Diario de un cura de pueblo

Por fin en Sacambú

13.01.18 | 10:43. Archivado en Trozos de vida, Diario de misión

Era la tercera vez que lo intentábamos. La primera el bote quedó seco y hubo que dar media vuelta; la segunda, hace un mes, nos perdimos en medio de un lluvión y para casa; así que esta vez me dije: “voy a ir sea como sea”. Vi un hueco de un par de días, busqué a un motorista más conocedor de la zona, pedí a Shucui que me acompañase para no perdernos… y a la quebrada Sacambú. Que es por cierto una de las periferias de este poto del mundo.

La boca de la quebrada está a poco más de dos horas de Islandia, y justo en la entrada hay un albergue turístico. Los deslizadores llegan de Leticia y pasan a 3 de Noviembre, un pequeño pueblito no muy lejos, donde los hermanos Torres tienen algunos animales que los gringos fotografían: una anaconda, guacamayos, paiches y ¡15 monos sueltos! Me explicaron que cada persona paga 10.000 pesos colombianos por la entrada, mientras un mono me abrazaba cariñoso. No sé por qué, estos animales me inquietan. Pero eso fue el último día, ya de salida.

Antes visitamos un lugar llamado Constantino Pinto. Llegar ya es una proeza. Hay que navegar como una hora y media desde los monos eligiendo en sucesivas “Y griegas” de la quebrada el camino correcto; hay una cocha, como una laguna natural, y luego el caño se va estrechando y se convierte en una especie de laberinto de agua. Shucui, que en realidad se llama Edinson y vive en ese sitio, había pedido a sus vecinos que cortaran “algunos palos para que pase el padre”; y menos mal, porque había varios lugares por donde el bote atravesó a duras penas bajo arcos de raíces y troncos, siempre chocando con ramas y palos por esas vueltas, y con la sospecha de que si esta noche llueve y sube el nivel mañana no lograremos regresar. Pero merecía la pena contemplar esa extraña belleza: el agua oscura como un perfecto espejo donde se duplican árboles y muros de selva en una quietud caleidoscópica. La chalupa parece flotar en el vacío…

Esta inmensa quebrada es una “zona roja”, es decir, un lugar por donde los narcos transitan, y con ellos ladrones oportunistas que asaltan sobre todo a los botes de carga. Porque acá todo el mundo cultiva coca, es un secreto a voces que nadie menciona. Y es que en estas fronteras la vida es muy difícil; la gente vive lejos del cauce del Yavarí grande, y en la época de vaciante se quedan casi aislados, solo se puede salir con canoa pequeña y después de caminar un buen trecho por donde en invierno está alagado. ¿Cómo sacar sus productos…?

En Constantino Pinto nos regalaron una papaya con una cuchara (que devolvimos) para cenar y después, con varios vecinos, dialogamos sobre cómo podrían armar su comunidad porque dicen que son católicos; en San Mateo conversamos mucho, Wilder y Elsa nos invitaron a almorzar, pero nos quedamos esperando a la gente que habían avisado para la reunión en la tarde. Le pregunto a Elsa de dónde es y me dice de Huánuco, en el centro del Perú. - Puchaaaa… pero muchacha, ¿qué haces tan lejos de tu tierra? - Esto está lejos de todas partes, padrecito, me dice su esposo. El sacerdote por acá es una rareza, algo casi insólito. Hace como 6 años que no los visitan.

Pasamos a la comunidad 28 de Julio, donde vive “doña Morena”, cristiana de siempre, que educó a sus hijos en el internado del Estrecho; a Maicol, uno de ellos, lo eligen al toque como animador en la reunión de la noche. Se les nota contentos, quieren empezar el próximo domingo con su celebracioncita, van a invitar a más vecinos, y para la próxima ya les gustaría programar bautismos. Les digo que muy bien, pero que no servirá de mucho si ellos no le dan continuidad a su vida de seguidores de Jesús comprometiéndose a juntarse los domingos para escuchar el Evangelio. De nuevo la iglesia naciente, la chispa de la fe que se prende o las brasas escondidas bajo la ceniza que se avivan.

Nos tratan muy bien; nos invitan a almuerzo, a cena y a desayuno. Duermo en su casa y me siento cómodo. Se nota el reconocimiento por haber venido hasta acá. El sueño me vence bajo mi carpa mientras pienso que el don de Dios es un ofrecimiento permanente en tantas cosas hermosas: la naturaleza (y la amazónica más), el amor seguro de la familia, el compartir siendo iguales, la misma vida… Pero es necesario ir a contarlo, llegar, incluso hasta estos confines; el esfuerzo de venir está relacionado con el agradecimiento de los que te reciben, todo forma parte de la preparación de la tierra para que la Palabra enraíce. “¿Cómo es posible que alguien quiera vivir aquí?”. Sí pues; y “¿cómo es posible que alguien quiera alcanzar estos sitios?”. Esperemos que en todos arraigue el Evangelio.

César L. Caro


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