Diario de un cura de pueblo

Enamorado de Esperanza

26.05.18 | 18:50. Archivado en Diario de misión

Se llama como ella, y es también muy especial. Pequeña y bonita, por tiempo abandonada, con urgencia de que la atiendan y la cuiden, pero llena de vida y de futuro. Esperanza, la comunidad más alejada y desde ahora, y por eso mismo, mi preferida. Con ese nombre, ¿cómo no voy a quererte?

El río Mirim es el principal afluente del Yavarí en su tramo final. La boca está a tres o cuatro días de navegación río arriba desde Islandia, y de ahí hasta nueva Esperanza jala una jornada más. La lejanía y el aislamiento son pues las señas de identidad de este lugar. Al llegar te sorprende encontrar un pueblo pizpireto, las casas bien alineadas junto a la vereda paralela a la línea del río, que desprende inmediatamente una impresión de serena alegría.

Llegar y salir de acá son como jeroglíficos para esta gente, a veces casi misión imposible, puesto que no hay movilidad regular. Deben esperar alguna oportunidad, como el bote de un bodeguero que baja a aprovisionarse, o gestiones de las autoridades locales… y si no, juntarse varias personas y cotizar para los cerca de 1000 reales que les costará la carga de combustible y alistar el bote de uno de ellos. La sensación de ser náufrago atrapado en una isla es intensa e inquietante.

Tienen enfermero y laboratorista, y hasta microscopio para hacer la gota gruesa y diagnosticar la malaria, pero si alguien se pone grave el lío es gordo porque hay que llevarlo a Pelotón, el campo militar brasilero que está a un día de bajada. Por supuesto acá no hay agua potable ni saneamientos, y el motor de luz lleva dos años malogrado. La escuela se les cayó, y mientras gestionan que les construyan otra, las clases son en el salón comunal: dos profesores contra casi 100 niños, qué bestia, no sé cómo pueden.

En la tiendita de Guillermo, el colombiano, hay algunas conservas, arroz, macarrones y jabón, pero acá no encuentras muchas cosas como pollo o huevos; bueno, los hay hasta que se acaban. Tampoco cultivan coca; dicen que porque no quieren, o tal vez porque a los narcos les costaría mucho sacarla desde tan lejos y no es rentable. Y ¿de qué viven? Salen adelante gracias a la madera. Es más, la madera es la razón de ser de esta comunidad, explica el porqué se ha venido tan lejos esta gente.

En esta zona quedan amplias extensiones de árboles maderables, que son explotados por un par de empresarios que dominan el mercado. Muchos hombres llegan de lejos atraídos por el supuesto dinero rápido y abundante que da este negocio, y se ven enredados en circunstancias cercanas a la trata de personas. En donde nos quedamos, ca Rosita, hay tres de ellos alojados (y otros muchos en otras casas del pueblo), esperando a que saquen la madera para que sus patrones les paguen. Los palos los almacenan en las quebradas donde los talan y luego los hacen bajar con la corriente del Mirim hasta Esperanza; acá los juntan y después los bajan hasta Islandia por el Yavarí en una travesía de 10 a 15 jornadas (día y noche) sin motor, que debe de ser bravísima. Los hombres, acabadas sus provisiones y regresados del monte, pasan semanas y a veces meses sin recibir su salario, en una situación de práctica esclavitud.

La ausencia del Estado, la impunidad (los policías de Carolina, a 6 horas, tienen bote – lo usan para bañarse – pero no tienen motor…) , la escasez de alimentos y la enorme distancia hacen que en Esperanza la vida sea dificultosa y dura. La gente tiene que salir a pescar y cazar, y cada día se ven llegar chalupas con carne de venado, majás, zúngaro, paiche o palometa. Una vez hemos almorzado sopa de… mono. Es un lugar de hombres, en el que sospechamos que la mujer debe de sufrir muchos abusos, un sitio remoto, de alguna manera cruel y casi peligroso… Pero el sol brilla, la lluvia cae y la luna sale a pasear. Los niños van descalzos, pero sus sonrisas son cristalinas y no dejan lugar a dudas: en Nueva Esperanza también se es feliz.

César L. Caro


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