Diario de un cura de pueblo

Hospital de campaña

24.02.18 | 10:34. Archivado en Diario de misión

Miro mis piernitas y ¡aaaay! Decenas de pequeños botones rojos que tapizan mis tobillos y pantorrillas.
- ¿Pero qué…?
- Son las moscas, padre. Hay hartas en esta época del año, por la creciente del río. Sobre todo al caer la tarde y por la mañana.
- Pues da una comezón…

Al menos estas mosquitas no pegan la malaria. Los encantos del Yavarí en febrero (…).

El diario de misión canta que es la tercera visita a San Sebastián, y al llegar, René, el “animador” nos dice que tampoco esta vez vamos a conseguir nada. Lo encontramos en su casa, sin poder moverse apenas a causa de un absceso en su rodilla. Cuenta que ha salido a avisar a la gente e invitarlos a la reunión, pero “no quieren” y cree que no va a venir nadie. Puchaaaa (¿Y cómo habrá ido este hombre por ahí, si casi no puede pararse…? Misterios de la selva). Su mujer ni siquiera sale a saludarnos, a pesar de que pasaremos la noche ahí. Esa debe ser una de las claves: si las esposas-os de los-as animadores-as no les apoyan… estamos fritos.

Aparece Teodoberto, que es el presidente comunal. Conversamos los cinco, y él nos vuelve a explicar que el pueblo no tiene puesto de salud, ni medicinas, y tal vez podríamos apoyarlos para conseguir su botiquín. “Quizás así los vayan conquistando”. Quedamos en que trataremos de hacer lo posible por ir gestionando eso (si Eugenia Costo está leyendo esto, ¿qué tal si Cáritas de mi pueblo Valencia del Ventoso nos envía una platita?) y le pedimos que proponga a la comunidad que nos reciba para tratar temas no específicamente religiosos, sino sociales. Él está de acuerdo y nos invita a cenar mientras los crucistas están ya rezando en su capilla, aquellos que me dijeron la primera vez que cómo podía yo ser cura, si no vestía como tal e iba por ahí viajando con mujeres.

Es también época de hacer fariña, harina de yuca seca y tostada, que luego bajan a vender a Atalaya, en la parte brasilera. Paseando por Buen Suceso, la siguiente etapa de este recorrido, se ven como enormes “paelleras” para prepararla. Al encuentro de la noche acuden unas 8 o 9 personas, y hacemos una sencilla celebración de la Palabra. La encargada de leer el evangelio se llama Caty, y veo cómo mientras lee le da el pecho a su bebé, que justo antes se había despertado. Este niño va a ser creyente –pienso-, porque literalmente ha mamado el mensaje de Jesús. Jaja.

Pero lo más interesante de este recorrido nos esperaba en Dos de Mayo, donde hace tiempo nos vienen pidiendo que participemos en una reunión. Se trata de intentar mediar en una serie de problemas y conflictos que tienen a esta comunidad dividida en dos grupos, cada uno con sus reuniones y sus actas, dando lugar a varias historias a cada cual más estupefaciente:
- una facción decidió vender varios implementos de la comunidad (motor, guadaña, etc.) para poder trazar los límites del terreno comunal contratando a un ingeniero
- la otra eligió al agente municipal sin ni siquiera convocar a los contrarios
- se han apropiado indebidamente de víveres que pertenecían a toda la comunidad, dejando constancia: Fulanito llevó un saco de arroz, Menganito 10 kilos de azúcar, etc.
- los panetones y juguetes que manda la municipalidad por Navidad solo se entregaron a una parte
- etc.

Por si fuera poco, el profesor, alineado con uno de los grupos, para ocultar sus malos manejos económicos (y probablemente cosas más feas) indujo al teniente gobernador a denunciar en la fiscalía a Nelson el animador católico, y varios moradores han sido citados a declarar y responder por distintos motivos, lo cual multiplicó la tensión. Hasta el punto que: uno macheteó la cruz de la casa de un vecino, otro en solidaridad le disparó un tiro; no le acertó (menos mal), y entonces en el forcejeo le mordió al del machete un dedo, y el mordido le mordió a su vez la oreja al de la escopeta. Yo escuchaba, imaginaba la escena y tenía que esforzarme por mantener a raya las carcajadas.

Tras cuatro horas de discusión convencimos al teniente para que retire la denuncia e insistimos a todos para que se perdonen mutuamente, hagan borrón y cuenta nueva y procuren vivir bonito unos con otros. Yo no dejaba de pensar en la expresión del Papa cuando dice que la Iglesia es como un “hospital de campaña”… lactantes… picaduras… botiquín… dentellada en un dedo… oreja masticada… sí pues: hospital de campaña bien bravo y variado.

César L. Caro


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