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La comunidad internacional: La nueva comunidad política en un mundo globalizado

16.10.06 | 11:00. Archivado en Politica, Internacional
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Las noticias de ámbito internacional no hacen sino sucederse en estos últimos días con una intensidad y una relevancia verdaderamente sorprendente.

A las pruebas nucleares del régimen de Corea del Norte (finalmente confirmadas como tales por los servicios de inteligencia estadounidenses al analizar los efectos de las radiaciones emitidas), que sin duda Kin-Jong-Il tratará de utilizar como medio de presión en su ansiada mesa de negociación, le han seguido noticias que, aunque posean una menor “relevancia práctica”, son igualmente interesantes. Ban-Ki-Moon, hasta ahora ministro de Asuntos Exteriores de Corea del Sur y experimentado diplomático graduado en la Kennedy School de Harvard, ha sido finalmente ratificado por la Asamblea General de las Naciones Unidas como el octavo secretario general de esta organización, llamado a relevar al ghanés Kofi Annan el 1 de enero. Es de esperar que el trabajo de Ban-Ki-Moon contribuya, a corto plazo, a encontrar una solución permanente para el problema norcoreano, y a largo plazo, a desarrollar de manera efectiva los objetivos del Milenio que se había marcado su antecesor en el cargo.

Y, junto a la crisis nuclear y el nombramiento de la cara visible de la comunidad internacional, contemplábamos atónitos el (ya conocido) dominio absoluto de los Estados Unidos en la Ciencia y en la Economía (llevándose todos los premios Nobel en estas especialidades) que tanto a favor nos dice sobre esta nación (infatigable en su búsqueda del talento y de la genialidad, atrayendo a los cerebros más brillantes del globo), y la Academia Sueca anunciaba la concesión del premio Nobel de Literatura al escritor turco Orhan Pamuk (símbolo de que el diálogo entre Oriente y Occidente no se queda en la mera entelequia, sino que puede ser asumido por quienes tengan voluntad de entendimiento, de intercambio y de cooperación, quien ha experimentado en carne propia el peligro de expresar con libertad lo que uno piensa, sobre todo si se denuncia el holocausto turco sobre el pueblo armenio durante la I Guerra Mundial) y, más importante aún, el premio Nobel de la Paz recaía en el economista de Bangladesh Muhammad Yunus.

El profesor Yunus se dio cuenta de que sus clases de teoría económica no eran suficientes para sacar de la pobreza y de la miseria a miles de compatriotas que permanecían encerrados en el círculo vicioso de la marginación y de la incapacidad: eran pobres, ciertamente, pero por ser pobres, se hacían más pobres aún al no poder hacer frente ni a deudas ni a proyectos. Su espíritu emprendedor, las siglas de I+D+i que tanto nos fascinan a los occidentales, les estaban vetadas, ya que no hay lugar para la iniciativa si a uno se le ha privado de su dignidad, de su subsistencia básica, y contempla impasible cómo otros incrementan su riqueza sin fin aparente mediante la especulación y el control de los medios. Yunus dio esos medios a los pobres: sus microcréditos les dieron la nada desdeñable oportunidad de llevar a cabo pequeños proyectos que, poco a poco, podían mejorar sus precarias condiciones de vida. Un premio Nobel, por tanto, más que merecido, y que por fin vuelve a recompensar a personas que han trabajado a ras de suelo, codo con codo, con los pobres y miserables, más que en lujosos despachos de cargos oficiales tras los que se esconden tantos intereses espurios, tantas enemistades y, en ocasiones, tanta falta de humanidad y de compromiso con los más necesitados. En la estela de Albert Schweitzer o la Madre Teresa de Calcuta, Yunus ha trabajado sin descanso para abrir una puerta de esperanza a los que más sufren. Kart Marx afirmaba que la razón principal de la explotación era que el control de los medios de producción estaba en manos de unos cuantos. En nuestro tiempo, los medios de producción ya no son una realidad tan rígida y tangible como en antaño. Las relaciones de poder son, como advirtió Foucault, polisémicas, poliédricas, difícilmente determinables. Pero lo cierto es que la globalización, junto a grandes ventajas, provoca que el control del capital no salga de reducidos círculos que lo acaparan y que dictan las reglas de juego. Una auténtica globalización debe deslocalizar el poder, los medios de producción, el capital, la innovación y el progreso, y permitir que todos puedan ser agentes del desarrollo y no meros espectadores que, muchas veces, sufren sus devastadores efectos.

