Hay días que no salen las cosas como queremos. Llevaba escritos dos folios con el tema de hoy y sin darme cuenta los he borrado. Así que como iba sobre derechos humanos, donde el derecho a la vida es irrenunciable, me permito hoy traer otro texto al blog. A veces otros explican mejor que nosotros lo que queremos decir. Intentaba explicar que el amor va más allá del derecho para convertirse en deber: el deber de auxiliar al más necesitado; el deber de repartir con equidad la justicia.
Contaba hace ya muchos años ese magnífico sacerdote y periodista que fue José Luis Martín Descalzo cómo, desde una emisora de radio, le preguntaban por su particular decálogo. El Padre Martín Descalzo pensaba que el decálogo que recoge la Biblia está bastante bien hecho, y no se sentía con fuerzas para intentar mejorarlo. Sin embargo, nos dejó su visión personal de los mandamientos de siempre, explicados y adaptados a la realidad de hoy. Y me parece oportuno que cada cual reflexione sobre el tema, para que comprenda que los derechos humanos emanan del decálogo y que la convivencia humana se sustenta en ellos por mucho que intenten manipular y subvertir el significado de las palabras.
I. Amarás a Dios. Le amarás sin retóricas, como a tu padre, como a tu amigo. No tengas nunca una fe que no se traduzca en amor. Recuerda siempre que tu Dios no es una entelequia, un abstracto, la conclusión de un silogismo, sino Alguien que te ama y a quien tienes que amar. Sabe que un Dios a quien no se puede amar no merece existir. Le amarás como tú sabes: pobremente. Y te sentirás feliz de tener un solo corazón y de amar con el mismo a Dios, a tus hermanos, a Mozart y a tu gata. Y, al mismo tiempo que amas a Dios, huye de todos esos ídolos de nuestro mundo, esos ídolos que nunca te amarán, pero podrían dominarte: el poder, el confort, el dinero, el sentimentalismo, la violencia.
II. No usarás en vano las grandes palabras: Dios, Patria, Amor. Tocarás esas grandes realidades de año en año y con respeto, como la campana gorda de una catedral. No las uses jamás contra nadie, jamás para sacar jugo de ellas, jamás para tu propia conveniencia. Piensa que utilizarlas como escudo para defenderte o como jabalina para atacar es una de las formas más crueles de la blasfemia.
III. Piensa siempre que el domingo está muy bien inventado, que tú no eres un animal de carga creado para sudar y morir. Impón a ese maldito exceso de trabajo que te acosa y te asedia algunas pausas de silencio para encontrarte con la soledad, con la música, con la Naturaleza, con tu propia alma, con Dios en definitiva. Ya sabes que en tu alma hay flores que sólo crecen con el trabajo. Pero sabes también que hay otras que sólo viven en el ocio fecundo.
IV. Recuerda siempre que lo mejor de ti lo heredaste de tu padre y de tu madre. Y, puesto que no tienes ya la dicha de poder demostrarles tu amor en este mundo, déjales que sigan engendrándote a través del recuerdo. Tú sabes muy bien, que todos tus esfuerzos personales jamás serán capaces de construir el amor y la ternura que te regaló tu madre y la honradez y el amor al trabajo que te enseñó tu padre.
V. No olvides que naciste carnívoro y agresivo y que, por tanto, te es más fácil matar que amar. Vive despierto para no hacer daño a nadie, ni a hombre, ni a animal, ni a cosa alguna. Sabes que se puede matar hasta con negar una sonrisa y que tendrás que dedicarte apasionadamente a ayudar a los demás para estar seguro de no haber matado a nadie.
VI. No aceptes nunca esa idea de que la vida es una película del Oeste en la que el alma sería el bueno y el cuerpo el malo. Tu cuerpo es tan limpio como tu alma y necesita tanta limpieza como ella. No temas, pues, a la amistad, ni tampoco al amor: ríndeles culto precisamente porque les valoras. Pero no caigas nunca en esa gran trampa de creer que el amor es recolectar placer para ti mismo, cuando es transmitir alegría a los demás.
