Superar la posmodernidad
28.04.09 @ 00:22:48. Archivado en Reflexión política
La expresión “vivimos en una sociedad posmoderna” es casi un lema hoy en día. Muchas personas la utilizan para calificar a esta sociedad que, desde su perspectiva, vive inmersa en una profunda crisis moral y de ruptura con la tradición precedente. No obstante, pocas veces se entiende a un nivel más profundo qué implica exactamente la posmodernidad.
El pensamiento posmoderno obedece más a una abstracción que a una realidad, porque no conforma un movimiento unitario ni definido, además de que la mayoría de los autores incluidos en esta corriente (Foucault, Derrida, Lyotard, Baudrillard…) rehusaron que se les calificara así. No obstante, éstos tienen bastantes puntos en común, uno de ellos sin duda las fuentes de las que beben. Son los teorías de los maestros de la sospecha (Marx, Nietzsche y Freud), tal y como los denominó Paul Ricoeur, las que les sirven de inspiración.
De Marx, con más o menos intensidad dependiendo del autor, extrajeron la idea de que la cultura es un constructo de las clases dominantes para reafirmarse en su poder. Por eso, la única actitud válida es la crítica radical: debe deconstruirse, tomando el término de Derrida, el discurso dominante con el fin de anular su primacía, descubrir sus puntos débiles y atacarlos con la máxima fuerza. Porque no hay un mundo objetivo sobre el que se apoye la cultura, sino que la cultura es la que construye el mundo. En este sentido, el movimiento posmoderno debe entenderse como genuinamente culturalista. Ejemplo de ello es la revolución sexual, que buscaba en el sexo sin inhibiciones la forma de escapar de la moral conservadora y represiva del momento.
El planteamiento posmoderno implica la construcción de un nuevo orden basado en la idea de la libertad sin límites ni reglas externas. El problema es que con la mera crítica estos pensadores no pueden ir demasiado lejos, ya que se necesita una realidad previa a la que criticar. Además, siempre que intenten plantear alguna solución general se les podrá recriminar que sus teorías no constituyen más que una perspectiva personal con afán de dominación.
La posmodernidad es hija, y además legítima, de Nietszche. Llevada a su extremo, conduce a un nihilismo, característica principal de la cultura y moral actual. En este sentido, hace falta ir más allá de la crítica para encontrar puntos comunes de acuerdo y evitar la conflictividad hacia la que conduce el “todo vale”. Esto es lo que defiende Habermas, quien constituye el principal defensor de la razón en este mundo en el que reinan las emociones y los instintos. En su “razón comunicativa” encontramos quizás la mejor forma de encontrar la luz en las tinieblas posmodernas. Porque es posible una cultura común que no sea coercitiva, pero para ello hace falta COMUNICACIÓN.
Éste es el principal reto de nuestra sociedad, que tiene tanto los medios técnicos como intelectuales, pero que se mueve por intereses individualistas, que no hacen, de momento, más que dar la razón a los posmodernos.
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