Yunus ha demostrado que es posible una humanización de la Economía de manera que ésta pase al servicio de todos los hombres y mujeres y que no se convierta en el patrimonio exclusivo de unos pocos. Sólo con igualdad de oportunidades, sólo si todos disponemos de medios para llevar a cabo proyectos e iniciativas, conseguiremos mejorar la vida de tantas personas en el mundo.

Y para que esto sea posible, creo que es necesario un cambio de paradigma en nuestra concepción de la vida social y política. En la antigua Grecia, la comunidad política por excelencia era la polis, que constituía una especie de “microcosmos” autosuficiente. Los siglos posteriores han hecho que la comunidad política, más que la polis, sea el Estado-nación. Pero estoy convencido de que la globalización y la espectacular aceleración de la Historia a la que estamos asistiendo (no olvidemos que una de las grandes nociones de la Modernidad y de la Ciencia es la de “aceleración”, la de cambio en el cambio, la de “progreso”) deberá traducirse en un desplazamiento de la comunidad política desde el Estado hacia la comunidad internacional. Cada vez más nos damos cuenta de que los Estados, aislados, poco pueden hacer por su propio bien y por el de los demás. La Unión Europea manifiesta las innumerables ventajas que la estrecha cooperación y cuasi-unión entre estados diversos puede reportarles en todos los ámbitos: social, económico, cultural, científico… Tenemos que lograr extrapolar ese modelo a un plano más amplio: el de la comunidad internacional.

La Unión Europea nos ha dado a los ciudadanos de Europa una nueva referencia, una nueva instancia, un nuevo espacio político, social y cultural (que se ampliará en el futuro: pensemos en el programa de Bolonia para la red educativa europea) en el que cada vez podemos sentirnos más unidos e identificados. El progreso y el desarrollo en países como España han sido espectaculares.

¿Por qué no ampliar el modelo europeo? ¿Por qué no diseñar un orden mundial donde la comunidad internacional asuma el papel de comunidad política por encima de los estados? ¿Por qué no construir un mundo donde las Naciones Unidas representen la auténtica sede de la soberanía global, y donde se edifique un tejido de relaciones sociales, educativas y económicas entre los estados de la misma manera que se ha venido haciendo en Europa tras la II Guerra Mundial? Esta solución no sería la panacea a todos los problemas, ni significaría una automática reconciliación entre naciones enemistadas. A Francia y a Alemania les costó décadas superar esas rivalidades. Pero seguramente proporcionaría un marco más universal e integrador donde limar asperezas y buscar la unión antes que la división. El desprestigio de la ONU se debe, principalmente, a su inoperancia y a su sumisión a intereses de diversa índole. Sólo si se logra que el poder de la comunidad internacional sea administrado por un organismo internacional en los diversos campos (político, económico, social…), con unos procedimientos transparentes y democráticos, estaremos en condiciones de asumir todas las ventajas que puede ofrecernos la globalización y de corregir sus más que evidentes defectos.

En suma: un tiempo nuevo, con una historia acelerada hasta límites insospechados y con unas relaciones globalizadas, exige un cambio de paradigma en el seno de la comunidad política, que progresivamente deberá ser integrada en un espacio internacional más amplio y universalizador. Los Estados deben dejar paso a la comunidad internacional; la democracia ya no debe ser una estructura nacional, sino un procedimiento de acción política a nivel global.

Carlos Blanco; orientalista y colaborador televisivo


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