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Carlos Blanco: ¿Creéis en el progreso?

03.02.07 | 17:34. Archivado en Artículos interesantes
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El progreso. Pocos conceptos ejercen, a la vez, tanta fascinación y tanto rechazo, tanta admiración y tanta suspicacia, tantas ilusiones y tantas frustraciones. ¿Es todavía posible creer en el progreso?

Creer en el progreso es, en efecto, un acto de fe. Por extraño que parezca, no hay ninguna evidencia de que el mundo físico o la humanidad como tales se superen de forma continua e incesante. Exige tener fe, creer en que es posible progresar, también hoy, hic et nunc.

Por otra parte, y aunque no nos demos cuenta, la sociedad actual nos exige creer en muchas cosas que no están demostradas. Creemos en la capacidad racional humana para desentrañar los misterios del universo y para ofrecer una explicación lógica del cosmos y de la psicología humana. Creemos que realmente comprendemos cómo funciona el universo físico empleando herramientas matemáticas.
Creemos, en el fondo, que el ser humano puede controlar la naturaleza (también la suya propia) con el poder de su inteligencia. Esto es un acto de fe. Podríamos estar soñando, pensando que realmente comprendemos algo cuando en realidad no comprendemos nada. Podrían ser la mera casualidad, el puro azar, quienes hubiesen propiciado esa fecunda síntesis de matemática y de observación experimental a la hora de construir ese ampuloso y problemático edificio llamado ciencia. Al igual que hay gente que dice que el universo ha surgido por azar,
¿por qué no hay tanta gente que diga que la matematización de la ciencia puede haber sido una simple casualidad, pero que en realidad no podemos estar seguros de que vayamos a seguir utilizando este sutil formalismo para describir la naturaleza?
De hecho, la filosofía contemporánea de la ciencia ha abandonado los rígidos esquemas del positivismo y del cientificismo para recaer en un “anarquismo epistemológico” (en expresión de Paul Feyerabend) que renuncia a conceder a las ciencias experimentales el beneficio de la certeza.

En la vida humana, aun sin darnos cuenta, tenemos que hacer muchos actos de fe, incluso sobre cosas que creíamos objeto de certeza racional y no de fe. Por tanto, la pregunta no es ya si existe el progreso de facto (muchos lo niegan, otros muchos dicen que la Humanidad ha ido a peor in crescendo, y los herederos de Rousseau piensan que éramos mejores cuando vivíamos en la inocencia pre-civilizatoria, lejos de la corrupción y de la soberbia que las ciencias, las artes y la técnica nos inoculan), sino si puede existir de iure: ¿es posible el progreso?

Como en toda cuestión de fe, lo que la inteligencia humana puede hacer es, como mucho, mostrar que una determinada creencia no es absurda o negativa para el bienestar humano, pero en ningún momento podrá demostrarla, ofrecer razones apodícticas sobre su veracidad y por tanto sobre el imperativo de creer en ella si realmente queremos ser coherentes con los instrumentos intelectuales de que disponemos (que son –y esto es, en el fondo, una vuelta al punto de partida de Descartes- una de las pocas cosas de las que podemos estar seguros: de que hemos pensado, pensamos y podemos continuar pensando en un futuro).

Y es que, en lo relativo al progreso, la cuestión es enormemente compleja. El progreso es un postulado filosófico, sociológico e incluso científico que ha sido de una importancia clave en el desarrollo de la cultura occidental. Pero, de uno u otra manera, ha estado presente en las grandes tradiciones culturales y religiosas de la Humanidad.

Ya en el antiguo Egipto (una civilización que, en la profundidad de su reflexión sobre la escatología y la muerte, no ha sido, a mi juicio, superada por ninguna otra: baste citar una frase de un texto egipcio que resume toda su idiosincrasia a este respecto: “te has ido, porque vives, no te has ido porque estés muerto”) se combinaban neheh (la eternidad o totalidad temporal mudable, sujeta al cambio) y djet (la estabilidad, la duración, la permanencia). La cultura griega, aunque mantuviese una concepción cíclica (trasunto de la esfera y del círculo como paradigmas de perfección y de completitud: el principio plenamente integrado con el final, donde nada comienza o acaba) del universo y del tiempo, también manifestó su innegable creatividad a través de filósofos como Aristóteles, quien el libro primero de la Metafísica analiza detalladamente las teorías de los pensadores anteriores a él, lo que significa que el Estagirita tuvo conciencia de su lugar en la Historia, acercándose, aunque tímidamente, a la visión lineal y progresiva a la que estamos acostumbrados nosotros. Al debate entre un paradigma lineal y un paradigma cíclico no es ajena la cosmología. No pocos científicos han propuesto que el universo, en lugar de un “hilo de Ariadna” del que se ha ido tirando desde el Big Bang hasta llegar a donde estamos, y que continuará así indefinidamente, si no concluye abruptamente en un Big Crunch, sería una sucesión sin término de big bangs y big crunches, como si de una oscilación se tratara. El mismísimo Stephen Hawking, haciendo más especulación que ciencia, sostiene que no tiene sentido preguntarse por el “origen del universo”: simplemente está. Es como un todo que se auto-contiene, y es absurdo pretender ir más allá de ese “todo”.

¿Y qué dice la Biblia? Depende. Si abrimos el libro del Qohelet o Eclesiastés, nos encontraremos con la ya célebre “vanidad de vanidades, todo es vanidad”, y contemplaremos cómo el pesimismo histórico y antropológico recorre toda la obra, y sólo queda contradicho con la profunda confianza en el Señor de Israel, el único en quien el justo debe poner sus esperanzas, porque ni los hombres ni la historia ofrecen nada duradero. Pero si vamos al último libro (en términos cronológicos) del Antiguo Testamento católico (ya que ni judíos ni protestantes lo admiten en el canon, por estar escrito en griego), el Libro de la Sabiduría, comprobaremos que el autor tiene una conciencia clara de la idea de retribución (castigo o premio) tras la muerte, y de que por tanto el fin de la Historia no es un continuo ir y venir inmanente, sino un fin trascendente, escatológico: el ser humano seguirá viviendo aun después de morir. En el Nuevo Testamento aparece una escatología muy desarrollada centrada en torno a la idea de “Reino de Dios”, y que ya se nutre, por así decirlo, de una visión totalmente lineal de la Historia. Pero, por otra parte, ¿en qué consiste ese Reino? ¿Es un Reino de naturaleza escatológica, futura, progresiva (como han defendido tantos estudiosos, desde Adolf von Harnack hasta Albert Schweizter), o se trata, más bien, del Reino que está en nuestro interior, en nuestro ser ético, en ese sentimiento de dependencia del absoluto que define la experiencia religiosa, y que en el aquí y en el ahora se traduce en una moral (ésta es la línea de Scheleiermacher, deudora, indudablemente, de la reducción de lo religioso a ética propia de Kant, y que, en nuestros días, ha tenido su correlato en las teologías que afirman el valor de la “ortopraxis” por encima de la ortodoxia, o en el proyecto de ética mundial de Hans Küng en Tubinga)? ¿Es un Reino futuro, que hace que la historia terrena se realice plenamente en una instancia ultraterrena, o es un Reino que se da ya en la Tierra, en los corazones de los hombres y mujeres que se afanan por dar a sus acciones una categoría universal? Y no parece que la fuente Q (la fuente original de dichos de Jesús) clarifique mucho la cuestión (es decir, si la idea de Reino que tenía Jesús era más ético-sapiencial que escatológica).

Y es que en las grandes culturas, religiones y civilizaciones ha convivido, casi sin excepción, una dialéctica (que a la larga ha demostrado ser enormemente fecunda y creativa) entre la visión “continuista”, cíclica, cerrada de la realidad y de la Historia, o la imagen pluralista, lineal, donde la clave reside en la variación y no en la permanencia. Es el caso de la India, un subcontinente verdaderamente fascinante, un mundo filosófico, religioso y científico en sí mismo, que desgraciadamente nos es poco conocido a los occidentales, o a veces nos llega sólo a través de estereotipos y de simplificaciones, cuando lo ideal sería que aprendiésemos a descubrir la inmensa riqueza que esconde a través de un estudio riguroso y profundo de sus diversas tradiciones. Cuánto tenemos que agradecer, por tanto, a intelectuales como Rabindranath Tagore o el que fuera presidente de la India, Sarvepalli Radhakrishnan, que han construido auténticos puentes entre mundos tan dispares pero al mismo tiempo tan coincidentes, pues sus escuelas filosóficas y religiosas se han enfrentado, aunque desde ópticas en ocasiones divergentes, a problemas comunes, y han llegado a ofrecer soluciones asombrosamente similares. De entre las numerosas escuelas filosóficas, dentro de la Vedanta (centrada principalmente en el estudio de los Upanisads) se han definido ramas tan opuestas como la escuela de la advaita (no-dualidad en sánscrito), de tendencia monista, donde la conciencia individual (el atman) acaba identificándose con la totalidad (el brahman), y que guarda un importante correlato con el sistema filosófico de Spinoza, o la escuela de la dvaita (dualidad), que defiende una visión pluralista de la realidad que se acerca más a la concepción de la Historia como sucesión de etapas distintas. De hecho, la dvaita ha dado lugar a una reflexión sobre el problema del mal, hecho éste que, si bien no determina por completo una visión progresiva de la Historia frente a una visión estática o cíclica del tiempo, sí es un dato significativo. En Mesopotamia hay ya una teodicea babilónica que data del segundo milenio antes de Cristo, si bien, en términos generales, es interesante notar que las “grandes teodiceas” (que, por ejemplo, en el caso del judeocristianismo adquieren una especial relevancia en los libros sapienciales más tardíos, posteriores a la vuelta del Destierro de Babilonia, donde los avatares históricos y el desarrollo religioso de Israel hacen buscar una respuesta al problema del sufrimiento del justo y del triunfo del impío que, a la larga, conducirá a la idea de retribución post-mortem, afianzando de manera casi definitiva la concepción lineal de la Historia, pilar de la noción de “progreso”) dan lugar, por lo general, a una filosofía progresiva de la Historia, porque, o bien se diluye el problema del mal afirmando que se trata de las imperfecciones inherentes al desarrollo evolutivo del Cosmos y de la historia humana (como parece deducirse de las teorías de Teilhard de Chardin, y que está ya presente en Voltaire o Condorcet: el mal se debe a la ignorancia, pero el progreso nos guiará por una senda de progreso sin parangón que, a la larga, hará desaparecer todo atisbo de mal en el mundo), o bien se define la Historia en base al mal mismo cometido en los orígenes (es el caso de la teología agustiniana del pecado original) para concluir que sólo al final de los tiempos se logrará un estado de perfección total, donde no exista el mal. En cualquiera de los casos, la Historia es vista como un acontecer lineal, donde unas edades se suceden a otras.

El “progreso” da a entender que cada etapa histórica es capaz de superar, objetivamente, a las etapas anteriores.

Somos mejores que antes; conocemos más que antes; podemos hacer más cosas que antes. El progreso es el “cambio del cambio” dentro de la Historia, como la aceleración es el “cambio del cambio” en el movimiento físico.
La física de Newton se construyó sobre la idea de “aceleración”, base de la dinámica, que alude a la variación de lo que ya es en sí variación (la velocidad), y que matemáticamente se expresa como la derivada segunda del espacio con respecto al tiempo. El progreso está en los albores mismos de la modernidad europea y en la génesis de la Ciencia.

Sin embargo, las frustraciones históricas han desacreditado la visión del progreso propia de la Ilustración. Tras la Primera Guerra Mundial, autores como Spengler hablan de la “decadencia de Occidente”, frente al sueño iluminista de la superación incesante. La teoría del eterno retorno de Nietzsche (der ewige Wiederkehr) nace en un momento (la segunda mitad del siglo XIX) en el que científicos como Helmhotz formulaban uno de los principios claves de nuestra comprensión del Universo (el principio de conservación de la energía), y se postula como una consecuencia del nihilismo (no hay nada con sentido en la vida o en la Historia), de la inmanencia de la Historia, que vuelve continuamente a sí misma, y del surgimiento de un superhombre que en ese contexto de vaciedad, donde no existe lo divino, sea capaz de afirmarse por encima de lo que le rodea (curiosamente, la noción de “superhombre” es ya un residuo de una visión progresiva de la Historia en la obra de Nietzsche: alguien que supera a los que le rodean y que se “diviniza” a sí mismo, por así decirlo).

En el siglo XX, autores como Teilhard de Chardin o Jürgen Habermas han dado nueva fuerza a la idea de progreso. Para el ilustre paleontólogo y místico jesuita, el Universo es un continuo hacerse (no vivimos en un Cosmos, sino en una “cosmogénesis”) hacia estados cada vez más complejos (de la hilosfera se pasa a la biosfera, donde la materia es ya vida, y de la biosfera a la noosfera, regida por la conciencia) donde, en sintonía con la filosofía evolucionista que se inspira en las teorías biológicas de Charles Darwin (y que encontró en Spencer uno de sus representantes más destacados), lo complejo emerge desde lo simple, porque lo complejo (el “psiquismo”) está ya, de alguna manera, en lo simple, en las formas más elementales de la materia. Estamos todavía en un proceso de “antropogénesis”, de despliegue de la conciencia, que no culminará hasta que todas las conciencias individuales converjan en un Punto Omega que será divino-humano, universal y personal (y que Teilhard extrapola al plano teológico afirmando que ese Punto Omega es Cristo). La Historia es por tanto una manifestación del fenómeno omniabarcante de la Evolución.

Habermas, por su parte, se ha caracterizado por una cierta “vuelta a la Ilustración” y a los ideales del siglo de las Luces. El progreso consiste, esencialmente, en la emancipación de la razón, y la única guía posible del progreso es el interés emancipativo de la razón humana, de forma que seamos capaces de acabar con toda estructura de dominio sobre nuestra subjetividad mediante una adecuada praxis comunicativa.

Pero la tónica general, en línea con la filosofía postmoderna y con el relativismo cultural, ha llevado a rechazar la idea de progreso por considerarla un producto occidental con pretensiones de exclusividad que cercenan el pluralismo.

Porque, en efecto, la pregunta no es sólo si es posible el progreso, sino de qué tipo de progreso estamos hablando. ¿Nos referimos a la idea ilustrada de progreso, que se resume a grandes rasgos en el progreso científico y tecnológico? ¿Nos referimos a la idea de progreso histórico presente en muchas religiones? ¿Nos referimos al progreso ético, a la mejora moral de la Humanidad, que parte ya del a priori de que existe una ética más perfecta hacia la que deben orientarse todas las culturas?
No me refiero a ninguna de esas ideas de progreso. El progreso científico es un hecho… o no. ¿Hemos progresado, realmente, de modo que a día de hoy podamos responder a las grandes preguntas –sobre el origen del Universo, de la conciencia, de lo complejo…- con plena certeza, o estamos inmersos aún en más dudas precisamente porque cuanto más conocemos y avanzamos más interrogantes surgen? En este sentido, no se puede hablar a secas de progreso, porque el progreso científico implica un aumento cada vez mayor de los enigmas e interrogantes sin respuesta, por lo que al mismo tiempo que

“sabemos más” también sabemos que “ignoramos más”
. Y la idea religiosa de progreso es, por su propia naturaleza, específica de cada religión, y se circunscribe a un contexto teológico-experiencial que no todos tienen por qué compartir. Finalmente, el progreso ético no es, desde luego, un hecho, porque conforme la Humanidad ha crecido en “número y en sabiduría” ha cometido peores horrores. Y menos legítimo resulta, aún, hablar de progreso en las Artes.

Entiendo por progreso la convicción de que toda determinación histórica, cultural, científica o social puede ser superada. No cabe oponer, por tanto, el pluralismo cultural al progreso, porque lo que “progreso” significa es que cualquier cultura puede ser renovada, ampliada, mejorada, también la cultura de la que parta una cierta visión del progreso y, concretamente, la occidental. Es, en el fondo, la convicción de que cualquier determinación puede romperse, de que cualquier filosofía, cultura o religión puede “abrirse”, puede ir más allá de su horizonte actual y entrar en un horizonte más amplio, más integrador. Es una afirmación de la libertad humana por encima de toda determinación, sea del tipo que sea. Es creer que siempre puedo “abrirme más”, ir más allá de la situación actual o de la contingencia presente, para entrar en un espacio más universal, o al menos renovado, ulterior. Es, en conclusión, una forma “a-temática”: el progreso no impone unos determinados contenidos, unos objetivos concretos, unos logros, sino que consiste en afirmar que toda determinación podría eventualmente romperse, que todo contexto podría ampliarse, que toda cultura o religión podría renovarse, purificarse y mejorarse.

Sólo si aprendemos a ver las culturas, las religiones y las sociedades no como entidades cerradas sobre sí mismas, sino como siempre susceptibles de apertura, mejora y renovación, superaremos la incomunicación que todavía existe entre tantos hombres y mujeres de la Tierra, que bajo la excusa de pertenecer a otras tradiciones, sociedades o culturas totalmente distintas, creen imposible el diálogo. Y el diálogo es posible precisamente porque esas culturas o tradiciones nunca pueden tomarse como absolutas, como clausuradas sobre su propia historia y sus propios principios, sino que siempre podremos abrirlas más y llevarlas a horizontes nuevos y más integradores.

El progreso formal como la afirmación de una posibilidad (la de apertura, renovación, mejora y humanización: la de ir siempre “más allá” de un cierto contexto – proceso que podemos denominar ulterioridad-) más que como una defensa de contenidos concretos (que es lo que normalmente se entiende por progreso) es, a mi juicio, un postulado ético necesario en nuestro tiempo para la auto-realización de cada persona.
¿Creéis en el progreso?
Sí, creo en el progreso como posibilidad siempre presente.

Carlos Blanco, Orientalista y Colaborador televisivo.

11 comentarios


Los comentarios para este post están cerrados.

Comentarios
  • Comentario por Fran 24.08.09 | 20:27

    Y así vemos, en un ejercicio de supino cinismo (o estupidez, no estoy seguro) a los políticos, que pretenden arreglar un problema tan grave como el de la educación, que tiene que ver en mucha medida con esa banalización del conocimiento que ha favorecido la cultura eminentemente visual y superflua que padecemos, pretenden arreglarlo, decía, introduciendo ordenadores en las aulas... ahí es nada. La gente no lee, no sabe leer (y por tanto, no sabe pensar), y estos pretenden suplir el necesario ejercicio de la lectura, reflexiva, crítica, ... con ordenadores. Olvídense ya del progreso, señores. Lo que de verdad necesitamos son padres y profesores que ejerzan como tales, padres que de verdad quieran a sus hijos (y aquí habría mucho que decir, también) y maestros que sepan transladar a sus alumnos el amor por el saber. Cuando hagan esto, cuando sean capaces de hacerlo, la humanidad habrá de verdad progresado. Y lo demás son novelitas de ciencia-ficción.

  • Comentario por Fran 24.08.09 | 20:01

    Bueno, a mi esto del progreso siempre me ha parecido un poco absurdo. Un síntoma más del enorme complejo de superioridad del hombre contemporáneo occidental. De todas formas, es una idea que, yo creo, no vive su mejor momento. Y ello, entre otras cosas, porque es una idea falaz. Es, de hecho, la última utopía a superar, aquella que pretende que el desarrollo técnico y tecnológico llevarán a la humanidad a un mundo feliz. Esta es, sucintamente, la fe que subyace tras esa idea. Hay otras formulaciones, desde luego, algunas tan cínicas que quieren hacernos creer que en cierta medida estamos ya viviendo en un mundo tan hiperdesarrollado como superfeliz. Esto, como decía, solo puede tragárselo un occidental alienado y semianalfabeto, es decir, un occidental medio. Cualquiera que lea los periódicos, cualquiera que tenga un mínimo de respeto por el sufrimiento ajeno, sólo puede enfadarse cuando el político de turno se llena la boca con el dichoso PROGRESO.

  • Comentario por Vincent 24.05.09 | 10:08

    Supongo que todo depende de cómo se defina el progreso. Si nos conformamos con tener ordenadores más rápidos y conocer más objetos celestes, pues es innegable que progresamos. Pero si tenemos en cuenta que las diferencias sociales y económicas a nivel mundial no dejan de agrandarse, que el ecosistema cada vez se resiente más, que los niños cada día se alejan más de la cultura y se acercan más al mal gusto y el estilo de vida de la inmediatez, que la natalidad desciende y el consumo de ansiolíticos aumenta, que los expertos preven que la próxima generanción puede ser la primera en vivir menos que la anterior... pues uno debería plantearse si el progreso es lo que realmente caracteriza a nuestra cultura actual.

  • Comentario por laura 05.05.08 | 16:22

    te lo voy a resumir en una frase:
    el cambio es inevitable, el progreso es opcional.
    esta frase la tengo de cabecera en la pantalla de mi monitor.

