Hay narradores que son como encantadores de serpientes, Jostein Gaarder, el admirado autor de El Mundo de Sofía, es uno de ellos. Dotado de una prodigiosa capacidad didáctica nos intentaba explicar la filosofía a través de un relato en el que un padre da a conocer a su hija las principales escuelas filosóficas.
Si Marguerite Yourcenar hubiera considerado histórica su novela Memorias de Adriano, el encanto de su obra se habría desvanecido. Porque aunque todo escritor sabe que el principio de su novela se debe fundamentar en la verosimilitud, no es necesario que el material sea real, bastan unos cuantos datos para crear esa atmósfera de otra época.
Por eso Jostein Gaarder hace una incursión entre la ficción y la realidad utilizando en este caso una carta, la que se supone escribió Floria, compañera abandonada por San Agustín, con quien tuvo a un hijo. El escarceo con el pecado y la culpa le servirá a Gaarder para llegar hasta el atrevimiento de imputar violencia de género a Agustín. Y esto sirve como base a nuestro flamante teólogo Tamayo para hacer apología de la mujer en un infame artículo donde nos vende la novela de Gaarder casi como un hecho literal, mostrando al escritor de Las Confesiones, como un monstruo que sucumbiendo al pecado de la carne es capaz de golpear a su amante. La sutileza del artículo es dejar caer la ficción como supuesta realidad.
Lunes, 28 de mayo
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Carlos Corral
Jose Luis Cortés
Josemari Lorenzo Amelibia
JC Rodríguez, A Eisman
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo