La celebración de la caída del muro de Berlín tras veinte años de amoroso relativismo y hedonismo, deja como hito más importante la revolución de la era digital. Todo comenzó a principios de los ochenta, pero no se materializaría hasta llegar la década de los noventa. Seguir esa sociedad digital a ritmo frenético, es lo más prodigioso que ha sucedido en occidente y desde luego hay que sumar el fenómeno de la inmigración.
Eso sería lo más significativo: la globalización y el mestizaje cultural. De manera que ver Europa en la década de los ochenta, es como encontrar un niño en pañales. Ahora ya está crecida la criatura y nos ha salido bastante insustancial. Los que nacimos y vivimos en un mundo dividido por dos grandes ideologías, teníamos pasión por las ideas. Hoy esa pasión ha quedado reducida a la nada.
Las grandes civilizaciones siempre han tenido detrás el empuje de las ideas que dieran coherencia a la criatura. Y a nosotros se nos ha vendido la Alianza de Civilizaciones como la panacea para poder subsistir en una sociedad multiétnica y plural. Lo que sucede es que para gestar ese parto, antes hay que destronar unos cuantos pilares que impiden el nacimiento. Y parece que el Parlamento de Derechos Humanos se ha hecho un lío propio de la época sin ideas de recambio que estamos sufriendo. Por eso se ocupa de debatir sobre el derecho a mantener la cruz en las escuelas.
Y es tan absurda la cuestión como decir que ahora son derechos los juegos sexuales libres de barreras que permiten retozar en cualquier portal; son derechos las niñas con píldora abortiva; son derechos los matrimonios gay que juegan a formar parejas con hijos como experimento familiar; son derechos las clínicas abortivas con trituradora de fetos; son derechos vocear en la calle a altas horas de la madrugada y comenzar el fin de semana el jueves, en una juerga que dura cuatro días de efluvios etílicos en portales y descampados con las luces de los autos encendidas y la música a todo volumen.
En realidad a nadie le convence esa juventud que quiere prolongar sus estudios indefinidamente, porque resulta que no encuentran trabajo, y otros porque es más cómoda la vida sin responsabilidad y la juerga continua. También hay jóvenes educados y trabajadores que toman pronto las riendas de la vida; pero escasean. El complejo Peter Pan deja niños de treinta años en casa sin trabajo y con ganas de marcha.
Algo se ha hecho mal. Pero las lumbreras que nos gobiernan no aciertan con el quid de la cuestión. De manera que ahora incluso hablan de prolongar la educación obligatoria hasta los dieciocho. Lo cierto es que la caída del muro de Berlín, derrumbó el mito comunista y la idea de una sociedad igualitaria y más justa. Del otro lado el liberalismo feroz que utiliza al ser humano como medio de producción, sigue devorando países que quieren vivir el sueño americano.
En realidad esa moda cultural es el fantasma del siglo XX y XXI, el mito del sueño americano, donde la sociedad del bienestar aparente, esconde manzanas enteras de marginales que no entran en el sistema. Y ese sueño está hoy aquí haciendo convivir varias culturas que aspiran a una vida más digna. Hace décadas resultaba insólito visitar barriadas de gitanos en chabolas con televisor; pero es que ahora esos televisores que ven las fastuosas mansiones de las teleseries se encuentran en cualquier selva tropical. Y el hombre tiene una enorme ansia de superación; del mismo modo que una especial capacidad para lanzarse tras su sueño.
No sé ustedes como lo ven. Pero es cierto que habiendo para todos. No todos están dispuestos a compartir recursos con los demás. La sociedad competitiva es una cruel criatura que quita la paz interior a las personas. La vida era mucho más tranquila cuando después del colegio nos íbamos a jugar a la calle sin peligro de ser atropellados.
Hoy el niño vive en estado de explotación desde la infancia, acosado por las actividades extraescolares que les roban sus mejores años. A los dieciocho han vivido tanto y tan intensamente que por dentro ya son viejos que no encuentran sentido al futuro. Mal asunto no tener ninguna esperanza donde asir el presente. Al menos los creyentes sabemos que nuestro futuro tiene sentido, ponemos nuestras vidas en manos de Dios para que El pueda hacer su obra. Por eso siempre tenemos esperanza, aún cuando las cosas se vean tan oscuras como hoy en día, seguimos pensando que hay un futuro.
