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El superdotado de Crónicas Marcianas aúna la música con la paz

28.11.06 | 16:00. Archivado en Artículos interesantes
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He descubierto la música de la paz. Estén o no de acuerdo con mi elección, escuchen el segundo movimiento del concierto para flauta y arpa de Wolfgang Amadeus Mozart (K299), el mismo que extasió a Salieri en la inolvidable película Amadeus de Milós Forman, cuando el compositor italiano contemplaba las partituras originales del genio de Salzburgo. Es bella, inigualablemente bella. Inspira sosiego, calma, relajación, continuidad, permanencia, una cierta sorpresa que enseguida se difumina en una tranquilidad omniabarcante. ¿Podemos imaginar la paz de otra manera? Me es imposible describir la melodía mozartiana, porque siempre existe una asimetría entre las notas musicales y la palabra escrita. Walt Disney intentó dar forma a esas notas en su Fantasía, pero, nuevamente, es una aproximación. Es cada persona, ella sola, quien debe escuchar a la obra del genio y juzgarla, sentirla, vivirla. Seguro que algo le transmitirá, un algo único.

Volvamos al concierto de Mozart. Un inicio suave, lento, extendido… que se abre rozando casi la perfección para describir la amplitud de la paz. Parece que algo súbito va a ocurrir, pero es aparente: rápidamente volvemos al estado de sosiego inicial. Nos sentimos embriagados, sobrecogidos, descansados, en un lugar idílico del que nunca querríamos salir… Quizás sea ésta la grandeza y la pequeñez del arte de los genios, sobre todo de Mozart. Por un lado nos sobrepasa, nos sobrecoge, nos subyuga… nos lleva a un mundo que soñamos pero que nunca alcanzamos. Y, por otro, nos defrauda, porque somos conscientes de que esa perfección melódica es producto de nuestra imaginación, y de que hay que regresar a la cruda realidad, a un mundo donde resulta muy difícil hacer música y escribir poesía (como sugirió Th. Adorno) tras la catástrofe que supone la destrucción del hombre por el hombre… Un arte que nos consuela y nos fascina, pero una conciencia que nos devuelve a la realidad. Intentemos hacer real esa fascinación, intentemos crear un mundo donde todos puedan sentir la presencia de esa paz que Mozart reflejó en sus composiciones, un mundo donde todos los niños y niñas puedan disfrutar con la genialidad que es ya patrimonio de nuestra Historia. Saboreemos la paz al menos por unos instantes, y quizás esos instantes lleguen alguna vez a convertirse en días…

He descubierto también la música del optimismo y de las ganas de trabajo, la música de la ilusión, del desafío a lo nuevo, de la valentía. Escuchen, por favor, el tercer movimiento del concierto para dos pianos de W.A. Mozart (K 365). ¡Qué inicio tan repentino, súbito y dinámico! La música no nos da ni un respiro: todo es original, sin repeticiones, y desde el primer segundo vibramos ya con la novedad de esta composición. ¡Qué velocidad! Extasiémonos con el sonido de la aventura, del desasosiego creativo, del empeño por construir… Y construyamos un mundo donde todos podamos mostrar ese afán por hacer algo realmente valioso, esas ansias por abrir nuevos horizontes a nuestras mentes. ¿Cómo describir esa melodía? Escúchenla, por favor; hagan que su mente vacile al unísono con los dos pianos mozartianos. Y, nuevamente, se sentirán defraudados. Tanta grandeza nos sobrepasa. Para empezar, ni siquiera encuentro las palabras, los adjetivos, los verbos o los adverbios que hagan justicia a algo tan sublime. Me veo ignorante, iletrado, vulgar… ante el genio que sin palabras nos transmite la palabra más viva, la palabra del empeño, del ímpetu, del trabajo, de la creatividad, de la superación…

Y permítanme que siga con mi fantasía musical… ¡Les presento la música del perdón y de la reconciliación! No se encuentra ni el Kyrie eleison del Réquiem ni en el Salmo Misere …, sino en Las Bodas de Figaro. Cojan el CD y vayan directamente al acto IV, fragmento Ah tutti contenti… ¡Todos contentos, sin duda, porque se ha alcanzado el perdón, la reconciliación entre las partes antes enfrentadas! Escuchen (u observen con la mirada del corazón) la voz masculina… y sobre todo la femenina… Qué dulzura, qué sensibilidad, qué delicadeza. Sencilla, lenta, vuelve sobre sí misma, implora y suplica el perdón y la misericordia. Y se suman más voces… El hombre y la mujer cogidos de la mano avanzan en el escenario y entonan un canto a la reconciliación y a la fraternidad. La voz femenina se eleva ahora, seguida por las demás voces… ¡Oh Dios mío! ¿Quién ha revelado a este genio la música del perdón? ¡Respóndeme, Mozart! ¡Quién! ¡Qué mente, qué inteligencia, qué amor está detrás de las maravillas que has legado a toda la Humanidad! ¡Qué orgullo ser humano como Mozart y poder escuchar sus dones en forma de melodías!

Y vayan ahora al aria Ruhe Sanft, en Zaide, del mismo Mozart. No se crean que es el único compositor al que escucho, pero es que no puedo evitar compartir con quienquiera que lea este escrito, este mismo sentimiento de placer indescriptible, de sorpresa, de magia… Qué belleza… Para qué hablar, para qué decir algo, para qué escribir. Escuchemos, disfrutemos, imaginemos… Mozart nos ha abierto un mundo de novedad y de fascinación… La soprano canta, siguiendo las notas del genio… del genio que no es sólo Mozart, porque es un genio que ha salido de Mozart, que se ha escapado del Mozart hombre concreto en un tiempo y en un espacio, y que habita ahora en la historia del amor humano por la belleza y de nuestras ansias de perfección y de plenitud. ¡Oh prodigio! Cada vez que se entona esta aria, ¿no sentimos algo especial, único? ¿No nos reconforta? ¿Quién sabe si no será así la música de la esperanza?

¿Y cómo suena la alegría? Sólo Beethoven lo responde. Ni siquiera Mozart, aunque compusiese algunas de las obras más alegres y joviales de la historia de la Música. Escuchen conmigo el himno de Europa, la Novena Sinfonía, cumbre suprema de la Música. Mozart compuso mucho, probablemente de mayor calidad que las obras de Beethoven en el cómputo global. Pero Mozart no tiene una obra que, ella sola, supere a la Novena. Es el himno de Schiller a la alegría, es la expresión de la satisfacción, de algo rebosante… Se empieza a percibir de manera casi silenciosa, oculta, sigilosa… Es la alegría tal y como llega a nuestros espíritus: casi sin saberlo, sin darnos cuenta, cuando menos lo pensamos… Viene, ya está llegando… Escuchen. Al principio no lo oirán, como tampoco Beethoven: ¡la compuso sordo! Pero la Música no se escucha sólo con los sentidos, sino con la conciencia. Beethoven sabía qué es estar alegre. Ya ha llegado: se empieza a elevar, se entona, se escucha ya casi sin problemas, con más volumen. Ya está entrando en nosotros… Mírenla, majestuosa, como pasa. ¡Oh prodigio! Es lo más grande, sublime y magnífico que haya compuesto el ser humano! ¡Contémplenlo, extasíense! Ya ha llegado, ya se ha impuesto sobre otras melodías posibles. ¡Es ella! ¡Freude! ¡Schiller y Beethoven, la palabra y la música, la totalidad del ansia humana por lo bello! Me callo… Luego llegará el coro, y esa solitaria señora, que es la música, que había entrado sin acompañante, se unirá con la palabra en un vínculo eterno, perpetuo, inquebrantable… porque el Cosmos está hecho de música y de palabra, de lo inefable y de lo descriptible, de lo desconocido y de lo conocido, del no-ser y del ser…

Y ahora cojan un CD de J.S. Bach, otro genio en las cimas del Arte. Vayan a la Suite para Orquesta número 3 en D mayor, llamada “Aire”. Qué sosiego… No cabe siquiera admiración. Se nos introduce en un espacio que se prolonga, que se abre, que nos abarca, que nos relaja… Es la música de la naturaleza, de la armonía, del orden… De un orden que siempre necesitaremos, aunque muchas veces tengamos que revelarnos contra él para crear otro orden. Es nuestra condición: destruir y crear, acabar y empezar, empezar y acabar. Y la melodía de Bach sigue… prosigue… avanza y vuelve atrás. Parece como si Bach saliese de otro universo, de un país de maravillas, de sosiego, de tranquilidad, de preservación, donde se funden lo clásico y lo romántico, lo apolíneo y lo prometeico, la conservación y la creación. Y de repente, una tenue tristeza brota de la suite… pero enseguida es reabsorbida en la tónica general del reposo y de la permanencia. ¡Oh…! Respiren, tomen aire, inhalen y exhalen… Piensen en todo lo que puedan, imaginen, sienten… Perciban el amor, y tengan en mente ahora la figura de las personas a las que más aman. ¿No les desearían esta armonía, este sosiego imperturbable? Deséenlo, pero enseguida deseen también el cambio, la mutación, la novedad… Y esperen a que algún genio encuentre la inspiración suficiente para componer la obra más elevada posible: aquélla que transmita al mismo tiempo orden y cambio, sosiego y desasosiego, ansia y realismo... ser y no ser… ¡También Hamlet buscó esa música!

Y ahora cojan un CD de Pachelbel, eminente compositor del siglo XVII. Como supondrán, me estoy refiriendo a su conocidísimo Canon… Lo hemos escuchado muchas veces. Recuerdo que una vez lo pusieron en la televisión para ambientar (aun anacrónicamente, pero da igual: lo importante es que el Arte ha existido en toda época, porque el ser humano siempre ha querido superarse y encontrar la perfección) un reportaje sobre los últimos años de Leonardo da Vinci en Francia, en la corte de Francisco I. Otro genio, universal y casi sin parangón en los anales de o majestuoso y de lo que siempre sorprende. Imagínense a Leonardo en Francia, en esa vieja Europa; imagínense a la cima del Renacimiento, al hombre que quiso saberlo todo… Imagínense su mente, su figura, a su escultórico ser… En Leonardo no hay hiatos, disyunciones o carencias. Es el hombre apolíneo, completo, total. El hombre que lo asume todo, que busca todo, que crea todo. Y el canon de Pachelbel lo describe con el lenguaje de la música: es la música de la admiración. Fíjense (nuevamente, miren con su corazón…) en cómo aparece la música…, en cómo se eleva poco a poco, en cómo se proyecta. Nos transmite sensación de avance, de progreso, pero de un progreso que no es ruptura radical, sino que asume los movimientos anteriores. Ya empieza a alcanzar sus cotas más altas…¡Oh prodigio, el mismo prodigio universal que habría de inspirar a Mozart o a Beethoven, a los grandes genios de la Ciencia, de la Literatura y del pensamiento, o a todo ser humano cuando hace una obra buena, cuando ama a los demás hombres y mujeres, cuando se esfuerza por ampliar los horizontes de sus congéneres y por abrir el mundo a mundos nuevos! El canon avanza y retrocede, pero transmite la misma idea de proyección. Majestuoso, sin duda: es el Renacimiento del espíritu, que aunque muera, vuelve a la vida, como Leonardo, en cada intento de superación, de innovación y de servicio que se da en la Historia.

No les quiero aburrir más con mis fantasías, que quizás ustedes no compartan. Pero les pediré un favor: cojan el CD del Réquiem de W.A. Mozart. Sí: KV 626, obra que cierra el catálogo de las obras mozartianas, elenco de un genio casi insuperable. Vayan a la pieza final: a la comunión, Lux Aeterna. Mozart no terminó el Réquiem, pero su discípulo Schüssmayr lo completó fiel al espíritu de la música mozartiana. Pónganse en la situación: una misa de difuntos, donde pedimos por el eterno descanso de quien ha dejado la vida temporal, sujeta a las dimensiones del espacio y del tiempo, para trasladarse a un mundo infinito, sin dimensiones, sin limitaciones, al mundo de lo universal… Poco o nada sabemos sobre ese mundo, pero hay algo, algo en el ímpetu humano durante milenios, algo en el ansia por la verdad, la justicia y la belleza que se difuminan en la Tierra, algo en el afán de saberlo todo y de ampliarlo todo… que de una u otra manera nos pone a las puertas de un mundo en el que, aun sin certezas, quiero creer y confiar. Estando en la misa, vamos a comulgar… vamos a hacernos uno con lo absoluto, con lo que todo lo trasciende y todo lo ilumina, como han creído tantos hombres y mujeres, tantas religiones y filosofías, a lo largo de los siglos. Y ahí aparece la música de Mozart. De nuevo el prodigio… Lux aeterna luceat ei… Aquí sí que no tengo palabras. Es inútil que describa esos sutiles movimientos musicales de avance, retroceso. Escuchen las voces, y escuchen la melodía de la luz… porque si de algo estoy convencido, es que ese mundo del que nada sabemos es un mundo de luz… y pidamos, con Goethe en su lecho de muerte, “luz, más luz, que se ahoga mi espíritu”.

Carlos Blanco, orientalista y colaborador televisivo

3 comentarios


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Comentarios
  • Comentario por Alvaro 11.05.10 | 10:29

    Por generaciones , la música a ha sido una constante en el universo que se ha manifestado a través del tiempo y alcanzo niveles divinos en sus hijos predilectos, ello explica su origen metafísico pues es de naturaleza casi ontológica y ha permanecido intacta en su esencia de expresión para conectar tiempo y espacio en búsqueda de la integridad universal.

  • Comentario por luliane 23.06.09 | 04:58

    oh amigo!!!!! que lindo si que me haz inspirado a escuchar ese tipo de música... al principio no me gustaba ...pero bueno ahora ya empece por cogerle cariño je y me encanto la pasión con que escribiste..

  • Comentario por myriam 15.10.07 | 23:34

    ¡Que sensibilidad la de Carlos!Asi debe ser.Lo mejor de la musica esta en las sensaciones que produce en quien la escucha.La imaginacion alcanza alas,el aliento cambia,la mirada se enternece o alerta,los musculos trabajan, el impetu renace,la alegria y la nostalgia se entremezclan,los anhelos surgen,los colores son mas fuertes y la vida misma cobra sentido.
    Cuando escuche por primera vez este tipo de musica, la clasica, la de los mayores genios de la historia,ninguna otra musica pudo cautivarme de igual o semejante manera.Amo el teatro y la opera, asi que esta musica, alienta cada una de mis celulas.Quien no la haya escuchado aun,opino humildemente, debe hacerlo y alguna fibra de su cuerpo y de su mente cambiaran por siempre.He oido esta musica manejando mi auto viajando, entre otras veces y formas, y puedo asegurar que es una sensacion magica y gratificante.Mi hijo toca en su organo algo de esta maravillosa musica y para mi es el momento mas bello del dia, y creo que para el tam...

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