Diario de un cura de pueblo

La historia de Deisi

18.08.18 | 19:09. Archivado en Trozos de vida

Aquellos días en Nueva Esperanza del Mirim, el lugar más lejano, se acercó una mujer a inscribir a sus hijos para el Bautismo. Menuda, con el típico moreno amazónico, y aspecto de ser más vieja de lo que indicaba su edad, como si la vida hubiese acelerado en ella dejando huellas en su cuerpo y oscuridad en su mirada. Nos pusimos a conversar y, aunque le costaba escapar de su habitual silencio, poco a poco me fue contando su historia. “¿Cómo te llamas?” “Deisi”.

Resulta que Deisi es de Yanashi, pueblo del Amazonas a media distancia entre Iquitos y la triple frontera. “Pucha, ¿y cómo es que estás acá, tan lejísimos?” – le pregunto. Como tanta gente, se vino siendo muy chivola a trabajar en la madera, de cocinera de los jornaleros. Era una labor dura, semanas y a veces meses en medio del monte con los hombres, hasta que se gastaban los víveres y debían volver a Esperanza. Llegó sola con 19 años, ahora tiene 28. Sabrá Dios qué la impulsaría a semejante aventura o temeridad.

Una chica joven y medio guapa enseguida quedó embarazada. Me la imagino contenta con su compromiso, que se llama Javier. Fueron llegando más hijos, hasta cuatro en 9 años. Ya no podía irse tan seguido a trabajar a la madera, pero luchó para sacar adelante a los suyos. Se acostumbró a ese lugar remoto y aislado, y prácticamente perdió todo contacto con su familia. Una vida difícil, como la de tanta gente en las quebradas del Mirim.

Hasta que, hace unos meses, su esposo la dejó y se mudó tres casas más allá con una chica más joven y lozana, sin los estragos de los embarazos. De pronto, sin previo aviso, la vida de Deisi se volteó del revés. El hijo mayor, que tendrá 8 años, se quiso marchar con su padre, y ella se quedó compuesta a cargo tres criaturas en una casa casi vacía. Al principio el tal Javier no le daba nada, pero al cabo de unas semanas empezó a pasarle “una miseria que no alcanza ni para comer, y a veces se olvida”. Sin trabajo que Deisi pueda hacer con tres críos, y dada de lado por su familia política (solo una cuñada la apoya en algo), debió de sentirse aplastada por la soledad y la crueldad.

“Tienes que solicitar el programa Juntos, esa platita que da el gobierno como ayuda social” – le digo. “No puedo, padre, porque no tengo DNI”. “¿Quéeeeeeeeeeee? Pero si tus hijos tienen, me lo has mostrado para que yo anote los datos del Bautismo”. “Ellos sí, pero yo no; por eso no puedo acceder a la ayuda”. Diosito lindo. De modo que el mejor servicio que podíamos brindarle es juntar sus documentos para que obtenga su DNI y exista para el Estado. Nada más llegar a Islandia llamé a Yanashi; claro que en la parroquia la conocen, y la señorita Emérita consiguió una copia legalizada del libro de registro de nacimientos, la partida de Bautismo, certificado de estudios primarios, copia del DNI de su papá, etc.

Todo me lo hizo llegar y yo a mi vez le envié a Deisi en un bote una fotocopia de esa página del registro civil de Yanashi diciéndole que ya podía bajar a Islandia a tramitar su DNI. Un mes más tarde se presentó acá con su hija pequeña, las dos agotadas, sucias y muertas de hambre después de cuatro jornadas de navegación; la recibimos en nuestra casa misionera. Al día siguiente dejamos todo resuelto para su carnet, y de ahí fuimos al dentista, que le extrajo una muela, pero la infección era tan grande que hubo que llevarla a la posta para que le pusieran antibióticos. Se compró alguna ropita, fue a pasear con la niña a Benjamin, saludaron a algún conocido de acá… y por una semana Deisi vivió acompañada, protegida, comiendo rico, descansando en una buena cama y disfrutando de baño y ducha con agua.

El DNI, que llegará en octubre, lo recogeré yo y la avisaré. Y ella pasará por aquí en diciembre, con sus hijos, camino de su pueblo, donde su papá y sus hermanos la esperan y dicen que van a apoyarla para que comience una nueva etapa de su vida. Ya no tendrá que soportar las burlas de esa chica que está con su expareja, ni las dentelladas del abandono, ni la presión de cómo sobrevivir hoy. Como además soy el padrino de su hijo mediano, es mi comadre, y este parentesco es una cosa seria en nuestra selvita, me otorga una responsabilidad que es a la vez un privilegio: ayudar a esta mujer que, como tantas otras, pertenece a la estirpe de los más pobres y humillados.

César L. Caro


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