Diario de un cura de pueblo

En el Yavarí aventuras y sonrisas de niños

06.01.18 | 10:38. Archivado en Trozos de vida, Diario de misión

Teóricamente en diciembre el río ha crecido, así que enfilamos el primer furo de surcada para ahorrar vueltas, tiempo y combustible. Pero al toque se ve que hay poco nivel, se hace difícil maniobrar y no tardamos en quedar varados, con lo que hay que bajarse a enderezar el bote con el agua casi hasta la cintura. Reanudamos la marcha y de pronto ¡crac!, un crujido metálico: se ha roto la hélice. Ay Diosito. “¿Qué va a ser de ti lejos de casa?”, jeje.

Siempre hay que estar preparado para cualquier cosa, especialmente en las soledades del silencioso Yavarí, que se torna recóndito en las penumbras de los árboles retorcidos de los furos, flanqueados por impasibles paredes de selva, para luego desparramarse plateado en los tramos anchos, a merced de corrientes, oleajes y el azote del sol desembozado de nubes. El tramo hasta Remanso dura más de lo que mi mapa casero prevé, creo que por no poder tomar algunos atajos y porque la gasolina tiene agua que ralentiza el motor, pero el cansancio merece la pena porque nos están esperando, y eso es una sensible novedad respecto al anterior viaje.

Lino y su esposa María Elena nos reciben muy cariñosos, nos ofrecen la cena y su sala para dormir; es muy tranquilizador sentir que aguardan tu visita y te la agradecen. Sus hijos pequeños, Jhan y Bella, colorean las láminas que Eduardo y Fabio han traído, con dibujos navideños; pasamos un rato muy agradable, como en casa. Más tarde hacemos una sencilla celebración de la Palabra y conversamos: el Bautismo nace en una comunidad que engendra nuevos hijos, es necesario reunirse los domingos para orar juntos e ir cuajando un grupo de seguidores de Jesús.

¿Qué quiénes son Fabio y Eduardo? Pues dos jesuitas estudiantes de teología que nos acompañan estas dos semanas antes de la Navidad para hacer una experiencia de misión amazónica. En medio de conversaciones filosóficas, espirituales, teológicas y psicológicas (ahí Zélia da mucho juego) llegamos al día siguiente a Santa Teresa II zona. También nos acogen muy bien, y aquí en la noche celebraremos la Eucaristía, y para mí será la primera vez en el Yavarí desde que llegué a esta misión. Aparte de nosotros y de nuestro motorista Carlos, un par de personas comulgan. Esta comunidad acaso está un poquito más avanzada que otras, pero poco, como un cuarto de hora.

Al día siguiente toca Santa Teresa I zona, hueso duro de roer. Cuesta llegar con la lluvia y el viento en contra, que parece atrancar el motor o espesar el agua, y también es difícil ir armando algo en este sitio grande y con varias religiones y sectas. Esta vez nos ayuda Mildre, una señora muy dispuesta que avisa a los católicos para las 4 de la tarde. A pesar del fuerte sol, salimos a las 3 y recorremos algunas casas invitando al encuentro; más tarde, a la vista de que nadie llega, empieza el show de Lalo y Cachete en la pista de fut-sal del pueblo: juegos, bailes, caramelos, de nuevo los dibujos… Lo pasamos de maravilla con los niños (varios de ellos israelitas) y quedamos con Mildre que, con su ayuda, la próxima vez trataremos de visitar las casas y conversar con la gente en vez de intentar hacer una reunión. Zélia le pregunta si ella podrá darnos alojamiento y dice que sí: ¡ya tenemos adónde ir!

En Japón encontramos al apu Regner con el pie hinchado porque le pisó una chancha recién paría y se le infectó. No hay acá promotor de salud ni botiquín. ¿Qué podríamos hacer para ayudarles en esta cuestión de la salud? Don Yuri (israelita) nos deja una casa vacía para que nos acomodemos, colaboramos con arroz y fideo, y con su pescadito nos preparan almuerzo. Pasamos una sudorosa siesta aplastados por el calorazo, hasta que nos vamos al río a darnos un baño que sabe a gloria. ¡Qué rico es enjabonarse y luego botarse a nadar! Tras las risas de los niños (me asombra que haya tantísimos, más de 40) en la tarde, la reunión demora en comenzar porque hay otra de la escuela a la misma hora. Finalmente se junta un buen grupo de gente y, como hay una lista de treinta y tantas personas para bautizarse, hablamos de los requisitos, de la responsabilidad de los papás, la función de los padrinos, la preparación… El personal está ilusionado y, lo mismo que en Remanso, les animamos a ir fraguando su comunidad los domingos. Hay que descalzarse porque asistimos a los primeros pasos de la Iglesia por estos lugares. Queremos no estorbar demasiado.

Río arriba y río abajo, en la mañana y en la tarde, se han dejado ver varios bufeos brincando, como si fueran una especie de arco iris amazónico de Diosito, una confirmación, “vais bien, ánimo, estoy con vosotros”, una firma como la que vio Noé y se sintió protegido, elegido y destinado. Por eso, al final del viaje, cuando después de entrar en la quebrada Sacambú la cosa se complicó y anduvimos un poco perdidos en medio de una lluvia fuerte y midiendo la gasolina que nos quedaba, no sentí miedo. Sentí fastidio porque quería seguir conociendo nuevos lugares, pero no temí. Porque la banda musical de las aletas de los pequeños delfines asomando eran las sonrisas de tantos niños de estos días, el compromiso irrevocable de Dios con nosotros y con estos humildes pueblos.

Nos trataron mucho mejor que en las primeras visitas; nos prestaron otra hélice; nos mojamos pero a pesar del vendaval llegamos bien; y Fabio y Lalo merecen una entrada aparte.

César L. Caro


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