El conocimiento inútil
10.05.06 @ 18:05:32. Archivado en Pensamiento
Fui comunista en mi juventud y es precisamente la obra maestra del pensamiento político que es el libro cuyo título he tomado para este artículo el que, junto con “Camino de servidumbre” y “Libertad de elegir” de Hayek y M.Friedman respectivamente, los que me descabalgaron en mi particular camino de Damasco.
En especial, el desaparecido Jean François Revel ha tenido la particularidad sin rival de erizar el vello de mis brazos al concluir tan crudamente como lo hace. Y, dado que comienza exponiendo la conclusión, el efecto impactante es tanto mayor.
“La primera fuerza que dirige el mundo es la mentira, puesto que los que recogen la ingente información de que hoy disponemos parecen tener como preocupación dominante el falsificarla y los que la reciben, el eludirla”.
Tremenda afirmación que, siendo como fue Revel un espíritu libre y riguroso, abierto y científico, abona no sólo con una multitud de ejemplos, sino que asocia a estos con los juicios de valor proclamados en esos sistemas ideológicos encargados de mentir tenazmente. Y señala al socialismo, a la ya extinta URSS, a los medios de comunicación occidentales y a los intelectuales acomodados en las subvencionadas universidades europeas y americanas como los principales falsificadores de la información.
Los hechos, los datos y los sistemas de procesamiento de los mismos de nada sirven, lamentablemente, a la hora de clarificar la situación con realismo. Y es precisamente la asunción por parte de Occidente de los esquemas conceptuales y de las calificaciones que le otorgan sus enemigos lo que sitúa a esta civilización en tal estado de debilidad que no es capaz de discernir la verdad de la falacia.
Siendo como es la nuestra una civilización en la que la ciencia ha tenido nacimiento, acogida y desarrollo, la actitud intelectualmente centrada en los hechos y en la interpretación ajustada a los mismos, es, paradójicamente, rechazada por los científicos sociales y por los políticos que renuncian a las bases del racionalismo crítico en beneficio del multiculturalismo, los mitos izquierdistas contra los Estados Unidos y la globalización o la gigantesca monstruosidad en que se está convirtiendo el islamismo. Y todo esto se produce sin que haya una fuerza de choque política e intelectual que contrarreste la inaceptable propagación de mitos y mentiras complacientes con los presupuestos y prácticas inhumanas que esta ideología religiosa lleva a cabo.
Uno de los capítulos más clarificadores de “El conocimiento inútil” es el que se refiere a la función desinformadora del tabú. En el período de la Guerra Fría, cuando fue escrita esta obra, el tabú esgrimido por la izquierda en cuya trampa caían una y otra vez la prensa y los políticos occidentales, era el del crecimiento del peligro totalitario de derechas. De tal forma era un tabú que su sola mención servía automáticamente para ser indulgentes con el totalitarismo de izquierdas, opuesto al mucho más denostado, aunque en realidad menos extendido, de derechas. Y lo que aún es peor, su invocación servía para ocultar la información crucial que llegaba de los países dominados por el comunismo reveladora de su fracaso socioeconómico y de las hambrunas que producía. La verdad sobre las acciones de desinformación y de intoxicación informativa desarrolladas por los servicios secretos soviéticos y cubanos era negada también haciendo uso del tabú del totalitarismo de derechas.
Me hubiera gustado que J.F. Revel viviera unos años más para poder sentir la reconfortante sensación de seguridad que da el poder ver la realidad sin tapujos, sin ideologías, sin falsificaciones. Dado que me desazonó siempre no darme cuenta de lo que pasa, Revel ha sido una de mis curas básicas contra la mitificación y la prestidigitación política.
Hoy, los tiempos no han cambiado mucho en cuanto a estas técnicas. Hoy, el conocimiento sigue siendo inútil para gran parte de la intelectualidad occidental y, cómo no, para muchos de sus políticos adscritos. El gran tabú hoy utilizado es doble. El primero también ha sido enfocado lúcidamente por Revel: el mito de la maldad intrínseca de todo lo que los Estados Unidos haga, busque, desee y proponga. El otro gran tabú es el del racismo y la xenofobia, malvada visión del ser humano que, según sus propagandistas, sólo manifiestan los ciudadanos euroamericanos. Tras la aplicación de esta etiqueta, tras el lanzamiento de este tabú a la cara de quien piense y exprese su desconfianza hacia la civilización islámica, el resto de los argumentos razonables que pueda exponer quedan, sin consideración racional alguna, descalificados.
Sirvan, pues estas líneas para hacer, modestamente, lo mejor que se puede hacer con Jean Françoise Revel, además de glosar y ensalzar sus excelentes aptitudes intelectuales y su amor a la verdad, que es el difundir sus reflexiones y contrastarlas con la realidad.
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Joaquín Santiago Rubio
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