VII. No robarás a nadie su derecho a ser libre. Tampoco permitirás que nadie te robe a ti la libertad y la alegría. Recuerda que te dieron el alma para repartirla y que roba todo aquel que no la reparte, lo mismo que se estancan y se pudren los ríos que no corren.
VIII. Recuerda que, de todas tus armas, la más peligrosa es la lengua. Rinde culto a la verdad, pero no olvides dos cosas: que jamás acabarás de encontrarla completa y que en ningún caso debes imponerla a los demás.
IX. No desearás la mujer de tu prójimo, ni su casa, ni su coche, ni su vídeo, ni su sueldo. No dejes nunca que tu corazón se convierta en un cementerio de chatarra, en un cementerio de deseos estúpidos.
X. No codiciarás los bienes ajenos ni tampoco los propios. Sólo de una cosa puedes ser avaro: de tu tiempo, de llenar de vida los años -pocos o muchos- que te fueran concedidos. Recuerda que sólo quienes no desean nada lo poseen todo. Y sábete que, ocurra lo que ocurra, nunca te faltarán los bienes fundamentales: el amor de tu Padre que está en los cielos, y la fraternidad de tus hermanos, que están en la tierra.
José Luis Martín Descalzo
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Yo también soy fan de Martín Descalzo. Gracias por traerlo.
Me encanta volver a leer cosas de Martín Descalzo. ¡Qué bien escribía, con cuánta humanidad! Cada frase, cada metáfora me impactan ¡y cómo! Un gran acierto traerle como fresca noticia a Religión Digital.
Es un buen decálogo, pero me gustó más uno que nos enseñaba el teólogo malagueño José María Gónzáles Ruiz, en el que desaparecía la palabra "NO", íntegramente.
Sería fácil de reconstruír, a poco que nos esforcemos, ya que nuestra lengua castellana es muy rica, y podemos sustituir "obligación" por "responsabilidad", "respeto" por "amor", "conciudadano" por "hermano", "imposición" por "guía", y otros conceptos más, sin olvidarnes que sobre todos ellos está el ser humano, y su libertad de elección.
¡Qué poco hablamos de amor, en nuestros templos, mientras que se nos llena la boca hablando de obligaciones, de juicios sumarísimos y de sentencias condenatorias!.
La fe cristiana se basa en el amor, y en la misericordia divina, de donde proceden la paz y el perdón por nuestros errores.
Si hablásemos menos de derechos y obligaciones, y más de amor, probablemente habría menos guerras, menos divorcios, menos abortos, y más "buen rollo" entre los seres humanos.
Comparto plenamente tu opinión sobre Martín Descalzo. Sus "Razones" (para la alegría, para el amor, para la esperanza) me han ayudado muchas veces en momentos difíciles de mi vida. Y muy bien traido ese decálogo. Piesa mucha gente que los mandamientos son una imposición molesta que constriñe la vida de las personas. Qué visión tan distinta, cuando se los contempla como medio y manera de llegar a ser más humanos, más felices, más hermanos.
Hola Carmen. ¿Sabe usted que José Luis Martin Descalzo era vecino mio? La primera vez que le vi en persona fue en un café de nuestra calle. Allí estaba él, callado. Le ví enfermar poco a poco.
Tambien conocí a su hermana monja que vino a cuidarle.
"Morir solo es morir, morir se pasa". Pero él quería vivir. ¡Viva usted por siempre, José L.!
Los Catalanes son un poco plastas. Pero se les aguanta. Los valencianos son más alegres. Hay catalanes subidos de "morro" como el Sr. Colom, con un rostro de "afrentado" que le llega al suelo. ¿Le habremos hecho algo? ¡Qué payasos!
Luego nos vemos.
Otro dilapidador es el viajero Sr. Carod-Rovira.
Viernes, 17 de febrero
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