Diario de un cura de pueblo

El ´backstage´ de la misión

15.09.18 | 19:12. Archivado en Diario de misión

La misión es muy bonita, entusiasmante, desafiadora, siempre nueva y sorprendente, preciosa en definitiva. Pero, como todo, tiene su trastienda, su reverso, lo que no sale a la luz, lo que ocurre entre bambalinas y tal vez no es tan agradable, lo que no suele contarse.

Preparar unos días de recorrido por el río ya supone una chamba considerable. Hay que ingeniárselas para avisar de nuestra visita, y no es tan sencillo. No hay señal de celular (yo lo dejo en casa), así que tratamos de enviar notas a través de personas que vamos a buscar al puerto o a la muncipalidad, invocando una mijita de fortuna, que haya por acá alguien de esos sitios. Varios pueblos tienen Gilat, teléfono satelital; se llama, se pregunta por el animador y a esperar: “vuelva a timbrar dentro de veinte minutos”. Eso, si hay suerte y entra la llamada, porque como haya nubes el invento se malogra. Estamos considerando hacer un curso de señales de humo.

Se hacen las compras de alimentos necesarios (arroz, espaguetis, galletas, conservas…) que compartimos en las casas donde nos acogen, y agua para beber. Preparamos los materiales (proyector, biblias, cancioneros, fotocopias, luz de batería, etc.) y los juntamos con los equipos de cada uno: mochilas, carpas para dormir protegidos de los zancudos, colchonetas. Se añaden los chalecos salvavidas, botas, platos, tazas y cubiertos… un montonazo tremendo. Y eso hay que cargarlo hasta el bote y envolverlo en un plástico gigante, a pesar del cual algo siempre se mojará.

La travesía no es precisamente un crucero por el mediterráneo. El Amazonas suele estar bravo, las olas de otras embarcaciones hacen temblar la chalupa; si llueve, por más que bajemos los faldones laterales, siempre te mojas, y si el sol está fuerte en la tarde, te sancochas. Cuando el río está alto se pasa por los furos para acortar camino, pero eso no evita que a veces el bote se quede varado; entonces hay que bajarse a sacarlo, a empujar con el agua hasta las rodillas o hasta la cintura, los pies hundidos en el barro del fondo. Al otro día tus piernitas y otras partes aparecen con ronchas.

Aunque eso ocurre en todos los viajes. En invierno, cuando hay mucha agua, hay moscas que me acribillan los pies y los tobillos. En verano, época de vaciante, como ahora, hay menos zancudos y más pescado, pero el nivel del río es tan bajo que los puertos quedan lejos de las casas, y hay que caminar largo cargados como jacos con toda la impedimenta hasta donde nos vayamos a quedar. Y siempre, al llegar a Islandia, advierto puntos rojos en la piel, picaduras e irritaciones de diversos tipos por toda mi anatomía.

Las esperas son a menudo desesperantes. Llegamos a un sitio a las 9 de la mañana, casi no hay nadie porque están todos en sus chacras trabajando, y hemos de aguardar hasta las 3 o las 4 de la tarde para visitar a alguien, o a las 7 de la noche para que se arme una reunión. Toda una jornada ahí en el salón comunal, casi siempre sin WC ni agua, soportando calores brutos… y para que al final acudan 6 personas. Porque esa también es gorda: los “resultados” hay que aprender a contabilizarlos a la amazónica, olvidar multitudes y valorar lo poco y lo pequeño.

Durante varios días se pone uno a dieta de arroz-fideos-sardinas-galletas con algunas variantes de pescadito, yuca o plátano que en ocasiones nos ofrecen y son bienvenidas. A las 8:30 o las 9 de la noche hay que acostarse porque, si han prendido la luz de algún motorcito, ahí se apaga. Y a las 5 de la madrugada, con los primeros rayos de sol, el personal se pone en marcha y toca levantarse quieras o no quieras. Se duerme regular y el cansancio se te va depositando en el cuerpo sigilosa pero exhaustivamente.

Hasta que se llega a Unión Familiar, un lugar donde el otro día comimos anonas y guabas después de pedir permiso a los dueños, nos bañamos en el río y en la noche escuchamos a Isabel, Quitín y Emérita agradecernos nuestra visita y decir: “estamos alegres por tenerles a ustedes en nuestra comunidad”. Esas sonrisas, las bromas y la nobleza brillando en sus ojos… Esta pobre gente siente que estamos de su parte, y eso lo compensa todo con creces.

César L. Caro


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