Algunos opinan que no hay mejor desprecio que no hacer aprecio. Y siguiendo esa estela callan frente a la ignominia. Yo soy de las que piensa que el silencio nos hace cómplices de la pasividad general, de ese contagio blandengue de disculpar las tonterías ajenas. Porque confundir arte con obscenidad es de mal gusto. Y si una se mueve entre el hilo de la cultura y el cristianismo como seña de identidad, no puede callar frente al silencio de la mayoría. Aunque seguramente tampoco esté por la labor de llevar huevos y objetos de desecho para cargarse una exposición de mal gusto.
Al pornógrafo punk Bruce LaBruce no deberían considerarlo artista en ninguna galería medianamente respetable. Convertir la obscenidad en motivo decorativo muestra el nivel de indigencia cultural al que algunos van llegando. Durante generaciones el arte consistió en hacer sublime la belleza. En perpetuar imágenes que inmortalizasen acontecimientos reseñables. Y la religión entró a formar parte de la cultura desde el mismo momento en el que un pincel plasmaba la creación del mundo o cualquier otra escena religiosa. Se trataba de dejar constancia de un fragmento del Evangelio o un momento de piedad personal de algún santo reseñable. Se retrataba también una figura relevante bien fuera papa u obispo. La pintura suponía pasar a la posteridad y dejar constancia de la historia religiosa y civil.
Lunes, 28 de mayo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Carlos Corral
Jose Luis Cortés
Josemari Lorenzo Amelibia
JC Rodríguez, A Eisman
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
Sor Gemma Morató