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CABRUJAS PARA ARMAR

Permalink 26/10/2009 @ 01:56:50 am. Archived Sobre el autor

Siempre llegaba del colegio Jesús Obrero a la 1 de la tarde. Recuerdo que ni siquiera me quitaba el bolso, y mucho menos el uniforme, pues hacerlo significaba perder los valiosos minutos para ver la dueña ò Gómez o cualquier otra novela escritas por el maestro de maestros: José Ignacio Cabrujas.

Mi mamà me regañaba, mi abuela me rogaba y hasta papá me perseguía para que me quitara el uniforme, me bañara e hiciera la tarea. Pero para mi lo único importante era poder poner el canal 8 para ver La Dueña, esa magnifica adaptación que el maestro Cabrujas hizo del conde de Montecristo, pero el conde estaba inmerso en la torneada figura de Amanda Gutiérrez, y no vivía en la época de Napoleón, sino más bien en la del dictador como Juan Vicente Gómez.

La melodía de la canción “viviré para ti”, me trasladaba hasta la Venezuela de principios de siglo XX. Ya hubiese querido yo ser Daniel Alvarado ò mejor aun Héctor Myerston, quien acompañado de Lotario vivía sin duda grandes aventuras dentro de la novela. Había una parte de la trama donde Amanda era presa y la maquillaban como un monstruo, que recuerdo me daba terror, más sin embargo ni eso hizo que dejara de ser fanático de La Dueña.

Recuerdo exactamente aquel fatídico día cuando anunciaron el capitulo final de la telenovela, para mi ya no tenia sentido llegar temprano pues ya no escucharía el “viviré para ti”. Desde entonces mis tardes pasaban entre El Principito, La Isla del Tesoro, Vania el Forzudo, un cuento ruso que fue el primer libro que devoré completo, y las historietas de Superman, Punisher y Asterix y Ovelix. Hasta que un día vi por televisión la promo de una nueva telenovela: Gómez, protagonizada por Rafael Briceño y escrita nada más y nada menos que por José Ignacio Cabrujas.

Cuando me entere de la fecha del primer capítulo fingí estar enfermo para no ir a la escuela y poder estar temprano en casa. Para mi fue mágico el momento cuando Don Rafaèl exclamó con una voz exacta a la del general (según mi abuela Rosa, quien le conoció) esa frase ordenándole a su edecán: “Tarazona, métalos en la rotunda”.

Otra vez mis medio días tuvieron sentido, mi fanatismo por otra obra de Cabrujas estaba presente, al punto que mi risa cambió y comencé a caminar como Gómez, a reírme como él y hasta a actuar como el benemérito. La cosa se fue de las manos, pues un día me citaron al representante porque me nombraron disciplina del salón y maltraté a unos compañeros que lanzaban “taquitos”. Esa acción para mi significó impartir la justicia Gomecista sobre aquellos estudiantes sagaletones.
Pero nuevamente llegó el final, y con él la desdicha. Afortunadamente la novela tuvo un éxito tal, que José Ignacio escribió una nueva versión ò más bien continuación: Gómez II, ¿Y quien era Gómez? Quien más, Rafaèl Briceño. A Gómez II tampoco me la perdí. Después vinieron otras más como Rubí, El Paseo de la Gracia de Dios, a las que tampoco, por se de José Ignacio dejé de seguir.

Fui creciendo, entre las telenovelas y los cuentos de mi abuelo Miguel y mis abuelas Rosa y Jacoba. De Hecho un día me enteré que una prima de mi abuela se había casado con un primo de José Ignacio, llamado Juan Cabrujas. Desde entonces alteré mi árbol genealógico para justificar un parentesco con el maestro, pero lo mejor de todo fue cuando supe que José Ignacio también tenía un nexo con Catia, mi barrio, desde allí me sentí y aun me siento orgulloso de haber nacido de vivir allí.

Pero toda esa admiración, esa alegría y las ansias de ver nuevamente una obra de Cabrujas, murieron con él en la isla de Margarita, un 21 de Octubre de 1995. Ya nunca màs llegué a medio día, ya no vi más telenovelas… ver telenovelas que no fueran de Cabrujas era como no ser fiel a un buen amigo.

Al año siguiente me gradué de bachiller, me fui a Cuba a estudiar cine, me empapé de revolución, fui comunista, no termine, luego me hice capitalista y volví. Termine graduado de productor, comencé a trabajar en una trasnacional, escribía por las noches, tuve varias novias. Poco después empecé a escribir en algunas revistas que me permitieron desarrollar mi habilidad para la escritura… habilidad que algunos respetados genios Venezolanos consideran que no es tal… me hice periodista, esposo y padre; Y en el ínterin me olvide de un gran amigo: José Ignacio.

Mi amigo reapareció en la mesa de un periodista al que fui a entrevistar para una de las revistas en las que trabajaba. Allí estaba un libro desvencijado cuyo titulo rezaba: El País Según Cabrujas, recuerdo que tome el texto y cuando lo abrí, me paralizó ver la firma del maestro. Confieso que por un momento me dieron ganas de tomar la obra y brincar por la ventana de aquel edificio ubicado en la primera transversal de Los Palos Grandes, Frente al edificio Cavendes.

Caminé todas las librerías de Caracas, fui a todos los cambalaches del librero para tener mi País Según Cabrujas, pero no tuve éxito. Hasta ofrecí sumas exorbitantes al colega propietario de aquel libro pero fue inútil.

Entonces llegó el milagro: Anunciaron el festival del libro, en pleno día se San Jordi, y junto con las rosas y las muchas obras que se exhibieron jubilosas en una plaza Altamira vestida de punta en blanco, apareció Yoyiana con un regalo para las nuevas generaciones, y para las no tan nuevas que tuvimos la oportunidad de disfrutar a José Ignacio: “El Mundo Según Cabrujas”.

Las manos me temblaron, simplemente no lo podía creer. Llamé a Ulises Milla, el editor de Alfa para tratar de persuadirlo a que me vendiera el libro antes pero obviamente no lo hizo.

Cuando finalmente lo tuve entre mis manos, los ojos se me fueron solos, y el corazón a un más, pues en esas páginas encontré a un amigo olvidado, un amigo desarmado, un rompecabezas sin concluir, que gracias a Yoyiana, ahora todos los venezolanos, o mejor dicho los latinoamericanos tenemos una tarea: Armar a Cabrujas.


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