Existe un curioso fenómeno, la saturación. Es paralelo al del consumismo. Ambos convergen en un mismo lugar. Yo comprendí en qué consistía por primera vez al visitar El Louvre, llegó un momento que ya no podía seguir, no disfrutaba de lo que veía, tenía un empacho monumental de arte. Examiné con detenimiento aquella situación, ¿cómo es posible no disfrutar de lo que más te agrada?. Me pareció una pesadilla. Al momento comprendí que para saborear las cosas hay que tomarse su tiempo.
Creo que no hay peor castigo que el de hacerte aborrecer lo que amas. Peor aún, que te deje de interesar aquello por lo que creías que valía la pena el esfuerzo. Pues bien, la cultura occidental nos lleva a ese final trágico. Saturados de bienes de consumo que nos hacen la vida fácil, olvidamos su valor y pasamos a despreciarlos, dejan de ser importantes, se convierten en basura. No se trata de una economía de subsistencia sino de consumo. Hay que renovarse o morir, como dice el eslogan.
Lunes, 28 de mayo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Carlos Corral
Jose Luis Cortés
Josemari Lorenzo Amelibia