Más allá de las ideologías
29.12.06 @ 22:33:35. Archivado en Reflexión política
La política es un tema que interesa a todo el mundo, ya que ésta se encarga de resolver los problemas de la sociedad en la que vivimos, y por lo tanto, afecta a nuestra vida en cuanto seres sociales. No obstante, la política que en la actualidad se está llevando a cabo convence a muy pocos. Esto es lógico y previsible, debido a que estamos padeciendo una política de ideología, desintegrada, sumamente dialéctica, en la que la verdad y el bien no interesan. Me da igual hablar, en el caso de Navarra, de UPN o PSOE, de IU o CDN, de NAI-BAI o de Aralar. Todos están haciendo de la política una realidad que roza muchas veces lo despreciable, lo nauseabundo, lo detestable. Esto deberían empezar a tenerlo en cuanto los políticos, y cambiar radicalmente su forma de hacer y concebir la política.
Ciertamente, es normal y necesario que en el campo propio de la política haya diferencia de pareceres, multiplicidad de posturas sobre los diversos temas que, en términos clásicos, tienen que ver con la polis. Sin embargo, esto no puede justificar la fractura que se está produciendo, ya que una vez que las perspectivas se desgajan de ese interés por el bien común, esa actitud sincera de resolver los problemas de todos, la política ha perdido su propio fundamento y razón de ser, y anda perdida en un panorama sin horizonte. Si cambiamos el bien común por los bienes estratégicos, entonces ya no hay política sino ideología. Pasamos de un ámbito en el que la política se da con una ética que defiende el bien de todos, a otro campo, el de lo ideológico, en el que el saber ético no puede ser sino relativista, ya que el único bien que se concibe es el que se inserta dentro de un discurso particular, concreto. La ruptura es total, ya que no sólo afecta a la acción, sino también a la propia teoría.
La política de ideologías (por llamarlo de alguna manera) es algo que resulta evidente. No tenemos más que echar un vistazo a los medios de comunicación para observar como los partidos políticos están en continua confrontación. Esto, por supuesto, no favorece a los ciudadanos en absoluto. Muchas veces me planteo cómo es que los políticos no se dan cuenta de esto: o bien son cortos de miras, porque no ven lo que todo el mundo ve, o conscientemente mantienen y difunden está forma de hacer política, en la que si no sale ganando el ciudadano será porque lo hacen ellos.
Cuando la razón práctica, que es la propia del saber ético y político vertebrado e integrador, es sustituida por la razón estratégica, entonces se crea una multiplicidad de discursos, los cuales intentan tener muy pocos puntos en común, para así poder tener un campo propio de dominio y, por lo tanto, de poder. El problema de fondo es el de casi siempre: las ansias y codicia de los políticos. Claro, en una política basada en la búsqueda del bien común, ningún sector, partido, como quiera que lo llamemos, tiene un poder específico, por la propia naturaleza de este bien. Si lo que se quiere precisamente es tener un poder concreto, efectivo y único sobre algo, lo que se debe hacer es fracturar la realidad política en la que se vive para lograr tener un campo diferenciado. De esta manera, se crea un ámbito en el que quienes lo ha creado tienen absoluto dominio y control, que era lo que precisamente buscaban.
En definitiva, para comprender el clima de crispación que es el que predomina en la política actual, es necesario que lo insertemos dentro del contexto de un radical relativismo, el cual no atiende a ningún hecho o evidencia. Lo único que existirá será, consecuentemente, ideologías que se han desgajado de lo político y que luchan entre ellas por imponerse. No se cree que haya nada más allá de la estrategia concreta; lo único que importa es lo que entra dentro de un planteamiento reduccionista y conflictivo.
Nuestra actitud ante semejante ignominia debe ser la propia del inconformista. No podemos aceptar que nuestra política, ya sea nacional, autonómica o local, se desarrolle de esta forma. Tenemos que exigir a nuestros representantes que, dentro de sus diferencias, que siempre existirán y que es normal que existan en el seno de un sistema plural como es la democracia, encuentren de una vez puntos de encuentro. Sólo así se conseguirá que la democracia se reencuentre con su propio espíritu, que es el de la integración y el respeto. No es cuestión de un partido u otro; es algo que todos los partidos deben intentar, por el bien sobre todo de los ciudadanos. La cuestión es que ellos quieran esto. Visto lo visto, lo dudo.
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