Diario de un cura de pueblo

Como un pulpo en un garaje o no tanto

09.02.19 | 19:37. Archivado en Trozos de vida, Mirada antropológica

¿Que qué hacía yo en un curso sobre nulidades matrimoniales que daban en Huacho el decano y un auditor del tribunal de la Rota Romana? Buena pregunta, ni yo mismo lo sabía mientras viajaba hacia allá por agua, aire y tierra. “Pero si en la selva no se casa nadie, no hay nada que anular” – le dije a mi obispo. “Ya, pero es bueno que vaya alguien del Vicariato, etc.”. Total, alea jacta est, que he aprendido mucho latín estos días. En Huacho – costa peruana - me encajé.

Era un encuentro masivo, de más de 800 personas, y mucha gente que se dedica al derecho canónico. El lugar: un seminario de una diócesis de corte más bien tradicional. Los casi 90 curas que estábamos alojados allí íbamos a celebrar la Eucaristía por la mañana, la mayoría más jóvenes que yo, bastantes juristas, todos muy parecidos, bien afeitados, el pelo cortadito y uniformados en diversos tonos entre negro y gris con algún toque de blanco. Toditos los sacerdotes llevaban clergyman menos uno (…). Como dice Pepa, “en este mundo tiene que haber de tó”.

Había también religiosas y muchos laicos. El primer día los avisos fueron un poco desafortunados: los asientos de la parte delantera están reservados para los sacerdotes y religiosas, los laicos atrás; el libro de las ponencias se regala a los sacerdotes; el resto puede adquirirlo a 40 soles. A los laicos llegados de fuera de Huacho también se les daba alojamiento, pero no en el seminario, sino en un hotel; venían a desayunar después de la misa, y el primer día me senté con unas parejas de Morrope (Lambayeque). Al rato un seminarista de negro vino a decirme que podía sentarme en la parte de los curas. “Gracias, acá estoy bien” - le dije. Mirando detenidamente, reparé en la razón: mientras que en la zona del clero desayunaban con platos y tazas de cerámica, donde yo estaba no había platos y los vasos eran de plástico.

“En la Iglesia nadie es más que otro”, se oyó en una de las alocuciones. Luego está la realidad… Estas distinciones son tonterías, de acuerdo, pero en el fondo dañan a la Iglesia y hacen pensar que algo anda torcido en ella. Es cierto que hubo rectificaciones: al segundo día ya podía sentarse cada uno donde deseara, pero entonces la gente no quería pasar adelante (en el pecado tienen la penitencia). Desde mi silla (con los laicos atrás) me sonreí. El calorón era igual para todos; además habían habilitado una carpa enorme de plástico blanco, que funcionaba como una especie de invernadero gigante donde íbamos sancochándonos mientras se desarrollaban las conferencias. Había que estar con el gorro puesto allí debajo y utilizando el abanico sin parar (¡gracias, mamá!). Colocaron tinas de agua a los costados, pero solo a los obispos les daban botellas personales.

Por otra parte, el contenido fue interesante, y el material (entregado a unos y vendido a otros) muy bueno y útil. Monseñor Pio Vito Pinto (el más viejito en la imagen) y Monseñor Alejandro Arellano (el de lentes) resultaron ser dos ponentes de lo más amenos a pesar de la aparente aridez de los temas. Y siempre con el pensamiento del Papa Francisco como trasfondo: el proceso breviore no trata de “regalar nulidades”, sino de servir mejor al pueblo de Dios, aligerar tiempos y posibilitar sanaciones, recuperaciones y nuevos proyectos de vida. Apasionante el comentario acerca del capítulo octavo de Amoris Laetitia: discernir, acompañar e integrar a las personas que sufren fracasos matrimoniales, a los divorciados vueltos a casar, a los convivientes… todos son parte de la Iglesia.

Como siempre, lo mejor son los encuentros con las personas, que disuelven todos los prejuicios. Compañeros excelentes que trabajan en tremendas alturas andinas y caminan de un caserío en caserío; otros con bravas pastorales familiares armadas en sus parroquias; alguno formador de seminario o instructor de causas en el tribunal diocesano, gente brillante y llena de energía y futuro. Y los laicos: acompañantes de parejas rotas o en dificultades, catequistas… y también alguna persona herida por estas mismas problemáticas que de pronto te abre el corazón para escuchar un consejo. Y nuevos amigos: Flor, Elma y César, en la foto.

Varios seminaristas y curas se acercaron a preguntarme entre curiosos y admirados: “Usted está en la selva, ¿no?”. Y en un corrillo en el vestíbulo mi oreja alcanzó un comentario: “Se nota que es misionero”. Pues sí. Esta es mi Iglesia, con todas sus contradicciones, y en ella vivo y comparto mi vocación: misionero. Este es mi único “nombramiento”, que además me encanta. Mi traje ¿serán las sandalias?


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