Cuando todavía se huelen las movilizaciones en Grecia ante las medidas que el gobierno se ve obligado a aplicar, vemos como los nuestros se abalanzan a hacer reformas que Dios quiera, sean positivas y productivas. Y esta palabra mágica es el quid de la cuestión. No se trata ya de defender la dignidad de los trabajadores, ni su derecho a un empleo justo que les sirva para vivir con la mirada alta. Se trata de que las reformas hagan más hincapié en la famosa productividad. De manera que si el trabajador “no es productivo” podrá ser despedido.
Una se pregunta qué entenderán por productividad los diputados. Cuántas horas se pueden establecer para medir esa productividad, qué condiciones de presión deben soportar los trabajadores para ser rentables en la empresa. Todo eso queda como muy vago y difuso. Me temo que la productividad consista en esa picaresca que supone despedir a un trabajador y contratar a tres por el mismo importe que abonaba al anterior para recibir encima una bonificación. Es decir que probablemente se creará empleo, pero será sobre todo precario, disminuyendo la calidad de vida que hasta ahora veníamos disfrutando.
Lunes, 28 de mayo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Carlos Corral
Jose Luis Cortés
Josemari Lorenzo Amelibia
JC Rodríguez, A Eisman
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
Sor Gemma Morató