Diario de un cura de pueblo

Todo está conectado

02.12.17 | 10:36. Archivado en De cosecha propia, Mirada antropológica

Cuando el deslizador está acostando en Iquitos hay que irse preparando para obligatorias contemplaciones de la fealdad que desfigura el río Amazonas, convertido en un “inmenso depósito de porquería” en palabras del papa Francisco en el número 21 de Laudato Si. Sería mejor no saber qué consecuencias tendrá esta abusiva y despiadada acumulación de basura, pero desgraciadamente se tiene la costumbre de leer y estudiar, de modo que a “ojos que ven” se le añaden “datos científicos que se conocen”, y así el corazón siente más impotencia y tristeza.

El agua del río que está siendo masivamente contaminada por la estupidez humana proviene de la lluvia. Y esta lluvia proviene del bosque, que mantiene el aire húmedo a través del reciclado de la humedad. Cuando las nubes precipitan su precioso líquido sobre el bosque, gran parte del agua se infiltra en el permeable suelo forestal. El agua del suelo inicia su regreso a la atmósfera absorbida por las raíces; luego sube, desafiando la fuerza de la gravedad, 40, 60 metros o más, por los troncos hasta las hojas, versátiles paneles solares químicos capaces de absorber la energía del sol y aprovechar la caricia de los vientos para transpirar y transferir copiosos volúmenes de agua vaporosa a la atmósfera, completando así el retorno del ciclo vertical iniciado con la lluvia.

Un árbol grande puede bombear del suelo y transpirar más de mil litros de agua en un solo día. La Amazonía sustenta cientos de miles de millones de árboles en sus bosques. Veinte mil millones de toneladas de agua por día son transpiradas por todos los árboles en la cuenca amazónica, un río vertical de vapor más caudaloso que el río Amazonas, que vierte cada día en el océano Atlántico 17.000 millones de toneladas de agua*. Vivimos dentro de una enorme cantidad de vapor, ¿cómo no voy a sudar? Aunque tal vez sea de terror al saberme rodeado de agua envenenada por los residuos, que contamina los árboles antes de intoxicarme a mí.

Para que el vapor vertido al aire se convierta en lluvia, los árboles tienen el ingenio de emitir sustancias volátiles, perfumes precursores de “semillas” que permiten la nucleación del vapor del agua, la formación de las nubes y su condensación. Es una maravilla. El bosque amazónico cumple un papel clave como generador de humedad del subcontinente y regulador del clima global, verdadero aire acondicionado del planeta. La deforestación, que ya se acerca al 20%, tendrá consecuencias dramáticas y será un punto sin retorno. En San Francisco de Yahúma vi el otro día dos lanchas cargaditas de enormes palos vendidos a 30 o 40 soles la unidad. Una insensatez más en la larga historia de depredación de la selva.

Cuando Francisco de Orellana llegó en 1542 había en la Amazonía en torno a 20 millones de habitantes que vivían en la abundancia de pesca, frutas y carne de caza; de hecho la zona en la que me encuentro es la de más alta diversidad de especies del mundo. Hoy, más del 55% de niños en la región Loreto sufren de desnutrición crónica. En cualquier conversación por las comunidades la gente te cuenta que ya no se ven paiches, sábalos, gamitanas o tucunares, y que hay que caminar dos o tres días monte adentro para encontrar algo de mitayo, alguna sachavaca o sajino. Los niños comen arroz, plátano y yuca, y tal vez una vez al día un trocito de pescado, con las consiguientes consecuencias en su desarrollo completo.

Y el panorama no parece apuntar mejorías por la amenaza de megaproyectos extractivos y carreteras por donde llegarán narcos y madereros sin escrúpulos. El bosque se acaba, el agua se ensucia, los recursos son sobreexplotados, el clima se altera y la pobre gente cada vez es más pobre. Todo está conectado (Laudato Si 117). Los desiertos interiores se extienden y hacen que se multipliquen los desiertos exteriores (LS 217). Hay que empeñarse pues en regar y refrescar nuestros adentros para que alrededor brote la vida; se hace en contacto con el Manantial y la Raíz, y también exhalando la pizca mágica que hace llover la alegría y da esperanza: la sonrisa.

César L. Caro

* Los datos están tomados del libro “El Futuro Climático de la Amazonía”, de Antonio Donato Nobre. Se descarga fácilmente en internet.


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