
Pensemos.
Un país con legislación sobre el aborto, como es el caso de España: las mujeres que quieren abortar van al médico. El médico les explicará lo que es el aborto, y ellas decidirán. Muchas de ellas, ante este paso, pueden decidir no abortar.
Un país sin legislación sobre el aborto, como era España en la época franquista y en los primeros años de la democracia.
Una mujer quiere abortar. No podía ir al médico.
Si no tenía recursos económicos, si era pobre, iba a la bruja de turno y pagaba por abortar en algún sitio escondido. No la informaban de nada. Y por lo general, morían la madre y el feto.
Si tenía recursos económicos, si era rica la madre, iba a Londres de viaje de fin de semana. De turismo. O de compras. Abortaba allí con todas las garantías sanitarias. Y volvía el lunes. Y no pasaba nada.
La jerarquía católica quiere esta segunda opción. Ilegalizar el aborto, y por ende, hacer oídos sordos a la situación en las que las mujeres con recursos económicos puedan abortar sin problemas en el extranjero.
El aborto, por el mero hecho de que se ilegalice, de que no sepamos cuántos se producen, no deja de existir.
Y la cuestión está en que se deje de abortar.
Pero la Iglesia no aporta soluciones. Es más, parece incluso favorecer estas situaciones de abortos clandestinos para las mujeres con dinero.
Como católicos no podemos permanecer impasibles, y mucho menos apoyar a una jerarquía que provoca esto.
Por desgracia, nuestra jerarquía ha perdido la autoridad moral cuando hace declaraciones sobre la infancia. Baste sus posturas frente a los casos de pederastia ocurridos en su historia y que ahora salen a la luz, o su posición para darle la comunión a los discapacitados psíquicos.
Estamos en contra del aborto. Claro que lo estamos.
Pero yo no voy a ser cómplice de favorecer los abortos de las mujeres ricas, y callarme, frente a la muerte de las mujeres y fetos de los pobres.
Apoyo una legislación que lo regule, que lo controle, que con educación sexual sobre métodos anticonceptivos impida llegar a la mujer a esta situación límite.
Está claro que a fin de cuentas, quien defiende los derechos de la mujer y los no nacidos es la Izquierda de este país, y no los obispos cuando juegan a hacer política.
Porque es escandalosa su falsa moral al estar en contra del aborto, sólo cuando gobierna el Partido Socialista Obrero Español, y callan cuando gobierna el Partido Popular. Ese Partido de derechas, que ya ni tan siquiera le hacen caso. Llaman a la coherencia cuando los que debían ser coherentes con el Evangelio son ellos. Conmigo y con la voz de los millones de católicos que votamos izquierda en este país, que no cuenten.
Jueves, 16 de febrero
Francisco Baena Calvo
Jose Luis Cortés
Salvador García Bardón
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Carmen Guaita
Josemari Lorenzo Amelibia
Desiderio Parrilla Martínez
Juan Fernandez Krohn
Vicente Haya