INTOLERANCIA
23/04/2009 @ 03:26:37 pm. Archived Sobre el autor
Después de pasar toda la noche indagando cámara en mano, cual fue la falla que causó que todas las fotos tomadas a dos periodistas de renombre en mi país, fueran captadas en baja resolución. Me levanté como a eso de las 8:00 a.m. y volé a la ducha, donde sólo pase como 3 minutos. Luego busqué mi carro y encamine por la cota mil hasta Altamira. Pero lo que supondría un recorrido de unos pocos kilómetros que pueden transitarse en unos pocos minutos, en Caracas puede tomar hasta más de una hora.
Los caraqueños ya nos hemos habituado al infernal tráfico, al tal punto que ya forma parte de nuestras vidas y por eso cada vez nos estresamos menos. La verdad que no es raro ver a un conductor sosteniendo una arepa de carne o de perico, mientras con la otra mano toma el volante y hasta hace el cambio de velocidades, eso sí, sin que un pedazo de la arepa, ni mucho menos de relleno caiga en su ropa. También es común ver como las motos han invadido cada espacio del pavimento, de hecho el tener un retrovisor partido, o por lo menos caído se ha vuelto una moda, gracias a los motorizados que a toda velocidad pasan junto a las puertas de los autos, llevándose todo a su paso (como Atila).
Pero lo más sorprendente es ver el comportamiento de las mujeres en esta selva vehicular: Ellas son capaces de conducir mientras ven en el espejo interno del vehiculo, como les va quedando el maquillaje. En este caso la coordinación es mucho mayor que el amigo de la arepa, pues, las chicas usan las dos manos para maquillarse los ojos, y, son capaces de frenar en el momento justo para evitar chocar, eso si, guiadas por un sentido casi arácnido, porque de ver no ven, pues tienen la vista sembrada en el espejo de su estuche de maquillaje.
Esta fauna se aprecia normalmente en casi todas las vias de la capital y ya es parte de la cultura posmoderna de la otrora capital del cielo. Pero esta mañana pasa algo más, pues aunque el trayecto se hace mas o menos en una hora (cuado debiera ser de quince minutos) hay algo adicional que esta trancando el camino. La gente comienza a bajarse de los carros y al caminar unos metros se puede ver como una motocicleta del ejército tranca el paso, para que un grupo de unos cincuenta reclutas troten por el hombrillo de la vía. La gente comienza a murmurar, los soldados ataviados con la franela y el short de la academia militar, se ponen nerviosos y apuran el paso. Acto seguido, abordamos nuestro vehículos y comenzamos a avanzar.
Nos desplazamos algunos metros, lo suficiente como para alcanzar al pelotón, los chicos al ver que los autos que circulan muy cerca apuran el paso, pero es inútil, pues la gente baja los vidrios y comienzan a gritar barbaridades contra ellos y la institución, el que mas se escucha es: “los soldados son como árboles de navidad, solo sirven para llevar las bolas colgando como adorno” ò “vamos a ver si Chávez los va a ayudar cuando los atropellemos” … lamentablemente esos muchachos, que no tienen mas de 20 años, tenían apenas 10 cuando el presidente llegó al poder, es decir no tienen la culpa de haberlo puesto allí, de hecho son solo unos peones en el juego de ajedrez. La situación se sale de las manos, las personas empiezan a tirarles desperdicios y hasta botellas de plástico por lo que los chicos corren hacia el monte y desaparecen sin dejar rastro.
Veo el auto que tengo a un lado, el conductor es un señor de tal vez 70 años, notó que se sorprende mucho y que comienza a llorar. Pongo las luces de emergencia y le hago señas para que se estacione a un costado y acudo en su ayuda. Cuando logro hablar con él, le pregunto que le sucede y me dice que esta muy decepcionado, pues hasta hoy no se había percatado como la intolerancia se apoderó de muchos venezolanos.
El señor se llama Marcelo Lanus, es argentino y se vino a Venezuela cuando la dictadura militar, desde entonces no ha regresado y, aunque sabe que la dictadura en su país ya paso igual teme regresar. El viejo me cuenta que tiene hijos en la universidad, que se vino a Venezuela porque era el país de la unión, de la paz, donde se podía trabajar y hacer fortuna en poco tiempo, pero ahora las cosas han cambiado. Marcelo llora porque acaba de perder otro país, ya lleva dos tierras perdidas y eso le da mucha rabia. El viejo piensa en sus hijos que están en la universidad, teme por ellos, porque un día alguien explote en un ataque de arrechera y coloque una bomba o comience a disparar y los joda a todos.
Pasan diez minutos, Marcelo se calma me da la mano. Yo me bajo de su carro y me voy al mío, estacionado justo detrás. Pienso en mis hijos, uno ya tiene exactamente un año y medio viviendo en este mundo, la niña nacerá en menos de un mes. ¿Será que cuando mis hijos tenga la edad de los de Marcelo podrán vivir de nuevo en la Venezuela bonita?, o ya nos habremos ido a otro lugar para evitar que nos atrape no un gobierno, sino la intolerancia que te mata como ser humano… Los gobiernos pasan y los sistemas se reconstruyen, pero la intolerancia trasciende y como el cáncer acaba con todo.
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