Diálogo sin fronteras

La quimera de la educación neutra

31.10.07 | 14:30. Archivado en Educación, Otros
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Creo que a casi todos hoy día nos gusta presentarnos como personas neutrales, en el sentido de personas independientes, objetivas, ecuánimes. Ser hombre neutral es hoy casi sinónimo de persona cuyas opiniones son las únicas que están varadas en la objetividad.

Siempre me ha parecido que se trata de un deseo loable, que fomenta un buen entendimiento de la tolerancia y aleja las actitudes impositivas y prepotentes.

Sin embargo, si no se tiene un cierto cuidado, se corre serio peligro de pensar que la objetividad se asegura desvinculándose de todo, no formando parte de nada, no defendiendo nada.

La obsesión por la neutralidad
es una de las mejores formas
de acabar sin ninguna idea propia
dentro de la cabeza.

Y eso es lo que fácilmente sucede con los que propugnan con gran seriedad la llamada educación neutra, que consiste básicamente en una educación en la que a nadie se puede transmitir convicciones firmes ni valores bien asentados.

¿El motivo? Siempre el mismo. Dicen que inculcar esos valores y esas convicciones sería una manipulación, un adoctrinamiento. Aseguran que con ello se restringiría su libertad, puesto que siendo tan jóvenes no pueden aún saber si desean o no esos valores y esas convicciones, y tampoco saben si cuando sean mayores querrán ejercitarlos.

En la educación neutra solo se inculca una firme convicción: la de no tener convicciones firmes. Y solo hay un valor intocable: la neutralidad. Hay un pequeño detalle que suele pasar inadvertido: no suelen explicar cómo saben que los niños sí desean esos sacrosantos principios de neutralidad que rigen inapelablemente su esquema educativo.

Por otra parte, un análisis mínimamente profundo revela que tal neutralidad es contradictoria. Optar por la tal educación neutra supone siempre elegir. Es más, supone determinarse por un tipo muy concreto de educación, elegir un sistema educativo informado por el dudoso valor de la neutralidad, que se pretende destacar como valor supremo de entre todos los demás valores posibles.

Uno de los puntos en que mejor se retrata la educación neutra es en todo lo relativo a las creencias religiosas. Escuela neutra significa tanto como educar en un sistema impermeable a la acción de cualquier principio religioso. Como ha señalado Aquilino Polaino, educación neutra y educación agnóstica se ensamblan bien, se superponen hasta casi la coincidencia, acabando por significar en este contexto una única y misma cosa. Neutralidad aquí es sinónimo de educar en el agnosticismo, y es dudoso que eso sea neutral.

Hay que pensar que el educando tampoco ha sido consultado sobre si desea o no una educación diseñada de esta forma, cuya consecuencia inmediata, aparte de otras, es el escepticismo vital, la duda bien establecida respecto de qué es bueno y qué es malo, y un categórico agnosticismo desde la más tierna infancia.

La quimera de la escuela neutra resulta en la práctica una falacia, puesto que detrás de cualquier comportamiento o modelo educativo siempre subyace –implícita o explícitamente– un código ético. Los profesores no se ocupan solo de instruir, sino de educar, y saben bien que hasta en el modo de dirigirse a un alumno subyace un significado, un sentido antropológico, y saben perfectamente que la tal neutralidad es imposible.

Los primeros pasos en el bien

Chesterton decía que el interior del hombre está tan lleno de voces como una selva: caprichos, locuras, recuerdos, pasiones, temores misteriosos y oscuras esperanzas. La correcta educación, y el correcto gobierno de la propia vida –decía–, consisten en llegar a la conclusión de que algunas de esas voces tienen autoridad, y otras no.

En la educación neutra, sin embargo, se insiste en no conceder autoridad previa a ninguna de esas voces (unas veces buscando que preste igual atención a todas, y otras evitando que oiga ninguna).

La neutralidad es una curiosa forma de comprometerse, vincularse y autodeterminarse. Lo que subyace detrás de esa actitud no es, probablemente, un profundo amor por la libertad, sino más bien un profundo miedo a la libertad, que lleva habitualmente a una espiral de progresivo empobrecimiento.

Por el contrario, las personas que aceptan el riesgo de usar la libertad, es cierto que quizá renuncian a muchas cosas, pero, a cambio, se enriquecen con las consecuencias de lo que han elegido y, en el caso de los padres, enriquecen con ellas a sus hijos. Cuanto mejor eligen los padres, y más se comprometen con los valores que han escogido, tanto más enriquecen a sus hijos al educarles en ellos.

Por esa razón, sería lamentable que a la hora de pensar en los valores en que los hijos deben educarse, o en la religión, unos padres dijeran que han decidido educar en la neutralidad, que desean en este punto ser independientes, con idea de que ya luego él o ella decidirán por sí mismos cuando sean mayores.