  • Comentario por Amilcar Alzaga 11.12.07 | 11:58

    Depende de lo que se defina como progreso. Sin duda ha habido un desarrollo importante en nuestra capacidad de dar explicaciones a la realidad, cada vez más consistentes e integrales, al hacerlo también vamos descubriendo que hay más preguntas que las que había al principio (así que si Dios es la luz en todo lugar donde no alcanza la razón, pues, la ciencia le ha ido abriendo camino...). Pero, ¿es esto progreso? Yo preferiría pensar que progreso es lograr que cada vez más, más gente pueda ser feliz, pueda sentirse completa y satisfecha. En ese sentido, probablemente estemos más lejos de lo que estuvieron muchas civilizaciónes miles de años antes que nosotros. Las grandes explicaciones filosóficas y científicas se encuentran lejos del alcance de la mayoría de la gente, ya no porque haya una entidad que la restringa, si no porque se escapan de la capacidad de comprensión de quienes no las generamos. Quizá sea tan importante que se puedan generar explicaciones como el que haya quien sea c...

  • Comentario por myriam 10.10.07 | 18:50

    Sin progreso ni siquiera conoceriamos el fuego y por ende como es el sol, ni mucho menos dentro de cuantos años se extingira."La fe mueve montañas", Tal vez en esos 4.500 años ...el hombre tenga tiempo de sobra para descubrir la forma de que el sol no se extinga, por imposible que nos parezca ahora.Como imposible nos parecieron tantas cosas que al final un dia cualquiera , alguien, a travez de sus progresos, invento el celular.Dentro de un tiempo, ese celular, ira a un museo, y seran otros los medios que usara el hombre para comunicarse, por increible que parezca.

  • Comentario por myriam 10.10.07 | 18:38

    El progreso es inevitable.Conversan dos personas, hay intercambio, hay progreso.Un niño crece, hay progreso.Se derrumba una casa vieja, se construye una nueva o un edificio,se descubre algo nuevo, se corrige, se perfecciona, hay progreso.
    ¿Si creemos en lo que vemos mas que en lo que no vemos, como no vamos a creer en el progreso? , es imposible no creer en el.Todos buscamos progresar, en una cosa o en otra, de una forma u otra, todos buscamos el progreso.Es una palabra muy amplia que abarca mucho, obvio.
    Hay progresos mas beneficiosos que otros, y hay progresos malos y buenos.Un pimpollo se convierte en flor,unos metales, en una nave espacial.Una frase, en un libro.
    Tambien un mal pensamiento en una mala accion, y la envidia, esa hermana de la hipocresia, acaba con muchos proyectos beneficos.
    El progreso es el hombre mismo,viviendo y haciendo, manifestandose ante cada idea y/o cosa.Sin progreso nisiquiera conoceriamos el fuego ni sabriamos, por ende, como es el...

  • Comentario por Juan José Montané Cano 22.07.07 | 05:54

    Rectifico.
    (Al sol le quedan unos 4.500 millones de años de combustible)
    Saludos cordiales.

  • Comentario por Juan José Montané Cano 22.07.07 | 05:50

    ¿Creéis en el progreso?
    Los seres conscientes e inteligentes sabemos que debemos progresar para poder abandonar este mundo antes de que agonice, y abandonar la Tierra para colonizar otros mundos y así cumplir con la ley de Dios (Creced y Multiplicaos).
    El progreso bien utilizado es necesario para la supervivencia del conocimiento e inteligencia racional.
    Sin progreso estamos condenados a desparecer cuando el sol nos deje de iluminar, (Al sol le quedan unos 4.500 años de combustible)
    Saludos cordiales.

  • Comentario por Juan 30.05.07 | 05:17

    El progreso no es un acto de fe sino todo lo contrario. Otra cosa será que muchas veces el progreso no es lineal sino que tiene retrocesos y saltos más o menos extraños. Por ejemplo en oriente próximo encontraron una pila siglos antes de la pila de Volta. El progreso científico es innegable y la religión ha sido siempre un obstáculo y un lastre para el progreso científico y tecnológico.

  • Comentario por unnamed 03.02.07 | 18:02

    ¿Creéis que aquí se puede opinar?

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