimiento que, además, supo poner sus talentos al servicio de la Palabra de Dios.
Don Mariano luchó todo lo que pudo contra un cruel cáncer. Había esperanzas de recuperación, casi milagrosas, pero finalmente no ha podido ser: D. Mariano nos ha dejado, pero perdurará en nuestra memoria su grandeza personal, su conocimiento y su legado intelectual.
Como ha escrito José Manuel Vidal en el obituario del diario El Mundo el 24 de diciembre de 2006, D. Mariano “era un enamorado de Dios, de la Obra de San Josemaría Escrivá y de la filosofía”. A estos tres amores dedicó su vida. Doctor en ciencias físicas y en Filosofía, D. Mariano era una persona que no tenía miedo a plantearse grandes preguntas. Creía firmemente en Dios y en el poder de la razón humana para comprender el Universo, a través de lo que él llamó “la inteligibilidad de la Naturaleza”, título de uno de sus libros más importantes. Llegó a escribir una veintena de obras, siendo especialmente reconocidas las que consagró al pensamiento de Karl Popper (en quien era un auténtico experto), al caso Galileo (en el que realizó contribuciones verdaderamente relevantes, investigando en los archivos romanos para esclarecer un caso célebre que muchos han pretendido usar como arma arrojadiza contra la Iglesia, olvidando en tantas ocasiones que la Iglesia católica también ha contribuido decisivamente al progreso del mundo occidental y al desarrollo de la cultura, de las Universidades y de las ciencias: D. Mariano era un ejemplo de ese ansia por conocer que ha llevado a tantos sacerdotes, como Mendel, Teilhard de Chardin o Lemaître -padre del “Big Bang”- a profundizar en las ciencias empíricas sin dejar a un lado sus creencias religiosas), y a la teoría de la evolución. Ahí quedan sus obras; ahí queda su magisterio; ahí queda la memoria imborrable de una de las mentes más universales que han pasado por la Universidad de Navarra.
No hace tanto tiempo, en mayo de 2006, pude pasar largas horas en conversación con D. Mariano en su despacho de las facultades eclesiásticas. Hablamos de todo, desde el caso Galileo hasta las nuevas perspectivas en la biología evolutiva, pasando por los intentos de los físicos por encontrar una “teoría del todo” o por sus tiempos de estudiante en la Universidad Lateranense de Roma en los años '60, coincidiendo con el concilio Vaticano II. Como un “abuelo”, D. Marino me contaba sus numerosas experiencias, todos los grandes filósofos, científicos y premios Nobel a los que había conocido... E intercambiamos reflexiones filosóficas y teológicas. Recuerdo que le pregunté si, en el fondo, tras todos sus estudios sobre Galileo y Giordano Bruno, estaría de acuerdo conmigo en que el conflicto no se había dado entre ciencia y religión, sino entre libertad de pensamiento y fanatismo, sea religioso (al que no han sido inmunes ni el orbe católico ni el mundo protestante -pensemos en la hoguera de Ginebra a la que Calvino llevó a Miguel Servet-, y menos aún otras religiones) o ideológico (no olvidemos las restricciones impuestas a científicos en la Unión Soviética o en la Alemania nazi). Me dijo que sí. Y es que, en efecto, no tiene por qué haber conflicto entre la fe y la ciencia. El conflicto se da entre el dogmatismo religioso y el cientificismo que extrapole conclusiones estrictamente científicas a otros ámbitos; el conflicto se da cuando ni la teología ni la ciencia saben ser lo suficientemente humildes como para reconocer los límites de sus conclusiones. Y aquí vale lo que proclamó con tanta fuerza el gran teólogo Karl Barth en su Carta a los Romanos: “Dios es Dios y el mundo es el mundo”. Más allá de todos los esfuerzos de síntesis, de integración, de alcanzar lo divino con la razón o de introducir lo divino en el mundo (como han intentado hacer tantas filosofías y teologías desde Hegel, Schleiermacher y el protestantismo liberal), el creyente debe ser consciente de que hay una distancia infinita entre el Deus Absconditus y la realidad terrena, entre un Dios que está “totalmente más allá” de nuestros pensamientos y deseos, y un ser humano sujeto a la finitud y a la contingencia. Pero, junto a esa conciencia de trascendencia infinita e inabarcable, también cabe la esperanza, compartida por tantas religiones, de que algún día lleguemos a gozar de la presencia del Dios-Amor. Y tengo a bien seguro que D. Mariano ya conoce la respuesta a ese interrogante milenario sobre nuestro destino final. Él, que intentó conciliar ciencia y fe respetando su autonomía propia, seguro que meditó muchas veces aquél texto de San Pablo, citando un salmo, en la primera carta a los Corintios: Destruiré la sabiduría de los sabios, e inutilizaré la inteligencia de lo inteligentes. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el docto? ¿Dónde el intelectual de este mundo?

Carlos Blanco, Orientalista y Colaborador Televisivo.
http://www.carlosblanco.es/


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