Diario de un cura de pueblo

El silencio es la actitud propia del pastor

01.12.18 | 19:21. Archivado en Trozos de vida, Mirada antropológica, Diario de misión

Después de que trajeron el pan y el vino, se acercó la pareja kichua con un baldecito de masato y una bandeja con yucas, los alimentos propios de nuestra selva. Comí un poco de yuca y la warmi me ofreció un pate, que tomé entero; el masato es la bebida de la fiesta y del compartir, la auténtica sangre de las culturas amazónicas. Para nosotros, un honor y una obligación sagrada beberlo. “Señor, te ofrecemos el pan y el vino en los que creemos que estás. Pero más claro te vemos en nuestra yuca y en nuestro masato, y ni que hablar cuando lo compartimos”. Y por supuesto, mientras se bebe no se habla.

De hecho, hasta ese momento del ofertorio ya llevaba todita la Eucaristía sin abrir la boca, porque los ritos iniciales al completo los hizo Juan Pablo, animador de Yanashi: “en el nombre del Padre…”, invitación al Gloria, oración colecta… todo menos el perdón, que lo celebramos a la manera del Alto Napo. Llori, animador de Angoteros, con su peto blanco, nos hizo la limpia con unas ramas de pichana, primero a mí y después al resto de la asamblea. También en silencio. Conectando con la profunda espiritualidad de los indígenas. Ellos saben que el silencio es el lenguaje de las plantas.

Escuchamos la Palabra, la comunidad de Indiana y los animadores del encuentro vicarial del CEFAC (Centro de Formación de Animadores Cristianos “Gastón Harvey”). El Evangelio de boca de uno de ellos, y seguidamente la homilía entre dos: Juan Pablo y don José Paredes, también de Yanashi y uno de los rukus (mayores) de la reunión. Habíamos conversado en la tarde sobre las lecturas y el sentido de la fiesta de Cristo Rey, y les animé mucho. “Díganlo a su manera, con sus palabras”. ¿Cómo no, después de varios días pensando y soñando una Iglesia con rostro amazónico e indígena, como pide el Papa?

Seguía en silencio cuando presentaba el cáliz, que se me antojó algo poco selvático, tan “metálico”. Ellos hicieron el prefacio, se cantó “Sumak”, el santo, y por fin el sacerdote habló, solo para contar la historia de aquella noche, cuando Jesús se hizo vida nuestra para siempre. El pastor pasa largos tiempos observando a su rebaño, conociendo a cada oveja, en una cariñosa vigilancia. Apenas silba para indicar el momento, porque sus ovejas conocen el camino, y él va detrás de ellas. “Esto es mi cuerpo”.

Las oraciones siguientes, la intercesión por la Iglesia, por los difuntos… todo fue pronunciado por los animadores. El padrenuestro lo rezamos mita mita en kichua y en castellano. La paz nos la habíamos dado al principio, tras la limpia, al modo del Napo, así que comulgué en silencio y ellos distribuyeron el pan. Así que una vez que había dicho “Hagan esto en memoria mía”, ya no volvió a escucharse mi voz. La oración final y la bendición ellos también. Fui un presidente de la Eucaristía callado, sosegado y contemplativo. Estaba emocionado por vivir algo tan distinto, como dejándome llevar por el río con regocijo y silencioso asombro.

No sé adónde nos llevará este camino hacia una Iglesia con alma amazónica, pero es un sendero sin retorno. Aunque nos empeñemos en generar un cristianismo similar al de Lima o España, no podrá ser y siento que no debe ser. Nos toca a los misioneros acompañar a personas y comunidades que irán gestando su propio modo de seguir a Jesús, con sus cosmovisiones, su espiritualidad y sus gestos. Ponernos en medio y detrás, contemplar, y aprender “su manera”, y en silencio. El pastor pues no es el que instruye, sino el que ama sin comprender, experto en escuchar y dispuesto a llegar adonde vayan sus hermanos, sin jamás separarse de ellos.

Por esta vez, la misa no fue algo “mío”, sino más bien algo de “ellos”, aunque con el esquema romano. No sé por dónde nos llevará el Sínodo, pero disfruto imaginando horizontes en los que Jesús en estos pueblos va a recrear los modos de ser Iglesia, y surgirán los suyos característicos, nuevos, originales. Las crisnejas (hojas de palmera para hacer un techo propio) simbolizaban el aire freso del que habló Juan XXIII. Ojalá los espíritus del bosque y la Madre del Agua me den la simplicidad de formatearme para “ser otro” y siempre yo mismo, y entregar lo único que tengo: mi silencio. Aquí estoy.

César L. Caro


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