Tomo prestada la idea, un artículo que interroga ¿Tú todavía vas a misa?. Y añadiría, ¿oye tú rezas?. Vamos que la pregunta se las trae. Pero es más frecuente de lo que pensamos en ciertos ambientes, en otros sencillamente te ignoran o menosprecian. Es una pregunta que nos hacen algunos amigos. Yo creo, te dicen, pero no en la Iglesia, creo en una espiritualidad personal que si te paras a analizar no sabes muy bien en qué consiste. Pero así están las cosas, al menos creen en algo, es peor el quisquilloso que te atosiga con frases lapidarias de manual ateo.
El caso es que a mí me sirve la pregunta. Hoy por hoy ir a misa todos los días te califica como “mea pilas”. No hace tanto producto de otra educación te llamaban beata. La cosa es que ser de Iglesia no se lleva. Confesarse creyente sí, la gente suele tener sus creencias personales sus dioses a medida. No hace mucho alguien me confesaba nosotros somos creyentes pero no vamos a misa. La empanadilla mental tiene su explicación. Falta formación religiosa, formación en la propia fe. Algo que antes se daba por aprendido en la escuela, pero que hoy, ya escasea. Y además está ausente de la vida pública, de los mass media.
Si repasamos la filmografía del pasado encontraremos referencias a la vida religiosa incardinada dentro de película aunque sólo fuera de modo anecdótico, pero dando por hecho que aquello formaba parte de la vida cotidiana. Hoy sin embargo queda relegado a ceremonias sociales que son más bonitas en la Iglesia que en un juzgado. O tal vez porque lo dicen y se lo creen, pero piensan que ir a misa es de “mea pilas”. Basta con ser buena persona, sentencian algunos.
Lo curioso es que se necesita unas buenas dosis de fe y paciencia para explicar el por qué asistimos a una eucaristía y buscamos un rato de silencio interior para orar en lo profundidad. Tendríamos que decir que necesitamos la oración como el aire, como el agua, como algo vital, sin lo que no es posible funcionar. Como ese café que nos despierta por la mañana y que si no lo tomamos, parece como que no terminamos de arrancar.
Pues sí, vamos a misa, por lo mismo, porque si no fuéramos la vida no tendría sentido. Sería insoportable enfrentarse al espejo todas las mañanas. Encender el televisor y oír las noticias catastróficas que nos lanzan todos los días. Orar e ir a misa, es consustancial al creyente como el agua lo es para una planta. Sin ello no se crece en la fe, es más, la fe se marchita y muere. Aunque quede ese poso que les hará decir nosotros creemos pero no vamos a misa.
Afortunadamente, quienes vamos podemos decir que Dios no se olvida de ninguno de sus hijos, y por alguna razón que no alcanzamos a comprender quiere más a los que están alejados de su lado. Les llama más veces que a los próximos que le son fieles cada día. Se deshace en atenciones, de manera que llega incluso a derribar del caballo a todo un San Pablo, perseguidor de creyentes y converso hasta el martirio.
Pues sí, yo también voy a misa, pero no para cumplir el precepto dominical, sino por necesitar encontrarme con los demás, con quienes también viven la fe de mis padres y sobre todo para dar gracias a Dios, por la fe regalada. De la misma manera leo todos los días las lecturas del día, y nunca me suenan repetidas o sabidas. Tengo la suerte de encontrar la voz que me dice algo nuevo, de todo lo que llevo leído durante años.
Si ustedes disfrutan de los libros, sabrán que se puede releer sin aburrirse, descubriendo siempre cosas nuevas. Esa pasión es la que tienen los creyentes que siguen abriendo la Biblia todos los días. Tienen la suerte de encontrarse con La Palabra, así en mayúsculas. Y es que en un principio fue el Verbo.
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Iré a misa dentro de un par de horas, como creyente, es alimento para mi fe; es encuentro con el Señor; es momento de oración; de sentirte comunidad; de escuchar la Palabra....
Se obliga uno mismo, nadie obliga ni puede obligarte. La cuestión social hace años que desapareció, es más, hoy en día, lo normal es no ir a misa.
No sé por qué los que vamos a misa tenemos que justificarnos; las palabras muchas veces se quedan cojas. Y con todos mis respetos, los que dicen soy creyente pero no voy a misa... algo falla.
Pues creo que Yuta no va desencaminado.Desde aquellas reuniones de los primeros cristianos para la fracción del pan y repartir comida entre los más pobres, en recuerdo de la entrega de Jesús, hasta la ritualización cosificada y fosilizada de la misa de hoy hay un abismo.Vas a misa, preside un cura que lo hace y lo dice todo sin la menor participación del resto más que escuchar , recitar y cantar.Con un control total, nada dejado a la improvisación, todo rito.Con un contenido mágico delirante que se hace pasar por invento de Dios.El cura recita una fórmula, consagración, y el cielo transforma aquello que ni parece pan, en el cuerpo entero de Cristo.Si lo vieran los primeros cristianos se caerían de asombro¡¡¡ Pero tan tranquilos.Se exige que se tenga fe en el milagro de la transubstanciación sin el mínimo rigor histórico.
Acolito, no se trata de rutina, tiene que ser una decisión personal. Hay cosas que no se hacen porque te apetece o te gusta, sino porque se tienen que hacer.
