Crisis del Estado Social de Francia
26.03.06 @ 21:19:51. Archivado en Europa
La V República francesa se levantó sobre la base de un ideal que sus partidarios llaman republicano y que un estudio detenido del mismo ha de calificar como socialista y estatista. El consenso nacional entre la derecha y la izquierda en torno a la existencia de una Gran Administración que proteja “de la cuna a la tumba” a los franceses sigue sin romperse y, a lo que puede observarse en la reacción popular contra su tímida reforma, forma parte de la propia identidad francesa.
El discurso oficial, ya rancio y acartonado de la corrupta clase política gala se asienta en el mito del modelo francés de “la grandeur” en política exterior y en la onírica nebulosa de la protección laboral-sindical. Y esto está en la base del propio régimen francés. Es por eso que empezamos a pensar que es éste el que está entrando en crisis, penosa e irreversible.
Tanto es así que el sistema se mantiene más allá de la crisis económica, del bloqueo al crecimiento y del colapso proteccionista que provoca.
La evolución de los datos económicos ofrecen una explicación adecuada a lo que ocurre en esa nación si los ponemos en relación con la mitología sociopolítica que alimenta la autoimagen de los franceses tal y como señalamos al principio.
Durante los últimos años del siglo pasado y hasta el 2003, Francia padeció casi un bloqueo total en su crecimiento económico. El punto más bajo en creación de riqueza de los últimos años lo alcanzaron los franceses en el 2003 con 0,5% de crecimiento, es decir, casi el ideal de subdesarrollo considerado como la “panacea” por los ecologistas de los años 70.
Pero no es ninguna coincidencia, sino una correlación causal, el hecho de que fue ese año, el 2003 en el que Francia obtuvo la puntuación más baja de la serie de años citada en cuanto a libertad económica. El índice del prestigioso Wall Street Journal así lo certifica. Aquel año, por tanto, la República francesa estaba en el paroxismo del gasto público, del intervencionismo protector y de todo aquello que a tantos franceses tanto les gusta y que a su prosperidad real tanto perjudica. El Fondo Monetario Internacional y la Comisión Europea le instaban, entonces, a reducir su défict presupuestario y a desregular mercados, como el laboral, si se quería evitar un empobrecimiento progresivo de Francia con efecto dominó sobre Europa. Los gobiernos de Chirac acometieron tímidas reformas en ese sentido en el año 2004 y 2005: mejoraron la gestión financiera de la deuda del Estado e introdujeron recortes de gasto en el sistema sanitario. Poco, pero suficiente como para reducir la succión de recursos que el Estado llevaba a cabo y poner el crecimiento en 2005 en un digno 3,5% y las buenas perspectivas del 2006. El Índice de Libertad Económica de Francia mejoró, como nueva demostración del efecto causal que la libertad tiene sobre la prosperidad.
Pero todas estas tímidas reformas económicas no son suficientes. Francia sigue teniendo riesgos de crecimiento futuro y de estrangulamiento. Pero para los múltiples beneficiarios de un sistema semisocialista, corruptos en su base, atestados de mitos antieconómicos y profundamente egoístas en el peor sentido de esta palabra, tales cambios ya fueron excesivos.
Uno más, igual de tímido y estrictamente necesario es el de la reforma de los contratos. Para un empresario, hoy, en Francia, contratar a un joven por cualificado que esté pero inexperto en su desempeño, es algo prohibitivo. No sólo por el coste salarial, sino, sobre todo, por el coste que le supone su despido. Y despedir empleados no es una prerrogativa prepotente de plutócratas que odian a la humanidad. Tal irreal y demagógica concepción revela ignorancia y mala fe. La posibilidad de un despido fácil suministra a las empresas la capacidad de adaptarse a un entorno cambiante salvando recursos para seguir produciendo y mejorar, incluso dicha producción. Complementariamente, que se pueda despedir con facilidad significa que el empresario no tiene miedo a contratar y, por tanto, el paro disminuye, eso sí, con el relativo sacrificio que supone la movilidad laboral, los cambios de trabajo, pero con menos paro.
No obstante, insisto nada de esta argumentación cala en unos todopoderosos sindicatos franceses que no quieren perder la prerrogativa de su lucrativo y nepotista negocio de colocación a costa del esfuerzo inventivo de los empresarios. Lo mismo les ocurre a los universitarios cuya formación académica no incluye, sin duda, el sentido común ni el conocimiento del funcionamiento de la economía que no es otra cosa que el funcionamiento de la sociedad.
Francia se enfrenta a su enésimo levantamiento social. Recientemente fueron los barrios, de base esencialmente magrebí. Ahora el tema es la reforma laboral. Es muy posible que nos encontremos no ante una crisis económica con las lógicas resistencias a las reformas. Puede ser muy bien la crisis de un régimen, el nacido de la Quinta República con un amplio consenso nacional pero enraizado en una mitología social y política profundamente irreal y constitutivamente corrupta.
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Joaquín Santiago Rubio
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