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Carlos Blanco:Estados Unidos: Un gran país.

18.09.06 | 09:30. Archivado en Artículos interesantes, Internacional
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Acabamos de celebrar el quinto aniversario de una tragedia, la del 11 de septiembre, que ha pasado ya a los libros de la historia reciente del planeta. Sin los atentados que tanta desolación, muerte y destrucción causaron en las ciudades de Nueva York y Washington, en una operación de dimensiones hasta entonces desconocidas, el mundo sería hoy diferente.

No se discute, pienso yo, el liderazgo del presidente G.W. Bush en tiempos tan difíciles como le han tocado. No se discute tampoco la legimitidad de muchas de las acciones que ha tomado, como por ejemplo su propósito de terminar con el terrorismo y de lograr un mundo más seguro y libre. No se discute que el presidente Bush se ha llevado la peor parte del pastel, y que frente a los tiempos de relativa bonanza (económica, política, internacional...) de su predecesor Clinton (que, de no ser por escándalos sobradamente famosos, habría pasado por el “presidente perfecto” de esa gran nación), a él sólo le han sobrevenido decisiones complicadas que le han quitado credibilidad en gran parte del globo y que tantas veces le han convertido en “el malo de la película”.

No se discute nada de eso. Lo que se discute al enjuiciar el mandato presidencial de G.W. Bush es la legalidad y oportunidad de muchos de los medios que ha empleado para buscar determinados fines. Ni guerras injustificadas y sin relación con el 11S (como la de Irak), ni vuelos secretos de la CIA, ni torturas en Abu Ghraib y en Guantánamo, ni recortes excesivos en libertades civiles, tendrían por qué haber venido. La lucha contra el terrorismo y el fanatismo, en la que estamos inmersos todos, se puede llevar por otros cauces y puede ser objeto de propuestas más moderadas. Es principalmente en el ámbito de la educación, del diálogo intercultural, de la justicia social y política y de la acción policial a nivel internacional donde se debe combatir al terrorismo para acorralarlo, reducirlo y dejarlo sin argumentos, incluso para los más fanáticos, que en ocasiones son masas carentes de toda esperanza que se arriman a un clavo tan ardiente como el del yihadismo.

A pesar de las políticas de la segunda administración Bush, Estados Unidos es un gran país. Ni sus más acérrimos críticos pueden ocultarlo. La mayor parte (y la mejor) de la producción científica, tecnológica e intelectual a nivel mundial se realiza en territorio americano. Estados Unidos ha dado figuras tan universales como Martin Luther King o Linus Pauling. Pero nuestra admiración por los Estados Unidos, como por cualquier otra gran potencia histórica, debe ser crítica, porque sólo con un espíritu crítico que reconozca las deficiencias de los grandes se puede lograr la mejora de todos, máxime si pensamos que, como dijeran los clásicos, corruptio optimi pessima.

Estados Unidos es un gran país. Se han cometido, y nadie lo negará, injusticias enormes por parte de distintas administraciones, pasando por poner a gobiernos títeres en diferentes países (como el Irán del sha Reza-Pahlevi) y en ocasiones expulsando a los dirigentes legítimos y democráticos (como Allende en Chile), o guerras como las de Vietnam e Irak.

Pero junto a los errores (el país que esté libre de ellos, ya sea Francia –con su nefasta e inhumana política en Ruanda-, Inglaterra, España, Rusia, China o Cuba, que tire la primera piedra), hay muchos aciertos que han ayudado al mundo entero a progresar.

En este sentido, considero que el ideal son los Estados Unidos posteriores a la II Guerra Mundial. El presidente F.D. Roosvelt fue, en gran medida, artífice de las Naciones Unidas, rompiendo así con la tradición aislacionista norteamericana que había llevado al país a no pertenecer en su momento a la Sociedad de Naciones. Fue gracias, también en parte, a Estados Unidos que el nazismo fue vencido, lo que indirectamente favoreció la unidad europea, por la que tanto tenemos que felicitarnos hoy en día. Y, sobre todo, los planes de desarrollo, encabezados por el plan Marshall, potenciados por el gobierno americano permitieron que un mundo destruido emergiera, no sin olvidar los éxitos de Estados Unidos en países como Japón o su papel clave en convenios como los acuerdos de Bretton Woods (1944) que pusieron los cimientos de la economía mundial.

Sería sumamente ventajoso para todo el mundo que los Estados Unidos desarrollasen cada vez más ese gran papel que habían venido desempeñando tras la II Guerra Mundial, y que ayudó a tantas naciones. Unos Estados Unidos como el de la II Guerra Mundial que potencien la cooperación internacional y el desarrollo de todos los pueblos de la Tierra en libertad y justicia harán mucho por el bien de la Humanidad, por el que probablemente nadie puede hacer tanto como el país que en su día gobernó Abraham Lincoln.

Carlos Blanco, orientalista y colaborador televisivo
www.carlosblanco.es


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