Es tan simple como la comida diaria. Hay días que no quieres cocinar, pero es necesario alimentarse, y si le pones un poco de gracia al tema, terminas por disfrutar de la buena mesa.
Yuta, se ha colado el comentario, y ya han respondido otros a él, de modo que lo dejamos ahí para que se vea por donde andan algunos/as.
Sofia e Inmaculada creo que ambas a vuestro modo expresais bien es sentido de ir a misa o hacer oración.
Por otra lado, aparte de la misa, yo también necesito mi rato de oración a solas en mi cuarto; cerrar mi puerta y, por un rato, no ya sólo hablar con Él, sino también dejar que Él me hable a través del Evangelio del día, del silencio o símplemente de la contemplación del crucifijo que tengo en la mano. Aunque tenga muchas cosas que hacer, me parece tan necesaria para el creyente que sin ella daría lo mismo decir "creo", como decir "no creo". En la práctica uno actuaría y sentiría lo mismo diciendo ambas cosas.
Pues sí, yo voy a misa todos los días y me importa un pimiento la opinión de quienes nos descalifican con el adjetivo de "beatas" o "meapilas". Yo tengo necesidad absoluta del encuentro íntimo con el Señor, y, por supuesto, jamás he ido con la sensación de la rutina diaria. comprendo que no todo el mundo tiene las mismas necesidades, y habrá quien, como acólito, haya terminado dejándolas por sentirlas algo rutinario. Pero lo que no entiendo es cómo alguien que se dice creyente católico puede prescindir del todo de la práctica religiosa. Es como si alguien dijera: " Yo soy ciclista, pero jamás monto en bicicleta".
La fe se alimenta del Pan y la Palabra. Una vez a la semana se convoca a toda la comunidad a compartirla y a hacerla vida. Ir entre semana puede ser conveniente según para quién, y desde luego siempre que sea algo vivo, no una rutina.
Y quien no crea, como el/la tal Yuta, que participamops de la vida de Cristo para llevar esa experiencia a la vida diaria, hará bien en pasar del tema. Pero simplemente se burla de lo que no conoce, y nos importa muy poco su opinión.
Pero desde luego digo, en la línea de acolito, que se come para vivir no se vive para comer. Y la Vida se manifiesta en la vida.
Carmen:
Borra a ese majara de Yuta cuando puedas.
Los hay que destilan veneno por su lengua
...La opinión de los demás, en la cuestión religiosa, que es algo íntimo y personal, no debería cambiar los hábitos en la gente creyente, y debidamente formada.
En cuanto a lo de orar, hay quien prefiere hablar a Dios, en cualquier lugar solitario, en lugar de en los templos, con tanto olor a cera y a incienso
Yuta, para provocar bien, hay que poseer estilo. La mera descalificación no vale, y las lecciones magistrales están copadas por gente coherente y de fe. Creo que te has confundido de blog. Te recomiendo www.bobadas.com. Yo ya estuve allí, y me enseñaron a no escribir tonterías.
Carmen, esa pregunta del lema de hoy es la misma que se nos hacía hace varias decenas de años. Hay gente, creyente a su manera, o no creyente, que considera la asistencia a la misa como un acto social.
Quizás la iglesia, es decir, nosotros mismos, no hemos sabido mostrar ni enseñar, el verdadero contenido de nuestra fe, y la maravilla de la Eucaristía.
A veces, he pensado que ese defecto en la llamada a los fielss, obedece a la "personalización" de las prédicas dominicales.
Unos trozos de las escrituras no deberían tener miles de traductores diferentes.
Soy partidario de un diálogo serio, ya sea previo o posterior a la misa.
...
Ir a misa es el reflejo de la claudicación a los ritos y la prueba del sometimiento a la voluntad colectiva. Ir a misa es exactamente igual que ir al fútbol y corear las consignas propuestas.
Ir a misa es una de las mayores insustancialidades que se alimenta sólo en la fuerza de los mecanismos de control social. Van al fútbol o a misa porque así está estatuído como fórmula de pavoneamiento. Eres del Atletic y vas diciendo bobadas o vas a misa e idem de idem.
Si alguien se cree que se está comiendo a Jesucristo en un pedazo de pan es que tiene unas tragaderas de la hostia.
Lo demás son adornos florales justificativos.
Misa y fútbol, vudú y televisión vienen a beber de las misma fuente: la capacidad del ser humano de someterse y claudicar aunque fuera a la estupidez colectiva. Sin rechistar. Y si te tragas la hostia, mejor.
CARMEN.-yo,antes iba a misa diaria.asi como al rezo de visperas comunitaria en un convento que hay junto a casa.llego un momento en que me di cuenta de que aquello lo hacia ya de rutina.no me gustaba esa rutina.ya solo rezo visperas los sabados pues al final cantamos la salve o en este tiempo el Regina coeli.tambien a misa voy solo los domingos.he de decirte que con esta experiencia,voy con mas ganas a la casa del Señor,estoy deseando de que llegue el sabado y el domingo entre otras por eso...No debemos nunca de rutinar nuestras misas ni nuestras oraciones.
Lunes, 28 de mayo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Carlos Corral
Jose Luis Cortés
Josemari Lorenzo Amelibia
JC Rodríguez, A Eisman
Francisco Margallo
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Sor Gemma Morató