Primero fue la caída del vergonzoso muro de Berlín. Ahora toca la caída del consumismo irracional y el poder de los especuladores que levantan otro muro entre los que consumen y los que se consumen.
Perdón Sofía. No quiero entrar en el rifi rafe que te has traido con esa señora. Sólo quiero coregirte una expresión que usa que es incorrecta: lenguaje escatológico. Se ha puesto de moda esta expresión y lo único que demuestra es el desconocimiento teológico de la palabra. La escatología es una rama de la Teología que trata del más allá- Simplemente eso. saludos.
Si no fuera por los viejos. Perdón, señora, por los "longevos". ¿No le hablé a usted de la historia de la guerra del cerdo, de Bioy Casares, Adolfo? Seguro que sí: se lo conté a todos. Lo peor es que casi he acertado. ¿Pero cuántos de esos la leyeron? Bah. Menuda tontada. Pues gracias a nuestros pensionistas irán tirando los hijos hasta que encuentren trabajo. Los viejos cuidándolos.
Aún recuerdo a mi madre cavilando por esto. Y yo, despistándola con mis argumentos del progreso y tal.
Los dos sabíamos lo que sabemos: nada nuevo bajo el sol. Algunos de la ex-rda o muchos la están añorando por el puñetero paro.
En tus manos, Señor. Siempre rezando. Siempre soñando.
Siempre en tus manos.
¿Y por cuántos años vamos?
Por un montón.
-Y lo que te rondaré, morena.
-No digas eso (yo): por peores épocas hemos pasado.
Saruce:
Me gusta esa mirada positiva. Pero me temo que quien las pasa canutas le da igual la época que le toque, sea un circo romano o la era digital.
Hemos cambiado las costumbres, unas veces por comodidad, otras por desidia, y la mayoría de ellas, porque no estamos preparados para comprenderlas en su plenitud, circunstancia fundamental para oponerse a las mismas.
Pocos niños o jóvenes ignoran el manejo de uno de esos aparatejos, que a los mayores nos cuesta tanto manejar.
Y ES QUE hemos de reconocer que no estamos preparados para ello, ni ya nos da tiempo a prepararnos.
Reconocer nuestra impotencia para cambiar esa situación, ya es un avance, pero nuestra actitud como adultos no debería ser la oposición frontal a todo ese tinglado cambiante, sino educar, educar y educar, sin arrojar la toalla.
Pero...
Pienso que los primeros cristianos, hace dos mil años, no lo tuvieron mejor que nosotros.
Desde la comodidad de un blog se puede comunicar el mensaje cristiano, después de haber meditado lo que vamos a escribir.
Los antiguos tenían que desgañitarse, y "pasarlas canuta".
Un abrazo.
Carmen, amiga mía, probablemente se trata de mi sensibilidad, y no de otra razón, pero creo ver un cierto pesimismo en el desarrollo del post.
Yo tuve la fortuna de participar en primera persona, en aquel inicio de la era digital. Éramos unos locos que hablábamos con las máquinas, como los niños actuales con esos instrumentos de tortura llamados consolas.
Y lo hacíamos con la ilusión de hacerlas funcionar, dominarlas, y obtener unos frutos que eran los que esperaban nuestros jefes, conscientes o ignorantes ellos, de la potencia de aquella nueva tecnología que llegaba a nuestra civilización.
Fue una gran aventura, emocionante.
Pero las empresas industriales no se conformaron con acercar los ordenadores a la ciencia, sino fabricarlos masivamente, como mercancía sofisticada que hasta los más jóvenes pudiesen manejar, formando pequeños autómatas hábiles de reflejos, que apenas tienen tiempo de pensar, de leer, de relacionarse con otras personas.
Domingo, 22 de noviembre
Sor Lucía Caram O.P
Francisco Margallo
Juan Fernandez Krohn
Julián Moreno Mestre
Pedro Tarquis
Siro López
Jaime Vázquez Allegue
Rodrigo del Pozo Fernández
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya