Laicismo, religión y libertades.
27.04.07 @ 18:48:42. Archivado en Pensamiento
Muchas son las opciones de análisis si atendemos a la actualidad más rabiosa, más inmediata, más candentemente política. Pero pecaríamos de inconscientes fantasiosos si no pusiéramos encima del tablero del debate, necesariamente amplio y popular, la cuestión de la guerra cultural que está implícita en los planteamientos oficialistas de esta Europa amorfa que amenaza con disgregar sus señas culturales por efecto directo de su propia desnaturalización, de su pérdida de identidad. En una época de revalorización de señas identitarias, los europeos apuestan por perder las suyas en beneficio del ensalzamiento de las ajenas que, dicho sea no de paso, carecen de la altura moral y la calidad democrática que las nuestras sí tienen.
La democracia, las libertades individuales, el espíritu llámese compasivo, llámese solidario de los pueblos occidentales, la defensa cerrada de los Derechos Humanos, nada de esto se da con la misma fuerza en cualquier otra civilización. Occidente ha dado a luz todos estos elementos y los ha generalizado cometiendo, no obstante, el pesado error de despreciar los precedentes culturales que los han producido.
La génesis de la democracia está en Occidente. Y, esquemáticamente, podemos cifrar sus hitos básicos en la tradición greco-latina, en la cristiana y en aportaciones puntuales del germanismo incorporado con las invasiones bárbaras. De la primera tenemos los conceptos primigenios de democracia, fragmentación del poder, recelo ante la tiranía y universalismo de la condición humana. El Cristianismo vino, a la postre del Imperio Romano, a encajar como anillo al dedo en los antedichos valores y les dio categoría sagrada. Por último, los pueblos germánicos aportaron una suerte de populismo protodemocrático al incorporar al pueblo como depositario del Derecho y al asambleismo tribal como precursor del político.
De esta manera, la pretensión postmoderna de deshacerse de la tradición cristiana de Europa e, incluso, de desprestigiarla, resulta muy peligrosa a la hora de autoafirmarse en los principios de la libertad y de la democracia. No es ninguna casualidad que los defensores de arrinconar al Cristianismo de la vida pública practiquen el más incongruente de los relativismos políticos apoyando a regímenes claramente antidemocráticos y contrarios a los Derechos Humanos. Así es que, en nombre del multiculturalismo, miran hacia otro lado ante las aberraciones islamistas o apoyan descaradamente a regímenes populistas y comunistas como los de Venezuela o Cuba. Y es que niegan a los pueblos de los estados citados los beneficios políticos y cívicos que aún defienden para los propios.
La razón de este comportamiento está en el autodesprecio cultural que practican los postmodernos políticos y ciudadanos europeos, especialmente de izquierdas pero no sólo de esta tendencia. Y, dentro de esta propensión suicida destaca el ataque a la esencia cultural del sistema occidental, basado en la dignidad del ser humano: el Cristianismo. Dinamitadas las bases de prestigio de éste, se dinamita el fundamento sólido de la consideración de la persona como un fin en sí mismo y no como un medio, la relevancia de la participación ciudadana como eje de la selección de gobernantes y la práctica de la honestidad y de códigos morales decentes como parámetros de la vida pública.
Para que una sociedad sea decente, por más que practique la democracia y el respeto a la libertad, es imprescindible que una masa crítica sea, al decir de Alexis de Tocqueville, virtuosa. La corrupción moral de la mayoría trae la del poder, que se absolutiza. Por contra, la virtud acompaña con mucha más probabilidad, calibrada ésta tanto empírica como deductivamente, a quienes practican con solidez la fe cristiana. Una masa crítica de practicantes y seguidores morales de esta confesión, así como una profesión pública de la misma por parte de los políticos, encauza a una nación por la senda de la dignidad personal.
Comentarios:
Muchos más muertos en el siglo XX han causado los partidos e ideologías y sin embargo no hablan de quedarse ellos en la esfera privada y dejarnos en paz a todos los demás.
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Joaquín Santiago Rubio
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