—Pero es lógico que sean él o ella quienes decidan cuando sean mayores, ¿no?

Por supuesto, pero para poder decidir a dónde se camina hay que haber aprendido a caminar. O, siguiendo con el ejemplo anterior, si un creyente educa a sus hijos en el agnosticismo, es muy difícil que luego ellos puedan decidir con libertad respecto a la religión.

Si una persona piensa que Dios realmente existe, y cree que su fe es la verdadera (porque si no piensa eso, el problema es que no tiene fe), parece claro que si no educa a sus hijos en esa fe, está orientando erróneamente sus vidas, puesto que les educa de espaldas a lo que considera verdadero.

Y si espera mucho tiempo, comprobará que hay situaciones que cuando llegan ya es demasiado tarde para salir de las redes del engaño que han tejido a su alrededor, y que las cosas no son luego revocables a nuestro gusto, como una fácil retórica de las buenas intenciones quisiera hacernos creer.

Además, nadie se enfrenta igual con su existencia si piensa que es una criatura de Dios, que si cree ser un simple fruto del azar evolutivo. Una persona no encara los problemas derivados de la responsabilidad moral de la misma manera si se considera a sí mismo que es mero fruto de un determinismo biológico, que si es consciente de su libertad y dignidad como persona creada y querida por Dios.

Es importante educarse desde muy pronto en el esfuerzo por hacer el bien y con ello agradar a Dios. Esa lucha es importante, porque ningún hombre conoce el mal que hay en él, hasta que no ha tratado de esforzarse por vencerlo. Solo los que resisten la tentación conocen su fuerza.

Los primeros pasos en el bien
son muy importantes,
de la misma manera que quizá
los primeros pasos en el error
son aquellos de los que
más deberíamos guardarnos.

—Pero si se les educa en una religión, tampoco serían libres luego los hijos para dejarla...

En la práctica no sucede así. Adquirir un valor positivo es una tarea no siempre fácil; sin embargo, abandonarlo –ocasional o habitualmente– es bastante más sencillo.

Por ejemplo, educar a un hijo en la sinceridad requiere una serie de esfuerzos educativos por parte de padres y profesores. Si finalmente el chico o la chica adquieren la virtud de la sinceridad, eso no hace que dejen de ser libres para mentir siempre que quieran. Sin embargo, si no llegan a adquirir esa virtud, difícilmente serán en el futuro libres de mentir o no: estarán terriblemente condicionados por la tendencia a la mentira, y serán –en ese sentido– mucho menos libres.

O –poniendo una comparación automovilística–, por muchos miles de veces que uno haya frenado ante un semáforo en rojo, el día que le dé la gana puede llegar a su altura y pisar el acelerador. Sigue siendo libre. Lo que esclaviza y hace perder la libertad es la servidumbre del vicio y del error.

Educar con profundidad en unas determinadas creencias es una labor constructiva de verdadera artesanía, un reto para la familia y la escuela. Pero abandonar luego esas creencias, o actuar puntualmente en contra de ellas, no es cosa muy difícil (esto es fácilmente constatable), y es evidente que apenas restringe la libertad.

Sin embargo, si a un chico o una chica se le inculca desde su infancia el agnosticismo, y se hace que relativice todas las creencias religiosas, será realmente difícil luego abrir su mente a la trascendencia.

—Pero a muchos de los que tenemos cierta edad nos quedan todavía muchos recuerdos de autoritarismo riguroso en materia de religión, de formalismo minucioso, que nos han dejado una profunda actitud de rechazo.

Estoy de acuerdo. Pero ese rechazo no debe llevarnos al otro extremo, igualmente erróneo.

Cada matrimonio tiene una forma de entender la vida que le ha de llevar a hacer un proyecto sobre la educación de sus hijos que englobe todos los aspectos y valores, también los religiosos. Y si educan a sus hijos comunicándoles esas creencias, con ello no les privan de su libertad; es más, les privarían de ella si les abandonaran y les dejaran a merced de las circunstancias sin la debida educación.

Unos padres sensatos harán todo lo que esté en su mano para que sus hijos aprendan a administrar bien su libertad. Y no pensarán para ello en una escuela neutra, aséptica, desdibujada, que corre el peligro de dejarlos sumidos en el escepticismo o sometidos a las cadenas de su propia debilidad.

Los padres han de buscar una escuela
donde se vivan unas convicciones
que sean congruentes con su
propio proyecto personal de vida.

De lo contrario, mucho me temo que la opción por la neutralidad, en su afán de formar un adulto neutral, concluya más bien formando un adulto en buena parte neutralizado por el escepticismo. No es nada infrecuente, por esas ironías del destino, que el tan ansiado independentismo permanezca lejano, a años luz del triste resultado que finalmente se alcanza.

Interrogantes.net


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