Lo más parecido a una guerra es un terremoto, al menos en la desolación de sus calles y la ruindad de sus edificios. También lo es en el goteo de víctimas. Sin embargo lo que diferencia esta tragedia de la otra es que la primera sucede en segundos y la segunda se desarrolla a lo largo del tiempo, durante meses o años. Ambas son terribles, pero no pueden compararse.
No hay nada que se le pueda decir a quien se encuentra ahora en estado de shock, derrumbado como los edificios, buscando a los suyos o sencillamente desesperado por haberlos perdido. Momentos en los que se cruza la línea que separa la vida y la muerte, momentos que cambian por completo la realidad circundante. Seguramente muchos se preguntarán dónde estaba Dios cuando tembló la tierra; cuando se tragó a los familiares y todo el esfuerzo de años convertido en pavesa. Hay que serenar los ánimos, Dios está siempre con los afligidos, El eligió ser víctima y nos mostró el camino para llegar al Padre: Yo os digo que todo lo que hiciste al más pequeño de mis hermanos, me lo hiciste a mí. (Mt 25, 40).
Lunes, 28 de mayo
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Carlos Corral
Jose Luis Cortés
Josemari Lorenzo Amelibia
JC Rodríguez, A Eisman
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo