Diario de un cura de pueblo

Un primo genial

18.03.17 | 11:21. Archivado en Trozos de vida, Mirada antropológica

La siguiente escala de nuestro viaje es San Pablo de Loreto, a seis horas en rápido Amazonas abajo, Un lugar especial: la población nació cuando en los años 30 el estado decidió comprar una hacienda para traer a los leprosos de Iquitos, y así poder experimentar tratamientos de una enfermedad que entonces era aún un misterio... y seguramente también aislarlos.

El origen de un pueblo condiciona su carácter y moldea su visión de la vida. Todavía hoy están "el pueblo" y "la colonia", el poblado que se creó al mismo tiempo, donde vivían el personal sanitario, los trabajadores y los misioneros... convenientemente cerca (a dos minutos en mototaxi) y a la vez suficientemente lejos. Esa brecha geográfica y la experiencia cotidiana de la enfermedad probablemente articulan todavía hoy la personalidad de esta gente. Me aconsejan que es mejor sustituir la palabra "lepra" por "mal de Hansen", y llamar al leprosorio "Casa San José", a pesar de que la habitan apenas once ancianitos, todos sanos, con apenas secuelas de la antigua dolencia que las religiosas les cuidan con delicadeza.

Aquí trabajó el doctor Kuczynski, eminente médico en los años 50 y padre de PPKuy, el actual presidente del Perú. Hasta aquí llegó un joven estudiante de medicina argentino llamado Ernesto Guevara, de camino hacia Cuba, e incluso te cuentan cómo operó el brazo de un hombre para liberar la tensión del nervio que hacía encogerse su mano. ¡Y está su estatua en la plaza de armas al ladito de la catedral! Diosito, ¿qué habrá pensado el marxista Ché al ver eso? Se habrá quedado como las iguanas que se te cruzan por la calle.

Porque esta iglesia de San Pablo es imponente: nueva, bien concebida y original. Tiene un ambón que es la proa de un barco, y un sagrario en forma de bola del mundo, con la llave en el Perú. El padre Jaime prepara las cosas de la misa con su hábito franciscano, alto y delgado a sus ¡78! años. Yo lo miro con la misma cara de las iguanas y pienso que todo, toda esta mezcla (el sufrimiento, la compasión, la exclusión, la valentía, la fe...), ha forjado la identidad de este pueblo tan peculiar.

De aquí pasamos a Caballo Cocha, donde nos espera mi primo José Caro, franciscano colombiano que vive y trabaja acá, un auténtico trome: ingeniero agrónomo, químico orgánico, psicólogo social, experto en derechos humanos, creativo, entregado. Le encantan los recorridos por las comunidades nativas, les enseña procedimientos alternativos de cultivo, a preparar abonos naturales, se lleva su mini-proyector y monta películas sobre Jesús para verlas y comentarlas... Cuando habla se le nota entusiasmado con su vida misionera, y destila una gran humildad y amor por estas gentes.

Esta parroquia no es fácil, pero es apasionante: Caballo Cocha es una urbe de unos 30.000 habitantes (la mayor del Vicariato, tiene hasta semáforos) colocada estratégicamente en territorio fronterizo, una especie de ciudad sin ley abigarrada de tiendas variadas, ferreterías blanqueadoras de plata de la coca en cada esquina, israelitas, gente de todo pelaje, barrios de diferentes extracciones sociales... de todo. Y además, unos 100 pueblos a lo largo del Amazonas y afluentes de la zona, algunos a unos cuantos días de navegación. Un mundo.

La misa del domingo por la mañana es abundante comparada con otras ya vistas; la iglesia está bastante llena, hay equipo de liturgia muy competente, que lo tiene todo preparado. En la reunión que hay después, José interviene poco, pero entresaco intuiciones que son de oro: primero escuchar a la gente, conversar... Los misioneros no somos amazónicos, estamos recién llegados, y por tanto se requiere la actitud central de aprender con tiempo para intentar inculturarnos.

Este viaje por el Amazonas me recuerda al libro de Conrad: "El corazón de las tinieblas". Es una travesía hacia lo profundo de la selva, hacia la frontera con su idiosincrasia propia, que es un collage de lejanía, poca presencia del Estado e impunidad. No es solo un hecho geográfico: son los límites de lo humano, en los que el mal se manifiesta a sus anchas y el bien resplandece con elocuencia singular. Hacia allí voy y en los próximos días más me va a sorprender.

César L. Caro


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